entrevista

Ramón del Castillo contra la moral ecologista: "La naturaleza no existe"

El filósofo español carga en 'El jardín de los delirios' contra el movimiento ecologista de tinte moral que sacraliza a la naturaleza.

Foto: Aves en el campo de Ciudad Real. (EFE)
Aves en el campo de Ciudad Real. (EFE)

Ramón del Castillo es profesor de Filosofía Contemporánea y Estudios Culturales en la UNED y durante muchos años dio clases de Historia de las Ideas. La idea de la evasión y nuestro contacto con los espacios públicos y verdes le ha llevado a escribir el ensayo ‘El jardín de los delirios. Las ilusiones del naturalismo’ (Turner) en el que critica el movimiento ecologista de tinte moral que sacraliza a la naturaleza. Se trata de un recorrido a través de historias y diferentes pensadores de la ecología que ya criticaron el daño de este movimiento desde los años sesenta hasta la época actual en la que el neorruralismo se ha convertido en una moda. Desde una óptica marxista y materialista, para él no hay ya más tiempo que perder y lo verde debe entrar de lleno en las acciones políticas dirigidas a un cambio en los modos de producción. Y no en leer tanto a Thoreau en una cabaña y con una camisa de cuadros.

El jardín de los delirios. (Turner)
El jardín de los delirios. (Turner)

PREGUNTA. Publica este libro cuando estamos en un momento de concienciación sobre la ecología. La política estadounidense del Partido Demócrata, Alexandria Ocasio Cortez, ha lanzado el New Green Deal, la sueca Greta Thunberg ha movilizado a los jóvenes en la lucha contra el cambio climático. Sin embargo, usted le da un tirón de orejas al movimiento ecologista.

RESPUESTA. Estoy en contra de ciertas formas de ecología, pero no considero todo el movimiento ecologista una idiotez. Algunas formas de ecología que se han puesto de moda empezaron en EEUU. Son formas más espirituales y más antihumanistas, que señalan que la humanidad es una plaga y que la única forma de salvar el problema ecológico es desconfiando de la humanidad. Proponen una nueva alianza con la naturaleza porque la sociedad es intrínsecamente mala. También le doy caña a la ecología positiva. Hay informes que señalan que una dosis de 20 minutos de contacto con la naturaleza parece que baja el índice de cortisol. Pero es muy complejo confiar en estas terapias. Los niños y adultos tenemos estrés por razones muy graves, y está bien ir al campo a tranquilizarnos, pero también hay que ir a las raíces del problema que nos causa el estrés. Estas formas de ecología generan evasiones de la política y nos despistan.

P. En el libro habla del pensador Murray Bookchin, creador del concepto de ecología social y que ya criticó este tipo de ecologías en los sesenta en EEUU.

R. Bookchin era anarquista y municipalista e intentó oponerse a lo que él llamaba ecología profunda. La ecología profunda puede tener versiones muy autoritarias y Bookchin representaba la ecología social. En su época el problema era cómo se mezclaba esto con la New Age y para ciertos anarquistas era espantoso porque era sustituir a Dios por algo peor. Murray no pensaba en cómo nos relacionamos con la naturaleza sino que somos naturaleza y el problema que tenemos es, sobre todo, político. Es decir, cómo somos capaces de crear formas de vida que no sean destructivas ni para la naturaleza ni para nosotros. Y sí, todo esto empezó en EEUU.

Ramón del Castillo. (Minerva)
Ramón del Castillo. (Minerva)

P. ¿Han triunfado más esas ecologías profundas que la que tiene un compromiso social?

R. Bueno, los Verdes alemanes acabaron más absorbidos por la socialdemocracia. Y ahora la agenda verde de EEUU la está encabezando [Alexandria] Ocasio, que es demócrata. La relación de los demócratas con los anarquistas y los ecologistas sociales siempre ha sido tensa. La hija de Bookchin, Debbie, fue asesora de campaña de Bernie Sanders. Pero la tensión entre la ecología profunda y la ecología social, sigue.

P. Pero, precisamente, ¿en qué momento estamos ahora? Es decir, la agenda verde de Ocasio o las manifestaciones por el clima lideradas por Greta Thunberg son más de la ecología profunda o de la social. Porque también estamos observando ese boom por los libros de naturaleza y de Thoreau, que parecen más cerca de la ecología profunda que de la social.

