Historia

Europa 1945, continente salvaje: miedo y asco en la 'nueva normalidad' de posguerra

Se cumplen 75 años del fin del conflicto bélico más devastador de la historia, cuando un continente entero quedó absolutamente destruido desde los cimientos más básicos

Foto: Europa, 1945
Europa, 1945

"No hay cines ni teatros, ni desde luego televisión. Nadie ha visto un periódico durante semanas. La radio funciona de vez en cuando, pero la señal es remota y casi siempre en una lengua extranjera. No hay trenes ni vehículos a motor. No hay teléfonos ni telegramas, oficinas de correros, comunicación de ningún tipo excepto la que se transmite del boca a boca. Es un mundo en que las fronteras entre países parecen haberse disuelto, dejando un único paisaje infinito por donde la gente viaja buscando comunidades que ya no existen. Ya no hay gobiernos, ni a nivel nacional, ni tan siquiera local. No hay universidades, ni bibliotecas, ni archivos. No hay acceso a ningún tipo de información".

El escenario posapocalíptico que describía el historiador Keith Lowe en 'Continente Salvaje' (Galaxia Gutenberg), no era fruto de la imaginación de un guionista de Hollywood. Fue un apocalipsis real. El subtítulo lo aclara: 'Europa después de la Segunda Guerra Mundial'. Ahora que se cumplen 75 años del fin del conflicto bélico más devastador de la historia conviene recordar cómo un continente entero quedó absolutamente destruido desde los cimientos más básicos de lo que había sido la civilización anterior y cómo, de alguna forma, resurgió. Tony Judt en su obra 'Posguerra. Una historia de Europa desde 1945' anotó el lema que corrió por el continente: "Disfruta de la guerra, la paz será terrible".

'Continente salvaje'
'Continente salvaje'

La pandemia del coronavirus ha venido con un nuevo concepto bajo el brazo. Cientos de miles de muertos después y de un confinamiento absolutamente inimaginable hace tan solo unos meses, se menciona en todas partes la "nueva normalidad", que es lo que preocupa ahora. Cuando las guerras terminan sobreviene la dura realidad de contemplar todo lo que se ha destruido, y de reconstruirlo si es posible. Siempre viene acompañada de la miseria y el hambre. Mucho se habrá perdido después del covid, pero no estará ni cerca de lo que fue el verdadero hundimiento de una civilización.

'Stundenull': la Hora Cero

En 1945, tras la rendición de la Alemania nazi, lo último que importaba ya era la caída de Adolf Hitler y de cómo había conquistado el poder. Esperaba un mundo nuevo. Una "nueva normalidad" que consistía básicamente en ciudades reducidas a escombros, víctimas sobreviviendo a su propio destino, verdugos del pasado impunes ante el nuevo orden, la propagación del hambre y la miseria como si se tratara de una epidemia. Mas que cumplirse 75 años del fin de la Segunda Guerra Mundial, lo que se cumple es el aniversario del inicio de la mayor posguerra de la historia. Los alemanes lo denominaron 'Stundenull', la 'Hora Cero', algo así como que 'la historia comienza de nuevo'.

La devastación de las ciudades
La devastación de las ciudades

Aunque se haya criticado estos días el lenguaje del uso bélico para referirse a la lucha que se ha librado contra el virus causante del covid-19, la realidad es que resulta muy indicado para establecer ciertos paralelismos. Por ejemplo, cuando todo terminó en el búnker de la cancillería en abril de 1945, con el suicidio de Adolf Hitler y la posterior rendición de Alemania que firmó el mariscal Keitel en Berlín el 8 de mayo frente a su homólogo ruso, el mariscal Zhukov aún quedaban retazos de devastación y conflictos bélicos aún por resolver.

