Suerte y genio: la increíble historia de la psicóloga que se puso a jugar al póker y ganó una fortuna
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Suerte y genio: la increíble historia de la psicóloga que se puso a jugar al póker y ganó una fortuna

María Konnikova empezó a jugar al póker y acabó ganando más de 350.000 dólares. La experiencia le sirvió para escribir un entretenido ensayo sobre cómo tomamos decisiones y cómo (casi) todo depende del azar

Foto: El juego del póker.
El juego del póker.

En 2016, la psicóloga María Konnikova decidió aprender a jugar al póker. Contactó con Erik Seidel, uno de los mejores jugadores profesionales del mundo que le enseñó algunas habilidades. Un año después habían surtido efecto: Konnikova, que 12 meses antes no tenía ni idea del lenguaje ni de las jugadas, era una de las grandes campeonas y se había embolsado más de 350.000 dólares. Es lo que cuenta en 'El gran farol' (Libros del Asteroide), uno de los 'best sellers' de 2020 en EEUU y que ahora llega a las librerías españolas.

Sin embargo, Konnikova cuenta mucho más que su trayectoria como jugadora. Como psicóloga es experta en la toma de decisiones y, al adentrarse en el póker, lo que pretendía era poner en práctica, precisamente, cómo decidimos, cómo procesa nuestro pensamiento, cómo nos afectan las emociones, los ruidos, todos esos sesgos que también ha estudiado el brillante Daniel Kahneman, ganador del Nobel en 2002 por haber integrado la psicología en el ámbito de las ciencias económicas, y que aparece en varias ocasiones en este ensayo. Y todo para llegar a una conclusión: la vida es puro azar. No podemos controlarlo todo. No tenemos un gran trabajo por nuestras habilidades; ni tan siquiera tenemos un gran amor por eso. Desde que nacemos, todo, incluso nuestro propio nacimiento, haber ganado la gran carrera entre millones, depende de la suerte. Como escribe la autora, “no sabemos cuál será la próxima carta y, cuando la vemos, ni siquiera sabemos si es buena o mala”.

placeholder 'El gran farol'.
'El gran farol'.

Por supuesto, hay algunos aspectos que sí podemos controlar y son los que Konnikova va desarrollando en el libro entre jugadas, números, cartas y torneos cuya descripción, en ocasiones, se vuelve algo farragosa (sobre todo para alguien que no tenga ni idea de póker). Todo es claridad, no obstante, cuando explica por qué decidimos lo que decidimos y por qué a veces tomamos buenas decisiones (o creemos que son buenas) y otras, malas.

Al adentrarse en el póker, lo que pretendía era poner en práctica cómo decidimos, cómo nos afectan las emociones

Estos aspectos que se escapan en algo —tampoco demasiado— del azar son “nuestra manera de pensar, nuestro proceso de toma de decisiones y nuestras reacciones”, dice la autora. Todo lo que no tiene que ver con nuestras acciones como nuestro cuerpo —por ejemplo, sentirnos atraídos por alguien— o nuestra reputación —lo que piensen de nosotros—, déjalo correr. Como ella misma afirma, “controlamos el modo en que jugamos una mano y cómo reaccionamos ante un resultado, pero no podemos controlar el resultado en sí”.

¿Se puede controlar el azar?

Cada capítulo del libro —y tiene casi 400 páginas— aborda aquellas técnicas que nos ayudan a controlar el azar cuando este oxímoron es algo posible. Es decir, métodos que nos llevan a tomar decisiones acertadas y más o menos victoriosas. Lo primero que destaca es que tenemos que fallar, equivocarnos, tomar una mala decisión. Para que la siguiente sea la buena. En definitiva, hay que saber perder, ya que, cuando se acumulan muchos aciertos, sobre todo al principio, se genera una miopía repentina. Es decir, comienzas a tener un exceso de confianza y eso, inevitablemente, siempre lleva a una mala decisión.

placeholder La psicóloga María Konnikova.
La psicóloga María Konnikova.

Este asunto del exceso de confianza revolotea por todo el libro porque suele estar detrás de grandes fracasos de la historia. E incluso de situaciones muy cotidianas. Por ejemplo, recuerda que la mayoría de los accidentes de coche tienen lugar cerca de casa. Por dos motivos: el primero tiene que ver con la probabilidad ya que es el lugar por donde más sueles conducir; pero el segundo tiene que ver con la comodidad: como conoces al dedillo el camino te sientes seguro, empiezas a mirar el móvil, te relajas… Y te estrellas.

