agotados de esperar el fin (y III)

La carta del Armagedón: la crisis de los misiles de Cuba en 1962

"¿Por qué no le metemos un erizo al Tío Sam en los calzoncillos?", preguntó en abril de 1962 Nikita Jruschov, el primer secretario del Partido Comunista de la Unión Soviética

Foto: Misiles nucleares soviéticos en Cuba, en 1962.
Misiles nucleares soviéticos en Cuba, en 1962.

No es la primera vez que una pandemia, una catástrofe natural o una sucesión de acontecimientos más o menos azarosos producen la sensación generalizada de que el mundo va a terminar o, en cualquier caso, va a transformarse radicalmente. Pero el mundo no se ha acabado nunca, y por lo general solo ha cambiado de manera gradual. Como este verano es un momento de pandemia e incertidumbre, en esta serie recuperaremos algunos de sus precedentes. Como la crisis de los misiles de Cuba en 1962.

“¿Por qué no le metemos un erizo al Tío Sam en los calzoncillos?”, preguntó en abril de 1962 Nikita Jruschov, el primer secretario del Partido Comunista de la Unión Soviética. Se sentía humillado por Estados Unidos, cuyo presidente, John F. Kennedy, había descubierto que sus fanfarronadas sobre la capacidad armamentística nuclear de la Unión Soviética eran eso, fanfarronadas. Por eso Jruschov quería venganza.

No hacía tanto tiempo, unos marxistas-leninistas liderados por el barbudo Fidel Castro habían hecho la revolución en Cuba, y Estados Unidos había intentado invadir la isla. Pero había fracasado. Los rusos sí tenían misiles de rango medio, así que, ¿por qué no mandar unos cuantos a Cuba? Kennedy no se atrevería a repetir el intento de invasión, ayudarían a que la revolución se extendiera por toda Latinoamérica y, sí, para Estados Unidos sería como tener un erizo en los calzoncillos. Lo cierto era que, desde finales de los años cincuenta, Estados Unidos disponía de misiles de alcance medio parecidos en Reino Unido, Italia y Turquía. Todos apuntaban hacia la Unión Soviética. Jruschov prometió que los americanos descubrirían “qué se siente al tener misiles enemigos apuntando contra ti; no haremos más que darles un poco de su propia medicina”.

Kennedy, Castro y Jruschov.
Kennedy, Castro y Jruschov.

La decisión de Jruschov tenía poca lógica. Era evidente que Estados Unidos respondería. La única explicación a la puesta en marcha del plan fue, según John Lewis Gaddis, uno de los mayores especialistas en la Guerra Fría, “su romanticismo ideológico”. “Estaba tan comprometido emocionalmente con la revolución de Castro”, escribe en su extraordinario libro 'Nueva historia de la Guerra Fría' (FCE), “que arriesgó su propia revolución, su país y posiblemente a todo el mundo por ella”. Lenin y Stalin también habían sido hombres de profundas convicciones políticas, dice Lewis, pero rara vez “permitieron que sus emociones determinaran sus prioridades revolucionarias”. Poco después, como era de prever, una serie de malentendidos, de errores de comunicación y de apuestas suicidas por ambas partes provocaron la llamada “crisis de los misiles”. Fue el momento en que la humanidad estuvo más cerca de la destrucción total causada por armas nucleares. El mundo podría haber acabado entonces, exactamente entre el 16 y el 28 de octubre de 1962.

Qué hacer

Para entonces, aviones espías U-2 enviados por Estados Unidos llevaban meses sobrevolando Cuba y habían detectado que el Gobierno de Castro estaba construyendo bases para misiles muy parecidas a las que se utilizaban en la Unión Soviética. El 15 de octubre, varios expertos de la CIA examinaron las últimas fotografías tomadas durante estos vuelos y creyeron ver misiles balísticos de alcance medio. Al día siguiente, el 16, la CIA informó al presidente, que convocó a la Junta de Jefes del Estado Mayor. Todos se mostraron partidarios de invadir la isla y de derrocar a Castro. Estaban convencidos de que la Unión Soviética no intentaría impedirlo. Kennedy estuvo de acuerdo, pero dijo que, sin duda, los rusos responderían invadiendo Berlín Occidental, uno de los emblemas del mundo capitalista, situado en pleno corazón del Imperio soviético. Kennedy se reunió con el embajador ruso, pero no le contó lo que sabía. Los U-2 siguieron haciendo vuelos de reconocimiento y detectaron hasta cuatro bases de misiles.

