el los 'world ski awards', los óscar del turismo

Aramón Cerler, elegida por segunda vez la mejor estación de esquí de España

La estación de esquí situada en pleno corazón del macizo central aragonés, ha obtenido este galardón por segundo año en los considerados Óscar del turismo y en una ceremonia celebrada en Kitzbühel

Foto: Las pistas de Aramón Cerler
Las pistas de Aramón Cerler

Enclavada al norte de la provincia de Huesca, al pie del rey Aneto, que se divisa desde todas las cotas de la estación, Aramón Cerler ha vuelto a ser elegida como el mejor centro de esquí de España. Lo ha hecho por segundo año consecutivo. Y en uno de los templos del esquí, en la localidad austriaca de Kitzbühel, en la ceremonia de los 'World Ski Awards'. Los premios, además de dibujar un mapa de las mejores estaciones del mundo, reconocen la calidad de los servicios y una oferta de turismo de esquí y de montaña moderna e innovadora. Los galardones, que nacieron de los “World Travel Awards”, están considerados como los Óscar del mundo del turismo, siendo la única iniciativa a nivel mundial que reconoce la excelencia en el turismo.

La estación de Aramón Cerler ofrece una catarata de grandes números. Sobre todo cuando la estación se incrusta en un valle defendido por más de 60 picos por encima de los 3.000 metros de altitud. Aquí, en el corazón del Pirineo, todo es contundente. Todo va a lo grande. Es una de las pocas estaciones donde el esquiador puede encadenar (casi) todo su dominio esquiable sin subir dos veces por el mismo remonte con lo que se superan los 10.000 metros de desnivel en una jornada, donde se puede hacer un descenso de 9 kilómetros sin parar -siempre que tus piernas aguanten, claro-, donde puedes descender desde Cogulla o Rincón del Cielo a la base de Estación, a 1.500 metros de altitud, pasando por un bosque, donde sientes la belleza del esquí por palas amplias y verticales y donde te puedes tomar una hamburguesa o degustar un delicioso cóctel con el Aneto al fondo para completar la postal.

Cerler
Cerler

Aramón Cerler es esto... y más. Durante años hizo gala de ser un rincón escondido. Aquí, la carretera muere. Más exactamente finaliza en las faldas del Pirineo. Pero la cordillera nunca ha sido frontera. Ha sido tierra de paso. Duro y difícil, pero de paso. Aquí se habla el patués. Una lengua en transición entre el aragonés, el gascón y el catalán. Es innegable el carácter montañés de sus habitantes ensamblado con el hospitalario. El turismo es pujante en esta tierra de gentes orgullosas de su historia. 

Cerler
Cerler

Benasque es la cabeza de un valle en los que también tienen nombre propio Cerler y Anciles. Montañeros amantes del esquí de travesía y de quienes vuelcan el placer de esquiar sobre pistas perfectamente pisadas que se coronan gracias a unos rápidos remontes se dan la mano en cualquiera de los abundantes establecimientos hosteleros que salpican el valle. La caza, la olla de Benás, el cordero, la trufa, las setas, los vinos de la cercana DO Somontano, los derivados de la matacía dominan los fogones de muchos de sus establecimientos. Aquí, comer mal es imposible, y comer poco una quimera. Aquí, todo es a lo grande.

Y eso es bueno para afrontar extensas jornadas de esquí. Con un dominio de más de 70 kilómetros, Aramón Cerler tiene pistas emblemáticas. Gallinero es la bandera. Su cota es una de las más altas del Pirineo, 2.630 metros. Un pico que buscan todos los esquiadores. De allí surgen trazados imponentes. Se puede descender por una pista negra, una azul o una roja. Es lo que tiene esta estación. Hay variedad. Aunque quizá se encamine más a quienes ya tienen un dominio más que aceptable sobre las tablas. Más que nada por la longitud de sus pistas.

Y una estación en un marco así, guarda rincones aún por descubrir. Los descensos desde las cimas de Cogulla, Gallinero, Rincón del Cielo y Basibé son los grandes protagonistas de la estación. Eso sí, al lado del pico Cerler aparece una de las zonas con menos esquiadores de todo el dominio, pero que contempla un par de pistas de innegable belleza. Son la Olla y La Solana. Su final es singular. Acaban en el 'Telesilla del amor', un viejo hierro biplaza que remonta a paso lento hasta la cabeza de las citadas pistas. Cierto, en pareja se disfruta mejor. Y quince minutos en una silla dan para mucho.

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