superviviente de 'lo que el viento se llevó'

Olivia de Havilland, la última leyenda, cumple 100 años

Olivia era una gran actriz y es una de las últimas pertenencias de un tipo de cine que engrandecía la vida de los que lo veían con sus épicas mentiras. Por eso es un honor que siga entre nosotros

Foto: Olivia de Havilland en un retrato
Olivia de Havilland en un retrato

"Pasear a su lado por la vida fue muy agradable, señora". La frase se la dijo, allá por 1941, un heroico general Custer a su esposa en 'Murieron con las botas puestas'; es decir, un apolíneo Errol Flynn a su Olivia de Havilland en la que fue la última película de la pareja más emblemática del cine de capa y espada. También sería el perfecto epitafio para el futuro deceso de Olivia. Sin embargo, los escritores de obituarios anticipados tendrán que esperar. La última superviviente de ese Olimpo contemporáneo que fue el viejo Hollywood cumple 100 años este viernes. Y lo hace asegurándole a sus médicos que piensa cumplir, al menos, diez más.

Cartel promocional de 'Murieron con las botas puestas'
Cartel promocional de 'Murieron con las botas puestas'

Resumir la importancia de Olivia de Havilland en la historia del cine es tarea mayúscula pese a que sus títulos no son precisamente abundantes. Nacida en Tokio un 1 de julio de 1916, desde pequeña cultivó una proverbial rivalidad con su hermana, la Joan Fontaine que protagonizaría 'Rebeca' (Alfred Hitchcock, 1940) y sería tan elogiada y admirada como ella misma en los círculos del cine de 'cualite'. Contaba de Havilland que el simple hecho de compartir habitación desde niñas ya supuso un problema que no haría más que crecer con el paso de los años. Cuando su familia fue trasladada a Estados Unidos y ella formó parte de la compañía teatral de Max Reindhart, la adaptación cinematográfica de 'El sueño de una noche de verano', la suerte apareció en su vida. Aquella obra le hizo firmar un contrato con Warner. Quiso la diosa fortuna que ese mismo año, 1935, y casi por descarte, el estudio se arriesgase colocándola a ella y a un también desconocido y atractivo Errol Flynn al frente del reparto de 'Capitán Blood'.

Olivia de Havilland, la última leyenda, cumple 100 años

El éxito de aquella película de piratas supuso un todo un filón y, desde entonces y a lo largo de ocho películas, Errol y Olivia serían algo así como los Romeo y Julieta del cine de aventuras, casi siempre a las órdenes del malhumorado Michael Curtiz, director húngaro al que Flynn no soportaba ni siquiera cuando era capaz de parir obras maestras como 'Robín de los bosques'. Olivia, que quería ser una actriz 'seria' y a menudo no soportaba las bromas pesadas del gamberro Flynn detrás de las cámaras, despreciaba lo que ella consideraba entretenimientos ligeros. Solo años después, viendo una de aquellas películas en televisión, comprobó su persistencia y la inmarchitable calidad de las mismas. Tras veinte años sin hablar con Flynn quiso llamarlo por teléfono para contárselo, pero pensó que él se burlaría de ella, creyendo que no era más que una ñoña sentimental. A los pocos días de aquella ocurrencia, Olivia leía en la prensa la noticia de la muerte del actor a causa de un infarto. Aquella anécdota supuso una espinita que siempre se le quedó clavada.

Entre Hattie McDaniel y Vivien Leigh en 'Lo que el viento se llevó' (1939)
Entre Hattie McDaniel y Vivien Leigh en 'Lo que el viento se llevó' (1939)

La dulce Melania

Para entender lo poco satisfecha que Olivia estaba con su carrera en la Warner hay que recordar el empeño que puso, en 1938, para conseguir el papel de Melania en 'Lo que el viento se llevó'. Para Jack Warner, el simple hecho de hacer la prueba de cámara ya suponía una traición hacia su estudio. La actriz tuvo que pedirle a su mujer que intercediese por ella y, finalmente, consiguió estar en la película más cara, más taquillera y más premiada de su época. Su Melania Hamilton era el contrapunto perfecto de la perversa y pragmática Escarlata; un ser bueno y honorable que, gracias a su interpretación, fue mucho más que un personaje horrorosamente azucarado. A todo el mundo (Academia incluida, ya que fue nominada a un Oscar) le gustó su interpretación, menos a su jefe. A su regreso al estudio, Jack Warner la castigó colocándola en 'Las vidas privadas de Elizabeth y Essex', encarnando un personaje segundón muy por debajo de su categoría.

