historia y literatura

La pamplonesa a la que Gabriel García Márquez dedicó 'Cien años de soledad'

El viaje de María Luisa Elío la llevó a ser la destinataria de la novela y a escribir la crónica de su dolor en el exilio, que fue el de toda una generación

Foto: María Luisa Elío y Gabriel García Márquez
María Luisa Elío y Gabriel García Márquez

“Volver, con toda una vida pesando sobre nuestros hombros, a los lugares donde transcurrió nuestra infancia. He aquí el gran tema de toda literatura desde que el hombre tiene memoria de estar en el mundo”. El regreso es un camino abarrotado de escritores. Al hacer memoria, las obras emergen sin orden ni concierto: Ulises vuelve a Ítaca, Marcel Proust se instala en el ayer, Scrooge visita los lugares de su infancia, Amélie Nothomb regresa a su Kobe natal, Pedro Páramo narra su pasado en Comala…

El comienzo de una de las novelas más leídas del siglo pasado es también una regresión: “Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía había de recordar aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo”. Gabriel García Márquez presentó el destino del patriarca de Macondo con una mirada a su infancia. Todo ‘Cien años de soledad’ estaba en su cabeza y, mientras escribía la novela en los años 60, acostumbraba a reunirse con sus amigos por las noches para contarles lo que había creado de día. Entre ellos, una mujer estaba especialmente fascinada por los cuentos del escritor colombiano. 'Gabo' se dio cuenta, y le preguntó:

- ¿Te gusta la historia?

- Me vuelve loca.

- Entonces es tuya.

María Luisa Elío
María Luisa Elío

Era María Luisa Elío (Pamplona, 1926 - Ciudad de México, 2009). 'Cien años de soledad' está dedicado a esta mujer pamplonesa y a su marido, Jomí García Ascot (Túnez, 1927 - Ciudad de México, 1986). Junto con Carmen y Álvaro Mutis, el matrimonio acudía a esas reuniones en la casa mexicana de 'Gabo'. “Él había estado escribiendo todo el santo día. Salía de ese encierro, se tomaba un whisky con los amigos y empezábamos a charlar. Era una maravilla”, cuenta la propia Elío en una entrevista para la televisión mexicana. “De vez en cuando, yo era una privilegiada porque me mandaba algún capítulo terminado para que lo leyera, antes de que saliese el libro”.

María Luisa Elío murió en 2009, a 9.000 kilómetros de su Pamplona natal. El viaje de su vida no sólo la llevó a aparecer en la dedicatoria de 'Cien años de soledad', sino a escribir una de las crónicas más honestas del dolor del exilio, que fue el de toda una generación. Con el estallido de la Guerra Civil los Elío tuvieron que exiliarse en México, cuando María Luisa tenía trece años. No pudo volver a la tierra de su infancia hasta 1970, con 44. El diario de aquel viaje de regreso cristalizó en un libro ahora descatalogado en España: ‘Tiempo de llorar’ (El Equilibrista, 1988 - Turner, 2002).

Elío escribió 'Tiempo de llorar' después de treinta años de exilio. Volvió a Pamplona de la mano de su hijo, Diego García Elío, que entonces tenía seis años. “Recuerdo poco, era muy pequeño. Aquel viaje fue todo para mi madre. Se había imaginado ese regreso muchas veces. Luego, cuando fuimos de verdad, se dio cuenta de que las coincidencias de su mente con la realidad eran abrumadoras. Para ella fue desconcertante”, cuenta García Elío a El Confidencial.

Ese desconcierto se plasma en las primeras líneas de ‘Tiempo de llorar’: “Y ahora me doy cuenta de que regresar es irse. Es decir, que volver a Pamplona es irse de Pamplona. Al fin voy a volver a donde las cosas no están ya. [...] Ahora al fin me atrevo a regresar donde la gente ha muerto. Por eso sé que regresar es irse, irme”.

El exilio

El padre de María Luisa, Luis Elío, era un juez municipal de Pamplona. De familia terrateniente, presidió los Jurados Mixtos de Trabajo de Navarra durante la Segunda República. Lo detuvieron el 19 de julio de 1936, quizá fuera uno de los primeros presos de la Guerra Civil en Pamplona. “Recuerdo que vinieron a darnos la noticia de la muerte de mi padre: lo habían fusilado. Al cabo de tres o cuatro días dijeron que la noticia era falsa, que papá vivía y que, al fin, cuando lo iban a fusilar pudo escapar y esconderse”, escribió María Luisa. Con la ayuda de familias cercanas al carlismo, el juez Elío pasó tres años oculto en un cuarto “poco mayor que un armario” y sin ventanas. El lugar se encontraba a 200 metros de la Vuelta del Castillo, donde las ejecuciones en la Pamplona de 1936 se sucedían casi diariamente.

En ese encierro escribió un diario, ‘Soledad de ausencia’ (Pamiela), inédito en España hasta 2002. Mientras se escondía, sus hijas y su mujer escaparon a Francia, después de permanecer detenidas tres meses en Elizondo. En 1939, Luis Elío consiguió un salvoconducto para reunirse con su familia y, finalmente, emigraron todos juntos a México.

“Mi abuelo llegó a México deshecho. Trabajó como abogado, pero nunca recuperó su vida al cien por cien. Quedó sumido en una tristeza y depresión muy grandes. Mi abuela, Carmen Bernal, se convirtió en soporte moral, pero la familia se rompió. El matrimonio se separó”, cuenta García Elío. Carmen Bernal también cayó en depresión y sus hijas la ingresaron en un sanatorio. Murió poco después.

