Un billete de cien billones: el apocalipsis de la hiperinflación alemana de 1923
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Un billete de cien billones: el apocalipsis de la hiperinflación alemana de 1923

¿Cómo pudo generarse aquel marasmo que marcó al país para siempre?

Foto: Billete alemán de 100 billones de marcos acuñado en 1924
Billete alemán de 100 billones de marcos acuñado en 1924

Durante la crisis económica surgida a raíz de la quiebra de Lehman Brothers se demonizó a la santificada Angela Merkel, sobre todo tras su adiós, por querer apretar el cinturón a toda Europa, sometiéndola a draconianas políticas de austeridad. Algunos avispados analistas relacionaron la implantación de estas medidas por la influencia de la memoria colectiva en el coloso centroeuropeo. Según estos expertos, el recuerdo de la hiperinflación de 1923 conlleva actuaciones muy comedidas por miedo a repetir tamaña catástrofe, atribuida desde la pereza del tópico al pago estipulado por el Tratado de Versalles, cuando la realidad, como siempre, incluía muchas más complejidades en su baraja.

Si recurriéramos al vox populi de esos meses no saldríamos de nuestro asombro. El caos reinó en la República de Weimar. En Hamburgo hubo una intentona de revolución comunista. Adolf Hitler se presentó a la Historia con el putsch muniqués de la cervecería. Renania mostró deseos de independencia. El Reichsbank, desbordado por la situación, llegó a emitir billetes, sin seriar e impresos por una cara de hasta cien mil millones de marcos, justo cuando la prestigiosa moneda alcanzó la alucinante tasa de cambio de cuatro mil doscientos billones de marcos por un dólar estadounidense.

En la calle todo devino surrealista. La gente acudía a comprar comida con maletas de billetes por la incesante fluctuación de los precios. Muchos, ante la depauperación monetaria, empapelaban sus casas con ellos, mientras los barrenderos los expulsaban a las cloacas.

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Hiperinflación en Alemania en 1923

Los extranjeros, demonizados, aprovecharon la situación. Quien, por un casual, disponía de libras o dólares podía adquirir propiedades o darse a la gran vida casi con nada. Otros, como Stefan Zweig, se postularon en moralistas sin entender el germen de una desesperación donde la clase media cualificada percibía salarios casi idénticos a los de trabajadores sin formación. En algunos hogares se arrancaba el tapizado de piel de las sillas para hacer zapatos, usándose las cortinas para vestir a los más pequeños. Muchas familias, otrora pujantes, se conformaban con un trozo de pan negro y té aguado, concediéndose el lujo de comer carne una sola vez por semana. El canciller Stresemann, a la postre resolutivo para atajar la pesadilla, se preocupaba por la desaparición de la clase media intelectual y comercial, pilar del Estado, obligada a vender sus bibliotecas o realizar trabajos manuales para alimentar a los suyos. ¿Cómo pudo generarse ese marasmo?

De la deuda imperial al delirio del gasto

La senda hacia este abismo se precipitó apenas iniciada la Primera Guerra Mundial. El 4 de agosto de 1914 se aprobaron una serie de leyes que modificaron aspectos trascendentales del sistema monetario y bancario vigente hasta esa fecha. El gobierno recibió la potestad de aumentar a discreción la emisión de moneda, se suspendió el régimen basado en el patrón oro, concediéndose al ejecutivo la facultad de obtener del Reichsbank adelantos mediante el descuento de las letras de Tesorería de corto plazo.

El resultado de este paquete supuso un incremento galopante de la deuda pública. La ciudadanía, sin estar sometida al incremento de impuestos, contribuyó a la causa con la adquisición de bonos con la esperanza de encontrar un rápido beneficio ante tantas promesas de un futuro esplendoroso de dominación continental.

El Diktat de Versalles fue la puntilla, pero el país se vio agitado por cómo terminó el Imperio de Guillermo II

Cuando concluyó el conflicto todo se resquebrajó a muchos niveles. El Diktat de Versalles fue la puntilla, pero el país se vio agitado por cómo terminó el Imperio de Guillermo II. La inestabilidad, desde la misma revolución de noviembre hasta la reacción extremista a izquierda y derecha, no auguraba ningún sosiego, algo más agravado si cabe por el panorama de una moneda depreciada, un sector industrial dependiente de los contratos del ejército, escasez de materias primas para preservar el sistema productivo y el mantenimiento, hasta verano de 1919, del bloqueo naval británico.

La formación de la República de Weimar, con los socialdemócratas en la presidencia mientras realizaban malabarismos parlamentarios, suscitó sorpresa por la rapidez en solucionar la precariedad. La rápida desmovilización militar, la recuperación de la industria, el auge de las exportaciones, lo producido en Alemania salía más bien barato, y una inflación válida para aportar liquidez estimularon la inversión y allanaron el camino hacia una cierta tranquilidad, asimismo combinada con preocupantes cifras de paro y una ingente proliferación de muchedumbres a la espera de comida gratuita, en sintonía con lo estipulado en la Constitución, donde se especificaba el afán de justicia social de la nueva era.

placeholder Montones de billetes sin valor en Alemania en 1924
Montones de billetes sin valor en Alemania en 1924

El contexto internacional, la Revolución rusa coleaba en todos los espíritus como una presión proclive a las demandas de los trabajadores, fue otra punta de lanza para agitar el gallinero hacia su demolición. La experiencia de noviembre de 1918 había dado alas al proletariado. La depreciación de la moneda favorecía asumir las repetitivas demandas de aumentos salariales, motivo de masivas huelgas en caso de no ser aplicados.