Kennedy pensó que la invasión de Cuba era inevitable. Si la Unión Soviética respondía, Estados Unidos atacaría con armas nucleares

El 22 de octubre, Kennedy compareció ante la nación después de reunirse con congresistas que le pidieron mano dura. Anunció, sin embargo, que Estados Unidos no invadiría Cuba, sino que la sometería a un bloqueo, y que cualquier barco que se acercara a la isla cargado con armas ofensivas, independientemente de donde procediera, sería obligado a retroceder. Castro dijo que Cuba tenía derecho a defenderse, que las armas solo pretendían contener una posible ofensiva estadounidense y que rechazaba cualquier inspección realizada por fuerzas extranjeras. En un telegrama que Jruschov envió a Kennedy, y que las agencias soviéticas hicieron público, el primero acusó a Estados Unidos de practicar la piratería y advertía de la inevitabilidad de la guerra si esta continuaba. Algunos barcos consiguieron llegar a Cuba, aunque probablemente sin armas. Kennedy pensó que la invasión era inevitable. Si la Unión Soviética respondía, Estados Unidos la atacaría con armas nucleares. Jruschov empezó a asustarse por las posibles consecuencias de su decisión. Pero no retrocedió. En los días siguientes, hizo una propuesta: la Unión Soviética retiraría los misiles de Cuba si Estados Unidos se comprometía a no invadir la isla y retiraba sus misiles de Turquía y, tal vez, de Italia. Kennedy se negó.

Fotografía facilitada por el Departamento de Defensa de EEUU que muestra el avión de reconocimiento RF-101 Voodoo (cuya sombra se proyecta en el lado derecho de la foto) en el momento de divisar embarcaciones rusas que transportaban misiles en el puerto de Casilda, Cuba, el 6 de noviembre de 1962.
Fotografía facilitada por el Departamento de Defensa de EEUU que muestra el avión de reconocimiento RF-101 Voodoo (cuya sombra se proyecta en el lado derecho de la foto) en el momento de divisar embarcaciones rusas que transportaban misiles en el puerto de Casilda, Cuba, el 6 de noviembre de 1962.

El 27 de octubre, uno de los U-2 de reconocimiento que sobrevolaba Cuba fue derribado y su piloto murió. En ese momento, no se supo si había sido una orden de Castro o el acto de un agente soviético que actuaba por su cuenta. Kennedy había anunciado que si se producía algo así, bombardearía la isla, pero cambió de opinión. Jruschov ordenó que no se abatiera ningún otro avión estadounidense. Pero las comunicaciones entre los dos lados eran confusas. Los estadounidenses no entendían los mensajes contradictorios de Jruschov y daban por hecho que la invasión era inevitable. El 27 de octubre, así se lo hicieron saber a sus socios de la OTAN. Ese mismo día, Jruschov recibió una carta de Fidel Castro que le dejó helado: si los imperialistas decidían invadir Cuba, “ese sería el momento de eliminar para siempre semejante peligro [el de los imperialistas], en el acto de la más legítima defensa, por dura y terrible que fuera la solución, porque no habría otra”. Castro le pedía a la Unión Soviética que utilizara armas nucleares. En Estados Unidos esa misiva es conocida como la carta del Armagedón.

Jruschov recibió una carta de Fidel Castro que le dejó helado: Castro le pedía a la Unión Soviética que utilizara armas nucleares

Esa tarde, recordaría más tarde Robert McNamara, el secretario de Estado del Gobierno de Kennedy, al ver cómo se ponía el sol, se preguntó si sobreviviría para ver otro anochecer. Lo hizo. Ambos bandos se asustaron: aunque Castro estaba dispuesto a que murieran todos los cubanos en un enfrentamiento nuclear entre los dos bloques, Kennedy y Jruschov llevaban años leyendo informes que decían que cualquier enfrentamiento nuclear terminaría, más bien, con el exterminio de buena parte de la humanidad.

El resultado de la crisis provocó una paradoja que dominaría en buena medida las décadas siguientes: la única forma de impedir una guerra nuclear era que las dos partes supieran que el enemigo disponía de armamento suficiente para destruir a la otra. McNamara decidió que la irracionalidad podía convertirse en algo racional, de modo que ambos bandos debían apuntar sus armas hacia las principales ciudades del otro para maximizar las posibles víctimas de un ataque. Solo así se impediría que tuviera lugar un primer ataque. A esa estrategia se la llamó “destrucción mutua asegurada”, cuyas iniciales en inglés, MAD, significan “loco”. Después de la crisis de los misiles, el mundo nunca volvió a estar tan cerca del final. Pero gracias a esa paradoja: que ahora se sabía que el Armagedón podía provocarse con solo apretar unos cuantos botones.

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