Jomí García Ascot. (© Archivo Diego García)
Jomí García Ascot. (© Archivo Diego García)

En esta juventud del exilio, María Luisa Elío encontró un refugio en el teatro. Estudió en la escuela del japonés Seki Sano, refugiado de la Segunda Guerra Mundial. “Formó parte del grupo de teatro vanguardista ‘Poesía en voz alta’, donde conoció a Octavio Paz, Leonora Carrington o Juan Soriano. Hasta que se casó con mi padre”. Elío y Jomí García Ascot, cineasta y poeta también exiliado en México, se casaron en 1954. Juntos llevaron al cine la nostalgia y los recuerdos del doloroso exilio de María Luisa en ‘En el balcón vacío’ (1962).

Se trata de la única película sobre el exilio español rodada en el extranjero y por exiliados. Ganó el Premio de la Crítica del Festival de Locarno y el Giano d’Oro del Sestri Levante. En esta época comenzaron las reuniones en casa de Gabriel García Márquez. “El novelista y poeta colombiano Álvaro Mutis se acercó al mundo del cine, donde conoció a mi padre. Cuando García Márquez viajó a México, lo introdujo en su grupo de amigos”. Entre ellos, el matrimonio de Jomí García Ascot y María Luisa Elío.

Reproducción de un retrato del escritor colombiano Gabriel García Márquez. (EFE)
Reproducción de un retrato del escritor colombiano Gabriel García Márquez. (EFE)

Cuando era niño, Diego García Elío pasaba algunas tardes en casa de “los Gabos”: “Ellos hablaban de Dios sabe qué, y yo mientras jugaba. Era muy pequeño. Luego, cuando pude leer la novela, no reconocí ningún rasgo de aquel ambiente. Estaba todo en su cabeza. Fue bonito, pero no se puede encontrar ni el menor asomo de su relación con la gente de México en la novela”. Cuenta que la amistad con García Márquez y sus hijos siguió siendo “muy estrecha”. En 1970, cuando María Luisa y su hijo viajaron a Pamplona, pasaron algún tiempo en la casa de los García Márquez en España.

'Tiempo de llorar'

‘Tiempo de llorar’, el diario del regreso a la ciudad de su infancia, es la crónica de la mutilación tras el exilio: “Hacía mucho frío, llovía, y en un letrero como cualquier otro decía: ‘Pamplona’. Ahora ya podía volver, y tenía la certeza, con sólo mirar el letrero, que la gente estaba muerta. Sabía que yo ya no vivía ahí, sabía de papá y mamá y sabía que no pasearía con mis hermanas”.

“Hasta creo que sabía de mí, María Luisa, muerta también. Estaba muerta, porque yo era un yo sin nada. Me habían quitado el pasado. Ahora me quitaban el recuerdo del pasado, del que yo hacía el presente, y sin tener ninguno de los dos me era imposible pensar en el futuro”.

Diego García Elío cuenta que su madre llegó a sentirse cómoda en España tras su regreso, sobre todo en Madrid. Pero nunca recuperó el calor de la ciudad natal: “La última vez que estuve en Pamplona con mi madre fue cuatro años antes de su muerte. No se encontraba muy bien físicamente. También se decepcionó un poco, todo eso a ella siempre la agitaba mucho. La entrada a la ciudad ya la descomponía. Siempre le resultó muy duro”.

Monumento a los fusilados durante la Guerra Civil en Sartaguda, Navarra. (EFE)
Monumento a los fusilados durante la Guerra Civil en Sartaguda, Navarra. (EFE)

“Después de ese viaje traumático de 1970, el hechizo se rompió y España se volvió un destino más amable. Pero Navarra y Pamplona le resultaban más conflictivas”. En la actualidad, Diego García Elío reside en Ciudad de México y regenta la editorial El Equilibrista, en la que se publicó por primera vez ‘Tiempo de llorar’. María Luisa Elío nunca se consideró escritora, y su hijo explica que tenía un método caótico y espontáneo. “Las ideas la sorprendían en cualquier momento. Las plasmaba en cuartillas, cuadernos a medio acabar, tarjetas… Nunca vivió de la escritura. No tuvo la disciplina que sí tuvo mi padre para escribir”.

En sus últimos años de vida, María Luisa Elío trabajó en la Fundación Cultural de la televisión mexicana Televisa. Murió en 2009. Su hijo valora el interés reciente que ha despertado en el ámbito académico. “Los ochenta años del exilio generaron un redescubrimiento y reacercamiento por parte de la academia a los autores que lo sufrieron. También pienso que puede afectar el hecho de que fuera una mujer. Se ha investigado y se conoce mucho sobre los escritores, pero no tanto sobre las escritoras del exilio”.

El tesoro del 'Vita'

Diego García Elío no descarta una reedición de los escritos de su madre en España. En 2017, publicó el relato ‘Voz de nadie’, hasta entonces inédito. “Corresponde a la etapa de juventud de mi madre, cuando tenía 15 o 16 años”. El escrito trata sobre el conocido tesoro del ‘Vita’, el barco español que transportó a México un patrimonio valorado en varios millones de dólares de entonces. El Gobierno republicano en el exilio requisó y guardó allí fondos, joyas, metales preciosos y obras de arte antes del final de la Guerra Civil.

Las pugnas entre los líderes republicanos por el control del tesoro todavía generan debates sobre el contenido y paradero real de algunas obras de arte.

En México, el tesoro estuvo escondido en la primera casa de Luis Elío, su mujer y sus hijas, por instrucciones de Indalecio Prieto. Diego García Elío habla sobre la importancia del relato en su prólogo: “Se quedó entre los papeles de mi madre, que ahora guardo yo, y hace unos días lo volví a encontrar. [...] Entendí que las pocas piezas del rompecabezas de la verdadera historia del 'Vita' que no acababan de encajar están en ‘Voz de nadie’, el relato de mamá”.

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