Bastaba una brizna para desmontar el entramado. El 5 de mayo de 1921 la Comisión de Reparaciones reunida en Londres determinó el pago de dos mil millones de marcos oro anuales, equivalente al 26% de las exportaciones anuales germánicas. En 'La Alemania de Weimar, presagio y tragedia' (Turner), obra imprescindible de Eric E. Weitz, se cita la siguiente opinión de Theo Balderston, historiador de la economía: “el pago de las compensaciones vendría a ser una tasa detraída a los ciudadanos por su propio gobierno, una especie de recaudador en nombre de los aliados.”

El ultimátum de Londres, así mencionado en la historiografía teutona, dio otro vuelco a la coyuntura. El Ejecutivo no quiso elevar los impuestos, buscó fondos en el mercado de capitales, sin hallarlos, reproduciéndose el fracaso en el interior, donde los empresarios cerraron las compuertas de una hipotética colaboración, desconfiados ante el rumbo de los acontecimientos, desmadrados en grado sumo durante el segundo semestre de 1921 con una tormenta sin igual de subida de precios y del estipendio en múltiples sectores laborales, de mineros a funcionarios.

El cataclismo y el alivio

Con el país desquiciado, en enero de 1922 la inflación se propulsó al 70% y el cambio del dólar a siete mil quinientos marcos, la máquina de dinero era un placebo contraproducente. Los vencedores de la guerra, sin prestar excesiva atención a un incipiente paraíso de especulación, pensaron en un engaño tanto en la balanza de pagos como de la buena voluntad de la República, tocada y hundida, con sueldos estériles, ruina por no cubrir el coste normal de la vida, dilapidándose ahorros mientras muchos renunciaban a pagar impuestos, como si así congelaran el tiempo y abocaran el marco a su extinción.

En enero de 1923, belgas y franceses, siempre con más ganas de revancha, ocuparon la Cuenca del Ruhr, principal región de la economía de los vencidos. Estos adoptaron, para no sufrir mayores humillaciones, por la resistencia pasiva, bajo la consigna de no trabajar en fábricas o minas donde irrumpieran las tropas aliadas. Para ello, el Gobierno garantizó créditos a empresas por un montante de dos mil quinientos billones de marcos en papel moneda, subvencionándose con otros cinco mil doscientos billones los servicios ferroviarios, los postales y aquellos de carácter social. En verano, la actividad en el Ruhr era una utopía. La pasarela hacia el colapso se concretó en ese instante.

El 15 de noviembre, apoyados al fin por sectores industriales y agrarios, nació el Rentenmark y un nuevo banco, el Rentenbank

En agosto el canciller de centro-derecha Wilhem Cuno fue reemplazado y el presidente Friedich Ebert aupó al cargo a Gustav Stresemann, quien formó un gobierno de coalición con el SPD entre sus filas. En septiembre se zanjó la política de resistencia pasiva, condición sine qua non para negociar con los aliados, enfrentados al sinsentido de proseguir con ese tipo de ocupación. El Nobel de la paz de 1926 reclamó el estado de excepción. Fracasó, cayó, formó otro gabinete ministerial y el 13 de octubre de 1923 le otorgaron poderes excepcionales, prorrogados cuando a finales de noviembre fue sucedido en el poder por Wilhem Marx, esta vez sin contar con los socialdemócratas en los dicasterios, temerosos del previsible descontento del grueso de sus votantes.

Ambos hombres enderezaron el barco. El 15 de noviembre, apoyados al fin por sectores industriales y agrarios, nació el Rentenmark y un nuevo banco, el Rentenbank. El impacto fue fulminante: se contuvo la inflación, se redujo la plantilla de funcionarios en un 25%, se cedió en lo relativo a finiquitar la jornada de ocho horas y, por último, desaparecieron los subsidios para los más desfavorecidos, tales como desempleados y obreros en precario.

En 1924 el Plan Dawes dio un volantazo a la forma de hacer frente a las obligaciones de Versalles. Por aquel entonces se había impuesto el período de la racionalización. Estados Unidos, quien en cierto sentido había pasado a pagar la recuperación, fue el ejemplo para la economía del esplendor de Weimar, inmortalizado en la euforia berlinesa, la liberalización de costumbres, la apuesta de las regiones por viviendas de cariz social y el anhelo de una normalidad quebrada sine die por la herencia de las desigualdades sociales, disimuladas por la apoteosis del crédito, con los grandes centros comerciales pletóricos de escaparates para alentar el consumo como paradigma social de un todo es posible ficticio, demostrándose lo dicho con el crack de Wall Street de 1929, cuando el círculo vicioso transitó de lo local a la hecatombe global con la caída del gigante sustentador del tinglado.

Inflación Primera Guerra Mundial