PRIMEROS CUARTOS DE FINAL DE LA CHAMPIONS

Por qué el Atalanta de Gasperini puede tumbar al PSG, el club más rico del mundo

La plantilla entera del equipo más atractivo de la competición, diseñado por la cabeza rupturista de su técnico (Gian Piero Gasperini), cobra menos que Neymar

Foto: El Atalanta, en plena celebración de su victoria frente al Inter de Milán. (Reuters)
El Atalanta, en plena celebración de su victoria frente al Inter de Milán. (Reuters)

Vuelve la Champions y lo hace con un apetitoso Atalanta-PSG en cuartos de final. Un duelo que tiene todos los ingredientes para polarizar el corazón del aficionado. Por un lado, el Paris Saint-Germain, un antipático ejemplo de fútbol moderno, propiedad de un jeque, cuya camiseta se la hemos visto puesta a tipos como Maluma o Drake. Por otro, el Atalanta de Bérgamo, conocido como la Reina de las Provincias y cuya camiseta hemos visto ponérsela exactamente a nadie. Basta añadir que Neymar, el delantero brasileño del PSG, cobra más que toda la plantilla del Atalanta junta. Pero no se trata sólo de la simpatía por el modesto y la alergia al ricachón, sino de genuina e inflamable atracción. La que despiertan los italianos, la escuadra más radical y vanguardista del Planeta Fútbol en estos momentos. Un equipo de autor diseñado por la cabeza rupturista de su técnico, Gian Piero Gasperini.

Gasperini dirige a los suyos en pleno partido. (EFE)
Gasperini dirige a los suyos en pleno partido. (EFE)

Gasperini es un tipo anómalo. Comparte las hechuras de allenatori históricos como Azeglio Vicini, Dino Zoff o Giovanni Trapattoni, todos ellos del norte industrial y afanoso de Italia, con un esqueleto elegante y una mirada senatorial. Pero ahí acaban los parecidos, puesto que Gian Piero se aparta de la escuela de fútbol rácano de sacamuelas con pizarra magnética que ha prodigado el calcio. Tacaños como Nereo Rocco, Vittorio Pozzo o Helenio Herrera labraron un estilo nacional de juego del que los italianos se han ido alejando en los últimos tiempos. Y es que el catenaccio químicamente puro es una postal del pasado romántico.

El apogeo de la carrera de Gasperini le llega siendo un sesentón audaz. La excitante complejidad de su propuesta se basa en un dogmático 3-4-3 al que no ha renunciado en ningún momento de su carrera. Esta comenzó en las categorías inferiores de la Juventus, donde permaneció una década formando a los chavales. Tiene por tanto mucho de maestro paciente. Luego llevó su propuesta al Crotone. Entonces, como ahora, la defensa de tres era, en el encorsetado relato del calcio, un “tabú loco”, según sus palabras, y Gasperini no ha dejado de denunciar el atraso del fútbol italiano. Su primera y fugaz incursión en el banquillo de un grande, el del Inter, se saldó con un sonoro fracaso: duró cinco partidos, de los que perdió cuatro. "¡Qué decepción me llevé en Milán!, una ciudad dinámica y de vanguardia", dijo este fanático de la investigación para quien lo nuevo, en fútbol, ya es viejo cinco años después.

Que su propuesta sea voraz y súperofensiva no le convierte en un entrenador relajado. Sus pretemporadas incluyen sesiones extenuantes en las que los jugadores vomitan. Los entrenamientos consisten en correr, recuperar, perseguir al rival. Atacar los espacios, al oponente, la pelota. Y luego, de propina, alguna carrerita más. Si se juega como se entrena, en el Atalanta se vive dentro de una milicia.

Detesta el tipo de entrenador que han popularizado las películas americanas, como el encarnado por Al Pacino en ‘Un domingo cualquiera’. Para Gasp, en ellas “los entrenadores exageran, son demasiado estadounidenses, siempre muy optimistas. El deporte no es así: es menos brillante, con más suciedad y sangre. Y muchas cosas surgen de la venganza”. Gasperini no es un blando: siendo jugador del Pescara le partió el labio superior a Maradona con un manotazo. Sin querer.

