Saint-John Perse, el misterioso hombre tras la cortina
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Saint-John Perse, el misterioso hombre tras la cortina

Pocos en el siglo XX optaron por una invisible omnipresencia, como nuestro protagonista, rey indiscutible de grandes despliegues, firmados y casi anónimos

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Pacto de Múnich, 1938

Ciertas imágenes tienen la virtud de resumir un momento histórico. Su constante reproducción omite sus detalles, quedándonos con esencias, como ocurre con la celebérrima del Pacto de Múnich, en otoño de 1938, confirmación de la política de Apaciguamiento de Francia e Inglaterra, otro peldaño más hacia la inminente Segunda Guerra Mundial y tumba para la esperanza republicana española.

Esta instantánea es una caja de sorpresas, más allá de su extraña composición; la mesa descuidada, esos cojines, el lienzo cortado y una escala de grises por la luz, quemándose en los primeros ministros del Reino Unido y República Francesa. Neville Chamberlain quiere mantener la compostura corporal. Le pesan los brazos, luce descamisado sin estarlo, soporta el cansancio en los papeles y se refleja demacrado en el rostro. El de su homólogo galo, asimismo exhausto y funéreo, observa la nada. A su lado Hitler posa en uno de sus estándares y Mussolini ignora por completo la cámara, a diferencia de Ciano, como mínimo tenso.

En segunda fila dos diplomáticos bromean, otro par se fijan en el retratista y hay un último hombre, casi cegado por los focos, que aguanta la mirada

En la segunda fila dos diplomáticos bromean, otro par se fijan en el retratista y hay un último hombre, casi cegado por los focos. Aun así resiste impertérrito, en duelo con el objetivo. Alexis Leger ha acudido a las conversaciones de la capital bávara en calidad de Secretario General del 37 del Quai d’Orsay, sede parisina de Asuntos Exteriores. Alexis Leger es Saint-John Perse, Premio Nobel de Literatura en 1960. Un verso del libro Elogios dice “Para ver, hay que ponerse a la sombra, si no, nada.”

El siglo XX fue generoso en personalidades poliédricas, llenas de dones y claroscuros. La mayoría de ellos, desde el preludio de Jean Cocteau hasta el cénit daliniano, entendieron su era hasta confundir al artista y la personalidad, caso de Andy Warhol por citar una cima, y posterior decadencia, conspicuo hasta el hartazgo. Otros pocos optaron por una invisible omnipresencia, como nuestro protagonista, rey indiscutible de grandes despliegues, firmados y casi anónimos. A nadie le interesaba ese señor de la foto muniquesa, y si preguntáramos por Saint-John Perse pocos le otorgarían unas facciones.

El diplomático en su laberinto de vías

También fue el emperador de los caminos entrecruzándose entre idas y vueltas cercadas de simbologías. Él mismo encarnó el auge y caída de la Tercera República, tanto por su origen como por la significancia de sus funciones en junio de 1940. Nacido en el archipiélago de Guadalupe en 1887, su familia tenía plantaciones y representaba a una burguesía colonial bien asentada. Cuando llegaron los baches no hubo problema en partir hacia la Metrópoli. En ese trance surge un inicial desdoblamiento desde la comprensible nostalgia de esa infancia abandonada a miles de quilómetros, ultramarina.

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De Pau, donde desarrolló su adolescencia, se trasladó a Burdeos, y en la ciudad girondina se introdujo en círculos intelectuales hasta relacionarse con Paul Claudel, más tarde compañero de fatigas diplomáticas, Francis Jammes, y, a través de este, André Gide, a principios del Novecientos un pope irreverente, burgués hasta la médula y demoledor de los valores de su clase. El gran autor, entre otros géneros destaca la diarística, recuperada este marzo en castellano por Debolsillo con traducción de Ignacio Vidal-Folch, catapultó la carrera en las letras del antillano, publicándole sus poemarios en la Nouvelle Revue Française, meca literaria, cuna de volúmenes legendarios, intrahistorias fascinantes y conspiraciones inacabables.

Estos versos pueden leerse en la reciente edición bilingüe de Galaxia Gutenberg, traducidos impecablemente por Alexandra Domínguez y Juan Carlos Mestre. Saint-John Perse suele asociarse con un lirismo hermético. No es desde luego un poeta asequible, aunque esa dificultad constituye un estímulo, y quien quiera navegarlo a la búsqueda de interpretaciones sólo hallará sensaciones, un perpetuo fluir en una ensoñación muy melódica, siempre marítima y apegada a un optimismo luminoso, atento a la cotidiano, “Es entonces cuando el olor de café asciende por la escalera”, y ensimismado, quizá transcribiendo esa combinación entre la altísima política y la creación lírica de altísimos vuelos.

placeholder 'Obra poética' (Galaxia Gutenberg)
'Obra poética' (Galaxia Gutenberg)

La confluencia de estas dos pasiones, alguien imaginará a Jaime Gil de Biedma en su despacho de la Rambla, tuvo su apogeo en su etapa como secretario de la legación francesa en Pequín, entre 1916 y 1921. Poco antes de concluir su misión viajó por el desierto del Gobi, donde germinó su 'Anábasis', una epopeya de escritura en los altares del siglo XX entre su maestría con el lenguaje y una nebulosa de velocidad imperceptible, por eso mismo más rotunda en su efecto. Este poema se ha emparentado en multitud de oportunidades con 'La tierra baldía', de T.S. Eliot, quien lo tradujo al inglés para conferirle raigambre universal.