Olivia de Havilland en una imagen de archivo
Olivia de Havilland en una imagen de archivo
En ese momento comenzó un tira y afloja que tendría su punto culminante en la denuncia que la actriz le interpuso al estudio por las condiciones abusivas de su contrato y el de muchos actores con el estudio de turno. Corría el año 1943 y que ella ganase el pleito contra uno de los grandes gerifaltes de Hollywood sentó precedente. A partir de entonces, pondría nombre a la 'ley de Havilland' y los intérpretes dejarían de sufrir esos leoninos contratos que los ataban a una empresa durante siete años y los obligaban a hacer películas en las que no querían estar. Quizá por eso, aún son muchos los que en Hollywood llaman a la estrella 'santa Olivia, patrona de todos los actores'.

Libre de Warner y sus tejemanejes, De Havilland pudo demostrar su talento más allá del cine expansivo. Llegaron cintas como 'A través del espejo' (Robert Siodmak, 1946), en la que interpretó a dos gemelas, una de las cuales estaba bastante perturbada, 'Vida íntima de Julia Norris' (Mitchel Leisen, 1946), por la que ganó por fin un Oscar, o 'Nido de Víboras' (Anatole Litvak, 1948), en la que se atrevió a meterse en la piel de la paciente de un psiquiátrico en una de esas historias freudianas tan características del Hollywood de los 40. Todo valía con tal de mostrar, por fin, que su registro era vasto. Esa amplitud de miras la llevó al que quizá sea su personaje más icónico: el de la pacata solterona de 'La heredera' (William Wyler, 1949). Aunque Wyler le hiciese repetir una y mil tomas y le llenase una maleta de piedras para hacer más creíble el pesar de su personaje mientras la sube por una escalera, el resultado fue extraordinario. La evolución de niña amedrentada a mujer cruel como la hiel, sigue poniendo la piel de gallina cuando se vuelve a ver la película.

Joan Fontaine y Olivia de Havilland en una imagen de archivo
Joan Fontaine y Olivia de Havilland en una imagen de archivo

La enemistad con su hermana

Tras 'La heredera', vinieron vacas flacas para la dulce Olivia. El Hollywood de los 50 cambiaba a marchas forzadas y ella confesó sentirse como un pez fuera de la pecera en una ciudad que empezaba a ser territorio comanche. Tan descontenta estaba que se trasladó con su segundo marido, el periodista Pierre Galante, a París. En la Francia que esos años vivía una posguerra y una 'Nouvelle Vague' cinematográfica, encontró la paz y el sosiego que le hacían falta. A la soleada California solo volvió por su amistad con Bette Davis (fue su compañera de terror en la gótica 'Canción de cuna para un cadáver', de Robert Aldrich) o para interpretar personajes secundarios en cintas de catástrofes o series de prestigio como 'Norte y Sur', emitida en los años 80.

Olivia de Havilland en una imagen reciente
Olivia de Havilland en una imagen reciente
También durante sus visitas a Los Ángeles tuvo que soportar incómodas preguntas sobre la eterna enemistad con su hermana. Una y mil veces le cuestionaron sobre aquella noche en la que Joan Fontaine ganó el Oscar por 'Sospecha' y se lo restregó por la cara. Años después leyó duras críticas hacia ella en un libro firmado por la propia Joan que ella calificó de "gran mentira". Sin embargo, cuando esta murió en 2013 Olivia emitió un comunicado en el que afirmaba sentirse "apenada" pese a que no hubo revista de cine que no sacase a colación la perpetua rivalidad entre hermanas.

Ya anciana, última representante de ese mamotreto cinematográfico llamado 'Lo que el viento se llevó' y venerada por aquellos que piensan que el artificioso Hollywood en el que triunfó nunca más se volverá a repetir, Olivia de Havilland levanta admiración por donde quiera que va. Cuando en 2004 presentó un homenaje a los históricos premiados con un Oscar, no hubo figura pública que no moviese el culo de su asiento y se pusiese en pie para aplaudirla. Muchos dirán que es cuestión de supervivencia, de haber visto la vida pasar durante un siglo. La realidad es bien distinta. Olivia era una gran actriz y además es una de las últimas pertenencias de un tipo de cine que engrandecía la vida de los que lo veían con sus épicas mentiras. Por eso es un honor que siga entre nosotros. Por eso decimos, como diría ese general Custer con el apolíneo rostro de Errol Flynn: ojalá que le queden muchos paseos por la vida, señora.

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