una televisión que marcó época

Los 31.000 españoles que veían porno codificado y otras hazañas de Canal Plus

Historia de los primeros años de la cadena coincidiendo con la muerte de su ideólogo: Juan Cueto. O cuando una 'sofisticada' tele de pago se merendó a Telecinco y a Antena 3

Foto: Algunos de los iconos de Canal Plus.
Algunos de los iconos de Canal Plus.

Se abre el telón y aparecen tres superejecutivos de Prisa encerrados discretamente en un despacho para ver la película ‘Azafatas americanas cachondas’. Sí, era una reunión de trabajo. Y sí, este artículo solo puede ir para abajo a partir de ahora…

Corría el año 1990 y las teles privadas habían llegado por fin a España: Telecinco y Antena 3, generalistas; Canal +, de pago, pero con seis horas diarias de emisión en abierto). Canal Plus, del grupo Prisa, estaba a punto de emitir su primera película porno codificada, lo que ahora no sería noticia ni echándole mucha imaginación, pero que entonces fue un acontecimiento cultural con explosivas ramificaciones empresariales y políticas.

El gurú, ideólogo y principal ejecutivo de Canal + era el gijonés Juan Cueto, muerto hace unos días tras una carrera empresarial y cultural heterodoxa. Las apuestas fuertes del nuevo canal eran el cine y el deporte para abonados. Pero también el porno semanal, lo que provocó no poco escándalo, en parte por cuestiones morales, pero quizá sobre todo por motivos políticos: el bloque conservador sostenía que Felipe González, presidente del Gobierno, había maniobrado para concederle al dueño de Prisa, Jesús de Polanco, un canal de pago (opción que, en principio, no estaba contemplada por la ley). Así que se utilizó el porno como arma arrojadiza contra Prisa, como si ser progresista y ver porno fuera una contradicción irresoluble.

Aurora Pavón —seudónimo de Pablo Sebastián— rebautizó a Canal Plus como “tele porno” y “porno plus” en un artículo de ‘El Independiente’ en diciembre de 1990.

El 25 de febrero de ese año, ‘ABC’ publicó una información titulada “Tensión en el Canal Plus ante el proyecto de emitir porno duro”. El texto era un ejercicio fino de moralina maliciosa:

Algunos accionistas de Canal Plus no se ven en el papel de financiar el porno para ganar dinero

“El Canal Plus, emisora privada de televisión financiada por muy ilustres personalidades, pretende ser una cadena de calidad dedicada a la cultura, la vida intelectual, la ópera y la música clásica. A imitación de otras emisoras europeas, algunos de los participantes en Canal Plus consideran económicamente beneficioso emitir codificada por la noche una película porno que garantizaría el abono mensual de hoteles, discotecas, pubs, salas de fiestas y decenas de miles de reprimidos que, con la coartada de la emisora de calidad, también se suscribirían al abono periódico".

En efecto, 'ABC' calificaba al futuro abonado de Canal Plus de "reprimido", y se quedaba tan ancho, pero la verdadera carga de profundidad era otra: señalar con el dedo a los financiadores de Polanco. "La idea ha causado considerable tensión entre algunos accionistas de Canal Plus que, según han manifestado a ‘ABC’, no se ven en el papel de financiar el porno para ganar dinero. En el BBV se piensa que la operación podría incluso afectar a los cuentacorrentistas del Banco, algunos de los cuales podrían retirar sus cuentas para no financiar indirectamente la emisión de pornografía. Vienen a esta doble página varias personalidades afectadas por la actual tensión en Canal Plus”.

La información de 'ABC' iba acompañada de una doble foto con los Albertos, las Koplowitz y Emilio Ybarra, presidente del BBV, que, según 'ABC', “pertenece a una familia de arraigados sentimientos religiosos”.

