“La peña montaba orgías, sacrificaba niños, comía sapos y veía al demonio”
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álex de la iglesia y carmen maura presentan 'las brujas de zugarramurdi'

“La peña montaba orgías, sacrificaba niños, comía sapos y veía al demonio”

Ambos repasan las claves de ‘Las brujas de Zugarramurdi’ que se presenta fuera de concurso. Maura recogerá esta noche su Premio Donostia

Foto: Presentación "las brujas de zugarramurdi"
Presentación "las brujas de zugarramurdi"

Carmen Maura y Álex de la Iglesia son lo más parecido a dos estrellas del rock ‘n’ roll que tenemos en el cine español. Por eso promocionan su nuevo filme, Las Brujas de Zugarramurdi, el domingo; es decir, el día gordo del Festival de San Sebastián. Por eso una turbamulta de periodistas se agolpa en la planta dos del Hotel María Cristina para entrevistarles. Pero la clave aquí no es tanto su popularidad como su actitud. Siempre dan juego. Con ellos nunca te aburres. El espectáculo está servido en la habitación 228.

Primero aparece Maura y asegura estar encantada de que le hayan dado el Premio Donostia porque eso le garantiza pasar la noche en una suite de ensueño. “¡Qué grande es! Y con una maquilladora al lado. Yo pensaba que este premio sólo se lo daban a las extranjeras”, dice con retranca castiza.

La cinta de De la Iglesia ve las relaciones sentimentales como una guerra. Con un detalle significativo: todas las mujeres que aparecen son brujas. Para lo bueno (son poderosas) y para lo malo (son malvadas). “No es una película contra las mujeres. Ocurre que Álex, en este momento de su vida, sufre los problemas de una separación con niños de por medio. En la película nos pone como las más malas pero no porque nos odie sino porque cree que somos más fuertes y más listas. No se equivoca…".

Encantada con De la Iglesia, por tanto. “Del otro”, como dice ella, “prefiere no hablar”. O sí: “Es que si digo algo, aunque sea con humor, porque nunca hablo desde el resentimiento, se enfada. Para mí es incómodo hablar de esto porque siempre que voy a festivales internacionales me preguntan por Almodóvar. Cuando hablo sobre él lo hago con humor, aunque la última vez fue un escándalo, y yo no soy así. Pero aunque lo diga con humor, él se pica. Quizás porque cuando se quiere hacer reír con un comentario tampoco se puede ser muy blandengue…”.

El problema de Maura es que no lograquedarse callada anteciertas situaciones. Pese a que su película con Francis Ford Coppola se rodó hace ya cuatro años (Tetro, 2009), no puede evitar despellejar al director por las condiciones de rodaje en Argentina. “Ocurrió algo parecido al rodaje español de Woody Allen. Que se les paga cuatro duros a los figurantes y al equipo por trabajar, para colmo, en malas condiciones. Eso no puede ser. Coppola se quejó incluso a la prensa: ‘Si hubiera sabido que habría problemas con los sindicatos, ruedo en Chile’, dijo. Vamos a ver: estas ordinarieces no las podemos consentir”.

Buena es ella. De pronto, sin que nadie haya preguntado por el asunto, Maura se dispara y rememora los detalles de su rodaje con Coppola. “Yo firmé por contrato que trabajaba 12 horas al día, ni un minuto más. Un día, cuando quedaba un cuarto de hora para acabar mi jornada, quisieron que me pasara de hora y no quise. Al final lo hicimos a toda prisa para acabar a mi hora. Y Coppola no se enfadó conmigo. Es que hay cosas que no pueden ser. Esta gente, Allen y Coppola, tienen dinero. Pues que se lo gasten”. Pues eso, que se lo gasten. Sombreros fuera para despedir a Carmen Maura.

Salto a la otra habitación para hablar con Álex de la Iglesia, que arranca, como es habitual en él, a cañonazos (de humor). “Me hubiera encantado hacer una película sin efectos especiales. Pero, pese a lo exhaustivo de nuestro casting, no encontramos a ninguna mujer en España de 20 metros de alto y tetas de dos toneladas, así que decidimos crearla con infografía”.

Una decisión tomada con premeditación y alevosía: se trataba de dinamitar una tendencia histórica del cine español. “Creo que esa escena es la más ambiciosa acometida nunca por nuestro cine, a nivel de ciencia ficción, de generar un monstruo enorme, como los de El señor de los anillos. Se trataba de romper una trayectoria de nuestro cine. Parece que el cine español sólo puede ser un señor sentado en una silla, o tirado en una cama o paseando por un parque. Pues no. O una película sobre la guerra civil. Pues no”, afirma.

De la Iglesia también tiene algo que decir sobre una de las coletillas periodísticas más utilizadas para describir Las brujas de Zugarramurdi: ha vuelto el auténtico Álex de la Iglesia: “Me encanta que lo digan porque, en principio, la idea es positiva. ‘Dios mío vuelve aquel que queríamos tanto y que durante unos años hemos detestado'. También tiene su lado negativo. Significa que en algún momento me he ido. Pero no, siguo siendo el mismo, aunque esta película se asemeja más a las primeras por el desmadre. No voy a negar que me encanta que digan que he vuelto. Y que esta película es Álex en estado puro. Eso sí, en una segunda lectura, me toca los cojones. Perdonen la vehemencia pero es que parece que sólo gusto si hago un tipo de cine francamente loco. Ese soy yo, obviamente, pero es que yo no soy yo todo el rato. Soy muchas personas. El problema es que siempre vengo yo a los rodajes. He intentado no citarme pero cuando llego, empiezo a opinar: ¡Poner más sangre!, ¡Traer veinte brujas! En esta película me he dejado llevar más por mis gustos. O por mis manías y mis obsesiones, aunque no soporto a los directores con estilo, yo hablaría más bien de mi enfermedad”.

Y ahora la pregunta del millón dado que Las brujas de Zugarramurdi esconde, bajo su apariencia sobrenatural, una comedia descarnada sobre la guerra de sexos. ¿Es inevitable que las relaciones sentimentales muten en violentas luchas de poder? Respuesta: “Sí. El amor es una relación de poder. No nos podemos engañar. El amor es una confrontación entre dos personas que se necesitan. En cuanto hay necesidad, uno de los dos tiene que ceder, y surge la lucha de poder porque uno puede más que el otro”.

Para rematar, como homenaje a los excesos de su cine, un rápido repaso histórico a la brujería vasca. “En el siglo XIX había aquelarres en Euskadi a saco. En el siglo XVII, cada fin de semana. La peña montaba orgías salvajes, sacrificaba niños, comía sapos y veía al demonio. Eso es así. Otra cosa es que queramos que no sea”. Lo dicho: A tope con el rock ‘n’ roll.

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