literatura y pandemia

Camus resucita con 'La peste': un manual de supervivencia para tiempos de epidemia

El 60 aniversario de la muerte del escritor francés coincide con el boom de la novela que le hizo más famoso en plena epidemia del coronavirus

Foto: Albert Camus y su hija Catherine (EFE)
Albert Camus y su hija Catherine (EFE)

Albert Camus (1913-1960) falleció demasiado pronto y de manera “absurda”, como él mismo podría haber definido el accidente de coche que malogró su vida a los 47 años, pero desde entonces no ha hecho otra cosa que resucitar. Por su vigencia editorial. Por la intemporalidad de sus ideas. Y por la universalidad de su obra, hasta el extremo de que 'El extranjero' alcanza a leerse en 75 idiomas: tanto puede adquirirse en Nepal como en una librería de las Islas Feroe.

Es la paradoja de la “extranjería” que identifica al escritor francés. Y que vuelve a convertirlo en argumento de actualidad universal. La primera razón estriba en que estamos celebrando el 60 aniversario de su muerte, pero el motivo principal consiste en la fiebre que ha procurado la reedición de 'La peste'. Ha duplicado las ventas en el mercado francés y ocupa el podio de los libros más leídos en Italia. Leídos quiere decir que a Camus se le compra y se le lee, no digamos cuando proporciona a la sociedad un manual de supervivencia en tiempos de epidemias.

La peste a la que alude su novela no es la enfermedad que torturó Occidente en el siglo XIV, sino el brote de cólera que sacudió a Orán en 1849. Sabe lo que habla Camus porque también él había nacido en Argelia. Y porque conocía las leyendas y las verdades de aquella maldición, aunque 'La peste', en realidad, es un pretexto que permite a Camus pormenorizar la alegoría de las dictaduras que ejercieron las potencias coloniales. La peste es la corrupción del poder omnívoro y sus expectativas de sumisión y de confinamiento. La peste era el nazismo y era el comunismo, aunque esta última metalectura nunca le agradó a los detractores de Camus. Figura en cabeza de todos ellos Jean Paul Sartre, cuyo antiguo prestigio no ha hecho otra cosa que degradarse y desfigurarse. Como filósofo. Como ensayista. Y como cómplice intelectual de las atrocidades que ejercieron la Unión Soviética y los satélites totalitarios.

El extranjero

Albert Camus lideró la corriente crítica sin pretensiones de proselitismo y sin delirios de grandeza. Era un extranjero en Francia porque venía de Argelia. Era un extranjero entre los filósofos porque recelaban de su amateurismo. Y era un extranjero en su ferocidad contra el comunismo. No se le perdonó la intelectualidad francesa, tan sensible como era al metal de la hoz y el martillo. O tan contrariada cuando premiaron a Camus con el Nobel de Literatura en 1957. Ya se le reconocía entonces su audacia narrativa y su integridad intelectual. Había recurrido Camus a las fuentes del existencialismo. Y se había dejado influir por el pensamiento de Schopenhauer y de Nietzsche, pero extrayendo de ambos un salvoconducto vitalista y hasta optimista.

'La peste' (1947)
'La peste' (1947)

La trayectoria de Albert Camus evoca la de Chaves Nogales. Un escritor no alineado y al mismo tiempo comprometido. No eligió otro bando que no fuera el de la democracia. La reivindicaba como un acto de rebelión y hasta de revolución. De hecho, la subtrama de 'La peste' consiste en convertir la solidaridad de los vecinos de Orán en una reacción contra el sistema que los oprime y que aprovecha la epidemia para extremar los mecanismos de control y de claustrofobia.

El virus es... la opresión, mientras que el cólera descubre a los oprimidos una manera de relacionarse y de sentirse una comunidad. Camus sobrentiende un mensaje de confianza en la especie. Y persevera en su talento de escritor claro y clarividente, sin perjuicio de haberse convertido en el intelectual de la posguerra que mejor describió el concepto del absurdo.

Las cosas no tienen sentido y buscarlo implica un camino frustrante hacia la desdicha

Quizá sea más oportuno hablar de absurdismo. El matiz diferencia a Camus de la corriente sarcástica y corrosiva que sacudió el teatro europeo después de la II Guerra mundial y que lideraron Ionesco y Beckett desde las trincheras de París. El absurdismo consiste en “entender” o aprehender que las cosas no tienen sentido. Y que buscarlo implica un camino frustrante hacia la desdicha. Es la perspectiva resignada desde la que pueden intentarse tres soluciones: quitarse la vida, emprender una vía iluminada, religiosa -“creo en Dios porque es absurdo”, sostenía el pensador Tertuliano- o reconocer y reconocerse en el camino de la aceptación.

El cuarto camino, un accidente, sorprendió a Camus circulando a una velocidad desmadrada a bordo de su Facel Vega. Su hija y su esposa sobrevivieron. Su editor, Gallimard, falleció a los cinco días. Y el extranjero autor de 'El extranjero' terminó envuelto en una premonición: la vigilia de la travesía letal declaró a la prensa que perecer en un coche era una muerte absurda.

Se refería al estupor que produjo en Europa la noticia del fallecimiento de Fausto Coppi. Un malentendido informativo atribuyó la muerte del ciclista “tricolore” a un accidente de carretera, pero el verdadero motivo era más absurdo todavía: a Coppi lo había asesinado un mosquito en Burkina Faso. Le había transmitido la malaria. O la “peste” en sentido alegórico.

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