Es cierto que la idea de emitir porno había generado revuelo en Prisa. El principal “escollo” interno era Eugenio Galdón, director de la SER, que Cueto describió como “un hombre piadoso”. Juan Cueto y Fernando Bovaira —ejecutivo audiovisual y productor de cine— se reunieron con Galdón para ponerle una porno en su despacho y viera que aquello no era para tanto. La cosa tenía truco: le pusieron una versión censurada de 'Azafatas americanas cachondas' para que no se escandalizara (le recortaron las "humedades" al filme, en feliz descripción de Cueto). Galdón decidió finalmente ver la porno en la intimidad de su hogar. Y coló. “Galdón no había visto una película porno en su vida y le sorprendió que las chicas fueran tan guapas”. Todo esto se lo contó Juan Cueto al periodista y escritor Eduardo Verdú en un libro sobre Canal Plus que permanece inédito y del que hablaremos más tarde.

“La pornografía fue una de las grandes apuestas del Plus: emitir porno en 1990 —aunque fuera codificado— era algo insólito: para ver una porno tenías que pasar el mal trago de alquilarla en el videoclub. Reforzaba la imagen de televisión que arriesgaba, que ofrecía algo más, que daba contenidos que no estaban en ninguna otra parte. El porno que emitía el Plus no era cualquier porno: no estaban permitidas ciertas prácticas sexuales, eran películas elegantes, de las que se ruedan en mansiones de California con chicas y chicos guapos, nada de cutreces, dentro de los límites de elegancia del porno, que son los que son, pero ajustándose todo lo posible a la filosofía del canal”, explica Verdú a este periódico.

El 5 de octubre de 1990, Canal + emitió su primera película porno con éxito apoteósico: ocho millones de espectadores. Pero la cifra que profetizaría de verdad el futuro triunfo de la cadena fue otra: 31.000 españoles vieron la película codificada. 31.000 espectadores viendo un amasijo distorsionado de rayas blancas y negras, más cercano a una videoinstalación conceptual del MoMA que a un filme sexual. El porno del Plus había derivado en mito folclórico: corrían todo tipo de métodos absurdos para descodificar el Plus en plan casero: de poner papel cebolla sobre la pantalla a mirar fijamente la tele hasta que la imagen se aclaraba por arte de magia. Los 31.000 espectadores bizcos significaban sobre todo que en la España de 1990 no se hablaba de otra cosa más que de Canal Plus.

Antes de empezar a emitir, circulaban dos teorías antagónicas sobre el futuro comercial del canal: 1) unos decían que sería un gran negocio, que era un regalo lucrativo del Gobierno a Prisa, dado que no tenían que competir con ningún otro canal de pago; 2) otros sostenían (incluso dentro de Prisa) que sería un fracaso porque en España nadie iba a pagar nunca por ver la tele. Pues bien: se superaron las expectativas más optimistas: cinco años después, Canal Plus tenía 1 millón de abonados, a Prisa se le salía el dinero por las orejas, y las televisiones generalistas Telecinco y Antena 3 —que en el siglo XXI se convertirían en negocios colosales— perdían mucho dinero y cambiaban de accionistas con asiduidad (Telecinco perdió 44 millones de euros en sus primeros cinco años; Antena 3, 38 millones; Canal +, por contra, empezó a ganar dinero en 1993).

¿Por qué triunfó Canal Plus? En tres palabras: el caos Cueto.

La célula del caos

Juan Cueto, agitador cultural asturiano con prestigiosa columna televisiva en ‘El País’, fue el hombre elegido para que Prisa dejara la zona de confort de la prensa y la radio y diera el salto a territorio ignoto: la tele. “Cueto decía que había tenido que llevar el evangelio audiovisual a la tribu de Prisa. Cebrián y Polanco no tenían ni idea de televisión. Cueto quería llevar a Prisa a la modernidad y al siglo XXI”, explica Verdú.

