Los diarios póstumos de Rafael Chirbes son una bomba: contra Pérez-Reverte, Mendoza, Bolaño...
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Los diarios póstumos de Rafael Chirbes son una bomba: contra Pérez-Reverte, Mendoza, Bolaño...

Anagrama publica las dos primeras partes de los cuadernos del fallecido Premio Nacional de Narrativa

Foto: Rafael Chirbes (EFE)
Rafael Chirbes (EFE)

Cuando eres excepcional, los datos del registro son más bien superfluos. Rafael Chirbes nació y murió en la pequeña localidad valenciana de Tabernes de Valldigna. Su óbito acaeció un sábado 15 de agosto de 2015, como si fuera una metáfora de su trayectoria, como si el tráfago de la fiesta veraniega ocultara su posición capital en las letras españolas, eclipsada por el ruido de nombres de más impacto, asimismo efímero, bolas de papel entre tinta impresa.

Su obra, más valorada si cabe tras su inesperado deceso, se configuró casi sin querer como unos esmerados y mordientes episodios nacionales de la España posterior a la dictadura de Francisco Franco, desde el debut con 'Mimoun' hasta el gran estallido, aún en vida, de 'En la orilla', junto a 'Crematorio' la única novela con mimbres para reflejar sin impostura alguna la crisis económica previa a la pandemia del coronavirus.

Luego, póstumamente, el lector español pudo sentir cierta sorpresa al descubrir un Chirbes distinto, desvelándose a sí mismo, en 'Paris-Austerlitz', nouvelle donde narraba sin tapujos, aunque sin renunciar a su habitual concisión clínica, una relación homosexual lejana en el tiempo con el fantasma del VIH, omnipresente en relato, teñido por el miedo del colectivo LGTBIQ+ en esos años de pesadilla, cuando la enfermedad se comparó con una peste bíblica, condena mundial y moral a un colectivo desde su intrínseca diferencia.

placeholder 'Diarios', de Rafael Chirbes (Anagrama)
'Diarios', de Rafael Chirbes (Anagrama)

Ahora Anagrama publica las dos primeras partes de los 'Diarios' del Premio Nacional de Narrativa en 2014. Su discreción existencial y su escaso rol mediático no han enmarcado el acontecimiento en polémica alguna, y tampoco hace falta la misma. Chirbes fue un intelectual silencioso, consciente de una lógica impropia a la época, sin velocidad ni apremios, sólo con el pulso de su prosa como vehículo para trascender.

Este martes, durante la rueda de prensa de presentación del volumen, Juan Manuel Ruiz, albacea literario de Chirbes, ha declarado que el prólogo a la edición de los Diarios de Marta Sanz está plagado de despropósitos y falsedades, como si fuera un ser extraño, casi un monstruo. La frase da pie a infinitas interpretaciones, propiciándose la reflexión sobre si este tipo de introducciones, la otra del libro corresponde al crítico Fernando Valls, deberían ahorrarse ese fluir de una primera persona demasiado anclada en recuerdos recientes, cuando, desde nuestra óptica, editar unos diarios de este calado merecería en su proemio más disección para comprender y menos usurpación del papel fundamental en una función de estas características, riesgos de una era de un yo demasiado preponderante como para ser generoso y brindarse sin cortapisas al responsable directo de los 'Diarios: Rafael Chirbes', el autor sin turno de réplica.

La aparición de estos cuadernos, sin embargo, tiene la relevancia de resituar al personaje y permitir un mayor conocimiento de sus motivaciones, dudas y procesos creativos. Nuestro país no tiene una tradición como la francesa en el género, pero a lo largo de los últimos decenios, de la constancia de Andrés Trapiello a la popularidad algo hinchada de la cotidianidad de Iñaki Uriarte, su fuerza parece haberse expandido hasta encontrar un hueco en las estanterías de las librerías, sin ser ya una mera anécdota, pasto de devoluciones y desinterés general.

La muerte antes de la primavera

Chirbes nunca decrece su inseguridad como escritor durante las más de cuatrocientas páginas del dietario. En su primer tramo, delimitado entre 1984 y 1992, el anhelo por cumplir su sueño infantil progresa a trompicones. Atrás quedan intentos con aire de nebulosa, absorbidos por el presente frenético de esos ochenta madrileños de alguien insertado en una normalidad con ingentes dosis nocturnas. Las mismas trazan pinceladas definitorias de un instante, y no hablamos de la Movida, sino más bien de cómo los coletazos de la dictadura se difuminan mientras las personas de a pie buscan asideros a sus querencias dentro de una desesperación calamitosa, impulso hacia un alcoholismo rutinario y una sexualidad aún cautiva, bestial por su contundencia, suave desde una inherente humanidad de la carne.

Desencuentros en plazas tras clubes de ambiente, juergas cocainómanas o el shock de una velada con un viejo confidente franquista

Esas correrías, revisadas por su autor transcurridos los años, no pretenden ninguna catarsis. Se muestran, deducimos, tal como fueron, con un ritmo donde sólo la calle y casualidades establecían unas fronteras harto porosas. Asistimos a desencuentros en plazas tras el conocimiento en clubes de ambiente, juergas con vecinos heterosexuales ansiosos por ir más allá por el influjo de la cocaína o el shock, mímesis perversa, de una velada estupefaciente en todos los sentidos entre Chirbes y un viejo confidente franquista, estéril al sucumbir a todo aquello denunciado cuando la ley de vagos y maleantes dictaba sentencia.

