tras dos años con duras lesiones

Lindsey Vonn sonríe de nuevo: la reina de la nieve vuelve a esquiar pensando en Corea

La estadounidense, una de las grandes esquiadoras de siempre, se rompió el cruzado hace 9 meses, la lesión más grave de las que ha sufrido en estos dos años

Foto: Hacía demasiado tiempo que Lindsey Vonn no esquiaba (EFE).
Hacía demasiado tiempo que Lindsey Vonn no esquiaba (EFE).

Cualquiera que haya tenido una tarde libre y bajase motivado al videoclub de la esquina (los videoclubes hacen o hacían esquina, como la farmacia de la esquina o la tienda de la esquina) puede que haya alquilado un largometraje estadounidense que tuviese una fotografía sensacional de los innumerables lagos de la enorme y fría Minnesota. Digamos, para comodidad narrativa (como diría Borges), que hablamos de Fargo. Si el telespectador se fija, incluso si no lo hace, es inevitable que observe una planicie casi infinita, inundada de una capa gruesa de nieve aparentemente perenne, donde los esquís no sirven para surcar el manto blanco, sino que son las raquetas la mejor herramienta para caminar. En esas laderas majestuosas, Joel y Ethan Coen rodaron ese clásico del cine negro. Y allí, en ese mismo Estado, nació Lindsey Kildow.

Que los esquís estuviesen defenestrados en Minnesota no desmotivó a una familia, la Kildow, que amaba deslizarse de pie sobre la nieve como un lobo ama cazar por la noche. Tanto era así, que con la rodilla hecha añicos y la vida deportiva cada vez más cerca del abismo inevitable de la retirada, la tercera generación de esquiadores de la familia Kildow, a la que llaman Lindsey, la de los ojos verdes, va a volver a esquiar. La niña que fue campeona del mundo no se ha establecido una fecha definitiva en la que su nombre vuelva a lucir dorado como su melena sobre las pistas del mundo. Pero sí se ha puesto una meta y ni la distancia temporal ni la edad ni un alud le podrá impedir cumplirla: quiere estar en Pyeongchang en 2018.

 

Vídeo: Lindsey Vonn bate el récord de puntos en Schladming.

Minnesota es plana como una tabla de planchar, y las montañas se ven tan sólo en fotografías de Estados vecinos. Sin embargo, Colorado tiene lo magnífico de las llanuras americanas, esto es, la posibilidad de ver cientos de kilómetros de un vistazo hasta que la tierra se pierde en el ardiente horizonte; pero a su vez, posee la belleza intrínseca al paisaje alpino. Cientos de picos rozan el cielo con más de 4.000 metros sobre una superficie que jamás desciende del millar de metros de altitud. Esos lares eran sin duda más agradecidos para los amantes del esquí, como lo era y es la familia Kildow. Allí se marcharon, con los esquís a la espalda y una niña poco más grande que un bebé apenas saliendo de la cuna. Lindsey tenía tres años, y en Colorado se iba a probar sus primeros esquís.

En aquel lejano año 1987, Michael Jordan ganó su primer concurso de mates, aquel cuando rompió la ley de la gravedad saltando desde la línea de tiro libre. 27 años después, un deslumbrante reflejo de la luz abrasadora de la alta montaña inundaba una visera situada cómodamente sobre la frente de un casco. De ese casco cuelga divertida una trenza rubia y una sonrisa de la felicidad más sincera llena el rostro claro de Lindsey Vonn. Nada en el mundo deseaba la Jordan del esquí más que volver a deslizarse como un barco por el océano sobre la nieve recién caída. Lo hizo acompañada de una amiga, porque los grandes momentos hay que compartirlos. Y no sólo con esa colega, sino con todo el mundo a través de Instagram. “Después de 9 laaargos  meses, ¡¡vuelvo a la nieve!! Definitivamente mereció la pena”, publicó la americana.

Ese contacto con la fría y deslizante superficie blanca no fue más que el primer paso. Después, vendrán muchos más. Lindsey se quitó la morriña. Echaba inmensamente de menos estar en las montañas de Vail, en su Colorado de adopción. Mucho tiempo de reposo para una persona inquieta como Lindsey, una chica que disfruta recorriendo las largas carreteras planas de su zona, haciendo duros y contundentes ejercicios en el gimnasio, o saliendo a recorrer los bosques acompañada de su perro Leo (que, por cierto, tiene su propio perfil en Instagram). Por fin se abrigó, se atavió sus indumentarias de invierno, de pura montaña. Y comenzó a testar esa rodilla tronada, a la que lleva sometiendo y someterá a un trabajo fortísimo de cara a ese reto tentador: los Juegos Olímpicos de Pyeongchang. Allí, en Corea del Sur, quiere vengar al sueño traidor de Sochi que no pudo hacerse realidad.

Habrán pasado seis años desde que Lindsey se hizo la más grande en esto del esquí. Los problemas personales no tienen por qué romper su trayectoria hacia la cima. Ni cuando se rompió varias veces la rodilla, ni cuando acabó prematuramente su matrimonio con Thomas Vonn, esquiador de quien cogió su apellido en 2007 y ni siquiera el divorcio le hizo quitárselo. Cuando se estaba produciendo ese divorcio, el afán de superación y su capacidad de focalización hicieron que la temporada 2011-12 fuera la mejor de su vida. Récord tras récord, tras récord. La preocupación por una relación que no funcionaba se quedaba en casa y en los papeles de los abogados. En las pistas, Lindsey sacaba lo mejor que tenía. Nadie ha ganado más en la Copa del Mundo, ni nadie ha superado sus 1.980 puntos en una temporada. Volver a esas cifras es complicado, por no decir imposible. ¿Imposible? Esa palabra no existe en el vocabulario de Lindsey Vonn.

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