El escritor y periodista Juan Cueto. (EFE)
El escritor y periodista Juan Cueto. (EFE)

Cueto desembarcó en Miguel Yuste, sede de ‘El País’, sin que (casi) nadie supiera que hacía allí en realidad. El secretismo tenía su lógica: la lucha por hacerse con uno de los nuevos canales privados iba a ser épica y transcurriría entre bambalinas. “Cueto montó una célula autodenominada ‘Caos’ porque decía que del caos solo podía salir algo bueno”, explica Verdú. Miembros de la célula: Cueto, Alfredo Relaño, José María Izquierdo y Miguel Salvat (ahora director de contenidos de HBO España). Juan Luis Cebrián, director de ‘El País’ hasta 1988 y luego consejero delegado de Prisa, también estaba en el ajo. “Esta tarde caos”, se decían antes de reunirse de tapadillo en la quinta planta. Cueto, cuyo arte para jugar con las palabras era conocido, lo clavó: del caos salió algo creativo y exitoso llamado Canal Plus, pero también no poco desorden y caos interno.

Alfredo Relaño era el redactor jefe de deportes de la cadena SER cuando Cueto y Cebrián contactaron con él para que se hiciera cargo de los deportes de Canal Plus. No era poca cosa: gran parte de la imagen de marca se iba a sostener sobre retransmisiones deportivas en directo (Liga, NBA) y programas que daban una vuelta de tuerca al fútbol (‘El día después’, que lanzó al estrellato catódico al ex futbolista Michael Robinson). Relaño, que nunca había trabajado en televisión, recuerda ahora así su momento fundacional:

“Acepté la oferta… y al día siguiente casi me echo atrás: de camino a París, para conocer el Canal Plus francés, mantuve la siguiente conversación con Cueto:

—Te tengo que decir una cosa: yo no sé nada de televisión.

—No te preocupes —me contestó Cueto—, porque yo tampoco sé nada. Eso no importa. Soy un impostor y todavía no me han descubierto".

La leyenda del impostor Cueto.

Resumiendo: Cueto no sabía de televisión; Relaño, tampoco, pero la cosa salió bien. ¿Por qué? Relaño, actual director de ‘As’, se explica en esta entrevista.

PREGUNTA. Se dice que en el primer Canal Plus había amplios márgenes de libertad y creatividad.

RESPUESTA. Los había. Éramos casi todos primerizos. No tener la presión diaria de la audiencia y el ‘share’ te daba libertad para arriesgar. Además, había un compromiso común por hacer las cosas lo mejor posible, porque estabas cobrando por algo que otros daban gratis. Si íbamos a cobrar por ver un partido de fútbol en la tele, había que esmerarse al máximo, poner todas las cámaras posibles, fijarse hasta en los menores detalles.

P. ¿Como influía el toque Cueto en el día a día?

Cuanto más disparatado fuera lo que se te ocurriera, más le gustaba a Cueto

R. Cueto fomentaba la creatividad, no tenía miedo al riesgo, lo único que le inquietaba era parecer antiguo. Al principio barajamos contratar a José Ángel de la Casa, y aunque era amigo personal de Cueto, lo descartamos: Cueto prefería las caras nuevas; no quería que esta tele se pareciera a nada. Acabamos contratando a Carlos Martínez de locutor, y ahí sigue narrando los partidos en Movistar. También contamos con Valdano, que entonces también era novedoso.

P. El perfil de Cueto no era precisamente el del típico gran ejecutivo español: parecía más un intelectual extravagante que otra cosa.

R. Cueto era sobre todo un torrente de ideas, estimulaba al personal, cuanto más disparatado fuera lo que se te ocurriera, más le gustaba a Cueto. Era el borrón y cuenta nueva y no hacer nada parecido a lo de antes.

A cambio, la ejecución y los problemas prácticos los dejaba en manos de otros. Cueto volvía locos a los gerentes porque era muy indisciplinado. Solía decir que el de la pandereta de la tuna era siempre alto, delegado y vasco, igual que los gerentes que le ponían a él; así que, cada vez que aparecía un nuevo gerente por la oficina, Cueto se lo imaginaba vestido de tuno y dándose con la pandereta en el codo, y claro, le costaba tomárselos en serio. Los gerentes no duraban mucho porque no se hacían con él

Libertad o libertinaje

“Cueto no era exactamente un empresario. Era un tipo inteligente, seductor y carismático que hizo equipo. Convenció a la gente de que creyera en él y de que aquello iba a salir bien”, asegura Verdú.

