El último chute de José Antonio: morfina, coñac y los yonquis de la Guerra Civil
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El último chute de José Antonio: morfina, coñac y los yonquis de la Guerra Civil

En la prisión de Alicante, al líder de Falange le inyectaron una dosis para afrontar los fusiles, una costumbre que se extendió en la contienda con el miedo y la desesperación

Foto: El líder de Falange Española, José Antonio Primo de Rivera.
El líder de Falange Española, José Antonio Primo de Rivera.

Cuando el tribunal popular de la II República dictó la sentencia de muerte, José Antonio Primo de Rivera sufrió una crisis de nervios. Las brillantes argumentaciones, las palabras de concordia y hasta la negociación no habían servido de nada: lo iban a matar y el líder de Falange se desmoronó con el veredicto. No sería la última vez. En la crónica de sus últimas horas, poco antes de ser encañonado y fusilado por milicianos anarquistas, los testigos y biógrafos destacaron la dignidad y temple del falangista: fue tranquilo hasta su sitio, dejó caer el abrigo en los primeros pasos mientras se acercaba al paredón al lado de dos falangistas y dos requetés alicantinos, que también iban a recibir su dosis de tiros, y pronunció al aire con valor: "Venga" o "Arriba España", según las dos versiones más fiables.

Pero un poco antes del fusilamiento, a José Antonio, totalmente deshecho y desconsolado, presa de una crisis nerviosa ante la ineludible ejecución, le tuvieron que inyectar un chute de morfina, lo que podría explicar parte de su actitud ante el pelotón. Así lo relató Serrano Suñer en sus memorias, según el testimonio del secretario del magistrado que llevó el proceso*: "Para llevarle al lugar de la ejecución, hubo que ponerle una inyección de morfina porque no podía ir por su pie" ('Entre el silencio y la propaganda, la Historia como fue. Memorias', Planeta). Suñer remata la escena por la reacción de Franco cuando lo supo, que lo tildó de acto de debilidad y cobardía.

Para llevarle al lugar de la ejecución, hubo que ponerle una inyección de morfina

Su biógrafo Joan María Thomàs no recoge el momento, pero cuadra bastante bien con todo lo que relata sobre sus últimos días, que son los de un hombre aferrado a la esperanza de poder salvar la vida, que agotó todas las posibilidades para ello y que cuando se demostró que sería imposible, incluso a pesar de la intervención en su favor de Manuel Azaña e Indalecio Prieto para conmutar su pena de muerte, se vino abajo. (J. M. Thomàs, 'José Antonio. Realidad y mito', Debate). Su hermano Miguel, que estaba preso con él, y su cuñada Margot corrieron mejor suerte con la condena —no así su otro hermano, Fernando, que él creía vivo cuando había sido ya fusilado en Madrid—, pero José Antonio no se iba a librar del paredón, ni siquiera pese a las advertencias del presidente de la República, que esgrimió que habría represalias en forma de bombardeos, como al final ocurrió. La contrarreacción del populacho supuso un asalto a la prisión de Alicante que acabó con el linchamiento de 50 falangistas. Lo que venía siendo la Guerra Civil.

Más tiros que balas

Morfina, cocaína, coñac y cigarrillos en el frente y la retaguardia. Lo de José Antonio, de ser cierta la versión que recogió Suñer**, no fue tan excepcional. Mientras crecían el miedo y la desesperación, se recurrió a paraísos en el infierno, a evasiones químicas de aquel engendro llamado Guerra Civil. Saber que vas a morir debe ser algo muy feo, un poco hacerse jirones y lloriquear cuando además es claramente antes de tiempo, como fue el caso. José Antonio tenía 33 años cuando lo mataron.

placeholder Jeringuillas de un hospital de campaña durante la Guerra Civil.
Jeringuillas de un hospital de campaña durante la Guerra Civil.

A no muchos kilómetros de distancia de la prisión donde fue fusilado, Juan Alonso Pérez, un médico militar del Ejército Popular de la República, era ascendido a capitán por su valor en combate durante un asalto de los nacionales al puesto de Aranjuez. Mientras todo el mundo se cagaba de miedo ante las balas, Juan exhibió una increíble entereza yendo de un lado a otro asistiendo a los heridos y mostrando una actitud digna de elogio. Pero, más que valor, tenía un cuelgue tan increíble de opiáceos encima que la realidad es que sencillamente le resbalaba todo en ese momento por pura inconsciencia fruto del subidón de la morfina.

Tenía un cuelgue tan increíble de opiáceos que le ascendieron por su infundido valor

Lo relata él mismo en unas memorias publicadas después de la guerra, en 1977, 'Salida de las tinieblas. Memorias de un toxicómano', que son muy verosímiles, sin añadidos de ningún tipo, porque se confiesa con todas las miserias habidas y por haber: es el insólito diario de un yonqui durante la Guerra Civil. ¿Hubo valor sin drogas? Por supuesto, sin ir más lejos, dentro de El Alcázar de Toledo, en donde no había posibilidad de evadirse de ninguna forma y un cigarrillo era un preciado tesoro, pero también ocurrió al revés, algo que meterse al cuerpo para escapar quedando preso de por vida.

