el técnico se juega su continuidad

La presión de Emery y la última oportunidad para no quedarse fuera del PSG

El entrenador guipuzcoano, con una larga carrera a sus espaldas, tiene que convertir a los parisinos en un grande de Europa. Recursos no le faltan, pero el año pasado se demostró que no es sencillo

Foto: Unai Emery, en un encuentro reciente. (Reuters)
Unai Emery, en un encuentro reciente. (Reuters)

Unai Emery parecía algo crispado, pero está en su naturaleza. Del mismo modo que a los hombres impasibles no se les nota en el rostro si temen o confían, en Emery, que es puro nervio, tampoco es fácil saber su estado de ánimo. Él es así. La lógica, sin embargo, invita a pensar que hay cierta inquietud recorriéndole la espalda. Llega a Madrid, a jugar contra el vigente campeón, y se juega la temporada. También, por descontado, su continuidad en el banquillo del PSG.

No, no hay más oportunidades. Su equipo va a ganar la liga francesa, está a 12 puntos del segundo, pero pensar que ese es el objetivo no es otra cosa que engañarse. Un equipo que el pasado verano se gastó 400 millones de euros en solo dos jugadores y que disputa un campeonato poco competitivo como el galo solo tiene un anhelo real, ganar la Champions League. El proyecto de estado de Qatar pasa por conquistar Europa, y Emery solo tiene una oportunidad más, que es esta y pasa, indefectiblemente, por derribar al campeón de la pasada edición.

Porque si algún día tuvo crédito, lo agotó la pasada temporada contra el Barcelona. Ganó su equipo en el Parque de los Príncipes por un contundente 4-0. Parecía la entrada real en la nobleza del fútbol europeo, el nuevo rico que eliminaba a una de las potencias tradicionales y lo hacía enseñando músculo, demostrando su poderío. La narrativa se transformó radicalmente unos días después, en Barcelona, con ese 6-1 que es, por derecho propio, uno de los resultados más llamativos de la historia del fútbol. Sí, es cierto, para llegar a ese marcador hubo que pasar por la mano de un árbitro muy desacertado, pero Emery era, probablemente, el único que no podía argüir eso. Más que nada porque si el trencilla había fallado aún lo había hecho más él, incapaz de reaccionar para cortar a tiempo la hemorragia que sufría su equipo.

"Hemos hablado poco, pero muy claro, de aquel momento", confiesa ahora Emery en la sala de prensa del Santiago Bernabéu. Los recuerdos a veces son puñales y a él, como a cualquier aficionado parisino, no se le puede ir de la cabeza aquella danza azulgrana que les terminó mandando a la lona sin capacidad para reconstruirse. Quizá es peor el hecho de que, en la siguiente ronda, la Juventus demostró que no era tan difícil. Haber bailado al Barcelona en París era un gran hito para el club, luego eclipsado por las circunstancias de la vuelta, pero en perspectiva la lección es que el equipo de Luis Enrique era de algún modo batible. Él, en todo caso, no encontró la manera.

"La preparación comenzó en aquel partido que nos da una experiencia mayor. La queremos hacer positiva. Estamos mejor preparados, independientemente del resultado estamos preparados para competir a este nivel y ante el mejor equipo", explicaba el técnico del PSG. La independencia del resultado solo tiene sentido en la cabeza del técnico, es evidente que él necesita pasar esta eliminatoria si quiere mantener su empleo. Si no lo hace, terminará cayendo, bien ahora, bien al final de temporada. Y tampoco nadie dedica mucho tiempo a disimular lo evidente.

Ser parte de la nobleza europea

Una de las maneras en las que el PSG trató en verano de cambiar la dinámica perdedora en Champions fue fichar a uno de sus verdugos, Neymar. Lo habitual en los últimos años, y no sin razón, ha sido atribuir a Messi la gloria del Barcelona cuando hay que señalar a un individuo concreto. En el partido del año pasado, sin embargo, fue el brasileño quien reinó, el mejor jugador en una noche mágica europea. Sacarlo del club catalán les costó 222 millones de euros, pero en Qatar saben de sobra que construir un imperio no es cuestión barata. Esperan que sea la imagen del país, que les de años de fútbol de primer nivel con balones de oro y títulos internacionales. La ambición es máxima en el jeque Al-Khelaifi.

Neymar, uno de los objetivos teóricos de Florentino Pérez, es la joya de la corona en un equipo poderosísimo. También, de algún modo, de un conjunto con algunas dudas y que se parece bastante poco al propio entrenador. Unai Emery tiene una carrera admirable, desde abajo, subiendo poco a poco y brillando en casi todos sus proyectos previos. Donde estaba el guipuzcoano el equipo siempre daba un nivel más que sus jugadores. Creyente en el fútbol colectivo, más parecido a un técnico defensivo y obsesivo del orden que a otra cosa. Un perfil que, en el PSG, es casi imposible. Aunque solo sea porque a ningún entrenador en su sano juicio se le ocurriría mandar al banquillo a Cavani, a Mbappe o, por descontado, a Neymar.

Lo que hay detrás de esos tres es también de primer nivel, pero quizá no tan luminoso. Especialmente en una posición que, en el mundo de Emery, es esencial: el mediocentro defensivo. La solución tradicional era Thiago Motta, un jugador de cierta edad pero bastante fiable. El brasileño está lesionado y, al menos en el Bernabéu, no aparecerá. Se le abren opciones y ninguna parece del todo satisfactoria. Lass Diarra, exmadridista, es un buen perro de presa, pero acaba de llegar a París y se está buscando. La alternativa, Lo Celso, no deja de ser un mediapunta reconvertido. Hay alguna opción de que sea Di María, en un momento dulcísimo de forma, quien acompañe a Verratti y a Rabiot. Pero eso suena muy poco a Emery, un entrenador amigo del control y la defensa.

Emery ha demostrado mucho por el camino, pero le falta el reto final, que no es otro que probar que puede ser el líder de un equipo campeón de Europa. Tiene todos los recursos posibles, pero esa ventaja también es una enorme responsabilidad. Necesita, además, cambiar la cultura entera de un club. El PSG, millonario como ninguno, no tiene tradición en la victoria. Es un equipazo, pero ganar es otra cosa. La prueba está, precisamente, en las eliminatorias del pasado año. El Barcelona no era mejor equipo, pero tenía el mapa que conducía a la victoria. La Juventus, que sí tiene un historial importante, se encontró en un punto similar a los parisinos en cuartos de final. Ellos no dudaron, a un club de esa magnitud no se le remonta una eliminatoria así. Eso es lo que tiene que cambiar Emery y el reto no es menor. Demostrar en París que un equipo que solo tiene un Recopa, un apunte al margen dentro de la historia del fútbol mundial, puede realmente ser un gran campeón. Para dar un golpe en la mesa, en todo caso, no puede haber un rival mejor. Porque si hay un equipo con tradición, un club que parece ganar con el escudo y el pasado, ese es el Real Madrid.

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