Cueto decía que una de las razones del éxito de Canal Plus era que nadie sabía nada de televisión ahí dentro

Todos creían que Cueto era la persona adecuada para dirigir el canal porque a todos les deslumbraban sus columnas sobre la caja tonta. Pero Cueto sostenía que él era un intruso, salvo que eso podía ser un valor si se manejaba con astucia. “Decía que una de las razones del éxito de Canal Plus era que nadie sabía nada de televisión ahí dentro”, cuenta Verdú. Cuando empezó a cocerse la cadena, Prisa contactó con Pilar Miró para que les asesorara, pero Cueto intuyó que aquel no era el camino y prescindió de los consejos de la cineasta: expertos no, gracias. “Buscaban gente no contaminada por la tele”, recuerda Verdú, que trabajó en los Deportes de Canal Plus.

Otra de las claves internas fue el singular método de toma de decisiones: Cueto ordenó que nadie le pidiera permiso para hacer nada; ni a él, ni a Cebrián, ni a Polanco. Una especie de versión voluntaria del “no hay nadie al mando”: “Cueto no le preguntaba nada a Cebrián, es decir, no le pedía permiso; y a su vez, nadie le preguntaba nada a Cueto, ‘a mí no me preguntéis, vosotros hacedlo’, solía decir, porque si las ideas se consultaban, se corría el riesgo de que fueran vetadas por alguno de los tres filtros. Era una estructura libre y espontánea, al margen incluso de Polanco. La permisividad instigada por Cueto —el que todo el mundo hiciera lo que le daba la real gana— les funcionó muy bien”, afirma Verdú.

Una organización de gente fresca y sin contaminar donde cada uno hace lo que quiere. ¡Albricias! Todo esto suena muy bien, pero claro, entre tanto ejecutivo ‘hippie’, tanto compadreo y tanta ideaca… Quizás olvidaran que el día a día de una televisión requiere de unos niveles fuertes de gestión. O cuando el caos era exactamente eso: un caos.

Hablamos con un productor de los primeros tiempos de Canal + que prefiere permanecer en el anonimato. “Que te llamaran del Plus era lo más, era la meca del audiovisual televisivo en España, un referente de calidad y prestigio”, recuerda.

Cuando digo que era un grupo de amiguetes, es que era eso: montamos una tele y luego veremos. Eso sí, al hijo del consejero hay que buscarle un puesto

Pero, ¡ay!, como suele ocurrir cuando uno aterriza en una empresa —sea o no del sector de la comunicación— las cosas no eran exactamente como se las había imaginado. “Contaban con profesionales solventes del mundo técnico, porque no te puedes permitir arrancar una tele sin tener eso bien cubierto, pero la estructura era exageradamente precaria a nivel de gestión interna”, dice el productor.

¿Cuál era el problema de fondo? “Canal Plus era una televisión montada por un grupo de amiguetes. Se montó con la lógica del ‘a ver qué pasa’, y se vieron superados por su propio éxito”.

En efecto, la frescura de hacer tele con amigos y novatos tenía su lado interno oscuro: de la endogamia a la profesionalización a marchas forzadas. “Empezaron a contratar a más gente para suplir esas carencias. Algunos de los nuevos llegaban y se encontraban con que en su puesto de trabajo había… otra persona. Había que convivir con el bicho que estaba sentado en tu sitio, que no sabías muy bien ni a qué se dedicaba ni qué tipo de compromiso tenía con la alta dirección. No es que hubiera puestos duplicados, es que había personas a las que les quedaban grandes sus puestos, bien porque no tenían tablas bien porque directamente no sabían cómo hacer aquello. La empresa los iba desplazando lentamente hacia otros lados”, cuenta el productor.

