La masacre de Sallanches y un Tejón con los dientes ensangrentados
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Cuando Hinault llegó a sonreir

La masacre de Sallanches y un Tejón con los dientes ensangrentados

Bernard Hinault, conocido como El Tejón, se enfrentó a la París-Roubaix con su hambre voraz, su personalidad arrolladora y su imponente superioridad sobre la bicicleta

Foto: Bernard Hinault en la Vuelta de 1983. (Archivo)
Bernard Hinault en la Vuelta de 1983. (Archivo)

Es 31 de agosto, año 1980, y el mejor ciclista del mundo está enfadado.

Ojo, tampoco resulta nada extraordinario, porque el mejor ciclista del mundo, allá por la época, se llama Bernard Hinault. Y Bernard Hinault tiene un carácter... difícil. Dominante, despótico, rasgos de soberbia física. Difícil.

placeholder Bernard Hinault, dibujado en un muro durante el Tour de Francia. (Efe)
Bernard Hinault, dibujado en un muro durante el Tour de Francia. (Efe)

Cinco meses antes Hinault se estaba exhibiendo. Fue camino de Lieja. Edición a frío y nieve. Bernard que quiere abandonar, irse a casa. Espero hasta el avituallamiento y allí ya me bajo. No hay manera. Espíritu de lucha, de combate. Cuanto más dolor, más placer. Si yo peno, imagina el resto. Entra vencedor en la ciudad de Jean Curtius, que luego será Juan Curcio y se vendrá hasta el Portillo de Lunada para talar árboles. Otra historia, sin duda. Ah, Hinault pasó tantas penalidades aquella tarde que perdió sensibilidad en sus dedos. Aun hoy, cuenta a veces, le hormiguean cuando llegan varios días seguidos con escarcha.

Cuatro meses antes Hinault se estaba exhibiendo. Fue en Romandía, más tarde también el Giro. Panizza que se pone a cosquillearle el lomo. Mala idea, los tejones suelen responder mal a las caricias. Gruñen, arañan, lanzan mordiscos con esos dientes pequeñitos y afilados. Dientes de cachorro chico, parecen. Qué ganas de abrazar esas bolitas de pelo, qué gran error hacerlo. Agujas que cortan. Pasó camino de Sondrio. El Stelvio, porque si haces algo hazlo con estilo. Masacre absoluta, como Coppi veintisiete años antes. Salió de rosa, el Giro ganado. Bernard y Fausto, los dos.

Foto: Hinault y Lemond, en su célebre subida a Alpe d'Huez en el Tour de 1986. (Foto: RTVE)

Dos meses antes Hinault se estaba exhibiendo. Camino de Compiègne no hay armisticios. Sabor a hilaturas, regusto de adoquín en primtemps. Bernard que se queja a los organizadores. No es lícito poner esto aquí, en el Tour. No es ético. La Roubaix fue allá atrás, por abril. Qué se les pasa por la cabeza. Lluvia, charcos, terreno imposible. Hinault que responde como solo sabía a hacerlo. Me quejo, sí, pero después ataco, porque atacar es vivir. Aceleración furiosa, sálvese quien pueda. El Tour roto. Será su tercero. No llegará al Sena.

Un mes antes Bernard es el malo oficial de Francia. Se cuenta maravillosamente en “Hinault. El Tejón”, obra de William Fotheringham, traducida por David Batres y editada recientemente por Libros de Ruta. Imperdible, háganme caso. Se explica allí, digo. La jornada de Pau. A Bernard que le duele la rodilla. Desde los adoquines. Como piedritas dentro, dicen que dijo. Sigue con su pose de matón, con sus aires de indestructible. Pero algo pasa. Zoetemelk le mete mano en una crono. Continúa amarillo, pero...

En la villa de Enrique IV, con nocturnidad, abandona la Grande Boucle. Guimard e Hinault se reúnen con los directores de la carrera en un hotel. La cocina de un hotel, para más señas. Nos vamos, el chico no puede. Luego el Tejón sale por puerta trasera, se escabulle como solo pueden escabullirse granujas y amantes. Le quedan cincuenta días para reflexionar. Cincuenta días para rumiar venganza.

placeholder Bernard Hinault, en una imagen de archivo.
Bernard Hinault, en una imagen de archivo.