Por eso, cuando se tenga la sensación de esa superconfianza, Konnikova alerta: hay que pararse a pensar y disponer toda la información que se tiene (y debe ser la máxima posible) sobre la alfombra para, a partir de ahí, tomar una decisión. Y la información no puede estar basada ni en suposiciones ni mucho menos en prejuicios y, por supuesto, en mirar a los ojos del otro. No, insiste, la cara no es el espejo del alma. Ahí es cuando seguro que te colarán el farol.

La mayoría de los accidentes de coche tienen lugar cerca de casa. Como conoces el camino te sientes seguro y empiezas a mirar el móvil. Y te estrellas

Ella misma lo cuenta. Tuvo dos grandes errores en dos jugadas por pensar a partir de sus prejuicios. En una de ellas su contrincante era un señor mayor ruso que le pedía que le tradujese algunas cuestiones al ruso —Konnikova es descendiente de rusos y llegó a EEUU cuando era pequeña—. La autora se fio de su bonhomía, de la vulnerabilidad de no saber bien el idioma inglés. Por supuesto, perdió. En la otra jugada, una de las rivales era una mujer. No es habitual que las mujeres jueguen al póker; de hecho, en los torneos solo son el 3%. Por eso entendió que aquella rival, que además se comportó de una manera muy cercana, podía ser una aliada. Falló. La otra le coló el farol y se marchó con las manos vacías. Es algo que explicaba muy bien la película ‘Eva al desnudo’.

No darle vueltas a la mala suerte

Y, si no te debes fiar de la imagen que proyectan los demás, tampoco debes darle vueltas a la que proyectas tú, porque eso te hace tener miedo. “No puedes tener miedo de que alguien desaparezca por lo que has hecho o dejado de hacer”, escribe. Y en esto entra también el asunto de ser mujer u hombre. Un hombre, por ejemplo, no reacciona igual si se está enfrentando a una mujer o a otro hombre. Como cuenta Konnikova, le intentaban colar más faroles. Según señala, los hombres piensan, tampoco de forma consciente, que es más fácil engañar a una mujer que a un hombre porque consideran que es más débil. Lo positivo es que hay una forma de aprovecharse de ello: puede que se retiren ante un movimiento arriesgado porque creen que las mujeres son menos capaces de ellos. El problema, dice ella también, es que la agresividad en una mujer no está bien vista y ni siquiera da puntos. “No resulta atractivo para aquellos que detentan el poder, principalmente los hombres, pero tampoco para aquellas mujeres que han logrado llegar a la cima y no quieren poner en peligro su situación”, apunta. Puro condicionamiento social que lleva siglos con nosotros. Una losa dura.

Los hombres piensan que es más fácil engañar a una mujer que a un hombre porque consideran que es más débil

Otro asunto en el que tampoco hay que pensar: insistirse a uno mismo en la mala suerte que tiene. “Si te obsesionas con tu mala suerte, no serás capaz de ver las cosas que podrías hacer para superarla. (...) Una vez que empiezas a quejarte, te deslizas hacia aguas mentales peligrosas”, escribe Konnikova. Es decir, te empiezas a centrar en lo que no puedes controlar (por ejemplo, que te llamen o no para un puesto de trabajo) en vez de en lo que sí puedes controlar, que es tomar una decisión sobre ese tema en cuestión (quizás estudiar un curso sobre algo que te motiva y que te puede ayudar a conseguir ese trabajo).

Además de las cosas que es mejor no hacer, hay otras que la autora insiste en que hagas. Y hay una muy importante y muy difícil en los tiempos que corren: prestar atención, puesto que es un poderoso antídoto contra el exceso de confianza. Para la autora es uno de los elementos que mejor explican por qué tienes buena suerte. “No tienes suerte porque te pasen más cosas buenas, tienes suerte porque estás atento cuando la suerte se presenta”, escribe. Y apostilla, además, “no podemos controlar lo que ocurre. Pero podemos controlar nuestra atención y cómo decidimos utilizarla”. Quizá, por eso, darle demasiadas vueltas a un asunto que te impide ver todo lo demás no sea una buena estrategia.

