Más allá del mito

Los visionarios pícaros de Magaluf: usted puede viajar a España con un euro

Un libro analiza las tribulaciones del modelo Magaluf de los años setenta a nuestros días. O cuando el turismo de borrachera es solo la punta del iceberg de un laboratorio vanguardista

Foto: Turistas ingleses siguen un partido de fútbol del Mundial 2018. (EFE)
Turistas ingleses siguen un partido de fútbol del Mundial 2018. (EFE)

Extractos de tres noticias diferentes: 1) “Vivir en Magaluf es como estar en Vietnam… Vine a pasar unas vacaciones y cuando volví a Inglaterra tuve que internarme en un sanatorio por dos semanas”. 2) “Magaluf, un emporio turístico saturado que sigue creciendo de forma totalmente anárquica”. 3) "El Hotel Americano de Magaluf ha sufrido los desmanes de un grupo de jóvenes británicos que produjeron destrozos al lanzar parte del mobiliario a una de las piscinas... cohetes a modo de bombas...y excrementos humanos a la puerta de una habitación”. Según el director del hotel, "estos jóvenes están en su país en el paro, y sus padres, para quitárselos de encima, los mandan una o dos semanas fuera... Como suelen beber más de la cuenta, hacen lo que hacen. En treinta años que llevo en hostelería, jamás me encontré con una gente así".

Estas tres noticias tienen algo en común: no se escribieron ayer, sino en la primera mitad de los años ochenta. En efecto, aunque Magaluf (Calviá, Mallorca) se ha convertido en un imán mediático la última década, siempre como meca del balconing y del turismo de borrachera (el rol de Magaluf en los medios es el del primo descerebrado que siempre la lía parda en las bodas), lo que pasa hoy en Magaluf no difiere demasiado de lo que pasaba hace cuarenta años, es decir, se trata de un modelo con raíces estructurales profundas.

No obstante, decir que Magalug es como Disneyland pero para ingleses alcoholizados es como decir que Elvis Presley es el cantante que se arrastró en Las Vegas: cierto pero incompleto. Lo muestra el ensayo ‘Magaluf, més enllà del mite’ (‘Magaluf, más allá del mito’), de los historiadores Tomeu Canyelles y Gabriel Vives, publicado en catalán. O Magaluf como un producto mucho más sofisticado de lo que parece a primera vista. “Magaluf es un laboratorio turístico, un banco de pruebas donde, deliberadamente o no, se han ensayado modelos, productos y fenómenos turísticos exportados después a otros destinos alrededor del mundo. En este laboratorio se han producido éxitos notables, pero también importantes fracasos económicos, sociales y ambientales. Magaluf ha visto crecer en sus calles a algunos de los más importantes imperios turísticos empresariales de nuestro país, y ha visto nacer tendencias turísticas que, bien o mal, han marcado el devenir del sector turístico balear”, escribe en el prólogo Bartomeu Deyà Tortela, decano de la facultad de Turismo de la Universitat de les Iles Balears.

Todo a un euro

Portada del libro.
Portada del libro.

En 1970, un reportaje de 'Economía Balear', revista de la Asociación Sindical de Industriales de Mallorca, señalaba: "Nuestro turismo es tan proletario para poder llenar los hoteles todo el año como sea y porque los hoteles, para hacer frente a sus múltiples necesidades de tesorería, deben ofrecerse a cualquier precio". La misma revista publicó ese año una viñeta sobre un turista extranjero al que le toca un viaje a Mallorca para dos personas, con quince días de hotel y dos billetes de avión, y resume así el asunto: "Que conste que éste era solo el segundo premio ¡El primero era un paquete de cigarrillos!".