Estos episodios, sinónimo de tener la navaja de tantas cosas a un milímetro y salir ileso quien sabe si por un destino, cobran otra valencia al irrumpir el amor del obrero François, y con él los viajes a París mientras la cabeza de Chirbes, crítico gastronómico de la revista Sobremesa y avezado viajero por el Viejo Mundo, barrunta novelas, amparado en la amistad con Carmen Martín Gaite, definitiva valedora para su salto al ruedo literario, entrada sin duda amarga por la situación personal a caballo entre dos ciudades, entonces y ahora diametralmente opuestas, como las capitales de España y Francia.

En Francia ocurren algunos de los mejores momentos de un estilo repleto de lirismo que vuela altísimo

En esta última, secundaria de lujo en este trecho del itinerario, el autor de 'La larga marcha' nos ofrece, sin saberlo, algunos de los mejores momentos de un estilo repleto de lirismo que vuela altísimo en los fragmentos de paseo y estética, como cuando se recrea en los regalos de una visita al Louvre y reflexiona sobre si una estatua grecorromana atesora un ideal quimérico al no poder adquirir nuestra corporeidad. Los materiales nunca podrán brotar esqueletos, declinándose la belleza en la vulgaridad de nuestras propias entrañas, fundidas en otras cercanas, como las de François, su espejo por el vínculo, el desparrame de licores y el fantasma del mal en la gran lotería del sexo, con agonía final en el milagroso 1992 patrio, aquí ignorado por una cama de un hospital de Rouen donde agoniza el otrora amante, uno más en la lista de la tragedia. En el museo de museos, la Victoria de Samotracia abre los brazos capados en la escalinata a lo Audrey Hepburn, Anita Ekberg al aparecer en su avión de 'La Dolce Vita'. El mármol helénico es el mundo como escaparate, escondiéndose el dolor en libretas y sentimientos clausurados en una privacidad a priori inconfesable.

En ese limbo, Chirbes es un paria con hechuras de lo contrario a través de su actividad intelectual. Lector compulsivo, privilegia lo centroeuropeo, encumbrándose nombres como Hermann Broch o Robert Musil. 'La muerte de Virgilio' y 'El hombre sin atributos' son bálsamos para aturdir el desconcierto del día a día, esperanzas de un buque no tanto a la deriva, salvado por la creciente confianza de tener un editor de peso como Jorge Herralde entregado a la causa y así flotar siempre con más garantías por estar en el mercado novelístico nacional, asentándose pese al susto primigenio de una mala crítica en el sacrosanto Babelia.

La zozobrante paz del éxito

Una de las anotaciones más luminosas de todos los 'Diarios' es la siguiente: “Hago mi trabajo. Intento crear un rincón de orden y lógica en medio del caos.” Este mandamiento huele a tesis para escribir, si bien, visto lo desgranado en los párrafos anteriores, es otro tatuaje de conducta para no padecer más de la cuenta la cotidianidad, aunque, si lo enfocamos desde lo literario, puede ser un trampolín para sumergirnos en uno de los aspectos más controvertidos de este volumen: la crítica a sus compañeros de oficio.

Chirbes no idolatraba banderas y camarillas. Sus golpes contra Arturo Pérez Reverte conectan más bien con un rechazo a la egolatría del creador del Capitán Alatriste. Las pullas se centran en Cabo Trafalgar, donde detesta la arrogancia de “hacer lo que le sale de los cojones”, entendido desde un respeto a la tradición y al rigor, y un uso putrefacto del lenguaje, como si los personajes decimonónicos residieran en una taberna avezada en destrozar el castellano desde unos vocablos más propios de la contemporaneidad, un Torrente para todos los públicos.

Reprocha a Pérez-Reverte "hacer lo que le sale de los cojones" por su uso putrefacto del lenguaje

Antes, porque los pasajes demoledores tienen una levísima duración en otoño de 2004, una de sus víctimas es Eduardo Mendoza, de moda a finales de los ochenta, algo incomprensible según sus apreciaciones, como incomprensible es la vulgaridad de Marcos Ordoñez en juzgar a sus ídolos cinematográficos por su cuenta corriente, desanimándose el lector por ese elogio indirecto a un carpe diem muy de dolce far niente, de dinero a rebosar sin esfuerzo ni sacrificios.

Otros apuntados con el dedo acusador son Enrique Vila-Matas o Roberto Bolaño por exceso de literatura, mientras abomina de un artículo de Andrés Ibáñez, reflejo de una tendencia dedicada a rescatar a mártires de la derecha, de Pierre Drieu la Rochelle a Ezra Pound, de Guillermo Cabrera Infante a Vladimir Nabokov, como adalides artísticos a elevar a los altares, algo, como él mismo esgrime, muy de conflicto cultural de la Guerra Fría y normalización ideológica.

Aquí Chirbes se ve lastrado por una visión política de la literatura, atendible si reincidimos en la concepción de su obra como unos episodios nacionales de la actualidad pertrechados desde un punto de vista, obvio y necesario, pues no existe gran autor sin un imaginario propio, y en él mismo radica una imago mundi. Lo que para algunos sería una normalización ajena al pensamiento de cada uno, para el valenciano es una tentativa de recuperar firmas en pos de una futura demonización izquierdista desde la exaltación de sus contrarios.

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