110 años de su nacimiento

La desaparición del padre húngaro de 'Marcelino, pan y vino'

Ladislao Vajda descubrió a Sara Montiel, rodó la película más taquillera del cine español, fue premiado en Cannes, en Berlín y en Venecia, y hoy su nombre ha quedado en el olvido

Foto: El director de cine Ladislao Vajda
El director de cine Ladislao Vajda

Tan sólo unas imágenes de no muy buena calidad, sin ni siquiera sonido, en el NO-DO del 1 de enero de 1952. Se preestrenaba 'Ronda española'. Plumas y joyas, y pajaritas y esmoquins, flores claras en las columnas neoclásicas y un Fernando Fernán-Gómez, alto y espigado, departiendo con un grupo de gente trajeada. Sólo al final, la imagen se centra unos segundos en un locutor que entrevista a un hombre de mediana edad, rasgos del este y gafas redondeadas.

Esos pocos fotogramas se pierden rápidamente entre una marea de pingüinos y pieles que intentan entrar a la sala de cine y, sobre todo, dejarse ver por el sarao. Y el testimonio de un Ladislao Vajda en movimiento desaparece. Uno de los más importantes directores de la historia del cine español, el más importante de la década de los cincuenta, el que rodó 'Marcelino, pan y vino', el que descubrió a Sarita Montiel, el que estuvo nominado al Oso de oro de Berlín, la Palma de oro de Cannes y el León de oro de Venecia, reducido a unos pocos segundos de imagen en movimiento. El húngaro más castizo, el de los musicales copleros, los dramas taurinos, el del neorrealismo fusión y el cine policíaco de reminiscencias expresionistas, difícilmente ha soportado la gran goma borradora que es el paso del tiempo.  

Al joven Vajda le llamaron 'el húngaro errante', porque después de nacer en Budapest un 18 de agosto de 1906, hace 60 años, Ladislao bailó el pasodoble con Alemania, con Francia, con Italia y, finalmente, con España. Huía de los fascismos -por su ascendencia judía- y acabó recibiendo la Orden de Isabel la Católica y la nacionalidad española de mano del régimen franquista. El cine español primero lo adoptó -ya que la época dorada de su filmografía lo fue al amparo de la exigua industria española- y ahora parece haberlo olvidado.

Una infancia de película

Como suele ocurrir, el padre de László -su verdadero nombre- no quería por nada del mundo que su hijo se dedicase al mundo de las artes escénicas. Y lo hacía con conocimiento de causa, porque Ladislaus -padre- era un guionista y dramaturgo que trabajaba, mayormente, en la boyante industria cinematográfica alemana, inmersa en la corriente expresionista que tanto influenciaría a posteriori la obra de Ladislao -hijo- y que pondría a la producción germana en la vanguardia del séptimo arte. Entre los grandes hitos de Ladislaus, fue ser colaborador cercano del también húngaro Manó Kertész Kaminer, más conocido a partir de 1926 con el seudónimo hollywoodiense de Michael Curtiz, el mismísimo director de 'Casablanca' (1942).

Ladislaus era guionista y dramaturgo y trabajaba, mayormente, en la boyante industria cinematográfica alemana, inmersa en la corriente expresionista

En el Berlín de los años 20 -el de la modernidad, la libertad sexual y el cabaré- Vajda hijo atravesó la cadena de mando del cine casi al completo, desde eléctrico, ayudante de montaje, segundo operador, ayudante de dirección a montador jefe -que son los que si se ponían becerros te acababan dirigiendo la película en la moviola-. Algo empezó a oler a podrido en Alemania -y también en Dinamarca, pero después- y Vajda puso rumbo a Inglaterra en un intento de escapar del antisemitismo. Participó en el rodaje de tres o cuatro películas, tampoco más, y decidió volver a su Hungría natal para desarrollar una carrera gris y no desmasiado llamativa. Algo de crítica social. Algo de mujeres fuertes y resolutivas. Una militancia total dentro de una corriente de jóvenes directores húngaros en la que se mimetizaba perfectamente: consiguió rodar 10 largos sin sobresalir un ápice.  

Y cuando los tentáculos del nazismo llegan a Hungría, Vajda huye a Francia. Y cuando llegan a Francia, Vajda huye a Italia. Y cuando llegan a Italia -a través de la Organización para la Vigilancia y la Represión del Antifascismo (OVRA)- huye, finalmente a España. Allí el Archivo General de la Administración le esperaba con un informe que advertía de la llegada a España de un "'trust' judío de producción cinematográfica" encabezado por "un judío de origen polaco" acompañado "del señor Vajda, judío de origen húngaro". Una bienvenida más cálida que las que le esperaban en los otros países. 

