No solo el Muro de Berlín: los cuatro '9 de noviembre' de una Alemania a sangre y fuego

Jueves 9 de noviembre de 1989. Durante una rueda de prensa Gunter Schabowski, portavoz del Politburó de la RDA, leía en voz alta un comunicado del que desconocía el contenido

Foto: La multitud toma el muro de Berlín en noviembre de 1989. (EFE)
La multitud toma el muro de Berlín en noviembre de 1989. (EFE)

Jueves 9 de noviembre de 1989. Durante una rueda de prensa, Gunter Schabowski, portavoz del Politburó de la RDA, leía en voz alta el comunicado de sus superiores, desconociendo su contenido. Las últimas semanas habían sido vertiginosas, tanto por su participación en la operación para aupar a Egon Krenz en lugar del quemadísimo Erick Honecker, inútil tras la llegada de los vientos reformistas soviéticos, como por la crisis económica, la inestabilidad social y, sobre todo, el éxodo desde la apertura de la frontera entre Austria y Hungría de aquel histórico año. Por si faltara algo, el presidente había enfermado de cáncer.

Todos estas catástrofes quedaron disminuidas en futuros manuales cuando Schabowski informó de la nueva normativa de viaje en Berlín, con permiso permanente, paso por cualquier punto fronterizo y sin todos los trámites burocráticos de antaño. Cuando le preguntaron sobre el día de su aplicación vaciló durante un segundo, rebuscó en el documento y solo dio con una referencia numérica en la parte superior, la misma de esa jornada. Apremiado, respondió con un inmortal "inmediatamente". La medida estaba prevista para una ejecución más demorada en el tiempo. Su despistado error propició una de las grandes escenas del final del siglo XX, quizá insustituible junto a la Navidad de 1991, cuando arriaron la bandera soviética del Kremlin.

La caída del muro, metáfora de la Guerra Fría, aceleró el castillo de naipes comunista, desplegando revoluciones en todos los satélites

Lo acaecido con posterioridad es sabido y vivido por muchos. La caída del muro, metáfora indudable de la Guerra Fría, aceleró el castillo de naipes en el bloque Comunista, desplegando revoluciones en todos los satélites. Ese mismo verano la URSS intuyó aún más el desmorone desde las Repúblicas Bálticas, confirmado tras la cadena humana del 23 de agosto de 1989, cuando se cumplían cinco décadas del pacto de No Agresión entre nazis y comunistas, dueños a temporadas de Estonia, Letonia y Lituania durante la Segunda Guerra Mundial, desposeídas de su independencia. Esta chispa primera se derramó con estrépito entre 1990 y 1991, cuando el Imperio se resquebrajó en mil pedazos.

No puede fijarse una fecha como cierre absoluto de nada en un proceso histórico, aunque sí desde un valor de encrucijada. El 9 de noviembre de 1989 se avisó de la deriva venidera y se incidió poco en cómo la libertad televisada en directo era la victoria del orden contrario, con su sistema por bandera en la comodidad de poder desplegar todos sus artilugios sin pensar en un enemigo con capacidad para suplantarlo. El Estado del Bienestar empequeñece mientras el Mercado se propulsa.

Ese 9 de noviembre era el cuarto con una efeméride trascendente en setenta y un años de Historia alemana. Cada uno de ellos contiene una metamorfosis intuida por la contundencia de lo sucedido durante 24 horas en distintos instantes del siglo. Anuncian el futuro porque aniquilan el pasado.

9 de noviembre de 1918: el adiós del káiser

El sábado 9 de noviembre de 1918 las cartas estaban sobre la mesa. El Reich estaba agotado, la revolución de los marineros de Kiel unida a los trabajadores era imparable y las presión por aceptar las condiciones dictadas por Wilson hacían temblar todos los cimientos. La abdicación del káiser se antojaba como desbloqueo para zanjar la inestabilidad, con el espacio público perdido por el poder en Berlín al adherirse los soldados a los postulados socialdemócratas.

