El 'Principio Ana Karenina' o todo lo que podemos aprender de una familia rota
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El 'Principio Ana Karenina' o todo lo que podemos aprender de una familia rota

La editorial Sexto Piso traduce 'La historia de Shuggie Bain', una novela que nos devuelve al alcoholismo y al socavón familiar de libros como 'Las cenizas de Ángela'

Foto: Detalle de portada de 'La historia de Shuggie Bain'. (Sexto Piso)
Detalle de portada de 'La historia de Shuggie Bain'. (Sexto Piso)

En su exitoso libro 'Armas, gérmenes y acero' (1997), ganador del Premio Pulitzer, el biólogo estadounidense Jared Diamond tira de literatura rusa para explicar nuestra capacidad de domesticar a los animales a lo largo de la historia. Llama 'Principio de Ana Karenina' al hecho de que las especies tengan que cumplir una serie de requisitos sin excepción (no vale con uno solo) para poder ser domesticados, de igual modo que un matrimonio feliz necesita funcionar en varios aspectos distintos para no venirse abajo, aspectos como la atracción sexual, la convivencia pacífica, la compatibilidad religiosa y los acuerdos económicos.

En el caso de los animales que hemos conseguido someter, según Diamond, estos reúnen, por ejemplo, una dieta no muy complicada (para poder alimentarlos nosotros), una capacidad de crecimiento rápida, la posibilidad de reproducirse en cautiverio o la ausencia de un carácter irascible o miedoso. Si falla cualquiera de estos requisitos no hay domesticación posible. Por ejemplo, un elefante crece demasiado despacio para ser aprovechable. O un guepardo es demasiado pudoroso para reproducirse detrás de unos barrotes.

Las familias dichosas aprueban todas las asignaturas, uniformándose, pero las fracasadas se hunden cada una por un frente distinto

Diamond lo llama 'Principio de Ana Karenina', por supuesto, por el muy famoso frontispicio de la novela de Tolstói: "Todas las familias felices se asemejan; cada familia infeliz es infeliz a su modo". Las familias dichosas aprueban todas las asignaturas, uniformándose, pero las fracasadas se hunden cada una por un frente o lado distinto (a veces por todos a la vez), experimentado un sentido propio de la tragedia y la miseria.

La tragedia, en este caso, no es rusa, sino británica. Llego hasta 'La historia de Shuggie Bain' (Sexto Piso) atraído por un cierto reclamo promocional. Un libro nunca es lo que dice su editorial igual que una película jamás responde a su tráiler. En el caso del Premio Booker 2020 (galardón que agrupa a los libros en inglés de autores de la Commonwealth y de la República de Irlanda), se vende bajo la premisa algo almodovariana de la infancia de un niño homosexual en un mundo desconchado y oscuro, la Glasgow desindustrializada y con bronquitis de los años 80, que a su vez es el telón de fondo del renqueante y bronco primer mandato de Margaret Thatcher.

placeholder 'Historia de Shuggie Bain'. (Sexto Piso)
'Historia de Shuggie Bain'. (Sexto Piso)

Pero 'La historia de Shuggie Bain' resulta ser algo distinto (a pesar de que su autor, Douglas Stuart, asegure que "es un libro muy político") de la misma manera que 'Las cenizas de Ángela' (1996), otra novela de adultos que se gastan el jornal en la taberna cuando regresan de cobrarlo, no se trata de un alegato contra la Irlanda de De Valera de los rosarios, las manchas de humedad y las peladuras de patata hervidas. Afortunadamente.

Madre e hijo

"Es una historia de amor entre una madre y un hijo", afirma Douglas Stuart, lo cual es una premisa mucho más interesante. Porque apela a lo elemental. Y porque aísla el tuétano de la historia del ruido y la furia de las cogorzas, las cuchillas de afeitar fuera del alcance de los impulsos suicidas cotidianos y los taxistas que tarifan y luego violan (en el libro hay varios, entre ellos el marido que les ha abandonado). El amor incondicional de Shuggie hacia su madre alcohólica, Agnes, y el de ella hacia su retoño más pequeño, que memoriza resultados históricos del Celtic y del Glasgow Rangers para parecer normal, traspasan el libro como un alfiler.

