guionista de '¡Bruja, más que bruja!'

Perico Beltrán, la leyenda del último bohemio

Perico Beltrán rubricó algunos de los mejores guiones del cine español. Entre ellos, el de '¡Bruja, más que bruja!, película dirigida por Fernán Gómez y reestrenada este mes de julio

Foto: Pepe Isbert y Pedro Beltrán durante una escena
Pepe Isbert y Pedro Beltrán durante una escena

Pedro Beltrán. Perico, para los amigos. Perico, el poeta de oídas. El juglar. El iconoclasta. El anarquista visceral. El hombre de la República. El mejor amigo del mundo. El practicante, el actor, el torero, el bombero, el bailarín, el flamencólogo, el guionista, el poeta. Sus 'leitmotivs' eran "medio culo en la calle y otro medio en la biblioteca, pero las dos cosas al mismo tiempo" y "vivir pronto y mucho y escribir tarde y poco". Perico Beltrán, el último bohemio

Marzo de 1988. El Festival de Murcia homenajea a Pedro Beltrán y Fernando Fernán-Gómez pone fin a su intervención con un emocionante "Loor a ti, Pedro Beltrán, amigo, hermano". Antes, le había dedicado su discurso, lleno de admiración, de cariño y de ese tipo de chanzas codificadas con el código secreto de los que han compartido noches y noches de mesa de bar y paseos a la luz de las farolas, cigarrillo en mano y aspirina en bolsillo. Heredero de Valle-Inclán y de Quevedo, admirador de Cervantes, Gogol y Dostoyevski, nativo del café Gijón, de las tertulias a cargo de ese tipo de familias que se eligen y no aparecen en el registro, en la que se habían enrolado desde Luis García BerlangaRafael Azcona hasta Francisco Regueiro, Fernando Fernán-Gómez y Juan Estelrich

Pertenecía a la famila extraoficial de Luis García Berlanga y Rafael Azcona, Francisco Regueiro, Fernando Fernán-Gómez o Juan Estelrich

“He tenido yo la suerte y la picardía de que el bohemio Beltrán haya aromado con sus esencias mis artesanos trabajos de 'El extraño viaje', 'Bruja, más que bruja!'" -que se acaba de reestrenar este mes de julio- " y 'Mambrú se fue a la guerra'", agradecía el pelirrojo. Sí, juntos -Beltrán como guionista, Fernán-Gómez como director- habían engendrado en 1964 una de la películas más extraordinarias del cine español: una medio comedia, medio drama y otro medio -sí, porque esta película se salta todos los cánones- de terror esperpéntico rural. 'El extraño viaje' , una auténtica joya. Tan singular y maldita como el propio Beltrán, como su vida.   

Perico Beltrán, la leyenda del último bohemio

Tan amigos eran Beltrán y Fernán-Gómez, que casi se fueron a la vez. Pero se fueron de formas tan diferentes como las dos caras de una moneda. El 9 de marzo de 2007 Gabino Diego encontraba el cuerpo sin vida de Beltrán en la habitación de la pensión del centro de Madrid donde había vivido los últimos años, acuciado por las estrecheces económicas. Ocho meses después, moría Fernán-Gómez, en la unidad de Oncología del Hospital La Paz, después de haber recibido el Príncipe de Asturias de las Artes, el Premio Nacional de Cine y Teatro, la Medalla de Oro de la Academia de Cine y más Goyas que ninguno de sus compañeros. 

Pero es que a Perico Beltrán no le interesaban ni el éxito, ni el triunfo material ni el aplauso vacío. Le interesaban la vida, los amigos, la noche, escribir, los poemas, saber, ver, conocer. Una escala de valores diferente. Una posición de rebeldía, de libertad, totalmente consciente y trabajada. "Contrariamente a lo que sucede con el pícaro, que vive buscando un amo a quien servir, el bohemio es incapaz de prestar vasallaje o abdicar de sus convicciones", decía el propio Beltrán.

El recuerdo de su infancia

"No era niño de papá ni hijo de navajero, no iba al colegio por la mañana y a la discoteca por la noche", cuenta Carlos F. Heredero en su libro 'Pedro Beltrán, la humanidad del esperpento'. "Cartagena, Murcia, 20 de abril de 1927. A las dos y media de la tarde, el mismo mes, el mismo día y a la misma hora que su padre, nacía, unos cuantos años después, Pedro Beltrán Rentero, tercer vástago y primer hijo varón de sus progenitores. El acontecimiento tuvo lugar en el número 69-71 de la calle 'La muralla del mar', una casa situada frente a la estatua de Colón y que no tenía por delante otro horizonte que el inmenso de las aguas medite rráneas. Su padre era agente comercial, representante de Heraclio Fournier en Cartagena y miembro fundador de Unión Republicana. La madre se dedicaba a sus labores, pero tenía la cultura suficiente para haberle enseñado a leer antes de que fuera al colegio, a los cuatro años de edad", comienza en relato de Heredero sobre la vida de Beltrán. 