Fliparon cuando llegaron al millón de abonados. Fue un éxito enorme

O qué ocurre cuando una compañía empieza a crecer, se generan nuevos problemas y nadie sabe cómo resolverlos. Una crisis de crecimiento en toda regla. “Cuando digo que aquello era un grupo de amiguetes, es que era exactamente eso: vamos a montar una tele y luego ya veremos. Eso sí, al hijo del consejero hay que buscarle un puesto, y al hijo y al primo de no sé quién, también. ¿Qué pasa? Que pronto se dan cuenta de que la producción audiovisual tiene un ritmo brutal, y que o sabes manejarla o te come”.

“Que conste que este descontrol me lo encontré en varias teles esa época. Los compañeros que arrancaron Telecinco contaban que allí nadie tenía ni idea de nada, se hizo sobre la marcha, con una mezcla de intuición y ganas de echarle horas”, zanja el productor.

La dictadura de la audiencia

Hablamos de la época en la que en Telecinco estaban las Mamma Chicho y Antena 3 recurría a formatos radiofónicos de posguerra televisiva como partidas de mus en directo con Ussía, Mingote y José María García. En ese contexto, era fácil que Canal Plus pareciera el colmo de la sofisticación audiovisual con poco que ofreciera.

Pero claro: Antena 3 y Telecinco eran gratis, mientras que el Plus valía 3.000 pesetas al mes, o 20 duros al día, como decía la publicidad. “Mucha gente pensaba que en España nadie iba a pagar por ver la tele”, cuenta Verdú.

“Tenían claro que tenía que parecer una televisión de lujo, diferente a las generalistas, otra cosa, de la estética al contenido. El mensaje era: estás pagando dinero, pero te estás llevando un producto lujoso. Todo se cuidaba mucho, aunque la cadena no gastaba tanto dinero como aparentaba. La estética minimalista era muy elegante, pero también barata. La cabecera de los informativos era una toma aérea de la Torre Picasso, rodada con helicóptero, parecía la sede del 'New York Times', como si fuera suyo todo el edificio, pero los Informativos se hacían… en un sótano de la Torre Picasso”, cuenta Verdú.

La lógica era la siguiente: ‘El programa de ayer no lo vio nadie, vale, pero nos da igual, porque no estamos jugando a eso’

La tele de Prisa, no obstante, se podía permitir unos lujos que no se podían permitir las generalistas, y no hablamos de dinero, sino de la dictadura de la audiencia: unas décimas más o menos podían lastrar las cuentas de las generalistas, que eliminaban a gran velocidad los programas que no funcionaban, mientras que en el Plus se tomaban su tiempo para afinar los programas.

Habla Verdú: “Canal + empezó a ir bien muy pronto, y no me refiero a la audiencia, sino al número de abonados. La lógica era: ‘El programa de ayer no lo vio nadie, vale, pero nos da igual, porque no estamos jugando a eso’. De pronto había otro baremo de lo que era el éxito televisivo. Fliparon cuando llegaron al millón de abonados. Fue un éxito enorme".

El calentón de Polanco

El salto digital abrió el negocio de la televisión de pago a mitad de los noventa, coincidiendo con la caída del felipismo y la llegada del PP al Gobierno, que desencadenó una colisión de plataformas entre Canal Satélite (Prisa) y Vía Digital (Telefónica y otros), con los derechos televisivos del fútbol de fondo. Una guerra tan empresarial como política: choque de trenes entre el bloque conservador (PP) y el progresista (PSOE) por el control del negocio de la comunicación. La batalla se prolongó durante años y tuvo varios clímax mediáticos, como la frase del vicepresidente del Gobierno Francisco Álvarez-Cascos (“el fútbol televisivo es de interés general”), el procesamiento de Jesús de Polanco por las cuentas de Canal Plus (finalmente fue absuelto) o la condena por prevaricación del juez que intentó crujir a Polanco: Javier Gómez de Liaño.