Su estilo se consolidó en el Genoa, de donde el Atalanta lo sacó en 2016. También aquí empezó palmando cuatro de sus cinco primeros partidos, pero a partir de ahí encadenó una racha de nueve victorias que auparon al equipo a los primeros puestos de la tabla. Así, hasta hoy.

Alejandro Gómez, El Papu, celebra junto a los técnicos del Atalanta un gol. (EFE)
Alejandro Gómez, El Papu, celebra junto a los técnicos del Atalanta un gol. (EFE)

La gran paradoja de los Orobici, un modesto de historial opaco, es que juegan como se supone que lo haría un grande. Si hasta ahora se intuía que los débiles sólo podían enfrentar a los equipos de mayor presupuesto mediante esquemas taimados, ultradefensivos, basados en el contragolpe, y ración extra de patadas, el Atalanta es la negación de esa premisa. De todos los cuartofinalistas, el Atalanta es quizá el equipo más atractivo para el aficionado neutral. En su lado del cuadro también están el RB Leipizig y el Atlético, el otro par de underdogs, pero el primero es el equipo más odiado de Alemania y el segundo tiene una propuesta rocosa no apta para todos los paladares. Los Nerazzurri en cambio son un martillo pilón, una secta de arponeros, un bulldozer echando abajo la Puerta de Tannhäuser. Su fútbol es apasionante.

Futbol ofensivo y goleador

Los números que arroja su campaña lo confirman. 98 goles, a sólo dos de los tres dígitos, algo inaudito en Italia desde 1950. Un tercer puesto que les da el billete para la Champions del año que viene y 23 victorias, algunas por aplastamiento: siete goles a Torino, Udinese y Lecce, seis al odiado Brescia y cinco al Milan. Es el equipo que llega con mas facilidad a la meta rival. El que más disparos genera a los cinco segundos de la recuperación gracias a sus maniobras de presión alta. Nadie se acerca ni remotamente a esos números. La intensidad y capacidad de presión le permiten jugar lejos de su área. Es el equipo que mete menos pases en largo. Domina las transiciones y por ende los partidos. Su verticalidad exasperante convive con su creciente voluntad de tener la posesión, un 58% de media en los partidos, gracias a Papu Gómez, una encarnación actual del trequartista, esa mítica posición casi desaparecida del fútbol.

El Atalanta tiene el mejor ataque de Europa (y no es que encaje muchos goles, por cierto, sino todo lo contrario). Al atacar tiende a ocupar los flancos, donde explota la superioridad numérica de sus cuatro hombres en el lateral. Y le gusta incursionar en el área mediante pases más que con centros. Se diría que Gasperini aspira a invertir la pirámide, devolviendo el fútbol a un ataque primitivista, con más delanteros que defensas.

Este Atalanta es la sublimación del ideal futbolístico de Gasp. Presión acuciante, sincronización de movimientos, incorporación de defensas al área rival, ocupación coreografiada del espacio. Este traje táctico deja no obstante espacio para los talentos más solitarios e instintivos. Exigente a nivel táctico y físico, en él cabe también la creatividad. Tal es así que jugadores en apariencia disfuncionales o irregulares, como Ilicic o Muriel, han acabado encajando dentro de él.

Gasperini declara que todo consiste en meter un gol más que el contrario, y prefiere ganar por 4-2 que 2-0. En un deporte donde los avances parecen provenir casi en exclusiva de la disciplina defensiva y la preparación física, el Atalanta es un catálogo infinito de ataques y goles. Hay diversión, desde luego, pero también riesgos, y sus defensas presionan, golpean y a veces son expulsados. Fascina su facilidad para recuperar el balón cuando lo pierde y la vehemencia con que ataca “la Diosa” de Bérgamo. Esos raros momentos donde su supremacía no es domesticable. Detrás hay osadía romántica y una voluntad científica de dominar todas las fases del juego, con balón o sin él.