Guillermo II renunció al trono y se exilió a Holanda. Dos días después se firmó el armisticio, con Friedich Ebert en la cancillería, como en parte había deseado la aristocracia militar para exculpar su papel en la debacle. Al rubricarla, las izquierdas quedaban sin mácula en su imaginario, lavándose las manos por su expediente durante la Gran Guerra.

Friedrich Ebert habla ante el Parlamento alemán en febrero de 1919
Friedrich Ebert habla ante el Parlamento alemán en febrero de 1919

El día quedó en los anales por el derrumbe de la corona, pero este solo fue el pistoletazo de salida para otros procesos. La República se proclamó el diez de noviembre y empezó su andadura con un rastro de sangre, clásico gatopardismo, con la represión gubernamental contra los partidarios de una verdadera revolución proletaria. El siguiente mazazo a la tranquilidad fue el 28 de junio de 1919, en el Salón de los Espejos de Versalles. La firma del tratado conllevó el pago de cuantiosas indemnizaciones derivadas del conflicto, tan gravosas como para esclavizar al nuevo régimen, resignado por su impotencia antes las cláusulas económicas, la ocupación de la Cuenca del Ruhr como contrapartida para Francia, sedienta de venganza, y una inflación legendaria como obscena guinda al pastel.

9 de noviembre de 1923: ensayo general del golpe de Estado

En Baviera las dinámicas fueron aún más complicadas. Se osciló de un soviet con características propias a la proliferación de muchos movimientos cada vez más reaccionarios, muchos de ellos de matriz 'völkisch'. Uno de ellos fue la plataforma para el liderazgo de Adolf Hitler quien, de ser informante para el ejército, había transformado una formación minoritaria en un cuerpo imperfecto de sus ambiciones, capitalizadas entonces por su hipnosis oratoria y la creación de las SA, pretorianos incondicionales y rocosos para el discurso del dominio callejero, fundamental en una ciudad como Múnich, donde la arena de las grandes contiendas era la cervecería.

A la izquierda, Alfred Rosenberg junto a Adolf Hitler y Friedrich Weber, durante el 'Putsch' de Múnich, en noviembre de 1923
A la izquierda, Alfred Rosenberg junto a Adolf Hitler y Friedrich Weber, durante el 'Putsch' de Múnich, en noviembre de 1923

El jueves 8 de noviembre de 1923 Gustav von Kahr, gobernador de Baviera celebraba un mitin en la Bürgerbraukeller ante tres mil asistentes. Seiscientos SA bloquearon los accesos y Adolf Hitler, flanqueado por sus lugartenientes Hess, Goering y Rosenberg, subió al estrado, pegó un tiro al techo, saltó sobre una silla y proclamó el inicio de la revolución nacionalista. Baviera sería independiente para enfrentarse a la República de Weimar. En la sala se secuestró a los dirigentes y en el exterior se ocupó el ministerio de Defensa. En todos estos días para la Historia siempre hay algo de antología del disparate. Al amanecer del 9 de noviembre el gobernador y sus dos ministros fueron liberados por el general Ludendorff, ingenuo al dar por válido el juramento de acatar la revolución nacional.

Como es comprensible dieron órdenes a la policía de bloquear el 'Putsch'. Hitler y sus partidarios, donde no solo había nazis, caminaron hacia el Ministerio de Defensa para confluir con las SA. En la Odeonplatz toparon con hombres armados por la autoridad, produciéndose un tiroteo de origen incierto donde el cabecilla de la revuelta fue herido hasta huir, esconderse en casa de un amigo, contemplar el suicidio y ser detenido al cabo de tres días por la policía. Fue condenado a cinco años de cárcel y solo cumplió nueve meses de la sentencia; durante los mismos escribió el 'Mein Kampf' y recapacitó sobre cómo tomar el poder.