La desaparición del padre húngaro de 'Marcelino, pan y vino'

En la maleta, 17 largometrajes como director y los nombres de algunos actores españoles con los que había trabajado en producciones italianas. Tirando de  contactos, empezó a dirigir películas en un campo ideológico minado y bien cercado; pero aunque el régimen franquista fuese de derechas, el antisemitismo no era uno de los asuntos ideológicos primordiales, con lo que con un poco de flexibilidad acabaría por encajarse en la forma de hacer cine en la España de posguerra. Y en España, László se hizo llamar Ladislao para acompañar la fusión castizo-magiar de sus producciones. Al final acabaría plenamente integrado en la industria de cine ibérica -también coprodujo con Portugal-. Porque "Ladislao Vajda no ha sido para el cine español un extranjero, sino uno de los nuestros desde su llegada a Madrid en 1942", como afirmó el crítico Luis Gómez Mesa sobre el cineasta. 

Primero fueron comedias sencillas. Como 'Te quiero para mí' (1945), para la que descubrió a una novata Sara Montiel con la que volvería a trabajar 20 años después, ya consagrada como estrella patria en Hollywood, en 'La dama de Beirut' (1965), su última película. Los guiones que le encargaban no le apasionaban, pero Vajda tampoco tenía excesivas ínfulas: consideraba que como director no debía manifestarse como artista individual, ni demostrar un estilo propio. Símplemente bastaba con dominar la técnica, saber el efecto de cada herramienta y divertir al espectador.

Vajda tampoco tenía excesivas ínfulas: consideraba que como director no debía manifestarse como artista individual, ni demostrar un estilo propio

Fue cuando conoció al guionista José Santugini Parada, otra figura hoy olvidada, pero premiada en su momento con la Medalla del Círculo de Escritores Cinematográficos y recordado en su prematura necrológica como "acaso el mejor guionista cinematográfico que en la actualidad [1958] poseía nuestro país". A él habría que agradecerle, en parte, una joya del cine como 'La torre de los siete jorobados', de Edgar Neville. En él encontró su media naranja artística y el camino para hacerse un nombre en una industria poco acostumbrada a los nombres foráneos.

Taquillazos y premios

No llevaba ni diez años en España cuando Vajda explotó. Reventó la industria. En 1950 reinventó el 'thriller' español, en el que integró la estética expresionista que había mamado en su infancia alemana con la película 'Séptima página'. En 1958, con 'El cebo' -una coproducción hispano-germano-suiza-, trabajó con el guionista, escritor y pintor Friedrich Dürrenmatt en una historia de asesinos en serie de niñas que se ha convertido en una de las cintas imprescindibles de la historia del cine, no español, sino europeo.

Pero fue tres años antes, con el 'Marcelino, pan y vino' (1955) del niño Pablito Calvo -a la estela de Joselito- cuando alcanzó la máxima popularidad entre el público, los laureles de la crítica, los contantes de la taquilla y el favor de la Iglesia y el Franquismo. Un repóquer de ases que contenta a todo el mundo y que le puso en la órbita internacional y con el que consiguió el Oso de plata de Berlín, la Mención especial de Cannes y el Premio a mejor director del Círculo de Escritores de Madrid. Y el comienzo de una serie de colaboraciones con Calvo, el actor infantil más conocido del momento. 

"El hombre a quien jamás podrá echar en el olvido el cine español", decía una de sus necrológicas

Vajda encadenó un éxito tras otro hasta que en 1965, en su reencuentro con la diva Montiel y en pleno rodaje de 'La dama de Beirut', a los 57 años, moría de un infarto de miocardio, del que no pudo recuperarse a pesar de su traslado al Centro Quirúrgico San Jorge de Barcelona. Los periódicos de la época lloraron su muerte: "el hombre que sintió España", decían las necrológicas. Películas dignas "de un estudio muy detenido, porque, pasada la época de las comedias amables, cuando Ladislao Vajda pudo volcar su sensibilidad, su ternura, su amor a la humanidad y también su amor a España, en sus películas se creció y se dio por entero", decían. "El hombre a quien jamás podrá echar en el olvido el cine español", decían. 

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