Paraísos en el infierno

Todas estas historias, como la de Juan Alonso, las recoge Jorge Marco en 'Paraísos en el infierno: drogas y Guerra Civil española' (Comares, 2021), un atípico e interesante monográfico en el que hay más tiros que balas, más picos que 'paqueo' y más adicciones que proezas. Un estudio que analiza cómo fueron el consumo y las políticas de ambos bandos, que sigue la estela de las publicaciones de los últimos años sobre las sustancias psicoactivas y su uso por los diferentes gobiernos en los frentes de guerra del siglo XX.

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Hospital durante la Guerra Civil.

Los nazis fueron, cómo no, pioneros en estas y otras degeneraciones y atrocidades: experimentaron con metanfetamina y anfetamina en las tropas para infundir un mayor valor a sus soldados. Japón hizo lo mismo con sus kamikazes y entre las tropas de los aliados corrieron también la cocaína, el alcohol y la morfina. Lo que fuera para aguantar el tormento. Dos décadas después, el Ejército estadounidense en Vietnam se caracterizó también por el tráfico de estupefacientes y el consumo habitual de drogas, tanto en las campañas como en el descanso y la retaguardia.

Foto: El doctor Theodor Morell (a la izquierda, detrás de su paciente, Adolf Hitler)

Visión moralista

Sin embargo, España fue una cierta excepción en este campo durante la Guerra Civil, al menos de forma oficial: tanto un bando como el otro no solo no las distribuyeron en el frente, sino que penalizaron su consumo con un discurso oficial moralista, lo que no evitó que se usaran profusamente durante toda la guerra en los botiquines y fuera de ellos. Como siempre, el alcohol quedó al margen de esos paraísos ficticios, por mucho que sea una de las sustancias psicoactivas más potentes. De hecho, se benefició, junto al tabaco, de la imagen contraria: una droga no solo aceptada, sino perfectamente imbricada en el retrato del soldado recto y valeroso.

Muchos de los ascensos se debían a la embriaguez con coñac, que era muy popular

El propio Alonso cuenta también en su descarnado relato cómo otros de los ascensos por muestras de valor se debían también a la embriaguez con coñac, un acicate para aguantar las punzadas del miedo. Lo curioso, sin embargo, según el estudio de Jorge Marco, es comprobar cómo, al menos en cuanto a política de drogas, tanto republicanos y nacionales estaban de acuerdo.

Masculinidad tóxica

La masculinidad y el concepto de valor se moralizaron en ambos bandos que, por supuesto, achacaron al enemigo los mismos defectos: el consumo de sustancias como algo indigno. Tuvieron más éxito los nacionales, porque ganaron la guerra. Destacaron en este aspecto los estudios de los psiquiatras López Ibor y Vallejo Nájera, como explica Marco, que adjudicaron a las 'hordas' marxistas el vicio de ser unos yonquis de tomo y lomo.

"Los detritus sociales han sido eliminados rápidamente de la circulación"

Es cierto que el consumo de cocaína, morfina y hachís estaba más presente en las grandes capitales y que estas habían caído del lado republicano, como Madrid, Valencia o Bilbao. Vallejo Nájera explicaría, por ejemplo, que el consumo de esas sustancias en territorio nacional descendió porque "los detritus sociales han sido eliminados rápidamente de la circulación, bien por haber pagado con la vida sus crímenes, bien por estar reducidos en las prisiones o en los campos de concentración".

Todo eso ocurría en la retaguardia, pero en el frente se usaba la morfina a espuertas junto con la cocaína y el alcohol. Hasta el punto de que, acabada, los adictos —ya fuera porque se habían enganchado durante la convalecencia, bien porque en la derrota subieron los cuadros depresivos y las neurosis de guerra— aumentaron. No existe constancia de que las tropas lucharan mejor con dos copas de coñac o un tiro sin bala, pero es seguro que contribuyeron a desarrollar el hábito en los años siguientes. Ni Teruel se ganó hasta arriba de todo ni Madrid se defendió por lo mismo, pero las sustancias se fueron abriendo paso a lo largo de la guerra y cuando terminó, comenzaron las batallitas.

* Aclaración: En el artículo se expresa caramente que es la versión del secretario del magistrado, que recoge en sus memoras Serrano Suñer, pero tal y como indica la Fundación José Antonio a este diario, se añade que él no la cree, ya que la calificó como "infundio canallesco". 14/08/2021

** Para mayor claridad se sustitue "de ser cierta la versión de Suñer" por "de ser cierta la versión que recogió Suñer". 14/08/2021

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