lo peor de lo peor

Yung Beef, Manolo García, El Niño de Elche… Los peores discos de 2018

Un sopor tremendo para un año en el que apenas hubo sorpresas ni grandes aportaciones musicales

Foto: Detalle del disco de Yung Beef
Detalle del disco de Yung Beef

Seamos sinceros: es muy divertido hacer la lista de peores discos del año. Consiste en echar un vistazo a tus reseñas de doce meses y recordar los trabajos que más te hicieron sufrir para emitir una valoración. Dicho esto, el ejercicio cada vez tiene menos sentido, ya que año tras año el formato álbum pierde terreno ante los sencillos pensados para las plataformas de streaming. Las tendencias son las mismas desde comienzos de milenio: hundimiento del modelo pop/rock anglosajón, pomposidad de las estrellas con mayor prestigio crítico y autocomplacencia generalizada. Un sopor tremendo para un 2018 en el que apenas hubo sorpresas ni grandes aportaciones musicales. Que el emblemático festival hipster Primavera Sound se haya pasado al perreo y las músicas urbanas habla claro sobré cómo el paradigma de Pitchfork, Radio 3 y Mondo Sonoro está más muerto que Manolete.

David Guetta - ‘7’

El multimillonario francés nunca ha sido un gran DJ y mucho menos un gran productor. Que publique algo tan mediocre como '7' no es noticia, pero resulta llamativo este zapping estilístico donde se rinde al electrolatino, intenta animar malas canciones sampleando pepinazos de los ochenta y termina sonando como música de fondo para un afterwork de cincuentones con tatuajes y camisetas sin mangas. No es un disco de exploración, sino el retrato de una estrella que ha entrado en pánico y apuesta a todo un poco para fingir que sigue ‘en la onda’. Llega justito para entretener en El Hormiguero, pero el día menos pensado su público le da la espalda.

David Guetta. (EFE)
David Guetta. (EFE)

El Niño de Elche - ‘Antología del cante flamenco heterodoxo’

Pocos artistas han sido tan mimados por los medios, promotores y el circuito de flamenco como Francisco Contreras Molina. ¿Su respuesta? Insultos a los aficionados clásicos, broncas a la prensa y álbumes del montón, maquillados por una voz reconocible y cumplidora (no mucho más). ‘Antología del cante flamenco heretodoxo’ se deja escuchar, pero pasa sin pena ni gloria, lo cual es bastante triste para un artista que presume de experimental sin haber entregado nunca nada que vaya más allá de lo que era vanguardia en los años setenta. El bajísimo nivel queda claro en la insufrible versión de 'Deep song' de Tim Buckley, escúchenla si se atreven.

Brisa Fenoy - Cualquier cosa

Todavía no ha publicado álbum, pero es obligado pedirle que cuando lo haga no use los sencillos presentados hasta ahora. 'Parriba' es una canción que los insufribles Chambao se hubieran pensado grabar. Parece compuesta en tres minutos en la servilleta de la cafetería del gimnasio. El resto de su repertorio no se eleva mucho más: frases de autoayuda, ritmos simplones y una voz cálida pero insustancial. Más que canciones, parece que busque campañas del Ministerio de Asuntos Sociales. Me refiero a 'Free', 'Jericó' e incluso 'Lo malo', tan pegadizas como cabezonas. Sinceramente: el pop español no necesita una versión chic de Macaco.

Thom Yorke - 'Suspiria'

¿Qué podría ser peor que un álbum de Radiohead? Hablamos de una de las bandas más sobrevaloradas de la historia del rock, que seguramente tocaron techo con “The Bends” (1995) y no han entregado nada realmente relevante desde 'OK Computer' (1997). La respuesta es una banda sonora cursi, rebosante de lirismo bajonero y más previsible que un capítulo de ‘El tiempo entre costuras’ (una serie para que la que pegarían perfectamente estas piezas). Thom Yorke, tradicionalmente alérgico a las entrevistas, sí que atendió a la prensa para apoyar este disco, ya que las canciones difícilmente se iban a defender solas.

