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Hotel Ucrania: persiguiendo la huella comunista en la arquitectura de Kiev
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Hotel Ucrania: persiguiendo la huella comunista en la arquitectura de Kiev

En 'Paisajes del comunismo', el periodista británico Owen Hatherley recorre los símbolos arquitectónicos que marcaron a los países de la antigua Unión Soviética

Foto: El monumento a la madre Patria, en 2019 (Sean Gallup/Getty Images)
El monumento a la madre Patria, en 2019 (Sean Gallup/Getty Images)

Dicen que en la arquitectura de la antigua Unión Soviética todo era simbólico, todo tenía que hacerte sentir, todo era un museo y todo era, al fin y al cabo, pura propaganda. Como en cualquier régimen megalómano, todo rezumaba enormidad, grandeza, heroicidad, fortaleza. En definitiva, hormigonazo. Y así lo recoge el británico Owen Hatherley en un volumen que precisamente estos días se hace imprescindible: ‘Paisajes del comunismo’ (Capitán Swing), en el que desde la simpatía va recorriendo las ciudades en las que todavía persiste la huella de la arquitectura soviética. Y, por supuesto, una de ellas es Kiev, la capital ucraniana, a la que, como dice este periodista, si bien adornan cada vez más renovados rasgos bizantinos -en una búsqueda nacionalista del mítico Rus de Kiev de sus catedrales- por sus calles, plazas y parques todavía se mantiene el modernismo -años veinte y treinta- y racionalismo monumental -años cincuenta en adelante- que tanto alentó y financió la URSS.

El Hotel Ucrania, en la plaza de la independencia (‘Maidán’) y donde se alojaron tantos periodistas en los primeros días de la reciente invasión, es un ejemplo de ello. Fue construido en 1961 y en él finalizaba la calle Khreshchatyk, una ‘magistrale’ típicamente soviética: igual pueden desfilar tanques que pasear multitud de personas por sus anchas aceras. Esta calle, cuenta Hatherley, fue reconstruida completamente tras la la II Guerra Mundial y posee toda “la estética estalinista”. De hecho, Stalin pretendía que fuera la joya de la capital y así incentivar que “Ucrania consiguiera un asiento en las Naciones Unidas”, escribe el periodista. Su diseño estaba lleno de edificios con agujas y pináculos y al entrar en ella había una estatua de Lenin, que hace años que ya no existe.

placeholder Khreshchatyk, en el año 2008 (Creative Commons)
Khreshchatyk, en el año 2008 (Creative Commons)

Según se camina también se observa el presupuesto con el que se fue contando para su construcción: cuando llegó el Gobierno de Jruschov se cortó (prefirió destinarlo a otros menesteres) y todos los mosaicos, esculturas decorativas y detalles que quedaban pendientes se quedaron fuera. “Solo quedaban el reduccionismo y la falta del alma del poder y la escala”, escribe este periodista. Más allá del Maidán aparece otro hotel estalinista, el Dnipro, la Casa de Ucrania y un imponente monumento “ultraestalinista” como es el Ministerio de Asuntos Exteriores. La calle tuvo otra vida a partir de los años noventa convirtiéndose en la gran avenida de las tiendas - “el dinero de los nuevos ricos, que la nomenklatura reclamaba para sí desde su nueva función de capitalistas privados”, dice Hatherley. Era la nueva Ucrania independiente. Un paseo por Google Maps sigue mostrando un lugar bullicioso donde se hallaban negocios como Zara o Mango. Hoy las imágenes actuales devuelven una calle solitaria con parapetos y todo tipo de medidas de protección.

Apabullante metro

Si hay algo que caracteriza a la construcción soviética son los sistemas de transporte público. Las líneas de metro y tranvía llaman la atención desde Moscú a Berlín (este) y Kiev no fue una excepción, si bien sus habitantes reconocen que su suburbano apenas puede competir con el de la capital rusa. Hatherley cuenta que esta especialidad soviética en el transporte no fue una casualidad; al contrario, fue una imagen de marca frente a otros países como EEUU o Reino Unido que tanto publicitaban el coche como el gran vehículo (privado) para moverse por la ciudad. “Durante gran parte del siglo XX, la eficacia y la escala de una economía avanzada se medían siempre por la cantidad y la calidad de los coches que producía. Cualquier persona nacida en Reino Unido antes de 1985 recordará la mofa que provocaban los coches de Europa del Este (Dacia, de Rumanía; Lada, de la URSS; Trabant, de la RDA; Skoda, de Checoslovaquia”.

El metro fue una imagen de marca frente a otros países como EEUU o Reino Unido que tanto publicitaban el coche para moverse por la ciudad

La URSS no destinó su economía a la industria automovilística y sí fomentó el transporte público. “Puede que la URSS prefiriera haber tenido una economía automovilística de verdad en sus ciudades, pero la economía del tranvía y el metro que sí tuvo significó, por fuerza, el desarrollo de espacios públicos y colectivos que las personas podían atravesar”, escribe Hatherley. Y eso significó una estructura apabullante.