Con siete años le escribió una carta a Manuel Azaña pidiéndole una equipación para aprender a torear que el presidente le mandó a casa para el día de Reyes

Su relación con el dinero siempre fue fría y esporádica. Fue a una escuela modesta a cargo de dos viejas solteronas, doña Emilia y doña Lola, donde tenía que llevar su propia silla para sentarse. Más tarde fue a los Maristas "y allí fue donde decidió que no aguantaba a un sólo fraile más". Con siete años le escribió una carta a Manuel Azaña pidiéndole una equipación para aprender a torear que el presidente le mandó a casa para el día de Reyes. En Bachillerato comenzó a sacarse dos cursos por año para marcharse a Valencia a estudiar de practicante en la Facultad de Medicina.

Mientras tanto, le gustaba pasearse y participar en los teatros de variedades. Para darle más exotismo, le pusieron el cartel de "Pierre Trambell, bailarín excéntrico". Tras dos años poniendo inyecciones a los trabajadores de las minas, Beltrán se marchó a Madrid, dispuesto a convertirse en torero. Entró en la escuela taurina, pero como no tenía parné, tuvo que dejarlo y buscarse la vida. Luego accedió, con una beca, en la escuela de Arte Dramático: dormía en los ascensores, comía de lo que le daban y si no le daban, pues no comía.

Dormía en los ascensores, comía de lo que le daban y si no le daban, pues no comía

Y poco a poco, para ganarse un sueldo de actor de entre veinte y treinta duros al día -aunque la comida y la pensión había que pagarla-, empezó a hacer de gasolinero 6 en una producción por aquí, de matador por otra producción por allá, a frecuentar los bares del artisteo hasta hacerse habitual de las tertulias con Enrique Diosdado, Buero Vallejo, Jardiel Poncela, Adolfo MarsillachJosé María Rodero. Y, por supuesto, de su gran amigo Fernán-Gómez. Sin buscarlo, la bohemia lo encontró. Y el esperpento le corría de la punta del dedo gordo del pie a la punta del pelo más largo de su cabeza.

Consiguió trabajar a las órdenes de los mejores: con José Antonio Nieves Conde en 'El Inquilino'; con Luis García Berlanga en 'El verdugo' (1963), 'Tamaño natural' (1974), 'Patrimonio Nacional' (1981) y 'La vaquilla' (1985), y con Fernán-Gómez, en 'El viaje a ninguna parte' (1986), entre otras. Y aunque estuvo casado y tuvo tres hijos, acabó sus días en una pensión de Espoz y Mina; "figura humana entrañable y profesional polivalente, Pedro Beltrán era en la última etapa de su vida un personaje solitario y trashumante, que parecía arrancado del pretérito y que vivía anclado en su presente a base de rasgar, con tanta lucidez como ferocidad, la engañosa apariencia de normalidad que le rodeaba", concluye Heredero.

Pero lo que nunca le faltaron fueron dos cosas: los amigos y las convicciones.

El recuerdo de Eloy Arenas

Unas convicciones tan férreas que le hicieron inflexible frente a cualquier tipo de convención burguesa, entre las que se encontraban el trabajo y el dinero, que como casi siempre van a la par, escasearon a dúo en la vida de Beltrán. Él mismo alimentó su leyenda de perezoso -"¿Hablar de la pereza sin mencionarme a mí?", se quejó en alguna ocasión a Fernán-Gómez-, pero sus amigos lo niegan. Eloy Arenas, dramaturgo, humorista, actor y escritor, lo recuerda todas las tardes escribiendo con una mecanógrafa en algún bar de la plaza Santa Ana. "Le entró la fama de vago, pero no, lo que pasa es que las cosas se le ocurrían muy lentamente; elegía lo que quería decir y llevaba más tiempo. Era un hombre muy, muy, muy honesto y no empezaba a escribir hasta que tenía clara la idea. Desdeñaba, apartaba, eludía muchos proyectos porque no los consideraba estupendos".