La dinámica de turismo barato ha tenido picos salvajes en Magaluf, como en 1985, con una guerra de precios atizada por Harry Goodman, abeja reina de los turoperadores británicos en Magaluf. Goodman, que empezó a vender paquetes de vacaciones en Magaluf a sus compatriotas en los años setenta, decía cosas como que el futuro del turismo no estaba en la calidad del servicio, sino en los precios bajos, o que su misión en la vida era enseñar a los ingleses a viajar con una sola libra. Esto último era una provocación, pero cuando Goodman empezó a hablar del todo a una libra, las aerolíneas ‘low cost’ no existían y el turismo barato de masas estaba en pañales.

En 1968, otro turoperador británico fundó la marca Club 18-30 para atraer a los jóvenes ingleses al litoral mediterráneo bajo eslóganes como: “Si tienes menos de 18 años, aún no estás preparado, y si tienes más de 30, ya eres demasiado mayor”. “Si quieres unas vacaciones relajantes y perezosas para recuperar la cordura, por el amor de dios, ignora este anuncio”. Pero la verdadera publicidad punkie no llegó hasta que Harry Godman compró el Club 18-30 en los noventa. Miles de jóvenes británicos llegaron a Magaluf al calor de eslóganes publicitarios como: “En Magaluf no todo será sexo, sexo y sexo, también habrá un poquito de sol y mar”.

“En Magaluf no todo será sexo, sexo y sexo, también habrá una poquito de sol y de mar”, según la publicidad británica noventera

Goodman era un hombre hecho a sí mismo desde la pobreza, un emprendedor bocazas, "cínico, audaz, disciplinado y extremadamente ambicioso", según el libro, qué recuerda sus amenazas al sector turístico mallorquín: o bajaban los precios o Goodman se llevaría a sus turistas a retozar a otro lado. Goodman tenía sus fans en círculos políticos y empresariales locales, como corresponsable "visionario" de la transformación económica de Magaluf, pero también sus detractores. "Debe ser el mayorista turístico que más y mejor les ha tomado el pelo a los hoteleros y agentes de viajes de Baleares", escribió Jacint Planas en 1995 en 'Última Hora'.

"El papel de Harry Goodman es esencial en el proceso por el cual Magaluf pasa de tener en los años sesenta y setenta un turismo principalmente familiar, a un turismo joven y mayoritariamente británico. La obsesión de Goodman era vender vacaciones en el mercado inglés a muy bajo precio, cosa que consiguió, debido principalmente a la falta de cohesión entre el empresariado hotelero de la zona a la hora de mantener unos precios mínimos que permitieran aumentar, por así decirlo, la calidad del turista", cuenta Gabriel Vives.

Playa de Magaluf el pasado abril. (Reuters)
Playa de Magaluf el pasado abril. (Reuters)

No obstante, el emprendizaje local también contó con su propio mito exitoso y oscuro en Magaluf: Bartolomé Cursach, igualmente hecho a sí mismo, que pasó de recogepelotas de los pijos que jugaban al tenis, a fotografiarse con Juan Carlos I en el palco del Mallorca, tras convertirse en uno de los reyes de la noche en la isla. Pero Cursach acabó en prisión preventiva acusado de liderar un grupo criminal que utilizaba a policiales locales para amedrentar a la competencia. El caso Cursach -que ha desatado una guerra sucia policial y judicial en Mallorca- se celebrará próximamente.

"Cursach ha sido uno de los grandes empresarios del ocio nocturno en Magaluf. Ya en los años setenta compró y reflotó diversos locales. Aún así, fue con la abertura de la discoteca BCM, en abril de 1988, con la que, digamos, su 'imperio' nocturno llegó a su cenit. Junto con el binomio sol y playa, el ocio nocturno -así como la disponibilidad de adquirir alcohol a precios realmente bajos- ha sido uno de los pilares del desarrollo económico de Magaluf, por tanto, el papel de Cursach en este aspecto ha sido fundamental", resume Vives.

"Lady Diarrea"

Dice el libro que "un marco turístico como el de Magaluf reúne las condiciones idóneas para la proliferación de estafas", por su rol de zona franca turística, entre el beneficio explosivo a corto plazo, los cobros hosteleros en negro, los tiras y afloja con la Policía y el canalleo del ocio nocturno.