El libro sería insoportable si no fuera por la asombrosa capacidad de amar de su autor

Es todo ello casi, casi la versión autobiográfica del amor que el escritor, también homosexual, profesó a su madre escocesa, también en el pozo de la bebida, y que murió cuando él tenía solo 16 años. "El libro sería insoportable si no fuera por la asombrosa capacidad de amar de su autor", escribe Leah Hager Cohen en su reseña del New York Times. Stuart declara esquivar la etiqueta de autoficción, pero en el libro se ven a simple vista los restos del papel de calco. Stuart es Shuggie Bain. Y les encadena a ambos un sencillo, empecinado amor para salvar a sus madres. Hasta las últimas consecuencias.

Pero no se puede salvar a Agnes Bain, igual que no se podía reconducir al padre de los hambrientos hermanos McCourt, que volvía a casa de madrugada sin sueldo ni cena, cantando contra Inglaterra y haciendo levantar a sus hijos para que juraran que morirían por Irlanda. Un padre fascinante cuando les contaba cuentos ante el fuego, pero nefasto el resto del tiempo, es decir, el tiempo que realmente importa descontada la mitología de infancia; un padre impenitente, irredimible.

El docente y divulgador irlandés Mike Crowley acierta de lleno cuando habla de "Shuggie Bain y la ilusión de seguir intentándolo". Una ilusión que se ejemplifica en la lucha voluntarista contra la bebida. O en la simple esperanza en que la gente cambie, a veces desde la inocencia más infantil y alienada, como cuando Shuggie le dice a su madre, antes de una mudanza: "Tenemos que prometer que empezaremos de cero. Que seremos normales".

Resignación y realismo

Pero ni la madre va a dejar de beber cerveza en tazas de té desde que amanece (a menos que vuelva a Alcohólicos Anónimos, un estigma peor que ser una borracha) ni Shuggie va a dejar de ser gay por muchas veces que le roben el almuerzo en el recreo o su hermano mayor, Leek, le intente enseñar a andar sin pluma. Incluso el refugio salvador que son siempre los hermanos mayores enseña una cara monstruosa en el caso de Shuggie: "Ya eres grandecito. Va siendo hora de que te integres. Tienes que comportarte como el resto de los niños. Si quieres sobrevivir, tienes que esforzarte más".

Sirven las historias de familias desgraciadas (desgraciadas no solo por los pecados propios sino también por la intolerancia y la hostilidad de los demás) para aprender los medicinales efectos de la resignación y el realismo, un realismo contra la ilusión de racionalizar lo que no tiene sentido, las adicciones, los días sin huella, los problemas crónicos. Sirven las historias de familias sin esperanza para aspirar a la modesta catarsis de la desgracia ajena, una desgracia dramatizada, estilizada, situada en la confortable distancia de la ficción. Aspiramos a aprender algo (no solo a sentirnos mejor) y a reafirmarnos ante el espejo deformado y cruel de un libro, por lo demás, que no resulta miserabilista, aunque sí a veces algo pasado de lirismo y gravedad.

Contra la ilusión de racionalizar lo que no tiene sentido, las adicciones, los días sin huella...

Existan categorías dentro de la catástrofe. Y no es lo mismo desestructurado que disfuncional (los hermanos Panero, la familia de la calle Aribau, los relatos de A.M. Homes). Pero no se le escapa al irónico Frank McCourt que "las infancias felices no merecen que les prestemos atención", en su memorable arranque de 'Las cenizas de Ángela', que destila un sentido del humor que echamos de menos en 'Shuggie Bain': "Cuando recuerdo mi infancia me pregunto cómo pude sobrevivir siquiera. Fue, naturalmente, una infancia desgraciada. La infancia desgraciada irlandesa es peor que la infancia desgraciada corriente, y la infancia desgraciada irlandesa católica es peor todavía".

Ni los retortijones de hambre ni todos los curas de Limerick fueron suficientes para domesticarle, y se marchó a América. Ni el ambiente más homófobo y desquiciado pueden cambiar a Shuggie Bain, el muchacho escocés que, con solo cinco años, jugaba con latas de cerveza que incluían al reverso fotos de mujeres medio desnudas. El padre le miraba orgulloso. La madre sabía que, en realidad, Shuggie estaba jugando con muñecas.

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