De la aspirina mágica al tercer hombre: psicosis en alta montaña
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los efectos del mal agudo de montaña

De la aspirina mágica al tercer hombre: psicosis en alta montaña

Pese a los intentos de los científicos por conocer sus efectos, la psicosis por altura aislada seguirá siendo un peligroso e invisible enemigo del alpinista

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La alpinista Lina Quesada en el K2

“¿Tienes una conversación con una persona que no está realmente allí? ¿Sientes la presencia de otro ser, a pesar de no poder ver ninguna evidencia? ¿Escuchas tus propios pensamientos repetidos o con eco?” Hasta 11 preguntas similares se incluían en el cuestionario diario que Giacomo Strapazzon, vicedirector del Instituto de Medicina de Emergencia de Montaña del EURAC (Italia) y el doctor Iñigo Soteras, responsable del área de salud de la Federación Española de Montaña y Escalada, entregaron al alpinista Sergi Mingote, que falleció el pasado mes de enero en el K2. El propósito de ambos profesionales era el de realizar un estudio de campo, en una expedición invernal a la segunda montaña más alta del planeta, para detectar síntomas psicóticos. El “Cuestionario de Psicosis de Gran Altitud” (HAPSY) que se llevó al K2 fue presentado en 2019 por la Dra. Katharina Hüfner, como continuación de sus trabajos de investigación sobre la psicosis por altura aislada.

“Los médicos y alpinistas tenemos conciencia sobre los efectos del Mal Agudo de Montaña y sus peligrosos efectos en forma de edema cerebral o pulmonar", comenta para El Confidencial el doctor Soteras. "Sabemos que existe la psicosis por altura aislada sin ningún síntoma médico asociado, pero disponemos de muy pocos datos sobre los síntomas psiquiátricos relacionados con la altura”.

Foto: Kilian Jornet en el campo base del Everest.

El pasado 17 de febrero se cumplieron 35 años de “un más difícil todavía”: los 62 días que Fernando Garrido pasó en la cumbre del Aconcagua a 6.961 metros y en solitario, estableciendo el récord de supervivencia en altitud. Recordamos con Fernando algunos de los pasajes del diario que escribió. Uno es especialmente aterrador: “5 de febrero de 1986. Día 54 en la cumbre del Aconcagua. Hoy, como otras veces, me he despertado con la sensación de que había alguien fuera, junto a la tienda ¿Ha pasado allí toda la noche? ¿Por qué no me habrá llamado para que lo dejase entrar? ¿Y por qué no me llama ahora? ¡Aquí hay una mochila de alguien y hay una persona acurrucada junto a mi tienda! ¡Es mi hermano, mi hermano Javier! ¡Javi, despierta, venga, despiértate ya! Lo vuelvo hacia mí. Está muerto, su cabeza es una calavera.

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Fernando Garrido, cumbre del Aconcagua y récord de permanencia en altitud

Me despierto con el corazón golpeándome en el pecho. Todo forma parte de las alucinaciones, las pesadillas, los atemorizados sueños de la altura. Mi mente tiene dificultades para situarse en un plano lógico y la falta de concentración sigue siendo un problema. Me cuesta un gran trabajo contar correctamente las pulsaciones, sin perderme”.

El doctor Soteras reconoce en el relato de Fernando algunos de los síntomas de la psicosis por altura aislada: “Otras alteraciones psiquiátricas que pueden ocurrir durante la exposición aguda a la altura son los déficits neuropsicológicos, como la reducción de la concentración, la memoria y el rendimiento psicomotor, alteraciones del estado de ánimo deprimido e irritabilidad. Se pueden producir alucinaciones que conocemos como “el tercer hombre”. La persona que lo experimenta tiene la impresión de que no está sola. En ocasiones la idea es vívida, mientras que en otras la sensación se limita a creer que hay alguien en las proximidades”.

Unos árabes y dos americanas

Ese “tercer hombre” acompañó a Fernando Garrido en la primera ascensión invernal, en solitario y sin oxígeno que se realizó a un ochomil (el Cho Oyu, 8.201m), otro récord del alpinista. “Yo había oído hablar de que algunas personas, sobre todo cuando van en solitario y en grandes alturas, tenían la sensación de no estar solos". Fernando recuerda para El Confidencial ese “contacto con el tercer hombre”. A mí me ha pasado en otras ocasiones, pero esa vez es en la que recuerdo haber barruntado esa presencia de una manera muy viva, muy real. En dos ocasiones, la primera, fue el día de cumbre. Sentía que me seguían unos árabes; yo iba andando solo, a más de 8.000 metros y les advertía: “cuidado, es un trozo con hielo. Precaución en este paso”. Hablaba con ellos en inglés… be careful… y después me decía a mí mismo: a ver Fernando, estas aquí a 8.000 metros y no hay nadie en la montaña… y es que no había nadie. Solo un sherpa que me cuidaba el Campo Base 4.000 metros más abajo.”

