SU LIBRO MÁS CRÍTICO

Crímenes, violaciones y perros asesinos: Ferlosio y la maldición de las Indias

En el segundo volumen de los ensayos completos de Sánchez Ferlosio, se reeditaba su muy crítico libro-denuncia sobre el Descubrimiento, de actualidad tras las declaraciones de López Obrador

Foto: Aperreamiento de indígenas americanos por los conquistadores. Grabado de Theodor de Bry (s. XVI).
Aperreamiento de indígenas americanos por los conquistadores. Grabado de Theodor de Bry (s. XVI).

Aterrorizaba a los indios, y con razón. Cuentan que Leoncico, el célebre perro de Núñez de Balboa, valía en las batallas por dos de sus soldados y que en una de ellas, en Cuareca, comandó la jauría de voraces lebreles y alanos que despedazaron a nada menos que 50 indígenas de los 600 que fueron liquidados aquel día. Los perros de los conquistadores españoles fueron cruciales en la conquista de América, bastante más al principio que los caballos, escasos y difíciles de transportar, y actuaron como efectivos de los ejércitos en las campañas, pero también para dar caza a indios fugitivos a los que mordían por la muñeca y los traían de vuelta; si los cautivos se resistían, los hacían pedazos. Feroces, de fidelidad a toda prueba, armados literalmente hasta los dientes, sus tremendos ladridos helaban la sangre a unos indios que, sin poder resistirlos, deshacían sus posiciones y huían.

[Ferlosio ha muerto en Madrid a los 91 años]

'Ensayos 2', de Sánchez Ferlosio.
'Ensayos 2', de Sánchez Ferlosio.

Lo cuenta Rafael Sánchez Ferlosio (Roma, 1927) en uno de sus libros menos conocidos y más polémicos, una joya inencontrable hasta hace poco que se ha reeditado en sus 'Ensayos' completos (Debate, 2016). Su título: 'Esas Indias equivocadas y malditas'. Publicados originalmente en forma de artículos en 'El País' en 1988 como anticipación de los fastos del Quinto Centenario, el contenido se duplicó con apasionantes notas y apéndices —a la verborreica y entrañable usanza ferlosiana—, al adquirir forma de libro en 1994. En sus páginas, Ferlosio arremete sin piedad, sin hacer prisioneros, contra la brutalidad del descubrimiento de América, contra la estúpida banalidad de su celebración y además, ojo, contra los ingenuos mangas verdes que pretenden ahora oponer la historia de los vencidos a la de los vencedores.

Un mal sin malos

Rafael Sánchez Ferlosio no es un animalista cargado de clichés que desea la muerte a los niños con cáncer que quieren ser toreros. Tampoco lo aceptarían en una asamblea de la CUP que decidiera por unanimidad retirar la estatua de Colón de Barcelona. Su libro, en la mejor tradición del panfleto ilustrado, advierte desde sus primeras páginas de que la Conquista de América fue un mal indudable, que arrasó por el puro instinto de dominio tierras y pueblos, pero que fue al tiempo "un mal sin malos". "Acostumbrados", escribe, "a este infantil reparto de papeles, bueno y malo, comprendo que a muchos pueda resultar tan arduo como turbador cualquier punto de vista que disminuya en algún grado la responsabilidad de los autores de tan tremendos e incontables crímenes como los que constituyen la trama dominante de la conquista y colonización de América, pero en eso consiste justamente el mayor espanto de la Historia Universal".

Cuando Colón puso un pie en la Española, se desataron los peores instintos de profanación, ultraje y depredación

Y el mismo error cometen, advierte Ferlosio, los que ensalzan hoy a los vencidos frente a los vencedores. Dan igual unos y otros, el asunto es que cuando Colón puso un pie en la Española, se desataron los peores instintos de profanación, ultraje y depredación, y no importa tanto quiénes los cometieron como las ideas que los ampararon. Ni siquiera cree que el oro y el ansia de riquezas sirvieran de estímulo principal. Sí lo fue el designio histórico y esa generadora de coartadas llamada Iglesia católica. En realidad, Hernán Cortés solo era el mejor dotado de los que pasaban por allí para entender lo que debía hacer. Pero "el verdadero malo es Dios, o, lo que viene a ser lo mismo, la Historia Universal", apostilla el escritor.

En 'Esas Indias equivocadas y malditas', Sánchez Ferlosio alterna con brillantez y cultura 'desarbotante' el ensayo sobre las razones universales de la Conquista y la crítica cruelmente irónica de sus valedores pasados y presentes. Lamenta que Bartolomé de las Casas se quedara corto en su denuncia del trato a los indígenas, tacha a Ortega y Gasset de "hortera aristócrata dandi" por sus loas a la "vitalidad" de la España inmortal en 'El origen deportivo del Estado', menciona con desagrado los "ripios fascistoides" del Machado que cantaba a "la España del cincel y de la maza" y se burla del filósofo Julián Marías cuando se maravillaba por la asombrosa velocidad de las hazañas de los españoles: "Poco mérito tiene quien llega tan lejos arrollándolo y aplastándolo todo a su paso".

Sánchez Ferlosio. (EFE/Fernando Alvarado)
Sánchez Ferlosio. (EFE/Fernando Alvarado)

Y otro perro más: la leyenda de Becerrillo

Tras desbaratar tópicos como el de la fusión de razas —más bien violación y prostitución ambulante obligada— o el de la oportunidad de un Cristóbal Colón que estaba en el lugar preciso en el preciso momento —en realidad, pilló a los castellanos completamente desprevenidos—, el fulgurante ensayo de Ferlosio concluye con esa citada y despampanante sección de notas y añadidos que dobla la extensión del libro y en la que entabla un virulento debate con Julian Marías y José María García Escudero. Llegado hasta aquí, el lector habrá aprendido mucho y saboreado la parataxis anfetamínica del autor... y a la vez no estar de acuerdo con nada de lo que dice. Pero siempre quedará en su memoria la historia de otro can, Becerrillo, el padre del Leoncico que presentábamos al principio de esta nota. Atiendan.

Becerrillo era un perro inteligente y despiadado de color bermejo que fue criado en la Española y curtido en la actual isla de Puerto Rico. Una noche de jarana, el capitán Diego de Salazar decidió echarle al perro una "india vieja" a la que engañaron dejándola aparentemente libre. La india comenzó a andar feliz por la libertad recuperada y, en ese momento, soltaron al perro tras ella. Cuando la anciana comprobó horrorizada que el animal la alcanzaba a la carrera con las fauces abiertas, hincó la rodilla en tierra y comenzó a balbucear: "Perro, señor perro, no me haga mal, perro, señor". E, increíblemente, el perro se amansó sorprendido de oírla, paró ante ella ya tranquilo y orinó a sus pies. Los conquistadores quedaron tan maravillados que decidieron perdonarle la vida a la india. Y así, concluye Ferlosio, aquellos terribles perros dieron "una inopinada lección de piedad a las conciencias de hombres que se decían cristianos".

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