Este paisaje ha dado lugar a leyendas de la picaresca, como la empresaria británica Laura Joyce Cameron, bautizada como "Lady Diarrea" tras montar un timo de intoxicaciones alimentarias de chufla. En efecto, turistas británicos denunciaban haber ingerido comida en mal estado en Magaluf y generaban indemnizaciones millonarias por acumulación (cada turista pedía de media 20.000 euros de compensación).

Se trata de un engaño clásico desde los noventa, que una operación policial atajó en 2017, tras identificar 800 falsas denuncias gestionadas en su mayoría por Laura Joyce Cameron. Propietaria junto a su marido de locales en Magaluf, "Lady Diarrea" usaba a los relaciones públicas de sus discotecas para ofrecer “vacaciones gratis” a los turistas a cambio de fingir intoxicaciones alimentarias en los hoteles. Las denuncias se derivaban a un bufete de abogados británico, que demandaba a los turoperadores de su país. Las indemnizaciones se repartían luego entre los turistas y "Lady Diarrea". Los turoperadores cargaban parte de las multas sobre los hosteleros mallorquines.

La entrevista

Un policía local patrulla por la calle Punta Ballena, en Magaluf. (EFE)
Un policía local patrulla por la calle Punta Ballena, en Magaluf. (EFE)

Hablamos con Gabriel Vives, historiador y coautor de ‘Magaluf, més enllà del mite’.

PREGUNTA. ¿Por qué Magaluf es así? ¿Cuándo empezó todo y por qué?

RESPUESTA. Magaluf es como es hoy en día debido principalmente a tres factores. 1) La acción de los turoperadores, que durante décadas han batallado, por así decirlo, para vender el máximo número de paquetes vacacionales al menor precio posible priorizando, por tanto, la cantidad de turistas sobre la calidad. 2) La ultraespecialización de la zona en el mercado británico, lo que ha llevado a una evidente “britanización” de Magaluf. 3) Los medios de comunicación, primero prensa, y más tarde televisión y redes sociales, que han creado un mito sobre Magaluf en base a crónicas, noticias o reportajes que muchas veces, con afán de conseguir audiencias, han primado el morbo o las exageraciones sobre la objetividad a la hora de informar.

Difícilmente podríamos calificar Magaluf como socialmente rentable

La génesis del Magaluf de hoy la encontramos en el tránsito de la década de los setenta y los ochenta del siglo XX. Es un momento en el que, a nivel económico, y después de la crisis del petróleo del 73, se impondrá un modelo turístico basado en el 'low cost', es decir, en vender gran cantidad de paquetes vacacionales a muy bajo precio.

P. ¿La imagen de Magaluf como Vietnam veraniego es exagerada?

R. La imagen de Magaluf se ha ido exagerando a lo largo de las últimas cuatro décadas, sobre todo por parte de los medios de comunicación, donde no han faltado noticias y reportajes con exageraciones, descontextualizaciones y narraciones amarillistas. Equiparar Magaluf a una “zona de guerra” ha sido habitual en los últimos años, sobre todo por parte de los tabloides ingleses, pero es una práctica que se lleva haciendo desde hace décadas. De hecho, el periódico 'Ultima Hora' publicó en portada a mediados de los años 80 las declaraciones de una turista que decía: “Estar en Magaluf es como vivir en Vietnam” pero ha habido muchas otras noticias similares.

El balconing no es exclusiva de Magaluf, pero los casos que allí ocurren son mucho más mediáticos

Hay que intentar matizar todas estas caricaturas que se hacen de Magaluf. Los problemas que tiene Magaluf son, en gran medida, los mismos que tienen muchos otros sitios -como por ejemplo Sant Antoni de Portmany o Salou- donde se ha impuesto un modelo turístico similar, es decir, basado en el sol, playa y ocio nocturno. Realmente, lo que diferencia Magaluf de estos otros sitios es el hecho de que su nombre se ha convertido en una verdadera marca. De hecho, la práctica del llamado 'balconing' no es exclusiva, ni mucho menos, de Magaluf. Lo que pasa es que, precisamente por la fama de este sitio, los casos que allí ocurren son mucho más mediáticos.