Los árabes acompañaron a Garrido durante un buen trecho de su ascensión. “Era como que no me los podía quitar de encima. Iban vestidos de montañeros, no te puedo dar más detalles porque yo no los veía. No era una alucinación visual, era un sentimiento, un sentirles. Hablaba con ellos: “cuidado aquí, vamos a descansar un momento”…

Foto: Ruth Moll y Ruth Gómez en el Kilimanjaro. (Reto Kilimanjaro 2018)

Lo mismo le sucedió en el vivac que hizo a 7.600 metros cuando descendía de la cumbre del Cho Oyu. Continua Fernando: “estaba acurrucado, dentro del saco de dormir, la espalda contra una piedra y allí estaban vivaqueando conmigo unas americanas, es verdad. Un sentimiento super vivo y la misma sensación, yo allí tiritando, acurrucado y hablando con ellas “¿cómo va, tenéis mucho frio?”.

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Fernando Garrido dentro de la tienda

El doctor Soteras nos refiere que algunos escaladores informan de experiencias psicóticas positivas o útiles para su supervivencia. Es el caso de Stephen Venables, escritor británico que fue presidente del Alpine Club. Describió las presencias que tuvo durante una expedición al Everest en 1988. En el descenso, muy comprometido y con grave riesgo, un anciano permanecía a su lado, aconsejándole sobre cómo mantenerse con vida. Posteriormente, varias personas le ayudaron calentando sus extremidades. Todo eran alucinaciones.

Voces de desesperación

Pedro Cifuentes es un bombero del Ayuntamiento de Madrid. Un gran escalador, solitario y de desafíos extremos. El Confidencial le ha preguntado y sus recuerdos son inquietantes. En febrero de 2013, Pedro se encontraba en las Torres del Paine, en la Patagonia. “Puede que llevase 20 días en la pared, a unos 3.500 metros. Había llegado a Santiago de Chile y tuve que alojarme unos días en casa de mi amigo Pato, debido a una huelga que impedía mi marcha hacia el pueblo de El Chaltén. Él me dijo que tenía previsto ir a esa zona. Le respondí que el 19 era mi cumpleaños y que estaría bien poder vernos. Nos despedimos. Estaba anocheciendo y yo descansaba en la hamaca, colgado en la pared. En el vacío, con unos miles de metros por debajo. Era el 18 de febrero. De repente empecé a escuchar gritos, me parecían voces que gritaban. Voces de desesperación. Me incorporaba, sacaba el pescuezo, no veía nada y pensaba, “vaya movida más rara Pedro”.

Continué una semana más con mi actividad, bajé y llegué a El Chaltén. No se me olvidará cuando un amigo me dijo que Pato había muerto. El 18 de febrero se fue a navegar en piragua, volcó y se ahogó. Fue en el anochecer de ese día cuando escuché esos gritos tremendos, desgarradores. Cuando estás ahí arriba no te lo pasas en “modo Om”, sin pensar en nada. Perdí 10 kilos en 20 días. En esas circunstancias la cabeza se puede ir a cualquier sitio”, reconoce Cifuentes. El agotamiento, la falta de sueño, el estrés psicológico y la privación social también pueden ser factores que contribuyen a la psicosis por altura aislada, señala el doctor Soteras.

La aspirina mágica

En septiembre de 2005, la alpinista Lina Quesada se encontraba a unos 300 metros de la cumbre del Cho Oyu. Lina pertenece a esa estirpe de luchadoras que continúan el camino abierto, 16 años antes, por Magda Nos y Mónica Vergé. Las primeras españolas en conquistar un ochomil. Hemos hablado con ella mientras se prepara para intentar el K2 el próximo verano. Lina siempre sube sola. Es su forma de entender el alpinismo y en esa ocasión, en septiembre de 2005, cuando intuye la cima se percata de su soledad y de su inexperiencia a esa altitud. No sabe cómo va a reaccionar su organismo sin botellas de oxígeno. “De repente caí en la cuenta de que llevaba una aspirina y me dije: “Lina si pasa algo, si te encuentras mal, te la tomas”. Cada poco, según subía, confirmaba que la aspirina seguía en el bolsillo donde la había puesto. Recuerdo que me cruce con el alpinista turco Tunç Findik, que descendía de la cumbre. Me alertó de que no había nadie más arriba y de que estaría sola. Yo le contesté que no se preocupase, que llevaba mi aspirina. Comencé a cantar, mentalmente, canciones de los Beatles. Me dije que si recordaba las letras es que no me estaba afectando el mal de altura”.

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Pedro Cifuentes en la hamaca colgado de la pared

En su tesis doctoral “Altitud y riesgo neurológico”, publicada en 1997 por Eduardo Garrido, este reconocido profesional concluye que todos los alpinistas europeos que participaron en el estudio y habían ascendido hasta altitudes extremas, sin el aporte de oxígeno suplementario, experimentaron clínica de orden neuropsicológico a gran y/o extrema altitud (trastornos atáxicos, alteraciones visuales, pesadillas, pensamientos monotemáticos, entre otros). El doctor Garrido comparte la hipótesis de que, siendo el número de víctimas mortales en el Himalaya muy superior en aquellos alpinistas que no utilizan oxígeno, esto tenga relación con diversos grados de disfunción neurológica y que la desorientación y las decisiones irracionales, puedan ser responsables de esa mayor accidentabilidad. Pese a los intentos de los científicos por conocer sus efectos, la psicosis por altura aislada seguirá siendo un peligroso e invisible enemigo del alpinista.

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