Porque el público no lo tomó bien. Hubo periodistas que pusieron una cuerda alrededor de su casa y un coche en la misma puerta. Para que tuviese que parar, para que hablase. Nada. Otra vez cierta caterva a motor lo siguió cuando iba al médico. Bernard, furioso, empezó a coger caminos agrícolas, vías de servicio, embudos de esos donde los del pueblo aceleran a ciegas y quienes llegan desde la ciudad frenan, desconsolados. Peligro. También diversión, seguramente, porque el motor de Hinault siempre tuvo algo de rencor, de venganza, de divertirse provocando agonías. Actos, no palabras. Bueno, a veces también palabras. Cuentan que una vez alguien le pidió un autógrafo, y luego dijo que si tenía un boli, que lo había olvidado en casa. La respuesta del francés fue demoledora. “Espero que cuando salgas a follar no te dejes la polla en la cama”.

Eran otros tiempos, claro.

Así que... apretar dientes. Mira allá, el Mundial. En casa. O, bueno, en Francia. Buena oportunidad para resarcirnos, ¿verdad? Buena. Porque además acompaña el circuito. Alta Saboya, cerquita del Mont Blanc. Monumento para mí, que soy otro monumento. Veinte vueltas a un circuito de 13,4 kilómetros. Doscientos setenta en total. ¿Descripción? Muy sencilla. Subir la Côte de Domancy. Bajar la Côte de Domancy. Seis kilómetros de llano. Y otra vez lo mismo. Una, tres, diez veces. Sumen. Domancy es un infierno. Poco más de dos kilómetros y medio. Un nueve de pendiente, puntas de hasta el diecisiete pasado Reservoir, kilómetro central justo al once. Cuatro mil seiscientos metros de desnivel total. Etapa de alta montaña. “Aquí solo acabarán quince ciclistas”, dijo el seleccionador francés. Acertó: terminaron justo quince.

Claro que no era un cualquiera. El seleccionador francés, digo. Nada menos que Jacques Anquetil. Joder, palabras mayores. Bueno, en realidad no era el único con mando en plaza (ejem), porque aquel equipo lo codirigía junto a Richard Marillier. Coronel del ejército. Veterano de la Résistance, Maquis de Vercors. Ya ven, qué risas. Al final aún coleamos algo de gaullismo, supongo. Uno piensa que el asunto ciclista quedaría para Jacques pero... Eso sí, delicia imaginar esas cenas entre los dos, a los postres, con un par de pastis encima y la lengua soltándose. Anquetil hablando al coronel sobre su vida privada. Pues sí, hombre, ahora estoy con mi nuera, sí. Pero de vez en cuando pasó a ver a mi hija-nieta, que la quiero un montón. Oiga, qué le ocurre, por qué está blanco. Rápido, llamen a una ambulancia...

placeholder Hinault y Lemond, en su célebre subida a Alpe d'Huez en el Tour de 1986. (Foto: RTVE)
Hinault y Lemond, en su célebre subida a Alpe d'Huez en el Tour de 1986. (Foto: RTVE)

¿Y la carrera? Oye, Marcos, cuéntanos la carrera. Pues miren ustedes, es que poquita cosa, oigan... Veamos. Que llovía, y eso siempre pone dolor al dolor. Quizá, incluso agudice los problemas de Hinault. Sí, igual vuelve su rodilla a... Es la única esperanza. “Meted el champán en la nevera”, dijo el Tejón a sus directores antes de salir. Mentalidad y patas. Invencible. Final.

Anquetil, en el coche, sonríe. Sí, él nunca fue así. Si lo hubiera sido...

Si lo hubiera sido no sería Jacques Anquetil, claro.

"Gesto de tejón furioso. Jodeos, periodistas. Jodeos todos, todos los que no son yo"

Dicen que si los galos pusieron ritmo desde el mismísimo comienzo. Con Mariano Martinez, que había nacido en Burgos, pero corría para Francia por esas cosas de la emigración. Martinez era buen escalador, con sus etapitas en el Tour, su maillot a puntos rojos, sus apariciones por el top ten, su bronce en un Campeonato del Mundo. Montreal. Primero Merckx, segundo Poulidor. Qué pódium tan bonito.