Entrados ya en el siglo XXI, Eduardo Verdú escribió un libro sobre la materia. “Fue un encargo de Polanco cuando estaba encabronado por la guerra digital”, recuerda ahora Verdú, que se reunió con Cebrián y Juan Cruz, entre otros, para definir el proyecto. “En Prisa querían un libro sobre la guerra del fútbol y los descodificadores, cuando el PP les intentó joder, pero aquello, además de un marrón, era un coñazo, así que les propuse contar también la historia de Canal + entrevistando a Cueto y al resto de protagonistas”, añade.

El libro se escribió, pero nunca se publicó. “A Polanco se le pasó el calentón y se quedó en un cajón”, añade Verdú, que se ha tomado la molestia de revisar su libro inédito para responder a este periódico. Entre calentones anda el juego...

Entrevista a Máximo Pradera

'Lo + Plus' —magacín diario que adaptaba un formato del Canal Plus francés: ‘Nulle Part Ailleurs’— fue uno de los programas más populares de la cadena. Lo presentaba una extraña pareja: Máximo Pradera y el diplomático Fernando Schwartz —otro de esos presentadores inusuales que se sacó de la manga el Plus—. Pradera, que daba la nota irreverente, no ha perdido el gusto por el comentario afilado con los años. Hablamos con él.

P. ¿Cuál fue su primer contacto con Cueto?

R. A Juan Cueto le traté mucho en Radio El País, que estaba en la quinta planta de Miguel Yuste, donde subían a hablar las grandes firmas del periódico, como Cueto, que tenía una extraordinaria sección de televisión llamada ‘La cueva del dinosaurio’. Era bromista, imprevisible, disparatado incluso. Y muy verborreico: decía muchas tonterías y también cosas geniales. Daba gusto tenerlo en la radio.

P. No daba el perfil de gran ejecutivo.

Aquello era tal bicoca económica que era imposible hundirlo. Una tele de pago sin competencia… fue un regalo de González a Polanco


R. Mira: mi padre [Javier Pradera, histórica firma y cerebro de 'El País'] siempre decía lo siguiente sobre Polanco y Cebrián: ‘Estos hijos de puta solo trabajan bien en régimen de monopolio”. Canal Plus fue un monopolio que le regaló Felipe González a Polanco. Nombraron a Juan Cueto porque era una televisión novedosa, y Cueto era el arcángel de la modernidad, de la tele del futuro, pero también porque llegaron a la conclusión de que aquello era tal bicoca económica que era imposible hundirlo. Una tele de pago sin competencia… fue un regalo.

¿Qué ocurrió? Que según iba teniendo éxito el canal, y Cueto iba convirtiéndose en una estrella, surgieron los celos de la diva, Juan Luis Cebrián, que no pudo soportar la sombra que le hacía Cueto al frente del super juguete de Prisa, y lo exilió a Italia [en 1995, Cueto dejó Canal Plus: fue enviado a Italia a montar la versión italiana: Telepiù]. Cebrián le hizo algo parecido a mi padre, tenía unos celos intelectuales tremendos de él, porque mi padre era más listo y estaba más formado que Cebrián. Se buscó una excusa —el referéndum de la OTAN— para cepillárselo. Cebrián es así: cuando ve amenazado su divismo, te da la patada.

Yo entré en la tele cuando Cueto fue deportado a Italia, dan luz verde a ‘Lo + Plus’ y nombran de director del canal a la antítesis de Cueto, un marmolillo llamado Carlos Abad, que no tenía ni idea de televisión y eran tan ignorante como inexpresivo. Así como Cueto tenía criterio sobre todo, equivocado o no, su sustituto no tenía criterio sobre nada. Eso sí, el ego de Cebrián pudo descansar.

Yo le había funcionado bien a Cebrián en Radio El País y consideró que le podía funcionar bien en Canal Plus. Me eligió a dedo. Canal Plus era su juguete. Ejercía de productor ejecutivo de facto. Luego se cansó.

Pradera y Schwartz, la extraña pareja.
Pradera y Schwartz, la extraña pareja.

P. Las seis horas al día de programación en abierto que ofrecía Canal Plus estaban bastante bien pensadas. ¿Qué tenían en mente cuándo lanzaron ‘Lo + Plus’?

