decamerón 20 20

Muerte de un caballo (un relato)

Hemos reclutado a los mejores escritores en español para que nos brinden historias con que resistir al encierro; nuestra invitado de honor de hoy es Bernardo Atxaga. Relájense y disfruten

Foto: Muerte de un caballo
Muerte de un caballo

El caballo que había muerto electrocutado estuvo en el callejón durante todo el día, y los niños que lo vigilaban en espera de que algo sucediera se sintieron recompensados cuando una pareja de la Guardia Civil y un grupo de personas llegaron hasta el lugar e iniciaron la inspección.

—¿Ven ustedes? —dijo uno de los hombres dirigiéndose a los demás y agarrando con una mano un cable eléctrico que colgaba de un poste. Era el dueño del animal, propietario también del hostal del pueblo—. Esto es lo que mató al caballo. No estaba bien sujeto y cayó sobre él.

—Un percherón tremendo, por lo que veo. ¿Cuánto pesaba? —preguntó otro de los hombres del grupo, vestido de traje y corbata.

—Yo iba a tres metros de él. Un poco más y el cable me mata a mí —precisó el dueño del animal.

—Con permiso, señor juez —dijo uno de los guardias—. Los caballos de tiro suelen pesar de ochocientos a mil kilos, y este era de los grandes.

—Es enorme —dijo el juez.

—Lo que yo quiero es que esto tenga consecuencias —replicó el dueño del animal levantando la voz—. El cable casi me mata a mí. Tienen que ponerle una multa al dueño de la central eléctrica. Se llama Manuel Ugalde, y vive aquí mismo, en la plaza.

—Haga el favor de tranquilizarse. Se hará lo que se tenga que hacer —le conminó el juez. Se dirigió a otro de los miembros del grupo, un joven con gafas—: Por favor, levante acta.

La central eléctrica era suya. Los cables eran suyos. El caballo había muerto electrocutado.

Uno de los niños se separó de los demás y empezó a correr hacia su casa. Había comprendido lo que pasaba nada más oír el nombre de su padre, Manuel Ugalde. La central eléctrica era suya. Los cables eran suyos. El caballo había muerto electrocutado. Entró en casa, pero la voz de un desconocido que hablaba en la sala de estar le hizo retroceder. Se marchó al frontón, donde unos chicos estaban jugando a pala, y se quedó viendo el partido hasta que se hizo de noche.

Cuando volvió y entró en la cocina, su padre hablaba del abuelo, Sebastián Ugalde, y repetía la historia que siempre salía de sus labios cuando surgía algún problema con la central eléctrica. Sebastián había ido a la capital para cursar estudios de delineante y presentarse a unas oposiciones. Pero el esfuerzo había resultado inútil, porque los puestos ya estaban asignados antes de que empezara el examen. El desengaño había sido tan grande que, decidido a apartarse del mundo, construyó una central eléctrica en el fondo del valle, en un sitio que no tenía ni carretera.

Aquel error no lo había pagado Sebastián, sino él, su hijo. A la edad de diez años, cuando los otros niños salían de la escuela y se ponían a jugar, él volvía caminando a la central para vigilar las máquinas. Muchas veces se quedaba solo, porque su madre trabajaba en un taller de costura de la ciudad y no aparecía hasta el fin de semana, y porque a Sebastián le gustaba pasar la tarde en el bar. «¿Cuándo volverá, padre?», le preguntaba él. «Antes de que suenen las campanas del ángelus.» Pero muchas veces tardaba más, y él se asustaba de estar allí, en el fondo del valle, y bajaba una y otra vez hasta una revuelta del camino por si le veía llegar. El miedo se movía en su interior como las anguilas bajo el agua.

Al día siguiente de la muerte del caballo, cuando el niño se levantó y fue a desayunar, lo primero que escuchó fueron unas palabras de amargura

Normalmente, las crisis de su padre duraban lo que tardaba en rememorar la historia de la central; pero al día siguiente de la muerte del caballo, cuando el niño se levantó y fue a desayunar, lo primero que escuchó fueron unas palabras suyas de amargura, continuación de las de la víspera durante la cena: «¡Ojalá hubiese quemado la central el día que la heredé!». El niño observó que estaba bien vestido, con chaqueta y camisa blanca. «Tu padre tiene que ir a la ciudad», dijo su madre. «¿A ver al juez?», preguntó él recordando al hombre de traje y corbata que había visto junto al animal. Su madre se giró y le miró extrañada de que hubiese adivinado lo que pasaba.

