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Vientos de 100 km/h en la cumbre del Aconcagua obligan a cambiar los planes
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Vientos de 100 km/h en la cumbre del Aconcagua obligan a cambiar los planes

El mal tiempo ha obligado a realizar un cambio de planes inesperado. En lugar de proceder al ascenso el día 5, fecha prevista, se valora hacerlo el día 7

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El mal tiempo ha obligado a realizar un cambio de planes inesperado. Como estaba previsto, el miércoles subieron al campo 1. A 5.000 metros de altitud. Iniciaron la marcha después de pasar la segunda revisión médica. La mejor noticia: Daniel, Eusebio, Miguel y José Ángel están en perfecto estado para intentar la ascensión. Fernando nos informó que los casi mil metros de desnivel hasta el primer campo de altura los hicieron a buen ritmo. Dejaron material de altura y regresaron al campo base. Tienen buenas sensaciones. Pero, como siempre, todo depende del humor de la montaña y, por lo que nos dijo, el Aconcagua está enfadado: “La previsión da vientos de 100 km hora en la cumbre. Hemos decidido cambiar los planes”. Tenían previsto atacar la cima el 5 de febrero. Hay una ventana de buen tiempo para el día 7, esa será la nueva fecha si todo continúa igual.

Una ventana de oportunidad. Los montañeros saben que hay que aprovecharla. Van con el tiempo justo. Veinte días corridos es la duración del permiso para intentar subir al Aconcagua. Esa oportunidad que te ofrece la montaña hay que analizarla y tomar la decisión adecuada. Si te equivocas, lo puedes pagar muy caro. Si dudas, la ventana se cierra. Cuando decides quéhacer vas a mezclar conocimientos, prudencia y valor. Olvídate de la ansiedad y de la 'fiebre de cumbre'. Quizás el alpinismo es una escuela para afrontar las ventanas de oportunidad que se tienen en la vida.

Como consecuencia del cambio de planes, el jueves lo han pasado en Plaza Argentina. El viernes subirán al campo 1 y se quedarán a dormir.El montañismo es un deporte de riesgo. Se asume y se intenta reducir todo lo posible. La prudencia, la formación y el conocimiento del medio son vitales para ello. Cuando se produce un accidente, el morbo y el sensacionalismo se derramany así sucede, que se asocia nuestro deporte con una actividad que busca el peligro, que necesita chutes de adrenalina, nada más lejos de la realidad. Las montañas “nos hacen descubrir en nosotros una facultad de resistencia totalmente distinta, que nos da valor para poder medirnos con todo el poder aparente de la naturaleza”. Buscamos lo sublime y aceptamos el infortunio.

Enero de 2009, luto en la montaña. Acababa de empezar el año y el Aconcagua padecería una de sus mayores tragedias. El guía Federico Campanini y Elena Senín, una de las alpinistas que conducía a la cumbre, fallecían. Hicieron cima a las 16:30, una hora muy tardía. En el descenso fueron zarandeados y aturdidos por una tormenta blanca que provocó el error en la ruta de bajada. Quedaron atrapados a unos 300 metros de la cumbre, sobre el glaciar de Los Polacos. A 6.600 metros de altitud.

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Con una fuerte ventisca, y temperaturas cercanas a 40 grados bajo cero, se activó la mayor operación de rescate de la historia del Cerro. Mientras un equipo ponía a salvo a los italianos supervivientes, otro lograba llegar hasta el guía. Uno de los rescatadores grabó un vídeo. Un documento gráfico que refleja con crudeza la desesperación y agonía de aquellos momentos. El Confidencial trató el suceso con una pulcritud que incrementa su valor con el paso del tiempo. No hubo lugar para el sensacionalismo. Se informó escuetamente. Por eso hoy estamos haciendo en este periódico la Crónica Aconcagua.

Le pedí a Fernando su opinión acerca de la conveniencia de recordar el suceso. Su respuesta no dejó lugar para la duda: “Por supuesto. Los que intervinieron en el operativo fueron unos héroes y hay que recordarlo”. Dijo más: “Sabes, yo acababa de llegar. No subí por falta aclimatación. La radio que llevaban y parte del material era mío. Se lo dejé a los que intentaron el rescate”. Hizo algo más, les dio su apoyo moral.Fernando escribió una carta que se hizo pública en febrero de 2009: “Viví muy intensamente ese día de rescate, con las confusas noticias que iban llegando. Triste desenlace para Federico y feliz por los tres rescatados con vida, a los que todos dábamos ya por muertos después de dos noches al aire libre a casi 7.000 metros de altura.

A la mañana siguiente estuve con varios de los rescatadores que estuvieron intentando salvar a Federico. Estaban agotados. Tosían y tenían síntomas de edema pulmonar. Me contaron cómo fue todo. Sólo quiero transmitirles lo que yo siento: creo que hicieron todo lo posible y más. También los gendarmes, porteadores y campamenteros. Nunca he visto una movilización igual en ninguna montaña del mundo. Me impresionó. Esa gente se jugó voluntariamente la vida. Si se hubieran quedado más tiempo allá arriba, hubiera habido alguna desgracia más. Comparto el dolor de la familia, pero no veo justo ir contra los rescatadores. Siento una gran admiración por lo que hicieron.En esta crónica es justo recordar esas palabras y el comportamiento del periódico.

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