Mientras tanto Alexis Leger regresó a París hasta ser designado director del gabinete diplomático de Aristide Briand, longevo ministro de Exteriores, con quien asistió a los tratados de arbitraje de Locarno en 1925, mostrándose partidario de una entente franco-germánica, como puso aún más de manifiesto al redactar en 1929 el memorándum en torno a la organización de un régimen federal europeo, leída por Briand en la Sociedad de Naciones, justo antes del crack de la Bolsa de Wall Street, hundimiento de esas ilusiones pospuestas durante decenios y aún a consolidar.

El final y el contrapunto

En los años treinta Leger era la voz más reputada del Quai d’Orsay. Todos y cada uno de los gobiernos de esa década convulsa se encomendaban a su criterio, si bien en Múnich sostuvo una línea mucho más férrea que Daladier en defensa de la independencia checoslovaca, hasta irritar a Hitler, quien lo definió como un pequeño martiniqués saltarín. El criollo, otro de sus apodos, huyó de Francia al ver el rumbo hacia el armisticio del Mariscal Pétain, sepulturero de la Tercera República. Leger emigrará, en otro de sus vaivenes cruciales, a los Estados Unidos, no sin antes refutar la colaboración con De Gaulle, por discrepancias en torno a la legalidad del General exiliado, e intercambiar puntos de vista en el 10 de Downing Street con Winston Churchill.

Durante la Ocupación nazi otro diplomático se configuró en contrapunto de Leger. Paul Morand estaba orgulloso tanto de su nombre como de su apellido, parisino de pura cepa, fanático de lo mundano y cosmopolita con querencias británicas, agregado en Londres para, a continuación, prestar servicio en Roma y Madrid. Las contradicciones de Morand, captadas a la perfección en su biografía escrita por Pauline Dreyfus para Gallimard, se mimetizan con los años veinte. Casado con una princesa proustiana, devoto e íntimo del novelista de 'En busca del tiempo perdido', solicita una excedencia, sólo reingresará al cuerpo en 1939, y brilla como un escritor modernísimo, cínico al priorizar lo monetario al arte hasta escoger lugares de las tramas en pos de su futura comercialización, ampliada por su dominio en el género del relato.

Otro diplomático, Paul Morand, se configuró en contrapunto suyo

Eso no implica estar ante un superventas sin más, de hecho, esa popularidad le perjudicó durante ese presente y sólo el amor de los húsares, Roger Nimier, Jacques Laurent, Michel Déon o Antoine Blondin, resucitó en los cincuenta el aprecio hacia su prosa, controvertida hasta nuestros días por encuadrarse en una literatura de derechas incómoda por las conexiones colaboracionistas de muchos de sus integrantes. En esto Morand fue un primor. En la balnearia Vichy fue miembro del gabinete de Pierre Laval hasta ser destinado en 1943 como Embajador en Rumania. Bucarest le era útil para controlar el patrimonio a la deriva de su esposa, acompasado con la incertidumbre por las ofensivas soviéticas; al ver próximo el ingreso del Ejército Rojo pidió continuar en el cargo en la neutral Suiza, enrocándose durante diez años en Vevey, fugado de la justicia francesa a la espera de una redención, definitiva, paradojas, en 1968, cuando fue elegido para la Academia Francesa, su sueño, aunque De Gaulle no le recibió en el Elíseo, como es costumbre.

Durante su otoño Morand devino el último mohicano de los salones parisinos, donde aconsejaba hasta en sus silencios a Patrick Modiano, Nobel de Literatura en 2014 y con una trilogía de debut demasiado ignorada desde su transgresión, sobre todo despampanante en 'El lugar de la estrella'. Su mentor dejó como testamento, antes de expirar en junio de 1976, un último período esplendoroso, de 'Venecias' hasta su 'Diario íntimo', y reposa en el cementerio Greco-Oriental de Trieste. Alexis Leger, 'nom de plume' Saint-John Perse, falleció el 20 de septiembre de 1975 en la provenzal Hyères, situada literalmente en una casi isla, donde quien quiera puede homenajearlo en su lápida, distante como la de su colega, ambos ubicuos con distinto dandismo, ambos misteriosos en la remota geografía de sus sepulcros.

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