"Cuánto tiempo y energía nos ahorraríamos aprendiendo a preguntarnos por qué la gente actúa como actúa, en lugar de juzgarla"

Otra herramienta interesante es la de conocer por qué hacemos una cosa u otra. Y por qué la hace el resto. Es decir, cuáles son nuestras motivaciones y las de los demás. ¿Por qué, por ejemplo, nos enfadamos ante algo? “Cuánto tiempo y energía nos ahorraríamos aprendiendo a preguntarnos por qué la gente actúa como actúa, en lugar de juzgarla, de hacer suposiciones y reaccionar. Y cuánto dinero ahorraríamos en psicólogos si nos detuviésemos a preguntarnos lo mismo sobre nuestros actos y motivaciones”, sostiene Konnikova. Y a tener en cuenta un dato muy importante que destruye todos los algoritmos: la humanidad siempre sorprende.

El quid de la cuestión: las emociones

En toda toma de decisiones hay que saber lidiar con las emociones. Son las que más van a afectar. En ocasiones ayudan, pero en otras muchas torpedean. “Es imposible dominar el póker sin conocerte, sin cuidarte y sin pensar en ti. Todas tus destrezas técnicas se evaporarán si tu mente y tu territorio emocional no son sólidos”, manifiesta la autora. Habla de póker, pero está hablando, obviamente, de la vida.

placeholder Una crupier en un casino.
Una crupier en un casino.

Y en este asunto lo principal es conocer los límites que tenemos. Hasta dónde podemos llegar y cuándo estamos cómodos y cuándo dejamos de estarlo. No es tan fácil porque aquí entran en juego una multitud de sesgos y falacias. Como la de la planificación: todos somos extraordinariamente optimistas cuando nos fijamos objetivos y metas, explica la autora. Como los propósitos de año nuevo. Como lo de dejar de fumar. No quiere decir que no se consigan, pero no siempre sucede tal y como lo hemos planificado. O la falacia del coste hundido: seguir adelante con algo aunque te esté yendo mal por lo mucho que has invertido en ello. Cuántas empresas se han ido a la quiebra por esto. Cuántas relaciones han acabado fatal por esta falacia. Cuántos trabajadores quemados hay porque se aferran a la idea de que el trabajo que tienen sigue siendo estupendo. La autora aconseja: si el paisaje ha cambiado, tú también tienes que cambiar. Y, mucho más importante: no sigas haciendo algo solamente porque es eso lo que se espera de ti.

Lo principal es conocer los límites que tenemos. Hasta dónde podemos llegar y cuándo estamos cómodos y cuándo dejamos de estarlo

Pero las emociones son traicioneras. Nos llevan a compararnos con otros (otro error) y nos llevan al efecto Dunning-Kruger (otra vez el exceso de confianza): creer que sabes más de lo que sabes. Es una exuberancia irracional tremenda, pero hoy está a la orden del día. Se ve bastante en las redes sociales. Y solo nos lleva a cometer errores porque en realidad no tenemos ni idea de lo que estamos hablando ni haciendo.

Por supuesto, sostiene Konnikova, la emoción también puede ser buena. Al fin y al cabo, es un impulso que te puede hacer tomar la decisión correcta. Pero eso es así siempre y cuando esté integrada en la decisión en lugar de afectarla de manera incidental. Eso se suele conseguir anticipándose a la emoción. Por ejemplo, dejar de fumar porque, ya antes de hacerlo, uno ya siente que el cigarro le asquea y se siente mal por ello. Nadie, ni Konnikova, dice que sea fácil.

“No sabemos, nunca sabremos, si seremos capaces o no. Pero tenemos que estar convencidos de que podremos hacerlo”

De torneo a torneo, de Las Vegas a Montecarlo y Macao, un alucinante lugar que creerías que no existe y en el que todo es juego, la autora llega finalmente a su límite. Es abrupto, como suele ocurrir con estas cosas a las que uno no sabe cómo ponerles fin. Queda la enseñanza que una se lleva cuando termina de leer: “Nada depende exclusivamente de las habilidades”. Es decir, no eres un genio por tener una casa bonita y un buen trabajo. Tampoco un fracasado si no tienes nada de esto. Es solo azar “y, si el azar va en nuestra contra, lo único que podemos hacer es mitigar los daños”. Eso sí, dice finalmente con un mensaje optimista: la habilidad puede ser suficiente. “No sabemos, nunca sabremos, si seremos capaces o no. Pero tenemos que estar convencidos de que podremos hacerlo”. Y después 'alea iacta est'.

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