Él mismo alimentó su leyenda de perezoso -"¿Hablar de la pereza sin mencionarme a mí?", se quejó a Fernán-Gómez-, pero sus amigos lo niegan

También componía poemas, pero no fue hasta el final de su vida cuando decidió plasmarlos en papel. Bueno, él no, sus amigos.  "Yo le llamaba el poeta de oídas, porque nunca escribía sus versos, siempre los decía de memoria. Se los recitaba a todos sus amigos en reuniones; siempre le pedíamos que nos deleitara con cualquiera de los versos que tenía en la cabeza, pero nunca, nunca los escribía", rememora Arenas.  "Mi hijo Eloy (Azorín), que tenía 20 años por entonces, lo persiguió durante meses con una cámara hasta sacarle el último verso". Arenas se los enseñó a los editores de Martínez Roca, que los publicaron  en el año 2002 bajo el título 'Burro de noria'. "Y, desde luego, son versos hermosísimos".

"Él siempre intentaba mirar hacia los grandes para descubrir que lo que había hecho no resultaba interesante. Trataba de buscar su propio estilo y eso conllevaba que las ideas no le surgieran con la rapidez que quería. Era muy improvisador, con una gran capacidad de repentización en las conversaciones y en la vida, pero a la hora de escribir se lo tomaba muy, muy, muy en serio".  Recuerda Arenas que Beltrán dedicaba las mañanas a pensar lo que le diría a la mecanógrafa por las tardes. Cuando murió, se encontraba "escribiendo una versión de Jardiel Poncela para el Español, cuando Mario Gas era el director del teatro".

El recuerdo de Gabino Diego

Quien dio la primera voz de alarma fue Gabino Diego. Había ido a buscarle a la pensión cuando se encontró con el cuerpo. Se habían conocido más de 20 años antes, en el rodaje de 'El viaje a ninguna parte' (1986). Ambos formaban parte del reparto. "Tuve una época de mucho contacto con él y yo siempre buscaba una excusa para quedar. Era una persona muy talentosa, un tipo fantástico; como buen bohemio sabía de todo y con él, todo el mundo que le conocía había pasado alguna noche mágica".  

"Era una persona muy talentosa, un tipo fantástico; como buen bohemio sabía de todo y con él, todo el mundo había pasado alguna noche mágica"

"Pero también tenía un carácter complicado", admite el actor de 'Amanece, que no es poco' (1989). "A lo mejor le contradecías algo y en medio de un restaurante se te ponía a gritar. Pero por otro lado viví momentos muy bonitos; era una persona que siempre estaba disponible. Tenías un problema´, estabas fastidiado y te decía: esto no se puede hablar por teléfono, hay que quedar. Siempre ayudaba. Él me dio mucho más de lo que yo pude dar. Podía ser el mejor amigo del mundo. Con él siempre aprendías algo". 

Y aunque no perseguía la fama -y tampoco la fama le perseguía a él-, de vez en cuando si que necesitaba aunque fuera un único aplauso, un pequeño reconocimiento de su talento. "Yo recitaba sus poemas en 'Una noche con Gabino', y un día, cuando vino al teatro, me dijo: 'Gabinito, vengo muy 'fastidiao', así que si puedes, en algún momento, decir que el autor está en la sala...'. Él lo decía para que le dieran un aplauso. Pero lo decía en plan de coña".

Estaba en contra de toda la tecnología; decía que era el fin de la civilización. Era tajante en sus creencias. "Pero cuando se encontraba con alguien que sabía mucho de un tema, era una persona muy humilde, siempre tratando de aprender. Pero el problema del bohemio es cuando van cumpliendo años. Ya no puedes ir de fiesta, ya no puedes levantarte de la cama. El bohemio sí da, parece que tiene que ir dando cosas a los demás: enseñanzas, entretenimiento, poesía. Perico era una máquina de dar cosas y en muchos aspectos los que fuimos sus amigos estamos en deuda con él".

Perico Beltrán, la leyenda del último bohemio

El recuerdo de Óscar Ladoire

"Hablemos de ti, ¿qué opinas de mí? -me espetaba Javier Ortiz cada vez que detectaba en el interlocutor la vanidosa costumbre de hablar de uno mismo cuando quería hablar de otro. Ahora que Javier tampoco está para reprenderme, intento recordar a uno de los más grandes guionistas, monosabios, poetas, tenores, compositores de zarzuelas, mancebos de botica bohemios, que he conocido. Y sin hablar mucho de mí", escribe Óscar Ladoire, quien dirigió a Beltrán en 1988 en la película 'Esa cosa con plumas'.

"¡Qué ojitos tenía debajo de esas dos cejas, Pedro Beltrán! Color miel, pero más claros. Brillaban como el arrope, enmarcados en unas negras y larguísimas pestañas. Si hubiera que ponerle cara a a la inteligencia más vivaz, tendría la mirada de Pedro", prodigue Ladoire en su carta en recuerdo a su amigo."¡Qué guapo es!, pensé, mientras se arrancaba con la romanza del guardia civil que entró en el Congreso, un 23 de febrero. ¡Qué maravillosa voz de tenor! -me dije embelesado cuando empezó a representar todos los personajes de aquel acontecimiento entre bufo y dramático. El esperpento, vaya. Lo nuestro de siempre. No había pasado una semana y ya había compuesto Pedro su zarzuela del 23F. ¡Esto es genial, Pedro! ¿Lo tienes escrito? Claro que no. Esto es de tradición oral, como siempre".

