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'Sicario, el día del soldado': no hay reglas en la guerra contra el narco

En esta ocasión, el agente Graver se ve arrojado a la acción después de una serie de ataques terroristas aparentemente orquestados por suicidas organizados por los cárteles

Foto: 'Sicario: El día del soldado'.
'Sicario: El día del soldado'.

Uno de los mejores momentos de 'Sicario' (2015) -retrato lleno de fatalismo y brutalidad sobre la guerra sucia de Estados Unidos contra los cárteles de la droga- era la primera aparición en pantalla de Matt Graver (Josh Brolin), misterioso operario de la CIA que, descubríamos, organizaba asuntos de seguridad nacional ataviado no con un traje oscuro sino en camiseta y chanclas. En su primera escena en la secuela 'El día del soldado', vemos que Graver ha reemplazado las chanclas por unas Crocs.

Y no es solo eso lo que ha cambiado en él. No hay rastro de las numerosas idiosincrasias que el personaje desplegaba entonces. Tal vez sea porque ya conocemos al monstruo que se oculta bajo esa fachada desenfadada, y por tanto no hay por qué ocultarlo; o quizá porque la agente del FBI Kate Macer, centro moral de la película original, no forma parte del universo de esta y por tanto Graver no tiene nadie ante quien poner rostro amable a los actos terribles que comete. Sea cual sea el motivo, este Graver solo se parece vagamente al de entonces, y esa es una debilidad que en buena medida comparte con el conjunto de la nueva película de la que forma parte.

En esta ocasión, el agente se ve arrojado a la acción después de una serie de ataques terroristas aparentemente orquestados por suicidas conducidos a través de la frontera mexicana por los cárteles. Para atajar el problema contacta con su colaborador habitual, Alejandro Gillick (Benicio del Toro), de quien en 'Sicario' (2015) ya supimos que es un antiguo abogado reconvertido en una forma más expeditiva de justiciero después de que su familia fuera asesinada por los narcos. “Esta vez no hay reglas”, explica uno de los personajes acerca de la misión, y eso inevitablemente plantea un interrogante: ¿es que en algún momento las hubo? ¿No cometían Graver y Gillick torturas ilegales y asesinatos a sangre fría en la primera película?

'Sicario: El día de soldado'.
'Sicario: El día de soldado'.

Sea como sea, el plan es secuestrar a la hija adolescente de un señor de la droga haciendo que la culpa recaiga sobre un narco rival y provocando así un enfrentamiento entre cárteles. Pero las cosas no salen según lo esperado. El conflicto resultante entre Graver y Gillick es lo más interesante de 'El día del soldado', y por eso es una pena que el foco no se ponga en él hasta pasados más de dos tercios de la película, y que el modo que el director Stefano Sollima tiene de desarrollarlo parezca más destinado a sentar las bases de la tercera entrega de la saga que a resolver la segunda de forma satisfactoria. Como en la primera película, además, Alejandro es el personaje más interesante, pero aquí tarda 40 minutos buenos de metraje en aparecer, y no hay rastro de las complejidades morales y éticas que en el pasado regían sus acciones.

Eso, de nuevo, es algo que invita a extrapolaciones. Si a su fría y distante manera 'Sicario' planteaba dilemas éticos relacionados con los métodos criminales de Estados Unidos, 'El día del soldado' más bien normaliza las tácticas de sus personajes, asumiendo que están justificadas a tenor de la ineptitud de los burócratas del gobierno americano y la villanía de los cárteles. En realidad, aquí todos los dramas humanos y las disputas políticas parecen funcionar como una mera forma de dotar de peso específico lo que en esencia es una forma particularmente violenta de 'actioner'. Para cuando la película alcanza su clímax, Alejandro ha dejado de ser un personaje de carne y hueso para ir abrazando su condición de líder del universo cinematográfico de 'Sicario'.

Cartel de 'Sicario: El día del soldado'.
Cartel de 'Sicario: El día del soldado'.

Es cierto que pocas secuelas resultan poseer la misma complejidad temática que sus predecesoras, y por eso todo lo dicho anteriormente no sería tan grave si la nueva película poseyera el músculo visual y la precisión rítmica que hicieron de la primera película una experiencia tan intensa. Pero ninguna de sus coreografías está a la altura de los mejores momentos orquestados en su día por Denis Villeneuve -aunque el modo en el que Del Toro ejecuta a un esbirro disparándole unas 400 veces, sosteniendo su arma de un modo tan brutal como grácil, es del todo memorable-. Al final, pues, al verla es inevitable echar de menos mucho más que las chanclas de Josh Brolin.

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