Y se sirve para ello de medios inauditos como el marcaje al hombre. Sus tres centrales persiguen al rival sin importarles mucho lo que sucede a sus espaldas. Desiste de ocupar el espacio al que podría avanzar el oponente mediante las maniobras y prefiere el cuerpo a cuerpo, el duelo individual. Todo depende de la sincronización de los avances. Una forma arriesgada de defender, puesto que cualquier pérdida o retraso en la presión de quien tiene el balón crea un desequilibrio crítico. Un esquema no apto para cualquier defensa, claro: es muy difícil ser zaguero bajo las órdenes de Gasperini.

Ilicic celebra uno de sus goles frente al Valencia. (Reuters)
Ilicic celebra uno de sus goles frente al Valencia. (Reuters)

Su empuje no ha menguado tras el confinamiento, como demuestra el partido frente a la Juve de hace un mes, en el que aplastó a los turineses, pese al engañoso 2-2 final. De no haber sido por los dos polémicos penaltis con que el árbitro obsequió a los juventinos, el Atalanta habría estado en condiciones de disputarles el scudetto. El único hándicap en la fase final de Champions es la enigmática ausencia de Josip Ilicic, su mejor delantero y líder del equipo en la temporada, que se ha marchado a Eslovenia entre rumores que hablan de una depresión por culpa de los acontecimientos que han rodeado la crisis del coronavirus. Una baja sensible, pero los Nerazzurri ya superaron la fase de grupos de forma inverosímil tras perder los tres primeros partidos, el primer equipo en conseguirlo. Donde cualquiera habría dudado de su sistema, Gasperini se reafirmó en sus obsesiones.

Todo el mundo conoce cómo juegan pero cada año es más difícil frenarlos. Atacar en masa, no parar jamás, moverse en sincronía como una fiable maquinaria de relojería. Habría que ver los móviles de los jugadores de la Diosa estos días. Otros recurren a forrar el vestuario con imágenes, pero a Gasperini le gusta motivar a sus muchachos enviándoles frases por whatsapp. “Las medallas se ganan en los entrenamientos, en los partidos sólo vas a recogerlas”, “para ganar sin peligro se gana sin gloria”, o esta de Michael Jordan: “Nunca pierdo: o gano, o aprendo”.

Bérgamo ha sido duramente golpeado por la pandemia del coronavirus. Hace poco Gasperini confesó que tuvo miedo de morir. En el partido de vuelta de octavos ante el Valencia estaba enfermo por la covid-19. “No tenía fiebre, pero me sentía hecho pedazos”, dijo. Al día siguiente Vittorio, chef con tres estrellas Michelin y fanático del Atalanta, envió una botella de Dom Pérignon para celebrar la victoria. “Esto es agua”, le dijo a Gritti, su segundo, que le miró raro. Había perdido el gusto.

Hoy Bérgamo intenta recuperarse con el fútbol de la tragedia vivida y de los miles de muertos. “Algunos piensan que es inmoral, pero es la única forma de volver a la normalidad. El Atalanta puede ayudar a Bérgamo a empezar de nuevo, respetando el dolor y el duelo”, dice Gasperini. Aún perviven en la memoria las imágenes de camiones militares entrando en la ciudad lombarda, la más afectada en Italia por la pandemia, para trasladar los cadáveres y ser incinerados en otras ciudades por la falta de espacio en el cementerio municipal. Algunos cálculos cifran en 6.000 los muertos. Será difícil, pero a Bérgamo se la conoce también como la Ciudad de los Mil, en alusión al número de voluntarios bergamascos que tomaron parte en la expedición de los camisas rojas de Garibaldi, episodio clave del Risorgimento italiano. Una de las citas más queridas por Gasperini, y con la que suele motivar sus chicos, pertenece a Churchill y dice: “El éxito no es definitivo y el fracaso no es fatal, lo único que importa es el coraje para seguir”. Ganen o aprendan, el Atalanta encara la fase final con el peso simbólico de insuflar ánimos a una ciudad en shock, de llevar la alegría a Bérgamo. Por los ojos que no lo verán. Por los que quedaron atrás.

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