9 de noviembre de 1938: La noche de los cristales rotos

Adolf Hitler aprendió la lección. Para acaparar el poder debe controlarse desde dentro para ir a los máximos y no quedarse en la nada. La crisis económica de 1929 le allanó la ruta y, de la irrelevancia trepó hasta la cima, siendo nombrado canciller el 30 de enero de 1933. Tras el incendio del Reichstag, aprovechó el amaño electoral y la excepcionalidad de la situación para eliminar la Democracia hasta erigir un Estado de partido único y un 'Führer' como dios en la tierra, hecho consumado con la muerte del presidente Hindenburg en el verano de 1934, poco después de la noche de los cuchillos largos y la purga contra las SA, incómodas por su violencia arbitraria destinada a domesticar para generar la aceptación y nazificación del grueso de las fuerzas armadas.

Con las estructuras en sus manos tocaba clavar los siguientes jalones. La expansión geográfica, en su versión quejosa de reparar las injusticias de Versalles, cosechó el Sarre y Renania con flores para la soldadesca y ni una sola refriega. La sucesión ya precipitó en reivindicaciones más bien imperialistas con el tratado siempre en el horizonte. Austria desapareció del mapa el 12 de marzo de 1938. En otoño llegó el turno de los Sudetes, con las democracias arrodilladas en Múnich ante Hitler y Mussolini.

Bastaba el pretexto para encender la ira, y de este modo durante la noche de los cristales rotos se quemaron casi todas las sinagogas

Un mes antes, a finales de agosto de 1938, Alemania deportó a más de diecisiete mil judíos polacos a las fronteras de este país. Los no aceptados recalaron en campos de concentración nazis. Entre los expulsados a ese limbo venenoso figuraban miembros de la familia Grynzpan. Su hijo Herschel vivía en París junto a un tío. El 7 de noviembre acudió a la embajada alemana de la capital francesa y disparó cinco veces contra el diplomático Ernst von Rath, quien falleció el miércoles 9.

La excusa para quitarse la máscara era perfecta. Como reacción al asesinato, el aparato estatal orquestó una orgía destructiva contra los judíos alemanes. Bastaba el pretexto para encender la ira, y de este modo, durante la noche de los cristales rotos, se quemaron casi todas las sinagogas, se profanaron los cementerios hebreos, quemaron miles de negocios y más de treinta mil israelitas fueron detenidos o internados.

Si el odio hubiese durado unas horas su repercusión hubiera sino sonada, aunque no definitoria. Desde mucho antes la opinión internacional era consciente del antisemitismo germánico. Las leyes de Nuremberg lo indicaban, el paripé de los Juegos fue un paréntesis y las maniobras para transformar al judío en un súbdito sin derecho alguno eran diáfanas. El vuelco de la noche de los cristales rotos puede equipararse a la tarde del golpe de la cervecería por un pensamiento muy típico de la estrategia de Hitler, quien tras comprobar la relativa debilidad de una acción pública prefería el cuentagotas sistemático, y tras ese 9 de noviembre fue mucho más cauteloso. Alguien puede llevarse las manos a la cabeza por la última frase. No debemos dejarnos guiar por el horrible colofón de millones de víctimas. Después de los cristales rotos, jugó al ocultamiento de su verdadera virulencia. La guerra estaba a la vuelta de la esquina y con la expansión vital tendría más garantías de proseguir el secretismo e instaurar el exterminio industrial.

Cada 9 de noviembre determinó la siguiente etapa. En 1918 se cedió el timón a la República y 1923 la encontró en apuros hasta revelar a una especie de Mesías ungido en su propia providencia. En 1938 era dictador y no debía rendir cuentas a nadie. La Guerra Fría fue consecuencia de su proyecto, como la división de Alemania. Al caer el muro también se esfumaba su ascendente en la cronología; aun así, entregada a una coincidencia numérica con efectos más allá de Berlín. Los de la última oleado aún no han escrito el punto y final de su guion.

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