Cuando Sigmund Freud llevó la peste a América
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Cuando Sigmund Freud llevó la peste a América

Netflix ha estrenado una nueva serie basada en el padre del psicoanálisis. Pero el personaje real fue mucho más interesante que el pastiche ficcionado que ofrece la plataforma

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Freud en una imagen de su viaje a Estados Unidos

Cuando la psicología moderna despertó, Freud seguía allí. En 1974, un periodista preguntó a Lacan si, cuatro décadas después de su muerte, las teorías de Sigmund Freud ya habían quedado obsoletas, como propugnaban nombres como Eysenck —que ahora ha sufrido una revisión controvertida—, Popper y Grünbaum. La respuesta fue no. "¿Cómo se lo puede juzgar como superado si todavía no lo hemos comprendido enteramente?". Hoy, otros cuarenta años después, la Psicología moderna intenta despegarse del padre del psicoanálisis pero la cultura pop se lo pone difícil. Google, Coca Cola o Playboy. Marcas registradas, figuras mitológicas tan enraizadas en la psique colectiva que son difíciles de desbrozar. La ceja de Frida, el sueño de Martin Luther King, la envidia de pene de Freud. Y Netflix no ha podido dejar pasar la oportunidad de recurrir a una figura global como la del austríaco para lanzar una nueva serie, 'Freud', así, a secas, porque, ¿para qué más?.

Pero no se equivoquen. El rigor histórico y teórico sólo apelaría a un público de nicho, así que la plataforma ha pasado a Freud por la picadora del mínimo común denominador para convertirlo en un detective cocainómano con la misión de resolver asesinatos en Viena de 1880. Como el Sherlock de Cumberbacht pero envuelto en más erotismo, espiritismo y estimulantes. La serie, una coproducción de la televisión pública austríaca con Netflix, se centra en una juventud imaginada del neurólogo y lo toma como un simple gancho para fantasear con una ciudad en decadencia —podría haber sido el Londres victoriano— escenario de mutilaciones y para recuperar la estética gótica que tan bien ha funcionado en 'Penny Dreadful'.

Tráiler de 'Freud'

Esta infantilización, romantización y 'folletinización' de la vida de Freud es, aparte de fácil, innecesaria: su biografía puede presumir de todo tipo de pasajes dignos de novelar. Además de su extensa obra, de las miles de cartas que escribió Freud a lo largo de su vida quedan alrededor de 10.000. Pero también las anécdotas de quienes lo conocieron. Una de ellas la relató el propio Lacan en una conferencia ofrecida en la Sociedad de Neuropsiquiatría de Viena en 1955. Y su fuente, según él, no fue otro que Carl Jung. La única vez que Freud pisó suelo estadounidense fue en 1909. La Clark University de Worcester lo había invitado a él y a Jung a unas conferencias con motivo del vigésimo aniversario de la institución docente. Después de un viaje de varias semanas, cuando el barco que los transportaba avistó la Estatua de la Libertad, al parecer Freud le comentó a Jung: "No saben que les traemos la peste". Pero, ¿tal frase salió realmente de la boca de Freud?

Psicoanalista en Nueva York

Aunque ya había recibido en 1902 el título de profesor extraordinario otorgado por el emperador Francisco José I y de que en 1908 ya se había realizado el primer Congreso Internacional de Psicoanálisis —con representación de Alemania, Austria Hungría, Suiza, Inglaterra y Estados Unidos—, Freud insistía en su percepción de aislamiento y denostación por parte de la comunidad cienífica europea. Por eso, cuando le llegó la invitación de la Universidad de Worcester, Freud, de 53 años entonces, vio la oportunidad de salir de su entorno, anquilosado y monótono y, a priori, justificó su viaje como una manera de hacer del psicoanálisis una disciplina internacional. "En Europa me sentía como despreciado, allá me vi aceptado por los mejores como uno de sus pares [...]. El psicoanálisis ya no era, pues, un producto delirante; se había convertido en un valioso fragmento de la realidad", escribió en 1925.

placeholder Robert Finster, protagonista de 'Freud' en Netflix. (Instagram: @robertfinsterofficial)
Robert Finster, protagonista de 'Freud' en Netflix. (Instagram: @robertfinsterofficial)

Su barco, el George Washington de la Norddeutscher Lloyd, partió del puerto de Bremen el 21 de agosto de 1909. Durante el trayecto, Freud, Jung y Ferenczi pasaron el tiempo analizándose a través de la interpretación de los sueños. Y según desveló más tarde Ferenczi, las tiranteces se hicieron más evidentes cuando ambos intentaron imponer sus teorías sobre el origen libidinal (Freud) o filogenético (Jung) de los mismos. Le contó Jung a Ernest Jones, el biógrafo oficial de Freud, que el austríaco sobre todo tenía preocupaciones sobre "el futuro de su familia y de su obra". A pesar del objeto académico del viaje, según Ferenczi, Freud se negó a aprender inglés y ni siquiera se preparó sus intervenciones. Su principal objetivo era visitar las Cataratas del Niágara y algunos museos, como el Metropolitan, sobre todo por las antigüedades griegas.