Terminada la guerra, entre 1945 y 1947, decenas de millones fueron expulsados de sus países: una limpieza étnica que no se ha vuelto a repetir

Viene a la mente sin duda la posterior rendición de Japón, que no se produjo hasta el 3 de agosto de 1945, después de dos hitos de la destrucción que fueron el punto final a la barbarie más absoluta que se había practicado durante seis años: las bombas atómicas de Hiroshima y Nagasaki. Pero antes y después de eso, Yugoslavia, Polonia y Grecia, por citar los ejemplos más llamativos, seguían en guerra: conflictos contra las fuerzas de ocupación nazis y después soviéticas, que derivaron en guerras civiles después. Hubo, como habrá con el covid, rebrotes. Concretamente Grecia fue el inicio de la Guerra Fría, que no fue precisamente quirúrgica: más muertos en Corea, Vietnam, Camboya, Afganistán...

Borrón y cuenta nueva

Lo más increíble tras el fin de la Segunda Guerra Mundial fue, sin embargo, el mismo concepto alemán del Stundenull, la 'Hora Cero', ese momento en el que se comienza a escribir de nuevo la historia. Por una parte hubo una oleada de venganzas y castigos: represalias por la guerra que inundaron todos los ámbitos de la vida europea. Tal y como explica Keith Lowe: "El territorio y los bienes de las naciones eran saqueados, los gobiernos y las instituciones sufrían depuraciones y la percepción de lo que habían hecho durante la guerra atemorizaba a comunidades enteras".

Refugiados en Alemania, 1945
Refugiados en Alemania, 1945

Aun así, en Alemania se trató de imponer la 'Stundenull' con la misma inquebrantable diligencia de antes de la guerra. Konrad Adenauer, el líder y arquitecto de la reconstrucción de la nueva República Federal de Alemania, del llamado "milagro alemán", hizo tal ejercicio de borrón y cuenta nueva, que entre sus asesores más cercanos se encontraban directamente funcionarios nazis que habían eludido sus responsabilidades como miembros destacados de Tercer Reich.

En sus memorias como miembro del MI6, John Le Carré, que moldeó el mundo posterior con sus novelas de espías, recoge como para su más absoluta incredulidad tenía que observar desde su puesto en la embajada de Reino Unido en Berlín, como el asesor más cercano a Adenauer poseía un pasado tan claramente nazi, al igual que la mayoría de los oficiales diplomáticos con los que trataba que convertían la 'Hora Cero' en una macabra expresión -John Le Carré 'Volar en círculos', (Planeta)-. Lo más llamativo de todo, sin embargo, era esperable en cierto modo. El 'virrey' americano de Alemania, John McCloy puso en la calle a los más prominentes industriales nazis poco después de acabar la guerra.

Tras la barbarie, la anarquía

Europa no se comenzó a reconstruir cuando todo hubo acabado. Cayó en la anarquía. Después de la brutalidad, del odio y la xenofobia que habían caracterizado no solo a los nazis, sino a todos los ciudadanos y autoridades europeas que colaboraron con increíble diligencia para extender la barbarie de forma entusiasta —Polonia, Hungría, Francia...— las tensiones étnicas en gran parte de Europa empeoraron. Los judíos, por ejemplo, no corrían riesgo ya de ser enviados a campos de exterminio pero siguieron siendo discriminados y sometidos a diferentes atrocidades.

Diez millones vivían en sótanos, ruinas, agujeros en el suelo... Desprovistos de agua, gas y electricidad. En Varsovia solo funcionaban dos farolas

"Entre 1945 y 1947, decenas de millones de hombres, mujeres y niños fueron expulsados de sus países en una de las mayores acciones de limpieza étnica que el mundo haya visto nunca". Todo esto produjo, como es normal, que la mayoría de la gente que vivía en medio de los escombros de las ciudades arrasadas de Europa estuviese más preocupada por los pequeños detalles de la supervivencia cotidiana que por la restauración de los pilares de la sociedad.