R. Ahora mismo, el New Green Deal de Ocasio, con la que está coqueteando cierto sector de la izquierda española, sí parece más cerca de lo social, pero el movimiento de Greta es complejo. Antiguamente los ecologistas se preguntaban: ¿qué planeta vamos a dejarle a nuestros hijos? Y ¿qué hijos vamos a deJar a nuestro planeta? Y ahora solo se da la primera pregunta porque los hijos, se supone, nos han dado un toque. Esto es muy complejo y hay algo que no me cuadra, y es la postulación de la juventud como algo espontáneo. No sé si esos niños se van a reunir en una manifestación contra las grandes empresas. Parece que sí, pero no sabemos cuántos de esos niños son anticapitalistas o estarían dispuestos a renunciar a muchos bienes de su vida.

Mola ir con una camisa de franela de cuadros a leer a Thoreau a una cabaña, pero lo neorrural no es eso

P. ¿Tiene todo esto algo que ver con este movimiento de vuelta a vivir al campo? Usted critica bastante el neorruralismo.

R. Es parecido. La gente quiere ser neorrural porque mola ir con una camisa de franela de cuadros a leer a Thoreau a una cabaña; pero lo neorrural no es eso. Un informe hablaba hace poco del problema de las ambulancias en el medio rural. En Soria llaman a los curas el 113 porque llegan donde no llega el 112. El tema del neorruralismo vende desde el punto de vista turístico y moral. Están prosperando los moralistas disfrazados de lechuga porque también la vuelta al campo es un reclamo espiritual: encontramos una serenidad en el campo que no encontramos en la ciudad; se nos dice que necesitamos santuarios y mientras preservemos esos sitios, la ciudad puede ser una mierda. Ahí también hay un mecanismo de distracción con respecto a las políticas.

P. En el libro dice que ya no hay problema en decir que Dios ha muerto, pero cuidado con señalar que la naturaleza ha muerto. Si ya no es Dios, ¿ahora es la naturaleza lo sagrado? Usted cita en el libro a Alan Roger.

R. A él le preocupaba la concepción decurativa, una mezcla de decoración y curación, que se ponía de moda en el paisaje. Los constructores de paisaje tenían que disimular las heridas que le hacemos a la tierra y hacer un paisajismo decurativo. Él lo relacionaba con la verdolatría. Si todo lo ponías más verde parecía más sano. Esa obsesión con que parezca todo una apariencia de vida, Roger lo relacionaba con la incapacidad que tenemos para decidir lo que hacemos. Él decía: primero creímos en Dios, después en la Humanidad, pero como la Humanidad parece que no es capaz de organizar el desastre, ahora creemos en la Naturaleza. Nos desviamos del contrato social al contrato natural, que es una nueva alianza con la naturaleza, una nueva veneración. Y ahora es la madre naturaleza la que nos perdona los pecados. Y esta experiencia de redención nos dota de sentimientos y afectos que son los que nos van a ayudar a solucionar los problemas. Bueno, yo eso lo pongo en duda.

Primero creímos en Dios, después en la Humanidad, pero como esta no fue capaz de parar el desastre, ahora creemos en la Naturaleza

P. ¿Por qué?

R. En caso de que fuera verdad, primero, no hay tiempo. Tenemos que hacer política antes de tener nuevos sentimientos y quitarnos nuestros pecados ecológicos. Tenemos que hacer cosas. Y es un problema, porque genera un sustituto de lo que antes era Dios, y es otra abstracción. ¿Quién es esa madre? ¿Y cómo que es armoniosa?

P. Desde luego, la naturaleza también nos destruye.

R. No es que nos destruya, es que somos parte de ella. Tuvimos que dominarla para salir adelante. La naturaleza es caótica, polimórfica, excesiva. La milonga de la ecología moral y de la ética verde es que la naturaleza solo nos va a inspirar valores buenos. Y no. La naturaleza es algo demasiado complejo. Como cuando la gente que dice que va al campo para encontrarse a sí misma… Pues no. Es como si la naturaleza se convirtiera en una proveedora de servicios. ¿Y quién ha dicho que para solucionar los problemas necesitemos esa simbiosis con no se sabe qué? La naturaleza no existe. Existen procesos naturales. Esa idea idílica de que la naturaleza está ahí esperándonos y que si la conservamos y la cuidamos nos va a perdonar y nos va a convertir en personas buenas y entonces...

P. El ser humano, como la naturaleza, tampoco es armonioso.

R. Desde luego. Buena observación. Justamente porque también somos naturaleza, porque somos excesivos. Lo humano siempre es demasiado humano. Tienes toda la razón. ¿Por qué, entonces, no afrontamos el problema político directamente?

