reseña

Raúl del Pozo y el amor cipotudo

Aprendo, a la luz de flexo borracho y la colilla encendida de la redacción del diario Pueblo, de las andanzas de los gacetilleros, literatos y cómicos en la última época gloriosa del Café Gijón

Foto: Raúl del Pozo con su perrita
Raúl del Pozo con su perrita

A Raúl del Pozo lo traté en El Escorial muy brevemente: apenas me hizo caso ni se lo hice yo, tan tímido e inseguro como siempre que estoy entre la gente a la que he leído con pasión. Intentaba hacerme pasar por indolente entre el panteón de columnistas. Era un curso estival con el programa lleno de firmas temibles. Si no recuerdo mal estaban por ahí Muñoz Molina, Jabois, Gistau, Grandes, Espada, Rigalt, Nieto Jurado, etcétera (quizás mezclo eventos). Creo que fue allí donde a Manuel Vicent le dije: “hola, me llamo Juan” y me respondió: “yo también, gracias”, y ya no saludé más. De esto hace un montón de años.

'No le des más whisky a la perrita'
'No le des más whisky a la perrita'

Todos se llamaban “maestro” unos a otros pero se consideraban colegas. Para mí sigue siendo muy difícil ser otra cosa que aprendiz cuando estoy con gente como esa, es decir, relacionarme de un modo distinto al sometimiento ante la autoridad literaria e intelectual. Hace poco se lo decía a mi psicoanalista: añoro el tiempo de la escuela, cuando el mundo estaba ordenado en una jerarquía previsible y todo mi trabajo consistía en impresionar a mis mentores. Me cuesta relacionarme de igual a igual con gente de la profesión, sobre todo con los que admiro. Me vuelvo torpe, inoportuno y frío. Displicente.

En aquel congreso era novato pero no me dejaban parecerlo. Mi presencia como ponente se explica porque Antonio Lucas, que es la persona más generosa y encantadora que he conocido en la profesión junto a Víctor Amela, me dijo: “vente, Sotillo, y hablas de lo punki que eres en las columnas”. Lo siguiente que recuerdo de Raúl del Pozo es que se fue como una flecha antes de la comida, y que alguien me dijo que se lo llevaba un chófer en un Jaguar. No sé si sería verdad.

Raúl del Pozo se fue como una flecha antes de la comida, y que alguien me dijo que se lo llevaba un chófer en un Jaguar. No sé si sería verdad

Seguí leyéndolo en su dacha de El Mundo, que heredó de Umbral y donde a mi juicio ha hecho cosas más grandes que él, hasta que años más tarde, fruto de otra invitación de Antonio Lucas, estuve en la famosa cena que Arturo Pérez-Reverte organiza en Casa Lucio. Pérez Reverte me regaló una bola de cristal con nieve dentro y el Titanic y el iceberg, que tengo desde entonces en mi mesa, y esta vez pude conocer mejor a Raúl del Pozo pese a que él no se presentó. Resulta que el ausente era el único tema de conversación.

Su mujer, Natalia, había fallecido meses atrás. Raúl, que había sido un golfo, estaba ahora solo y devastado. Los amigos de Lucio (Lucas, Galán, Gistau y Pérez Reverte aquella noche) hablaban con apremio de la necesidad de cuidar de él sin que notara que lo estaban cuidando. Trazaban planes, planteaban cenas como encerronas y visitas como emboscadas en los desfiladeros de Cuenca. Se comprometieron a llamarlo por teléfono cada día. El único que incumplió la promesa fue Gistau, y lo hizo porque lo tumbó un ictus pocas semanas más tarde.

Estos hombres, a los que la histeria posmoderna y la cipotudofobia ha cubierto de una fama injusta de insensibles, demostraban por Raúl del Pozo un cariño y una atención

En esta cena me conmovió el amor que esos tipos duros profesaban al amigo. Estos hombres, a los que la histeria posmoderna y la cipotudofobia ha cubierto de una fama injusta de insensibles, demostraban por Raúl del Pozo un cariño y una atención digna de las enfermeras honorarias de la Cruz Colorá o de los protagonistas de Peckinpah, que pegan cuatro tiros y se rompen de emoción sin cambiar de plano. Contaban anécdotas de Raúl del Pozo con nombres importantes y velaban, como una logia masónica, por guardar el secreto hasta la tumba.

