Aniversario

El príncipe vagabundo y la musa perfecta: 100 años de la muerte de Modigliani

Amigo de todos y afín a ninguno por su obstinada ambición en tener un estilo único, murió a los 35 años de una meningitis

Foto: Amedeo Modigliani en 1915
Amedeo Modigliani en 1915

Es mediodía del sábado 12 de agosto de 1916. Estamos en Montparnasse, cerca de la Rotonde y el Dome, locales emblemáticos de toda una época, cuando la colina del Parnaso superó a la de Marte y la bohemia se aburguesó por lógicas de la cronología y madurez de sus integrantes. Jean Cocteau ha sacado la cámara a pasear y retrata toda la matinal. Pablo Picasso es la estrella indiscutible del grupo de amigos, omnipresente en casi todas las instantáneas junto a Paquerette, su amante del momento, André Salmón, el poeta Max Jacob con su calva reluciente, el chileno Manuel Ortiz de Zárate y el pintor polaco Moïse Kisling.

En una de las imágenes el malagueño Picasso fuma su pipa mientras observa con semblante serio a su acompañante del lado izquierdo, de rostro descompuesto, mirada perdida, pelo alborotado y su traje al unísono con su previsible estado etílico. Es Amedeo Modigliani, el príncipe vagabundo, amigo de todos y afín a ninguno por su obstinada ambición en tener un estilo único para prescindir de los ismos contra viento y marea, como si integrarse a cualquier escuela fuera una derrota sin paliativos para quien aún atesoraba en su cerebro el esplendoroso pasado de su familia, caída en la ruina poco después de su nacimiento el 12 de julio de 1884 en Livorno, ciudad mestiza entre refugiados políticos, marinos y comerciantes.

De izda a decha: Modigliani, Picasso y Salmon
De izda a decha: Modigliani, Picasso y Salmon

En cierto sentido la vida del italiano empezó con su muerte por la indudable aureola de sus circunstancias. Más tarde, cuando sus obras se cotizaban como tesoros en subastas y mercados, Gérard Philipe lo resucitó en Montparnasse 19, y ese lejano recuerdo de finales de los años cincuenta del siglo pasado lo integró para un público mayoritario, convencido de estar ante una de esas almas condenadas a morir jóvenes y dejar un bonito cadáver para la posteridad. Su existencia, como ocurre cada vez con más frecuencia, tuvo muchas más aristas, tantas como posibilidades desperdiciadas, rechazos incomprensibles y amores sepultados en el polvo del olvido.

El monarca de la desgracia

Retrocedemos en el tiempo para recalar en un instante indeterminado del invierno de 1911. Llueve en la ciudad de la luz, a cántaros. Modigliani pasea con su carpeta de dibujos a cuestas, empapado. Llega a una galería y muestra sus creaciones a un marchante. La puja empieza en treinta y cinco francos y desciende a velocidad de vértigo hasta alcanzar una nada despectiva. Ante la tesitura pide permiso para ir al baño, tira los papeles y se marcha con la dignidad a salvo y la moral por los suelos.

Dos años después regresa a Livorno. Va al bar de siempre con sus amigos, entre ellos el pintor Gino Romiti. Discuten sobre las esculturas de Modigliani, y en medio de la borrachera este opta por tirarlas al Arno. En 1984, con motivo de una retrospectiva para celebrar su centenario, se dragó el río para encontrarlas, con el resultado de dar con tres piezas de aspecto primitivista esculpidas por tres estudiantes con ganas de gastar una broma y Angelo Froglia, artista multidisciplinar con la intuición de una bomba en el fondo acuático. No había conexión entre los cuatro, sólo distintas motivaciones para testar a la opinión pública y comprobar si sus convicciones resistirían el peso de la farsa.

En 1984 se dragó el río para encontrar sus esculturas y se dio con tres piezas esculpidas por tres estudiantes con ganas de gastar una broma

Modigliani hubiese sonreído ante esas gamberradas. Se aficionó al lápiz cuando contrajo una pleuresía a los once años. Abandonó los estudios y abordó con entusiasmo su meta, con viajes por en las principales urbes italianas con el fin de descubrir todo el legado artístico del país transalpino. Estudió en Florencia, un epicentro cultural denostado de la contemporaneidad, en el taller de Giovanni Fattori. Desilusionado por las enseñanzas del maestro hará la maleta para transcurrir tres años en Venecia, donde frecuentará poco la Escuela libre de desnudo al privilegiar los cafés y la mundanidad de la laguna. En 1906 tomará el tren a París, meca absoluta de las vanguardias, en plena ebullición por la ruptura con el Ochocientos por la eclosión del Fauvismo y la revolución en el horizonte de los viñedos de Montmartre, con la bande à Picasso instalada en los talleres del Bateau Lavoir de la actual place Ravignan.

