Sorpresón absoluto en Japón

Cómo la excelencia inglesa arrasó a los All Blacks en la 'final' del Mundial de Rugby

Triunfo histórico de Inglaterra sobre los All Blacks, a los que pasaron literalmente por encima. Eddie Jones cumplió su objetivo y mete a los de la Rosa en una final que no pueden dejar escapar

Foto: Inglaterra celebra su triunfo frente a los All Blacks que les da el pase a la final del Mundial. (Reuters)
Inglaterra celebra su triunfo frente a los All Blacks que les da el pase a la final del Mundial. (Reuters)

Eddie Jones llegó a Inglaterra para ganar un partido. El que les mediría a los All Blacks en algún momento de su trayecto en la Copa del Mundo. Jones decidió no dar pistas a los neozelandeses y solo jugó un partido contra ellos en los cuatro años previos. Y aprovechó ese tiempo para tejer un plan en la pizarra y pertrechar un ejército de orcos capaces de laminar al equipo más extraordinario del mundo. Y Jones ganó su órdago. Lo hizo de forma extraordinaria, con la pelota en las manos, repartiendo placajes ganadores y con unas líneas de carrera verticales que ganaban siempre la línea de ventaja.

Fue valiente Inglaterra desde el túnel. Desafiante. Se colocó en forma de flecha alrededor de los All Blacks en la haka, dejando claro que no se dejarían intimidar. Eddie Jones no iba a dejarse amedrentar. Y mucho menos la ceremoniosa y arrogante Inglaterra. Condicionaron la haka y salieron a por todas. Tanto que a los dos minutos ya habían posado un ensayo.

El XV de la Rosa no solo aceptó el desafío neozelandés, redobló la apuesta. La primera jugada inglesa, con una continuidad salvaje, carreras rectas, descargas eléctricas y apoyos infinitos, terminó con Manu Tuilagi zambulléndose en la zona de ensayo de los All Blacks. Inglaterra iba muy en serio. El paso de los minutos rebajó el galope tendido de los ingleses y los All Blacks comenzaron a dominar los detalles. Pescando en los rucks, defensas de pie, dobles cortinas efectivas, apoyos defensivos llegando antes, etc.

Kieran Read, de los All Blacks, ensangrentado al final del encuentro. (Reuters)
Kieran Read, de los All Blacks, ensangrentado al final del encuentro. (Reuters)

Esfuerzo titánico

Inglaterra comenzaba a dejar síntomas del esfuerzo titánico: golpes, errores de manos, huecos en defensa. Se sucedían las patadas a la caja y los 'Up & Under' para meter presión a los rivales y salir de su campo. Ninguno fallaba en las fases estáticas y la diversidad en los despliegues de ambas líneas ofrecían un partido con pedigrí. En el minuto 25, con 7-0 para los de la Rosa, una jugada en las puertas de la 22 kiwi fue levantada por Youngs, que vio entrar a Curry, a por quien se fueron dos defensores neozelandeses, pero el medio melé la tensó a la espalda de su flanker, por donde entraba Underhill solo para romper la cortina y ensayar. Nigel Owens pitaba pantalla en una jugada que podía haber resultado decisiva.

Los de la Rosa habían cambiado su guión, apostando por la posesión en lugar de la territorialidad y ganando espacio al rival a base de embestidas. Nueva Zelanda, barrida en todas las fases, se marchaba a la ducha 10-0 abajo tras un golpe de Ford que retrataba la superioridad de Inglaterra, que llevaba cuatro años preparando este partido. Y lo había preparado bien.

La segunda parte comenzó de forma similar, con el XV de la rosa llevando a los kiwis a su campo. En una de esas jugadas, a la salida de un maul, Youngs rompió la cortina y ensayó. Pero como en ocurrió en la primera, el TMO advirtió una irregularidad en el maul y se anuló controvertidamente la jugada. Los ingleses no bajaron el pistón. Y llegó otro golpe de Ford gracias a la superioridad de sus compañeros en el breakdown, donde Underhill y Curry se agigantaban. 13-0 con media hora por delante. Comenzaba a concretarse la sorpresa.

Aficionados ingleses celebran el pase histórico a la final de su selección. (Reuters)
Aficionados ingleses celebran el pase histórico a la final de su selección. (Reuters)

Triunfo legendario

La posesión era inglesa, se jugaba en campo inglés y no había ni rastro de Beauden Barrett, muy presionado, ni de Mounga. Los All Blacks no encontraban la tecla. Apostaban por un rugby táctico saliendo de su campo con patadas al lateral. Los All Blacks estaban irreconocibles. El norte aplastaba al sur. Y entonces ocurrió algo que cambió el partido. Corría el minuto 55 cuando una touch inglesa en su línea de cinco fue lanzada por su talonador, George. La pelota cruzó las dos torretas y Ardie Savea cazó la pelota atrás lanzándose para ensayar, recortar y meter a los kiwis en el partido (13-7). Un golpe rebañado por los ingleses de nuevo en el breakdown volvía a alejar a los All Blacks (16-7).

Nueva Zelanda se mostraba nerviosa, errática, terrenal. Los placajes ganadores ingleses aniquilaban a los atacantes kiwis en cada jugada. Underhill, Itoje, Tuilagi, Vunipola, Curry... los orcos blancos estaban despedazando a los titanes negros. En Yokohama retumbaba el Swing Long, Sweet Chariot mientras su delantera arrasaba a los Alk Blacks. Los ingleses se sacaban la espina del fiasco en su Mundial, mientras Ford pasaba otra patada y colocaba el 19-7 en el tanteador a diez minutos del final. La batalla de Yokohama comenzaba a tomar tintes históricos. La excelencia negra era asolada por un tsunami blanco. Inglaterra asaltaba la banca. Partido histórico. Triunfo legendario. Los All Blacks siempre han sabido extraer lecturas positivas de sus grandes derrotas. Lo hicieron ante Sudáfrica en los 40, ante los Lions en el 71... y ahora les toca hacerlo tras esta gesta de Inglaterra en 2019.

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