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Ser pacifista no significa ser como Ione Belarra
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'Trinchera cultural'

Ser pacifista no significa ser como Ione Belarra

La bandera de España no tiene nada de facha, salvo que la izquierda lleva 40 años alimentando su alergia y haciéndose vestiditos de 'prêt-à-porter' con las banderas del nacionalismo, que le parecen más 'cool'

Foto: Ione Belarra. (EFE/Chema Moya)
Ione Belarra. (EFE/Chema Moya)
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Una de las muchas funciones de las guerras culturales (tener a la gente irritada por tonterías intrascendentes, provocar divisiones irreconciliables entre personas casi afines, sembrar de trampas el lenguaje, vaciar de sentido las palabras) es apropiarse de símbolos o vetarlos para una tribu y hacérselos indeseables.

Pensad en la bandera de España: nada en ella, ni un gramo de su tela, está contra los derechos de los trabajadores, o los derechos de los gais, o los derechos de los inmigrantes. La bandera de España no tiene nada de facha, salvo que la izquierda lleva 40 años alimentando su alergia y haciéndose vestiditos de 'prêt-à-porter' con las banderas del nacionalismo, que le parecen más 'cool'.

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Si la bandera de España se ha convertido en un distintivo facha, no es por su contenido, sino por su interpretación. Y la interpretación es el resultado de una guerra cultural. La izquierda hizo recientemente un leve intento de reapropiársela, pero perdieron fuelle por el camino. Era el tiempo de Pedro Sánchez delante de un banderote gigante y de algunos cargos de Podemos poniéndosela en el perfil de Twitter.

No llegó a quedar claro si el intento de abrazar este símbolo, tan transversal como para que tengas que pincharlo al seleccionar un idioma que entiendes en una web, era sincero o una estrategia para cabrear a los fachas. Me inclino a pensar lo segundo: dado que los únicos que reaccionaron fueron algunos independentistas, la izquierda española se ocultó en el seto y volvió a dejar la bandera donde estaba.

Pelillos a la mar

En fin, lo pongo como ejemplo porque se entiende, pero quiero hablar de otro símbolo en disputa: el pacifismo. La guerra de Ucrania ha desatado una guerrita cultural por aquí en la que el pacifismo se vacía de contenido. Se lo intenta apropiar una izquierda cursi-belarrista, y hay quien da por bueno el movimiento y dice que el pacifismo es de tontos. Pero, señora, no es así. El pacifismo no es murmurar con voz de eucaristía en domingo que hay que negociar con Putin y desarmar a Ucrania.

El pacifismo es una postura de compromiso político con la paz que nace de una aversión a la brutalidad y la estupidez. Esto no debe ser confundido con el buenismo, y mucho menos con la cursilería. El pacifismo es Gandhi logrando la independencia de la India sin provocar una matanza de ingleses, Mandela liberando a los negros del 'apartheid' sin convertir Sudáfrica en el holocausto caníbal de los blancos, King haciendo lo propio en América sin ceder a los cantos de sirena del separatismo negro.

El pacifismo no es cantar 'Imagine' en un parque para ver si mojas porque tocas la guitarra. Es pensar cómo se preserva la paz cuando es posible, y cómo se restaura si ha sido pisoteada por un abusón o un déspota. Durante la Segunda Guerra Mundial, el único pacifismo posible en Europa pasaba por el mal trago de pegar tiros a los nazis. Ante la injustificable invasión a Irak, pasaba por exigir a un Gobierno democrático que no manchara de sangre las manos de sus ciudadanos.

Esta vez no hay más pacifismo que el de Josep Borrell: fomentar el envío de armas y el cierre de filas en torno a lo básico de la democracia

El 'no a la guerra' de entonces fue, sí, una estrategia pacifista. Era un mensaje de la ciudadanía de un país democrático a su Gobierno, que había tomado la decisión de sumarse a una guerra sin sentido. Según las encuestas de la época, la inmensa mayoría de los españoles se oponía a la aventura iraquí del Gobierno de Aznar, así que hubo que salir a la calle, aunque no sirvió de nada. El 'no a la guerra' quedó, pese a la vanidad con que algunos llevaban la pegatina en la gala de los Goya, como un elemento para la memoria: España no quería la guerra de Irak. La ambicionó su Gobierno.

Por eso me ha jodido tanto que un puñado de mamarrachos hayan sacado a pasear el 'no a la guerra' en la guerra de Ucrania. Esta vez la pegatina no es un síntoma de pacifismo, sino de cursilería, superioridad moral y estupidez. Esta vez no hay más pacifismo que el de Josep Borrell: fomentar el envío de armas y el cierre de filas en torno a lo básico de la democracia, mientras se castiga la economía de Putin. Pacifismo hoy sería que Alemania cerrase realmente el grifo del gas. Lo que el pacifismo requiere en momentos de guerra no son palabras dulces, sino sacrificios amargos.

Cuando un déspota empieza una guerra, el pacifismo pasa por entender que las armas, como las palabras, no tienen una única función

En fin. La guerra de Ucrania va para los dos meses y he decidido volver a oír programas retrasados del pódcast de Pablo Iglesias, ese hombre que se caracteriza por tener siempre razón y decir las verdades a la cara, y revisar las declaraciones de Ione Belarra. El envío de armas a Ucrania que en esos ámbitos tacharon de comisión al suicidio y peligro para la paz mundial se ha revelado como la única opción de los verdaderos pacifistas. Gracias a esas armas, a Putin le está saliendo un juanete en Ucrania. El heroísmo ucraniano no sería nada tirando piedras.

Quería escribir esto porque sigo siendo un pacifista y me fastidia sobremanera que esta palabra se tiña de la estupidez de los papanatas que alardean de serlo en un intento por quedar como unos santos, tachando de paso a los que no compran su baratija argumental de “belicistas”. Lo triste no es que lo hagan, sino que algunos, en la guerra cultural, se lo crean. Acepto. Recuérdese dónde queda el pacifismo cuando meten troyanos en el lenguaje.

Como pacifistas, sabemos que no hay paz si un tirano aplasta a un país fronterizo, sino esclavitud. Cuando un déspota empieza una guerra, el pacifismo pasa por entender que las armas, como las palabras, no tienen una única función. Disparar contra un camión que trata de atropellar a niños en un parque no es un acto de guerra: es un acto de paz.

Una de las muchas funciones de las guerras culturales (tener a la gente irritada por tonterías intrascendentes, provocar divisiones irreconciliables entre personas casi afines, sembrar de trampas el lenguaje, vaciar de sentido las palabras) es apropiarse de símbolos o vetarlos para una tribu y hacérselos indeseables.

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