P. ¿Es socialmente rentable Magaluf?

R. Difícilmente podríamos calificar Magaluf como socialmente rentable. Sí que es rentable a nivel económico, y es cierto que genera una gran cantidad de puestos de trabajo. Aun así, no hay que olvidar dos factores importantes: en primer lugar, estamos hablando prácticamente en su totalidad de trabajos de carácter temporal; en segundo lugar, en muchos casos de puestos de trabajo más bien precarios y donde no han faltado abusos contra los trabajadores (incumplimiento de convenios, trabajadores en situación irregular, etc).

Magaluf se ha vendido desde los turoperadores como un lugar donde poder hacer lo que quieras

Aparte, Magaluf genera un elevado gasto de dinero de las arcas públicas destinado a la limpieza de las calles, las dotaciones de cuerpos de la seguridad del Estado, las atenciones sanitarias requeridas por los turistas (son frecuentes las intoxicaciones etílicas, así como los accidentados desde los balcones, entre otros), etc.

P. ¿Qué lugar ocupa Magaluf en el imaginario británico?

R. Para muchos británicos no hay duda que Magaluf es un lugar donde llevar a cabo un viaje en cierta manera iniciático. Magaluf se ha vendido desde los turoperadores como un lugar donde poder hacer lo que quieras y, además, a bajo precio. En cuanto a britanización, Magaluf es un caso excepcional. Allí, un británico puede sentirse como en casa (hay pubs, se venden productos británicos en los supermercados, el personal te atiende en inglés, los bares retransmiten partidos de la Premier League…) pero en un clima mediterráneo y con una sensación de libertad prácticamente total.

La guerra de los medios

Acostumbrados a las noticias sobre desbarres nocturnos escandalosos en Magaluf, la lectura de este libro genera gran sosiego interior, pues es una aproximación historiográfica tan sobria que hasta sus análisis sobre la invasión 'hooligan' ochentera de Mallorca, o sobre las fiestas etílicas más bestias que uno pueda imaginar, tienen algo de informe forense. Como si el estilo estuviera en consonancia con las tesis de un libro contrario a los enfoques histriónicos sobre Magaluf, que Canyelles y Vives califican de “moralistas y aleccionadores”.

Según cuenta en el texto el periodista José Luis Miró, subdirector de ‘Mallorca Press’, “en los noventa era impensable que Piqueras abriera un informativo con la noticia de que en Mallorca se cambiaban copas por felaciones… Cuando hoy veo la atención que los medios nacionales le dedican a Magaluf, pienso: ‘¡Pero si esto ya pasaba en los ochenta y nadie le hacía caso'”.

La práctica del 'balconing', de hecho, solo tiene de nueva la palabra, popularizada por la prensa española hace unos diez años. Hasta entonces los medios hablaban de “caídas accidentales”, “precipitaciones” o “defenestraciones” para describir un fenómeno que se remonta, según el libro, a julio de 1980, primer caso cubierto por la prensa local, con un laconismo a prueba de escándalos melodramáticos. “Una súbdita extranjera halló la muerte al caer de un sexto piso… Al parecer, la desafortunada mujer se encontraba en la terraza de su habitación, cuando de pronto se precipitó al vacío y, a causa del tremendo golpe al dar contra el asfalto, nada se pudo hacer para salvar su vida”, según la crónica del ‘Última Hora’.