R. No te puedes imaginar la pasta que circulaba por ahí. Pedías cualquier cosa y la tenías horas después. Al margen de clonar la versión francesa, la explicación que nos dieron para ‘Lo + Plus fue que sería una herramienta para vender los contenidos culturales del grupo, las películas o las novelas con las que comerciaba Prisa. Hacer un escaparate lo más cuco posible.

P. Usted se convirtió en un personaje televisivo popular por sus comentarios irreverentes. ¿Tenía algún límite?

Ese era el clima de libertad que teníamos: Cebrián te decía que dejaras de hacer una cosa… y seguías haciéndola


R. Eso era parte de mi rebeldía natural. Yo en la radio hacía lo que me daba la gana, pero no hablo de tomar decisiones caprichosas y aleatorias, sino creativas: nadie me decía lo que tenía que hacer y desarrollaba todas mis ideas. En la tele fue parecido, en parte porque había dinero y en parte porque nos dejaban. Se trabajaba fenomenal en Canal +, nunca he tenido más libertad.

P. Su programa empezó titubeante y fue cogiendo ritmo. ¿Cómo lo pusieron a punto?

R. ‘Lo + Plus’ era demasiado almidonado al principio, yo lo apayasé, a veces igual demasiado: en directo es difícil medir bien si te pasas o no llegas. Ana García Siñeriz, que venía de Informativos, entró a dar la información de cine en el programa, pero desentonaba, era demasiado seria. Yo me inventé lo de la tensión sexual con ella, me pegaba bofetadas falsas. Pues bien: a Cebrián le irritaba este jueguecito, me dijo que lo dejara de hacer, pero seguí haciéndolo, me lo pasé por el forro de los cojones.

Ese era el clima de libertad que teníamos: el jefe te decía que dejaras de hacer una cosa… y seguías haciéndola. Pero no seguías haciéndola porque tuvieras ganas de contradecir a Cebrián —yo personalmente no tenía ninguna, no quería perder un trabajo tan bonito— sino porque sabías que Cebrián se equivocaba.

Cebrián era muy cateto para muchas cosas. Solía pasar por el programa una vez al año para hablar de sus libros o lo que fuera. Cuando vino a presentar ‘La red’ (1998), su ensayo sobre Internet, cuando le dio por creerse Nicholas Negroponte, dijo que desconfiaba de las compras por internet. Tal cual. Era muy cateto todo lo que decía. El anti Cueto.

P. ¿No era un poco incómodo entrevistar al jefe?

Cebrián era muy cateto para muchas cosas


R. Bueno… Lo que hacíamos era convertir la sumisión en chiste, exagerábamos el peloteo, a lo Monty Python, nos convertíamos en felpudos humanos, y al espectador le resultaba así digerible el asunto.

Una cosa que sí hizo bien Cebrián fue obligarnos a hacer muchos números ceros. Teníamos una torpeza y una falta de agilidad que nos llevó meses corregir. No les importó que el programa fuera malo al principio y tuviera poca audiencia. Cebrián nos dejó el tiempo suficiente para que nuestros defectos se convirtieran en virtudes. Y no teníamos pocos defectos: interrumpíamos constantemente a los invitados, y se nos quejaban. “¡Que no les dejáis hablar!”, nos decían todo el rato. Pero era nuestro 'show', y acabó funcionando: nuestros defectos acabaron convirtiéndose en nuestro estilo, como teorizaba Enrique Nicanor, antiguo director de La2. La gente comenzó a querernos con nuestros defectos. Cuando salté a Antena 3, por el contrario, me cortaron la cabeza a las dos semanas.

P. Lo del porno dio para mucho: la gente se volvió loca tratando de descifrar el descodificado, mientras la prensa conservadora hablaba de la tele guarra de Polanco.

R. Sí, entonces se decía que tenía más audiencia el porno codificado que algunos programas en abierto. También se decía que a los espectadores del porno codificado los podías distinguir en el bar al día siguiente: eran los que tenían los ojos achinados de tanto esforzarse por ver aquello.

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