El panorama era tan aterrador que el historiador Tony Judt en su obra magna 'Postguerra: Una Historia de Europa desde 1945' (Taurus), anota que la situación de devastación en toda Europa, con una reducción de la ingesta de calorías, un aumento incontrolado del nacimiento de niños nacidos fruto de las violaciones en masa de las tropas soviéticas y aliadas en gran parte de Alemania, el subsiguiente abandono y la legión de huérfanos.

Alemanes expulsados de los Sudetes en Checoslovaquia, marcados con lo esvástica
Alemanes expulsados de los Sudetes en Checoslovaquia, marcados con lo esvástica

Entre 18 y 20 millones de alemanes se quedaron sin hogar a causa de la destrucción de sus ciudades. Según Keith Lowe los mismo que las poblaciones juntas de Holanda, Bélgica y Luxemburgo antes de la guerra. Eran alemanes sí, pero estaba en la más absoluta indigencia, sojuzgados por una nueva ocupación. Otros 10 millones vivían en sótanos, ruinas, agujeros en el suelo. Ni qué decir tienen que estaban desprovistos de servicios tan esenciales como agua, gas y electricidad, exactamente igual que otros tantos millones por toda Europa. En Varsovia por ejemplo, solo funcionaban dos farolas.

Indigencia y muerte

Tony Judt remarca que, en el caso del agua se debió a que como resultado de los daños en los sistemas de depuración y la contaminación, se produjeron 66 muertes infantiles aproximadamente por cada 100 nacimientos. En la misma obra, Judt asegura que el asesor político de EEUU para Alemania, Robert Murphy, informó de que en la estación de ferrocarril de Lerther en Berlín moría un promedio de 10 personas diarias por agotamiento, desnutrición y enfermedad.

Una parte muy considerable de la destrucción mutua masiva no fue efecto directo de la acción bélica, de las batallas: Stalin emitió un comunicado por radio a su pueblo diciéndoles que antes de huir se deshicieran de todo lo que pudiera. Destrucción. Cuando cambiaron las tornas, Hitler ordeno lo mismo: no se debía dejar atrás nada para los soviéticos que regresaban. Una orden de Hitler: "Sin hacer caso de sus habitantes, toda localidad debe incendiarse y destruirse para privar al enemigo del alojamiento". Un oficial de inteligencia estadounidense, Saul Padover escribió: "Miles, decenas de miles, en definitiva millones de esclavos liberados salieron de las haciendas, las fábricas y las minas y se echaban en tropel a las carreteras (...) tal vez la emigración más trágica de la historia".

Todo es tan sumamente despreciable y doloroso que llega un momento en el que sencillamente todo el mundo se confabula para olvidar

Es sabido que nadie juzgó las atrocidades de guerra cometidas por el ejército Rojo de la URSS, los bombardeos sistemáticos sobre poblaciones civiles en Alemania de la RAF británica, ni los abusos del ejército de EEUU. Mucho menos aún de la decisión de la lanzar las bombas atómicas sobre Hiroshima y Nagasaki. Lo sorprendente, sin embargo, resultó en que mientras la posguerra trajo, miseria, privaciones, hambre, desplazamientos, ausencia de hogares, apátridas sin donde ir, ausencia de gobiernos y de la más mínima legalidad, lo cierto es que salvo los juicios de Núremberg, ejecutados con leyes 'ad hoc' por los vencedores y especialmente contra los cabecillas nazis de más alto nivel, la 'Hora Cero' se acabó imponiendo.

No fue ya solo que los culpables de los regímenes colaboracionistas como los de Francia, Hungría y demás salieran impunes, sino que en 1949, cuando aún quedaban muchos responsables nazis por investigar, Konrad Adenauer presidente de la nueva República Federal Alemana, tras el abandono definitivo de la ocupación de EEUU y Gran Bretaña, declaró en su primera alocución pública a la nación que había llegado el momento de "dejar el pasado atrás". Es lo que ocurre a menudo con la historia, con las guerras y con la posguerra que viene después. Todo es tan sumamente despreciable y doloroso que llega un momento en el que sencillamente todo el mundo se confabula para olvidar.

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