Kiev también la tiene, aunque esta sea menos épica e impresionante que la de Moscú. Cualquiera que haya estado en la capital rusa no puede dejar de admirar su subterráneo lleno de mosaicos, estatuas, bóvedas y todo tipo de detalles. En la capital ucraniana, escribe Hatherley, tampoco hubo tanto dinero como en la moscovita por lo que “tal y como sucedió cuando se eliminaron los ornamentos del antiguo edificio que alberga el hotel Ucrania, Kiev se convirtió en el banco de pruebas para un tipo de decoración para estaciones de metro simplificada”. De ahí que las primeras estaciones construidas “recuerden más a una estación estalinista a la que han despojado de la mitad de su traje de gala que a un nuevo estilo diferenciado”. De hecho, de nuevo en 1954 Jruschov cortó el grifo y dijo que, después de construir Kievskaya a todo lujo, ninguna más rivalizara con ella en estilo arquitectónico.

placeholder El metro de Kiev el pasado mes de enero  (Chris McGrath/Getty Images)
El metro de Kiev el pasado mes de enero (Chris McGrath/Getty Images)

No obstante, Hatherley sostiene que las construidas mucho más tarde, incluso ya en los ochenta, como Teatralna (antigua Lenina), tiene una decoración rococó que podría ser perfectamente moscovita. Y todavía, afirma, queda bastante rastro de la majestuosidad estalinista en las estaciones originales de 1949 y 1960 siendo muchas de ellas “un logro de ingeniería” por las enormes subidas y bajadas que hay que hacer entre las profundidades y la superficie. También se detiene en el carácter futurista de muchas de las que se construyeron para los Juegos Olímpicos de 1980. En ellas se mantuvieron los materiales y técnicas típicos -las amplias bóvedas con trenes saliendo de los túneles a cada lado, las hornacinas, el mármol, los mosaicos-, pero sin las reminiscencias históricas.

La vuelta de tuerca llegó a finales de los ochenta y comienzos de los noventa cuando, por esa nostalgia del Rus de Kiev, se volvió a los adornos bizantinos que ahora se encuentran, como se expone en este libro, en estaciones como Zoloti Vorota (Puerta Dorada), que tiene el techo lleno de motivos bizantinos. “Dos años antes de la caída de la URSS y la independencia de Ucrania, desaparece el contenido socialista y permanece tan solo la forma nacional”, sostiene Hatherley. Desgraciadamente, por todas estas bóvedas ya no caminan regueros de personas camino de su trabajo o su ocio. Y fueron las que alojaron a miles de personas que se escondieron los primeros días de la invasión ante los posibles bombardeos rusos.

Memoriales

En la antigua URSS tampoco faltaron los grandes memoriales evocadores de la II Guerra Mundial. La gran victoria del Ejército Rojo. Aunque no en todos los lugares fue igual y, de hecho, en los países bálticos y en Polonia “sería pedirles mucho que lo ensalcen como héroes, que es precisamente lo que hace este tipo de monumento”, sostiene este periodista.

En Kiev todavía se mantiene la gran estatua de la Madre Patria, también llamado el Museo de la II Guerra Mundial. Fue construido en 1981 y, en la actualidad, intenta evocar tanto aquella victoria como otros momentos más oscuros del régimen soviético como la hambruna de 1932. Según lo describe Hatherley, es un monumento que se mueve “entre el triunfalismo y el horror”. Una de las figuras es un coloso que enarbola una espada y un escudo en el que se puede ver la hoz y el martillo, típicamente soviético. Lo curioso es que está justo al lado de una de las pocas estructuras conservadas de la era del Rus de Kiev, el monasterio Lavra. La perfecta mixtura del comunismo y el nacionalismo.

placeholder El monumento a la Madre Patria (EL Confidencial)
El monumento a la Madre Patria (EL Confidencial)

A través de una abertura en la estatua de hormigón se entra en unas salas cuyas paredes recuerdan a los héroes de la guerra. Y a la vez, dice este periodista, te encuentras escuchando en bucle la marcha ‘La guerra sagrada’, “un bramido grave y terrorífico”. Ahí están todas las estatuas de bronce que parecen, dice Hatherley, todos los gigantes reunidos del realismo socialista. Sin embargo, también se nota que hace tiempo que pasó todo esto: hoy donde antes había un busto de Lenin han colocado una bandera de Ucrania. Además, en la última sala se vuelve a ver el renovado interés por el Rus de Kiev con la estética bizantina y “con mosaicos tan recargados de oro que a un oligarca le parecerían un tanto excesivo”, según se puede leer en un libro que explica muy bien un mundo que casi es de ayer.

Dicen que en la arquitectura de la antigua Unión Soviética todo era simbólico, todo tenía que hacerte sentir, todo era un museo y todo era, al fin y al cabo, pura propaganda. Como en cualquier régimen megalómano, todo rezumaba enormidad, grandeza, heroicidad, fortaleza. En definitiva, hormigonazo. Y así lo recoge el británico Owen Hatherley en un volumen que precisamente estos días se hace imprescindible: ‘Paisajes del comunismo’ (Capitán Swing), en el que desde la simpatía va recorriendo las ciudades en las que todavía persiste la huella de la arquitectura soviética. Y, por supuesto, una de ellas es Kiev, la capital ucraniana, a la que, como dice este periodista, si bien adornan cada vez más renovados rasgos bizantinos -en una búsqueda nacionalista del mítico Rus de Kiev de sus catedrales- por sus calles, plazas y parques todavía se mantiene el modernismo -años veinte y treinta- y racionalismo monumental -años cincuenta en adelante- que tanto alentó y financió la URSS.

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