Raúl del Pozo junto a una reproducción de las Casas Colgadas de Cuenca.
Raúl del Pozo junto a una reproducción de las Casas Colgadas de Cuenca.

Quienes confunden el cuidado de los otros con una lejía lingüística y el respeto a los diferentes con la vigilancia de un consistorio calvinista no hubieran podido entender aquella tierna camaradería. Hoy la amistad viril, con su testosterona y su lealtad, con sus tacos y su nobleza, con ese punto natural de misoginia de los hombres que han sufrido por amor, siempre está bajo sospecha. De ahí que me haya parecido extraordinaria, anacrónica y liberadora la lectura de 'No le des más whisky a la perrita', el libro donde Julio Valdeón y Jesús Úbeda biografían a Raúl de Pozo huyendo (sin éxito) de la loa.

Valdeón y Úbeda describen a Raúl del Pozo con el mismo candor apasionado que vi en Casa Lucio aquella noche, cuando cuatro tipos duros planeaban cuidar de un hombre que se había quedado desvalido sin que éste se diera cuenta de que lo estaban cuidando. Es un recorrido por la vida y las andanzas del columnista veterano en el que los autores intentan hacerle creer -y hacerse creer a sí mismos- que conseguirán escribir un relato que no desborde cariño por los cuatro costados. Fracasan, como he dicho, y esto es lo que hace el libro más hermoso.

Valdeón y Úbeda describen a Raúl del Pozo con el mismo candor apasionado que vi en Casa Lucio aquella noche

Es una biografía desordenada, diacrónica, diezmada por el secretismo y la discreción del biografiado, regada con whisky Lagavulin y tecleada con una prosa tan buena que se te olvida que hay cuatro manos puestas a la tarea. Tengo la impresión de que Valdeón y Úbeda compiten un poco afilando el estilo para matar con su navaja a los lugares comunes que tratan de subirse en abordaje, y que colaboran manteniendo el equilibrio entre el amor desbordante y el relato periodístico de la vida de un hombre al que adoran.

Dado que su biografiado se les esconde, ellos trazan un mosaico de voces para darle caza. El libro, más que sobre Raúl del Pozo, termina tratando sobre su época. Aprendo, a la luz de flexo borracho y la colilla encendida de la redacción del diario Pueblo, donde del Pozo se curtió, de las andanzas de los gacetilleros, literatos y cómicos en la última época gloriosa del Café Gijón; aprendo sobre la caza de mujeres en el Boccacio y los hoteles de Roma, sobre las aventuras en tantos tugurios donde el talento tenía una graduación más alta que las copas, y donde el cerillero podía ser un anarquista o un soplón de la policía.

Este libro es más una novela que una biografía. Está sembrado de anécdotas que podrían tapiarle las ventanas al Ministerio de Igualdad

Entre sablazos, viajes al casino y aspiración literaria, este libro es más una novela que una biografía. Está sembrado de anécdotas que podrían tapiarle las ventanas al Ministerio de Igualdad pero a lo largo de sus casi cuatrocientas páginas no hay una gota de desprecio más que por quien se lo gana. La tierna camaradería de esa generación de machos que hoy declina o se refugia en Casa Lucio y en la prosa cipotuda queda tan reivindicada como la figura del seductor que jamás alardeó de sus conquistas. A fuerza de no ser un homenaje a un hombre, es un homenaje a una generación.

Podría decirse, traspuesta la última página, tras muchas carcajadas, que sigue siendo un misterio quién es Raúl del Pozo, pero ni con toda su discreción ha logrado esconderse. Queda retratado por el trato generosísimo que dispensa a los jóvenes y los aprendices; por sus reflexiones sobre los pobres y los ricos; por su invulnerable lealtad a los amigos y el secreto de sumario de todas sus fuentes, incluidas las del planeta Venus. Los lectores nos movemos alrededor de un hombre bueno que intenta por todos los medios ser pequeño en su grandeza y claro en su oscuridad.

Solo me arrepiento de no haber sido capaz de lanzarme aquella vez, en el Escorial, antes de que se lo llevase un Jaguar. Pero si no os habéis cruzado con Raúl del Pozo disfrutaréis de esta lectura sin la más mínima gota de arrepentimiento.

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