Otro de los 'souvenirs' que se llevó Freud de su viaje a Estados Unidos fue lo que él mismo bautizó como una "colitis americana".

Cuenta 'Vida y obra de Sigmund Freud', de Ernest Jones, que lo primero que hizo Freud nada más pisar Nueva York fue, aparte de visitar a algunos familiares, dar una vuelta por Central Park, el Barrio Chino y el Ghetto. La tarde la dedicaron a Coney Island, donde entonces se levantaba los parques de atracciones Dreamland, Luna Park y Steeplechase. Además, Freud aprovechó su paso por Estados Unidos para asistir a una proyección de cine. "Fuimos al cine, donde vimos una de estas primitivas películas de la época, con abundancia de carreras y persecuciones", escribió Jones. "Ferenczi, con su manera infantil, se mostró muy excitado. Freud, en cambio, no hizo más que divertirse tranquilamente. Era la primera vez que ambos veían una película". Otro de los 'souvenirs' que se llevó Freud de su viaje a Estados Unidos fue lo que él mismo bautizó como una "colitis americana". Al poco de llegar a Nueva York, Freud comenzó a experimentar problemas intestinales que rápidamente achacó a la gastronomía americana. Tanto, que nunca volvió a escatimar un desprecio hacia ella. En una carta a su mujer, Martha, escribió: "En unas semanas, estaré de vuelta en casa y no querré marcharme nunca más. Anteayer le tocó a Fereczi quedarse sin comer, ayer a Jung, hoy a mí...". Los tres pasaron el resto del viaje sufriendo diarrea, dolores estomacales y hambre, todo a la vez.

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Algunos de los participantes en el aniversario de la Clark University.

Ni siquiera el reconocimiento que le brindaron en la Universidad le sirvió de reconciliación con el país que hasta entonces había soñado con conocer. Freud dio cinco conferencias en alemán, sin apenas preparárselas y abundando, sobre todo, en los aspectos sexuales del psicoanálisis. "En Estados Unidos, país tan mojigato, era posible, al menos en círculos académicos, debatir con libertad y hacer objeto de tratamiento científico todo cuanto fuera, en la vida ordinaria, se juzgaba escandaloso". Al menos, allí pudo entablar relación con intelectuales estadounidenses como el psicólogo Stanley Hall, el psiquiatra Adolf Meyer, el antropólogo Franz Boas y el filósofo William James. También se encontraba en el público la anarquista rusa Emma Goldman, a la que Freud causó una fuerte impresión: "Vestido con sencillez, modesto, casi apagado, se erguía como un gigante entre pigmeos". Gracias a estros encuentros, el austríaco consiguió ganar adeptos para el psicoanálisis, disciplina que durante tanto tiempo habían despreciado en su Austria natal.

Y es a eso a lo que se refiere Lacan. En realidad, "la peste" a la que se refirió en su ponencia de 1955 fue al psicoanálisis, una teoría que acabó contagiándose y extendiéndose por todo el mundo, muy especialmente en Estados Unidos y algunos países de Suramérica. Y a esto apunta Elisabeth Roudinesco en su ensayo 'Sigmund Freud: en su tiempo y en el nuestro'. Freud se sintió embargado por una intensa emoción. Había soñado con América, y ahora esta, gracias a una prestigiosa invitación, le prometía que el psicoanálisis saldría pronto, y de verdad, del «entorno vienés». Mientras el transatlántico se deslizaba en silencio sobre las aguas de la desembocadura del Hudson para echar anclas, el 29 de agosto por la noche, en el puerto de Hoboken (New Jersey), divisó la inmensa estatua de la Libertad con sus luces en lo alto. Se volvió entonces hacia Jung y pronunció estas palabras: "Si tan solo supieran lo que les traemos…". Y cuando despertaron, 110 años después, el psicoanálisis seguía allí.

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