'La vida de los demás': cómo es ser un verdugo en Irán
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'La vida de los demás': cómo es ser un verdugo en Irán

El cineasta iraní Mohammad Rasoulof tuvo que rodar esta película escondiéndose de las autoridades. El resultado le valió el Oso de Oro de Berlín

placeholder Foto: Una imagen de 'La vida de los demás'. (BTeam)
Una imagen de 'La vida de los demás'. (BTeam)

Mohammad Rasoulof lleva años sufriendo de forma contundente las consecuencias de la censura y la represión ejercidas por el régimen de los ayatolás. El cineasta fue arrestado por primera vez en 2010 —al mismo tiempo que Jafar Panahi— acusado de rodar sin permiso y, tras ser hallado culpable de “diseminar propaganda contra el Estado” a través de sus películas, condenado tanto a seis años de cárcel como a la prohibición de hacer cine durante dos décadas; la pena fue posteriormente reducida a un solo año de prisión, y actualmente sigue pendiente de hacerse efectiva. En 2019, la Justicia iraní volvió a declararlo culpable de cargos similares y lo sentenció a un año más entre rejas, y lo mismo sucedió otra vez en 2020. En todo caso, ese no es el único motivo por el que su última película hasta la fecha, que le proporcionó el Oso de Oro de la Berlinale, ha sido prohibida en su país.

Tráiler de 'La vida de los demás'

Después de todo, ‘La vida de los demás’ es un ataque contra el abuso que allí se hace de la pena de muerte desde el punto de vista de aquellos ciudadanos que son obligados a ejercer de verdugos. ¿Hasta qué punto deben los ejecutores ser considerados responsables de esas muertes si en realidad se limitan a cumplir las órdenes impuestas por un gobierno tirano?, se pregunta Rasoulof, y para buscar una respuesta la película adopta la forma de cuatro historias autónomas. Esa estructura narrativa es consecuencia de las limitaciones que el director y su equipo tuvieron que imponerse durante el rodaje para evitar ser descubiertos por las autoridades y, aunque no le impide revelarse como una obra valiente, apasionada y justamente furiosa, sí es causa directa de algunas de sus limitaciones y carencias.

placeholder Un momento de 'La vida de los demás'. (BTeam)
Un momento de 'La vida de los demás'. (BTeam)

El primero segmento exhibe una capacidad de impacto que ninguno de los otros tres está cerca de igualar. Para ello se dedica a retratar la vida aparentemente ordinaria de un burócrata del gobierno. Lo vemos recoger a su esposa del trabajo y a su hija de la escuela, pagar las facturas, cuidar de su frágil madre, y ayudar con cariño a su mujer mientras esta se tiñe el pelo antes de la boda a la que ambos van a asistir. Parece un tipo agradable. En los últimos instantes del relato, sin embargo, la banalidad de su vida adquiere nuevas connotaciones morales, al ser integrada de forma repentina y brutal en el contexto de los asesinatos legitimados y directamente cometidos por el estado en nombre de la ley.

Dado que los encargados de ejecutar las penas de muerte en Irán son en su mayoría jóvenes que cumplen el servicio militar obligatorio, es lógico que los protagonistas de los tres capítulos restantes tengan vínculos con el mundo castrense. Al principio del segundo, seis soldados permanecen en el interior de una mugrienta celda y discuten sobre la difícil decisión que debe tomar uno de ellos: ejecutar a un prisionero, como se le ha ordenado, o negarse a hacerlo y pagar un alto precio. Llegado el momento, lo que arranca como una pieza teatral se convierte en un tenso thriller criminal cuya resolución proporciona a la película lo más parecido a un instante de optimismo.

placeholder Un fotograma de 'La vida de los demás'. (BTeam)
Un fotograma de 'La vida de los demás'. (BTeam)

Minutos más tarde, en uno de los pocos momentos durante los que la película explicita su mensaje, uno de los personajes del tercer episodio habla del poder de los ciudadanos para oponerse a participar en un sistema que repudian. Poco antes hemos visto a un recluta que corría a través del bosque y, tras quitarse el uniforme, se sumergía en el agua como tratando de limpiarse; después, tras su llegada a la casa de su novia con la intención de proponerle matrimonio, descubriremos por qué necesitaba ese baño purificador. En general el relato aqueja cierta falta de verosimilitud a causa de algunas revelaciones argumentales artificiosas y decisiones algo estúpidas por parte de los personajes, pero aun así funciona mejor que la cuarta y última entrega. Se trata de la historia de una expatriada que regresa a Irán para visitar a su tío, que vive en un exilio autoimpuesto en el campo y lleva demasiado tiempo guardando uno de esos secretos que queman. Mientras trata de meditar sobre las consecuencias a largo plazo de la resistencia a la autoridad, la historia se ve lastrada tanto por su trillado simbolismo como por la cantidad de metraje que necesita para decir lo poco que dice, que en todo caso ya ha sido dicho en los segmentos previos.

En lugar avanzar decidida hacia una conclusión contundente, en otras palabras, ‘La vida de los demás’ va perdiendo fuelle dramático en su transcurso. En el proceso, además, sus personajes encarnan ideas complejas, pero no llegan a ser adecuadamente desarrollados a pesar de las dos horas y media que Rasoulof les dedica. Y en lugar de aportar elementos de reflexión distintos y complementarios sobre la pena de muerte en general o los mecanismos de la conciencia y la culpa, asimismo, los cuatro episodios prefieren centrarse en ponernos de cuatro formas distintas en la piel de aquellos obligados a matar por imperativo legal. Y en ese sentido funciona, hasta que deja de hacerlo.

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