este domingo disputa el tour de flandes

A Peter Sagan no le gusta que todos le consideren el mejor

No le gusta que le hagan sufrir, que se aprovechen de él, pero le motiva, le saca una vena competitiva extraña en la que vencer no es siempre sinónimo de ser el primero

Foto: Sagan vuelve a Flandes, su único Monumento. (EFE)
Sagan vuelve a Flandes, su único Monumento. (EFE)

A Peter Sagan le gusta perder, pero perder a su manera. Un ciclista, por lo general, comprende cuando acepta el ciclismo como su forma de vida que va a ganar muy poco en su carrera y entiende que las probabilidades de ser el primero en cruzar una línea de meta entre más de 200 corredores son verdaderamente reducidas. Es normal, por tanto, acostumbrarse a lo considerado, sin justicia, mediocre, a aparecer a veces cerca de los primeros puestos de la clasificación y muchas veces más allá del puesto 50. El 'sprinter' es otra especie, un bicho que necesita la competición diariamente, el reto de empezar de nuevo en cada etapa, da igual lo que haya sucedido en la anterior. No hay nadie al que le importe menos lo que suceda cada día que a Sagan.

No lo entendamos mal. Todos quieren ganar; Sagan también. Pero el bicampeón del mundo no tiene nada que ver con Boonen, Van Avermaet, Degenkolb, Greipel, Kittel y todas esas bestias pardas de los últimos metros. No sufre con la contrariedad. Cuando los problemas se le presentan ante él esboza primero un gesto de desaprobación (porque aunque intente ocultarlo detrás de su melena y su recurrente bombín, sigue siendo un humano) que prácticamente siempre traslada en forma de declaraciones fuertes a los medios de comunicación. Se le olvidará rápido. Se quitará el casco, lucirá su aspecto de guitarrista de 'grunge' de Seattle y esbozará una sonrisa.

Al eslovaco no le ha quedado otra que labrarse una personalidad a prueba de balas. Desde que empezara a ganar jerseys verdes del Tour de Francia como si se los regalasen, Sagan ha ido adquiriendo un halo de segundón, de perdedor, que no se va a quitar en ningún momento de su carrera deportiva. Sí, ese mismo hombre que siempre está en el podio de la ronda francesa y que ha ganado los dos últimos Mundiales es tildado de mequetrefe. Con los números en la mano, Cavendish y Greipel son mejores que él. Y sin embargo, Sagan es el mejor.

Sagan ha ganado ya dos Mundiales y cinco maillots verdes del Tour. (Instagram)
Sagan ha ganado ya dos Mundiales y cinco maillots verdes del Tour. (Instagram)

Es el mejor y lo sabe. Es mejor que Cavendish, Van Avermaet y Gaviria y cualquiera que se le ponga por delante. Si no gana un día, ganará al siguiente. Y si no, al siguiente. Y si tampoco, ya vendrá un día en que acierte con la estrategia que elige. Sagan es un alma libre de la elaboración y un descerebrado de la conclusión. Si está en una clásica, va a colarse entre los diez mejores sistemáticamente. Si es una etapa llana, luchará por la victoria. Si es una etapa con media montaña pero un final suave, luchará por la victoria. Si el final es complicado, luchará por la victoria. Y generalmente, no la conseguirá. Solo ha ganado un Monumento en su carrera, el Tour de Flandes de 2016, y los ha luchado prácticamente todos.

¿Por qué es tan bueno si no gana casi nunca? Porque Sagan se puede permitir no ganar. Él va a pasar a la historia y otros muchos que suben más a podios que él no lo harán. ¿Quién es Niki Terpstra? Pensará Sagan. Ese tío que le fastidió una posible victoria en la Gante-Wevelgem y al que dedicó unas 'cariñosas' palabras en la entrevista posterior a la carrera. "No sé qué quería hacer Terpstra. Atacó para ir en la escapada pero luego no quería trabajar. Es un ejemplo de cómo puedes perder contra mí. Yo no puedo trabajar para todos y que luego me rematen al sprint. Yo decidí hoy quién puede ganar". No le gusta que le hagan sufrir, que se aprovechen de él, pero le motiva, le saca una vena competitiva extraña en la que vencer no es siempre sinónimo de ser el primero.

Sagan ha alcanzado un nivel en el que es capaz de decidir quién gana. Cuando se acercan los últimos cincuenta kilómetros de una carrera que, sin duda, finalizará en un final a toda velocidad, todos le miran a él. Es fácilmente reconocible: viste el maillot arcoíris. Ya no tiene la pinta de globero que lucía en la 'mountain bike' cuando era un juvenil en Eslovaquia, probablemente porque no le dejan su equipo y sus patrocinadores. Le vigilan, esperan a que realice su movimiento y reaccionan a él. Si hay fuga, le hacen trabajar para que desgaste esas piernas, más potentes que las de sus adversarios en medio de la fatiga. Eso condiciona sus posibilidades de victoria, pero le aporta un poder que nadie a su alrededor tiene: decidir quién sí puede ganar y quién no.

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