Alexandria Ocasio-Cortezpromoviendo su 'Green New Deal'en Washington. (Reuters)
Alexandria Ocasio-Cortezpromoviendo su 'Green New Deal'en Washington. (Reuters)

P. Hay pensadores como el demócrata Mark Lilla que hablan del error de la izquierda con la ecología profunda… Igual con Ocasio cambia…

R. Es una gran tradición americana. Es muy difícil hacer política sin moral. ¿Por qué Obama llegó a la Casa Blanca? Porque mucha gente de creencias religiosas llamó a Ted Kennedy y les dijo: si no dais la sensación de tener creencias religiosas no os van a votar. Como no habléis de esperanza y de fe, no ganáis las elecciones. Y voilà. Obama habló un poco de religión pero de forma secular, para que le votaran también los no creyentes. La religión ya no está en el primer plano de la política americana, sino lo verde. Esto es bueno, pero lo verde no es que nos regeneremos moralmente, sino que votemos a un partido que frene a Monsanto o a las petroleras. Está estupendo que Ocasio ponga lo verde en el primer plano, pero a ver cómo articula políticamente eso. La impresión en EEUU es que con la política siempre se utiliza un combustible que no es político, y el que utilizan ahora los demócratas, para bien y para mal, es lo verde. Pero es interesante porque ese va directamente a la política y la economía. Lo que está claro es que las acciones individuales solamente no van a solucionar este problema.

P. Curiosamente, en España la agenda verde no está en las elecciones.

R. Es verdad que no está habiendo gestos porque le tema territorial está en el primer plano, y después el de género. Hay coaliciones de ecofeminismo y creo que en los próximos años sí vamos a ver muchos debates sobre esto, porque son agendas radicales que van a la raíz de los modos de producción injustos. Yo creo que es un tema que atañe a la política más que nunca. Los verdes están subiendo en Alemania, ¿qué va a pasar en España? ¿Será lo verde lo que una a las izquierdas? Pero no sé cómo lo verde se va a articular con otros ejes. Porque no se trata de ser un predicador de lo verde. Hay otras cuestiones que atajar: ¿Quién es puede permitir ir en bici al trabajo? ¿Y quién queda como ecologista? Quien se lo puede permitir. ¿Quién se puede permitir que le lleguen todas las semanas unas cajitas con productos ecológicos de las afueras de Madrid? Nadie dice que eso esté mal, pero quién tiene tiempo para coger las berenjenas y…

¿Quién se puede permitir que le lleguen todas las semanas unas cajitas con productos ecológicos de las afueras de Madrid?

P. Hablando en términos prosaicos. Para usted algo falla cuando lo verde está asociado a lo pijo.

R. Sí, pero no todos son así. Ese es el movimiento que más critico. El mercado es más listo que nosotros y diversifica divinamente este asunto. Hay un movimiento que es pijo, pero no está sólo ese movimiento. Ahora puedes hacer cosas pero con la tranquilidad de que alguien está velando por la ecología del asunto. Lo pijo es la moda de Thoreau. Pero no hay una sola forma de sentirse en contacto con la naturaleza. Y eso el mercado también lo sabe.

P. ¿Qué tendríamos que hacer? ¿Cómo enfocar el problema?

R. Lo primero es no obsesionarse con que tenemos que estar en contacto con algo. Gran parte de la educación urbana hoy en día es cuidar de los espacios que no parecen muy bonitos. También hay otra obsesión: para estar en contacto con la naturaleza tiene que haber poca gente. Si hay gente, no es pura. Pero lo interesante es ir a sitios intermedios.

P. Eso llegó al paroxismo con la crónica de Jon Krakauer, Rutas salvajes, que llevó al cine Sean Penn.

R. Es que sobrevivir en una montaña es peligrosísimo. La historia de los hippies de los setenta es respetable, porque hubo intentos terribles de estar vivos, pero ahora es mucho más ridículo. Ahora mucha gente se decepciona cuando va a ver, por ejemplo, el cañón del Colorado, porque lo ha visto tantas veces con imágenes espectaculares, que cuando lo tienes enfrente, no es lo mismo que con la imagen desde un dron. Lo que están buscando es la fantasía. Si hay formas menos de engañosa de estar cerca de algo, empieza por las formas más locales, y no por llegar a un sitio más puro, más intacto. Eso es una locura. Es lo que yo llamo la lógica del capitalismo delirante, que nos obliga como locos a perseguir las fantasías que vemos por televisión, y nos sentimos insatisfechos si vamos a un campo que es menos vistoso o es un camping.

P. Por cierto, en su libro finalmente de lo que habla es de esta idea de evasión. ¿Por qué necesitamos huir?

R. Fernando Savater dice que hay dos tipos de personas: los que se pasan toda la vida queriendo volver a la infancia, y los que se pasan toda la vida huyendo de su infancia. Yo creo que siempre estamos escapando. No hay que luchar contra el escapismo. Ser una persona es ser también un ser evasivo. Y eso no es malo. Como la palabra delirio. Sin delirio no habría creatividad, aunque también hay delirios colectivos como el querer ir a Marte a hacer jardines. Eso es un puto delirio colectivo.

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