Manolo García - ‘Geometría del rayo’

El cantante catalán hace tiempo que perdió el favor de un sector significativo de los seguidores de El Último de la Fila. Sin duda, tiene un mundo estético personal, pero abusa de su propia fórmula y cae con frecuencia en la autoparodia. Su disco de 2018 tiene letras capaces de desmoralizar al profesor de instituto más paciente. Lo que ofrece es una avalancha de lugares comunes, del tipo "altos cipreses", "montañas blancas", "vientos racheados", "rubias trenzas de trigal" y viajar en moto como metáfora de la libertad personal. No escribe una canción de cierto nivel desde 'Pájaros de barro', hace dos décadas ya.

Yung Beef - ‘El plugg mixtape’

Este año tuve una revelación tardía con el trap nacional. Descubrí que se trata de un estilo audiovisual donde el personaje manda, los ritmos son una preocupación secundaria y el directo es un teatrillo donde las canciones cuentan menos que el atrezzo. Con estas premisas, lo más sensato es no esperar mucho de sus mixtapes, como deja claro este pachanga rapera saturada invocaciones a las “guarras”, “vender perico en Miami Beach” y “cómo mola David Delfín”. Realmente no hay una rima memorable en toda la entrega (las bases de 'Bebo champagne' y 'Driftin' son lo único que suena medio vivo, por salvar algo). “De tanto autotune parece que le estuvieran ahogando”, explicaba la hija de la escritora Lucía Extebarría sobre una mixtape anterior. Sin llegar a esos extremos, aquí parece un rapero con más asma que flow, rematando el trabajo a toda prisa para llegar a su tienda de zapatillas caras o a una sesión de fotos con una web de tendencias.

Christina Rosenvinge - ‘Un hombre rubio’

La cantautora rock, que este año recibió el Premio Nacional de Músicas Contemporáneas, no atraviesa su mejor momento artístico. Escuchando estas canciones, queda claro que tiene una exquisita colección de discos, que es lectora habitual de literatura elevada y que comprende las claves del gusto cool dominante. Sus nuevas composiciones suenan pensadas, elegantes y cuidadas, pero no muy intensas ni inspiradas. Se quedan en salmodias solemnes poniendo voz de Nico. Normalmente, cada uno de sus discos tiene un mínimo de tres canciones notables, pero aquí cuesta encontrarlas. Su pico de madurez sigue siendo 'La distancia adecuada'.

Imagine Dragons - ‘Origins’

Los detractores de Muse suelen señalar que su principal defecto son las instrumentaciones barrocas, casi histéricas, coronadas por la voz de Matthew Bellamy, que parece cantar mientras le queman en una caldera del infierno. Básicamente, algunos piden al grupo que afloje la épica. La mejor prueba de que no tienen razón son los estadounidenses Imagine Dragons, que suenan exactamente con unos Muse refinados y contenidos. Es decir, como una versión increíbemente sosa. La prensa ha sido unánime en llamar a este disco “insípido”, “anónimo” y “demasiado dependiente de su propia fórmula”. Ni los peores Smashing Pumpkins aburrían tanto. Dan Reynolds debe de ser el cantante más impersonal que ha llenado estadios en la historia del rock.

Hinds - ‘I Don’t Run'

Si el adjetivo “mediocre” no existiera, habría que inventarlo para trabajos como este. El disco es tan flojo que parece que alguien hubiera congelado nueve canciones de indie español de los dosmil y hubiera esperado década y media para endosárnoslas. Como si un grupo de regulero del catálogo de Subterfuge fuera de vacaciones al Williamsburg de la explosión hípster y hubiera regresado a toda mecha para grabar las primeras canciones que se les pasaran por la cabeza. Por supuesto, una se llama “New York” y otra “To The Morning Light”, anunciando unas letras que parecen un compendio de los tópicos pijo-bohemios que padecemos desde finales de los noventa. Normal que los ‘guiris’ flipen con Rosalía.

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