«La multa puede ser muy grande», le explicó más tarde, mientras miraban por la ventana hacia la zanja donde estaban enterrando el caballo. «¿De cuánto?», preguntó el niño. «No sé. De cincuenta mil pesetas, quizás. Es lo que anda diciendo ese.» Su madre miraba ahora hacia el dueño del caballo, que dirigía el enterramiento y gesticulaba sin parar. «¡Cómo se le ha hinchado la tripa!», exclamó el niño cuando una cuadrilla de braceros empezó a arrastrar el animal hacia la zanja. «¡Es un sinvergüenza asqueroso! —dijo su madre—. Durante la guerra fue un chivato. Por eso se hizo con el hostal. El verdadero dueño tuvo que escapar después de una denuncia suya.» La madre se apartó de la ventana y empezó a preparar la comida. Su marido lo estaría pasando mal en el juzgado. No le darían oportunidad a defenderse. No tenía culpa directa de lo ocurrido, porque un accidente como aquel era imprevisible, pero el juez defendería el punto de vista del sinvergüenza del pueblo. Al cabo, los dos eran del mismo bando, del que había ganado la guerra.

«Ya está. Ya han enterrado al caballo», dijo el niño desde la ventana. «Mejor», respondió la madre. Pero sabía bien que no desaparecería tan fácilmente de sus vidas.

Detrás de el juez, en lo alto de la pared, había un retrato del general Franco

El hombre encontró al juez sentado en una butaca de cuero, esperándole con las manos entrelazadas a la altura de la barbilla. Detrás de él, en lo alto de la pared, había un retrato del general Franco. «Le he hecho llamar con urgencia porque debo preguntarle una cosa antes de que todo se ponga en marcha.» El hombre asintió. «Dígame —dijo el juez sin cambiar de postura—: ¿Qué tiene usted que ver con Sebastián Ugalde?» El hombre tardó en responder: «Era mi padre.» El juez siguió inmóvil, pero le miró más fijamente. Pasaron los segundos. «Voy a decirle cuál es mi decisión —dijo al fin—. Vuelva usted al pueblo y abónele mil pesetas al dueño del caballo. Que se compre otro. De esa manera, todos en paz.» El hombre se levantó después que el juez, y estrechó la mano que le tendía. «¿No va a haber multa?», preguntó antes de salir del despacho. «No. Vaya usted tranquilo», contestó el juez. El hombre no acababa de salir de su sorpresa, y no acertó a preguntar nada más. Tampoco le invitó a hacerlo la actitud del juez, que en todo momento había sido distante.

Pasaron muchos años y la central se convirtió en propiedad de una gran compañía. La pregunta que había quedado sin contestar salía a veces en la sobremesa de las celebraciones familiares: ¿Por qué razón le había perdonado el juez la multa? ¿Qué relación había existido entre aquel hombre y Sebastián? Si la vida fuera como la literatura y las historias pudieran acomodarse, el autor de este texto diría que aquel hombre murió en paz, sabiendo que su padre había llevado a cabo una buena acción que, al final, había acabado ayudándole. Pero no ocurrió así. La respuesta llegó mucho más tarde, cuando su hijo, el niño que había visto enterrar al caballo muerto, supo por azar que el juez era hijo natural de una mujer que, tras llegar a trabajar al pueblo, había penado durante semanas en busca de una vivienda que nadie le quería dar por su condición de madre soltera. Sebastián Ugalde fue la excepción al acoger a la mujer y a su hijo en el primer piso de su casa de la plaza. Por eso había dicho el juez al perdonarle la multa: «De esta manera, todos en paz».

'Casas y tumbas'
'Casas y tumbas'

* Nuestro invitado hoy no es otro que Bernardo Atxaga (Asteasu, 1955), premio Nacional de Literatura. La última novela de su extensa y exitosa carrera como novelista es 'Casas y tumbas' (Alfaguara, 2020), una historia emocionante, vertebrada por la amistad, el amor a la naturaleza y la inminencia de la muerte, en la que el escritor vuelve a mostrarse como un maestro en la creación de territorios y personajes imposibles de olvidar.

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En el siglo XIV la peste azotó Italia. Giovanni Boccaccio escribiría años más tarde una obra cumbre de la literatura universal: el Decamerón, donde diez amigos huyen de Florencia a una villa campestre y matan el tiempo contándose historias ligeras, picantes y divertidas. El Decamerón nos recuerda qué importante es la evasión cuando el terror de la enfermedad oprime a los hombres, y en El Confidencial no estamos dispuestos a que las noticias sobre el coronavirus sean todo cuanto tenemos que ofrecerles. Les abrimos en esta sección una puerta abierta a otros paisajes. Hemos reclutado a los mejores escritores para que nos brinden historias que nos sirvan como mascarillas del espíritu, para protegernos del virus de la obsesión. Podrán leerlos miércoles, viernes y domingos.

Si lo desean, pueden enviarnos sus historias a decameron2020@elconfidencial.com

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