Pues eso, que Martinez destrozando organismos. Hinault, incluso, prueba muy pronto, tercera vuelta, junto con Johan de Muynck. Tanteo. Quedan más de cien kilómetros y solo hay treinta tíos en el pelotón. Quedan ochenta y... cinco. Porque ha empezado Bernard. Enseñando los dientes. Gesto de tejón furioso. Jodeos, periodistas. Jodeos, organizadores. Jodeos todos, todos los que no son yo. Es uno de esos días. Cuando Hinault no quiere ganar. No, eso es consecuencia lógica, casi inevitable, de lo otro. Lo que anhela por encima de todo.

Infligir dolor.

Y a ello se pone. Casi siempre sentado en la bici, casi siempre tirando con sus cuádriceps, con los riñones poderosos. “Jamás nadie, en la historia del ciclismo, ha tenido tanta fuerza lumbar como El Tejón”, escribió una vez Cyrille Guimard. “Ni Merckx, nadie”. Y luego añadía. “Su palmarés pudo haber superado al del belga. Pero no tenía tanta hambre”. Salvo momentos puntuales. Este de Sallanches, por ejemplo. Allí sigue, desgranando rivales como el sacrílego que arranca cuentas al rosario. Velocidad de crucero, pero solo para Bernard. Cada vuelta cae alguien. Cada subida a Domancy es un mundo, es un infierno. Agonía sobre agonía. Los franceses, enardecidos, han olvidado lo mucho que dudaron sobre Hinault. Todos animan. Él aprieta los dientes, como si fuese un animal salvaje. Lo es. Otra vez la Côte. Curvas, rampas, desarrollo imposible. El resto muere. El resto no son él.

Última vuelta y ya son solo dos, que es número perfecto para pecar. Bernard, cómo no. Y un italiano. Claro que no le digan a él lo del número pecaminoso, porque siempre exhibió (profunda) religiosidad. Se llama Gianbattista Baronchelli, y parecía apuntar a más de lo que fue quedando. Con veinte añitos se quedó a solo doce segundos de Merckx en todo un Giro de Italia. Jamás lo verá tan cerca. Sí, otros dos pódiums, y diez veces entre los diez primeros (sobre doce participaciones)... no está nada mal. Pero esa exuberancia juvenil. Ay... se fue y no vuelve. Como su oportunidad con el arcoíris.

placeholder Bernard Hinault, en el centro de la imagen, en una imagen del 2018. (Efe)
Bernard Hinault, en el centro de la imagen, en una imagen del 2018. (Efe)

Subiendo Domancy, claro. Hinault tira, Baronchelli juguetea con el cambio. El bretón gira un poco la cabeza, ve cómo su rival toca y toca palancas del cuadro. Suficiente. Ritmo sobre ritmo, ataque en un ataque que duraba casi ochenta kilómetros. Distancia por cima, distancia a meta. Queda apenas un suspiro hasta la última línea, pero Hinault parece volar. Sesenta y un segundos. Los siguientes, grupito de seis, llegan a más de cuatro minutos y medio. Bronce hace Juan Fernández, que gana el sprint a Panizza (¿lo recuerdan?), Jonathan Boyer (un día les contamos por aquí su historia), Pronk, Marcussen y Roger de Vlaeminck, ahí es nada. Algo más tarda Sven-Åke Nilsson. Luego Battaglin, Millar, de Muynck. El suizo Schmutz hace decimoquinto a veinte minutucos. Último. Acertó Anquetil, que es lo que solía hacer Anquetil. “Mi único objetivo en la vida es demostrar que puedo tener algo de razón aunque esté completamente equivocado”, dijo una vez el normando. La medalla también es (un poco) suya.

Dos estaciones más tarde, otra vez por el norte de Francia, Bernard Hinault ganó la París-Roubaix, esa “carrera de mierda” que dijo una vez. Su forma de actuar. Dominio y violencia. Pero algunos, inocentes, dicen que si aquella tarde, en Sallanches, se le vio sonreír durante algunos momentos.

Seguramente se equivoquen. Seguramente fuera, tan solo, un gesto de fiereza.

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