Era otros tiempos, probablemente más salvajes, pero previos a internet, a la rasgada de vestiduras en redes sociales y al 'clickbait'. En los veranos de 1984 y 1985, hubo semanas con varios incidentes de 'balconing' en Magaluf. Aunque la prensa española de tirada nacional no se ocupaba aún de ello, uno de los casos sí fue mediático en Inglaterra -la muerte de un hombre llamado Bill Russell- pero por motivos ajenos a Magaluf: Russell se había hecho un seguro de vida por un millón de libras antes de caer...

Hotel vacío en Magaluf por el coronavirus. (Reuters)
Hotel vacío en Magaluf por el coronavirus. (Reuters)

No es casualidad, por tanto, que Magaluf se haya convertido en carne de ‘realities’ internacionales sobre jóvenes perdiendo los papeles, pues como parque temático costumbrista no tiene rival. Pero lo verdaderamente inquietante quizá no sea el 'balconing', sino el rol de Mallorca/España como playa gozosa de Europa en tiempos de paréntesis vacacional mundial. Porque difícilmente podemos culpar a los ingleses borrachos de las contradicciones de la especialización turística castiza.

Que el ritmo no pare

En 1986, Calvià (término municipal de Magaluf) ya era el tercer municipio español con mayor inversión extranjera. Había pasado en poco tiempo de municipio insignificante a gallina de los huevos de oro, lo que no ayudó a incentivar alternativas al turismo 'low cost'. En los ochenta se asentó un modelo ultraespecializado -oferta hotelera masiva, precios baratos, 'alcohol non stop', dependencia del mercado británico- cuyo crecimiento desbordó la capacidad del municipio para gestionar el territorio de un modo sostenible (pese a los enormes ingresos turísticos), desajuste que estalla de vez en cuando, de lo micro (protestas vecinales por las bacanales nocturna, escándalos mediáticos, estigmatización de la marca Magaluf) a lo macro (gestión errática de residuos, precariedad laboral hostelera e impacto ambiental).

La estigmatización de la marca Magaluf no gusta a casi nadie, pero según el libro, en Mallorca hay “resignación” con este asunto.

La metáfora perfecta del inmovilismo la aporta un hostelero del siglo pasado cuyo testimonio recoge el texto. Todas las semanas los turistas meaban sobre la mesa de billar de su local, y todas las semanas compraba otra. Pero al hostelero no le importaba demasiado: los clientes de vejiga floja gastaban mucho más dinero de lo que le costaba cambiar cada semana el tapiz orinado. Todos contentos... y la mesa meada.

En los noventa era impensable que Piqueras abriera un informativo con la noticia de que en Mallorca se cambiaban copas por felaciones

“Cambiar la realidad turística de Magaluf es un asunto complejo, en primer lugar, por la sobreoferta de plazas hoteleras en un circuito territorialmente reducido y caracterizado por la alta competencia empresarial; por eso, cuando la demanda no cubre la oferta existente, se opta por la reducción de precios que conducen al máximo nivel de ocupación”, resume el libro. O el “inmovilismo provocado por la ultraespecialización sectorial”.

La guerra de precios de 1985 tensionó tanto el modelo Magaluf que pareció que moriría de éxito en cualquier momento, pero no. “Son incontables las veces en las que se ha pronosticado su decadencia y se ha vaticinado su caída”, escribe Deyà Tortela en el prólogo. No obstante, nadie estaba preparado para el impacto del covid-19 sobre el turismo de masas en el verano de 2020. ¿Tiene futuro Magaluf en tiempos de coronavirus?

"Magaluf tiene una serie de problemas estructurales que hacen que su funcionamiento sea difícil de cambiar, como la sobreoferta de plazas hoteleras o una excesiva dependencia del mercado británico. La crisis generada por el covid-19 difícilmente acabará con el Magaluf que conocemos, precisamente porque será un parón, por así decirlo, y después volveremos a lo que ha habido los últimos 40 años. Otro panorama será posible sólo si se aprovecha dicho 'parón' para llevar a cabo cambios estructurales que afecten directamente al modelo turístico que Magaluf ha tenido las últimas cuatro décadas", zanja Vives.

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