"No acostumbraba don Pedro Beltrán a poner por escrito cualquiera de sus genialidades, salvo que mediara contrato de por medio"

"No acostumbraba don Pedro Beltrán a poner por escrito cualquiera de sus genialidades, salvo que mediara contrato de por medio. Y, aún así, cuentan las malas lenguas que tras el ultimátum que recibió de su buen amigo Francesco Rosi -habían vencido todos los plazos para la entrega del guión-, le envió las noventa holandesas de rigor estipuladas por el contrato, manuscritas. Secuencia Uno. Plaza del Duomo. Ext. Día., había escrito Pedro a inmenso tamaño, de su puño y letra, en la primera hoja del guión. Así hasta noventa. Cumplí la letra del contrato. Ahora he comprado un poco de tiempo para el guión bueno, que va a ser buenísimo. Cuando me salga". Y así, con ese ingenio, se las gastaba Beltrán cuando había fechas límite rubricadas.

"Años más tarde, me despedía yo de él en su pensión de la calle Infantas de Madrid", rememora el actor. "'Quiero hacerle este regalo, don Óscar, que no es para usted, sino para la dulce dama que le cuida. Es una maceta. Ahí va'. Se me acercó, más allá de la prudencia sajona y, como en los mejores tiempos, tirando de la seducción de sus larguísimas pestañas, me encadenó a su mirada y me recitó bajito, pero ¡tan claro!:

La maceta que tú me regalaste

nunca la riego, que quiero olvidarte,

pero está tan lozana, ¡qué misterio!

¿Será porque la hablo como tú me enseñaste?".

El recuerdo de Fernando Merinero

En 1998, Perico Beltrán hizo la que sería su última aparición como actor -haciendo de sí mismo- en la película documental 'Casting' de Fernando Merinero. De una larga conversación, un año antes, entre el actor/guionista y Merinero acabó naciendo el documental 'El último bohemio', donde calada a calada, se va componiendo el puzle de un Beltrán de más de 70 años, que repasa la poca convencionalidad de su vida y obra. Merinero recuerda los últimos años en los que trató a Beltrán, sus noches de ron, sus aventuras festivaleras y sus confesiones nocturnas.

"Pese a la apariencia física, porque parecía un recto caballero español, hoy le consideraríamos un antisistema, un ácrata, un bon-vivant", cuenta Merinero. "Yo le conocí a mediados de los noventa, y le traté durante esos diez años hasta que falleció. Se revelaba como un hombre con unas ideas profundas, muy humanista, interesado sobre todo en el ser humano, en sus sentimientos en sus pasiones, las bajas y las más altas".

Una noche acabó retando a lingotazos a la mismísima Ava Gardner en un hotel de El Escorial. Había venido a España a ver una corrida. Ella fue la última en caer

"Incluso se había casado, pero por las noches casi siempre estaba en el Bocaccio. Una noche su mujer se presentó con una hija que tenía dos o tres años y otra más pequeña con 10 ó 12 meses y le dijo que o iba a casa inmediatamente o que no volviera más. Y no le hizo caso y no volvió. Era un hombre dominado por la efervescencia cultural y artística que debía de respirar en ciertos ámbitos muy elitistas donde no entraba cualquiera y que contrastaban con el ambiente de una dictadura".  Y tan selecto era el círculo que, cuenta Merinero, una noche acabó retando a lingotazos a la mismísima Ava Gardner en un hotel de El Escorial, cuando había venido a España a ver una corrida. Y que Ava Gardner fue la última en caer, tumbando hasta al último bohemio, aunque estuviese bien entrenado.

Perico Beltrán , la leyenda involuntaria de un hombre que siempre estuvo allí, aunque sin proponérselo. Una figura mágica y maldita a la que poco o nada le interesó la trascendencia, el éxito o algo más allá que la pluma, la noche los seres humanos -aunque con más querencia por las féminas-. Un hombre que nunca se planteó pasar a la historia del cine español. "No tendría que haber hecho cine en mi vida", decía. "Me parece mal haberlo hecho. Me parece que me equivoqué. He escrito películas, sí. Tienen cierto prestigio, sí. Pero a mí eso me deja frío".

Cultura

El redactor recomienda

Escribe un comentario... Respondiendo al comentario #1
2 comentarios
Por FechaMejor Valorados
Mostrar más comentarios