Modigliani congenió a medias con Picasso, tratándolo como un rival al percibir en ese joven con empaque de dandi una calidad invisible para el resto

Modigliani congenió a medias con el genio español. Esto lo analizaba con su habitual frialdad, tratándolo como un rival al percibir en ese joven bajito con empaque de dandi una calidad invisible para los demás, más avezados en criticarlo por destruir su obra, un alcoholismo creciente junto a Maurice Utrillo y un gen inconformista muy útil para ridiculizarlo, pues si no enseñaba su trabajo era por su manifiesta torpeza, cuando el problema estaba en la exigencia de la perfección y sentirse maldito por no poder desarrollar su vocación al estar enfermo de tuberculosis desde su adolescencia y morir entre el polvo generado por sus esculturas, sueño imposible de una danza macabra con períodos de alivio gracias a otras amistades más comprensivas con tanta desdicha, como la establecida con Constantin Brancusi, quien le ayudó a no cejar en su empeño.

La seducción y los mecenas

Además de la botella, Modigliani hallaba tranquilidad por la confianza de algunos mecenas como Paul Alexandre y la seducción junto a mujeres fascinantes, futuras protagonistas de la Historia sin saberlo, como la poeta rusa Anna Ajmátova o la inglesa Beatrice Hastings.

Para triunfar le faltaba un golpe de suerte. Su estética fue definiéndose durante la década de 1910, con esas figuras estilizadas tan características, como si con los pinceles fuera a la búsqueda de estatuas utópicas por su mala salud. El 31 de diciembre de 1916 conoció a Jeanne Hébuterne, una estudiante de 18 años de la Académie Colarossi. Quedaría maravilloso hablar de un flechazo instantáneo, y probablemente fue así. El padre de la chica, un contable católico de los almacenes Le Bon Marché, no veía con buenos ojos su relación con un judío depravado, con las pupilas inyectadas en vino y una carrera más bien precaria pese a exponer en muestras colectivas a lo largo y ancho de Europa.

Jeanne Hebuterne
Jeanne Hebuterne

El amor transformó a Modigliani, pero quien más hizo para situarlo en el pedestal adecuado para su talento fue el marchante de arte polaco Léopold Zboworoski, rendido admirador de su pintura hasta impulsarlo entre ventas y una exhibición en la galería de Berthe Weil, propicia al causar escándalo por un desnudo con vistas a la calle, idóneo para provocar la intervención de las fuerzas del orden para retirar de la circulación tanto supuesto impudor mientras los hijos de la patria morían en las trincheras.

Zbo, lo llamaremos así por pura comodidad, consiguió para la pareja un piso en la rue de la Grande-Chaumière y una temporada de asueto, combinado con la energía del sol y los colores, en la Costa Azul junto al japonés Foujita y el ruso Soutine. El 29 de noviembre de 1918 Jeanne dio luz a Giovanna y Amedeo disparó su entusiasmo. Era su última bala en la recámara.

La leyenda llega con la muerte

En 1919 Modigliani cosechó su gran victoria al ser el más elogiado en una exposición colectiva en Londres. Trabajaba como alma que lleva al diablo. No ignoraba su mal, corroyéndolo por dentro mientras prometía matrimonio a Jeanne y la dejaba embarazada por segunda vez a modo de testamento, pues en enero de 1920 su estado se agravó, falleciendo el 24 de ese mismo mes en el Hospital de la Charité al desarrollar su meningitis tuberculosa. Falleció entre delirios apaciguados por haber tocado la mano de su amada antes de expirar.

Su amada se suicidó tirándose de un quinto piso durante el noveno mes de gestación por no soportar la pérdida del hombre de su vida

Jeanne se trasladó a casa de sus padres. La rue Amyot asemeja a uno de esas calzadas de pueblos sin contaminación acústica y un sosiego casi soporífero. En el Medioevo se denominó de los pozos que hablan, y las excavaciones han verificado su presencia en un estrato inferior. Pasear por ella en la actualidad es masticar silencio entre unas farolas algo estridentes, inherentes a estos angostos senderos. Jeanne se tiró del quinto piso del 8 bis a las cuatro de la madrugada del 26 de enero. Se suicidó durante el noveno mes de gestación por no soportar la pérdida del hombre de su vida. Su cuerpo dislocado fue localizado por un obrero, quien lo transportó hasta el piso de sus progenitores. Le cerraron la puerta en las narices y entonces caminó con su carretilla hasta la rue de la Grande-Chaumière, donde se negaron a acogerlo al no estar registrada Jeanne como arrendataria. Acto seguido fue a la comisaría de policía más cercana para volver al último domicilio de los enamorados. El cadáver permaneció abandonado toda la mañana.

Amedeo Modigliani tuvo un entierro a su altura el 27 de enero en el cementerio de Père Lachaise gracias a la colecta hecha por sus amigos para ofrecerle una tumba en condiciones. En su último itinerario entre los vivos recibió los agasajos de medio París, sincero e hipócrita como de costumbre. Jeanne fue inhumada a la mañana siguiente en el modesto camposanto de Bagneux, envuelta de intimidad familiar. Hasta 1930 Achille Hébuterne se resistió a verlos juntos en su reposo eterno, unidos en la leyenda para paliar su fulminante trayectoria entre tantos astros deslumbrantes.

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