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'La espía roja': la octogenaria que filtró a los rusos el programa nuclear británico

Cualquier película basada en una figura como esa debería resultar apasionante; nada que ver con el drama de época apolillado y somnífero en el que el director Trevor Nunn la ha convertido

Foto: 'La espía roja'.
'La espía roja'.

No cabe duda de que la historia de Melita Norwood tiene mucha miga. La mujer no aparentaba ser más que una frágil abuela de 87 años cuando, en 1999, su otra identidad quedó al descubierto: se trataba de uno de los espías más longevos que los servicios secretos rusos, llamados NKVD primero y KGB después, tuvieron a su servicio —permaneció en activo entre 1937 y 1973— y de la persona responsable de proporcionar a la Unión Soviética todos los secretos relativos al programa atómico británico. Norwood se convirtió en portada de todos los periódicos, pero a causa de su avanzada edad, y del miedo del servicio de inteligencia británico (MI5) a que emergieran embarazosos detalles sobre su negligencia, al permitir que una afiliada al Partido Comunista hubiera tenido acceso privilegiado a secretos de Estado, no recibió castigo penal alguno.

Cualquier película basada en una figura como esa debería resultar apasionante; nada que ver con el drama de época apolillado y somnífero en que el director Trevor Nunn la ha convertido.

A decir verdad, 'La espía roja' se basa más bien en la novela homónima de Jennie Rooney, a su vez inspirada libremente en el caso de Norwood. En los primeros compases de la película, una viuda octogenaria llamada Joan Stanley (Judy Dench) es sorprendida primero cuando llaman su puerta y después cuando, al abrir, descubre que está detenida y acusada de alta traición. Al parecer, la muerte de un antiguo colega ha expuesto las actividades prohibidas que ella llevó a cabo décadas atrás. Interrogada por las autoridades gubernamentales, la anciana niega toda responsabilidad, y empieza a relatar su historia a golpe de 'flashback'. A partir de entonces, en lugar de relatar su proceso de radicalización política, 'La espía roja' prefiere funcionar a la manera de un blandengue relato de amor loco.

En lugar de relatar su proceso de radicalización, 'La espía roja' prefiere funcionar a la manera de un blandengue relato de amor loco

Nunn viaja seis décadas atrás en el tiempo para fijarse en la versión joven e ingenua de su protagonista (Sophie Cookson). Aunque no parece tener del todo claro quién es el tal Stalin, la muchacha no parece pensárselo demasiado antes de engrosar las filas del activismo antifascista y del Partido Comunista. Y cuando la guerra estalla y es contratada como empleada de una institución de nombre anodino en cuyo seno, sin embargo, se coordina la investigación sobre armas nucleares, no tarda en filtrar información confidencial a sus camaradas soviéticos. Considerando que en él intervienen factores como el chantaje, la traición y hasta el asesinato, es frustrante que la película extraiga tan poco drama de su periplo posterior.

Imagen de 'La espía roja'.
Imagen de 'La espía roja'.

Se supone que debemos creer que las acciones de Joan son justificadas por la convicción personal, la defensa ferviente de las mejoras sociales que el experimento soviético promete y la certeza de que permitir al enemigo tener la bomba nivelaría los poderes internacionales de la posguerra y así garantizaría el mantenimiento de la paz mundial; y lo cierto es que, en ese sentido, es loable que la película se resista a la tentación de retratar al bando socialista como unos meros villanos. Pero Nunn no se molesta en explorar los claroscuros de esa conciencia; tampoco muestra verdadera curiosidad en el hecho de que una mujer como Joan lograra burlar al MI5 durante las décadas que se dedicó a robar información. Prefiere envolver a su heroína de un aura feminista.

En buena medida, en efecto, 'La espía roja' es una película sobre los peligros de infravalorar a las mujeres, y se esfuerza por dejar claro que Joan es victima del paternalismo, la condescendencia y el desprecio masculinos en ambas épocas de su vida. El problema es que, en última instancia, esos intentos de convertirla en símbolo antisexista son del todo incongruentes porque, en la práctica, sus motivaciones se encuentran más bien bajo las sábanas. Seducida primero por su reclutador y después por su jefe, es una mujer que permanece a merced de los hombres; y por mucho que el guion insista de forma nada sutil en recordarnos su brillantez, al mismo tiempo la retrata como un mero peón indefenso.

Cartel de 'La espía roja'.
Cartel de 'La espía roja'.

Por lo que respecta a las escenas centradas en los noventa, en ellas Dench no logra que el personaje se erija en nada más que una anciana desconcertada cuyos motivos son tan increíblemente difusos como eran décadas atrás. Si por sí solo eso ya hace que resulten insulsas y tediosas, el hecho de que todas ellas transcurran bien en el hogar de Joan bien en comisaría no hace sino agravar ese desagradable efecto. Quizá la falta de complejidad psicológica y de tensión dramática podría haberse atenuado en caso de que la dirección de Nunn supiera extraer del relato cierta estilización visual —después de todo, a una narración que incluye espionaje, escándalo y muerte se le presupone la fotogenia—, pero no es el caso. Al final, lo mejor que puede decirse de 'La espía roja' es que dentro de muy poco ya nadie se acordará de ella, y que por tanto no será un obstáculo para que la historia de Melita Norwood sirva de base para una película capaz de hacerle justicia.

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