Dedicó su vida a unificar el país

Tras las huellas de Abderramán III: por qué el hijo rubio de una vasca hace rabiar a Vox

El califa que consiguió la independencia de Al-Ándalus era musulmán, pero siempre rehuyó identificarse como árabe con el fin de granjearse el apoyo de todos los estratos sociales

Foto: El busto de Abderramán III, en su emplazamiento original en la localidad zaragozana de Cadrete. (EFE)
El busto de Abderramán III, en su emplazamiento original en la localidad zaragozana de Cadrete. (EFE)

"He reinado más de cincuenta años, en victoria o paz. Amado por mis súbditos, temido por mis enemigos y respetado por mis aliados. Riquezas y honores, poder y placeres, aguardaron mi llamada para acudir de inmediato. No existe terrena bendición que me haya sido esquiva. En esta situación he anotado diligentemente los días de pura y auténtica felicidad que he disfrutado: suman catorce". Así rezaba el curioso balance que Abderramán III compartió en la recta final de su vida, agotada a los 70 años por lo que en la actualidad se diagnosticaría como melancolía involutiva, según recoge el psiquiatra Juan Antonio Vallejo-Nágera en su libro 'Locos egregios'.

No es de extrañar que contara los días felices, pues el heredero de la dinastía Omeya dedicó gran parte de su existencia a un ideal mayor que él mismo: la construcción de un Al-Ándalus unido e independiente. Descrito por los cronistas de la época como un hombre de baja estatura, pelo rubio, ojos claros y piel rosada que se teñía de negro la barba para imponer respeto a la aristocracia musulmana, heredó estos rasgos de su madre, una concubina cristiana probablemente de origen vascón que pasó a ser 'umm walad' o 'madre de infante' en la corte de Mohamed I; y de su abuela Onneca, hija del caudillo pamplonés Fortún Garcés.

Pero ni siquiera la sangre hispana le ha bastado para sobrevivir al rodillo de Vox, que ha emprendido su particular 'reconquista' junto a PP y Cs en la localidad aragonesa de Cadrete, donde el califa cordobés acampó con sus tropas para preparar el asedio a Zaragoza y doblegar a los rebeldes tuyibíes. Un millar de años después, el Ayuntamiento ha retirado un busto que homenajeaba su figura porque "su colocación en la plaza más representativa del municipio ha sido motivo de división y enfrentamiento entre los vecinos".

El César que unificó Hispania

Abderramán III era musulmán, como el legendario príncipe emigrado de Damasco del que recibe su nombre, pero de árabe solo tenía la minúscula carga genética que quedaba de su ancestro y siempre rehuyó identificarse como tal. Por tanto, era el líder perfecto para una nación cuya base social tenía más que ver con la progresiva islamización de las poblaciones indígenas de la Península que con una colonización árabe construida historiográficamente siglos más tarde.

Mérito suyo es que la mitad de la población andalusí profesara el islam, tal y como expone el historiador Richard Fletcher en 'La España mora', sin perder el apoyo de otros grupos culturales como los bereberes, los judíos o los muladíes —antiguos nobles visigodos—. Especial relevancia en su reinado tuvo la población cristiana, que aunque recibió un trato más severo que estos últimos, llegó a ocupar comarcas enteras y destacó en actividades como el comercio o la medicina en las grandes ciudades.

Prueba de su tolerancia es que dos de los personajes más ilustres de su corte pertenecían a otras confesiones: mientras que el obispo cristiano Recemundo era uno de los más fieles consejeros del gobernante, hasta el punto de ejercer como embajador ante el Imperio bizantino, el sabio judío Hasday ibn Shaprut fue su médico personal. En el harén real, compuesto por más de 6.300 mujeres de acuerdo al historiador Ibn Idhari, sobresalía Marchán, "la gran señora" cristiana que daría luz a Al-Hákam II.

El epicentro de este crisol cultural se situaba en el fastuoso palacio de Medina Azahara, al que acudían emisarios de todo el mundo. Frente al estanque de mercurio que cegaba a los visitantes en el salón de recepciones se postraron, por ejemplo, los nobles de León y de Barcelona, que rendían pleitesía al califa como 'señor de Hispania'. Pero de la ciudad que encandiló a Occidente hoy solo quedan ruinas y de los 27.000 días que Abderramán III sacrificó por la identidad nacional, una estela nostálgica.

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