Màxim Huerta no ha sido el ministro más breve: la dramática historia de Antonio Sesé

Ni una semana ha durado el primer ministro de Cultura de Pedro Sánchez, el más breve dedsde la Transición pero no de la Historia de España

Foto: Antonio Sesé
Antonio Sesé

Debemos contextualizar la situación para entender la triste historia de Antonio Sesé, el responsable de la cartera política aún más breve de la historia de España que la de Cultura del caído Màxim Huerta. Estamos en mayo de 1937. El 19 de julio de 1936 los anarquistas pararon el golpe de Estado en Barcelona y pensaron si aprovechar el momento para tomar el poder. Era contrario a su naturaleza y aceptaron compartirlo con Lluís Companys. Sin previo aviso se formó un ente llamado Comité de Milicies Antifeixistes. Pretendía el imposible de juntar todas las izquierdas en un solo núcleo, pero la situación les superó. La Generalitat pasó a ser irrelevante y se formó una fatal alianza entre partidos que apostaban por ganar la guerra y formaciones obcecadas en otros objetivos. Para el bloque republicano, capitaneado por la hegemónica ERC con ayuda del creciente PSUC, lo más importante era ganar la guerra mientras que para el bloque obrero, encabezado por la CNT con el apoyo del POUM, lo esencial era hacer la revolución.

Estas posturas discrepantes crearon una bomba de relojería que tarde o temprano debía estallar. La Cataluña del primer tercio de la Guerra Civil fue una realidad aparte catapultada por las colectivizaciones, nuevos mecanismos de autogobierno generados por el mismo conflicto bélico y el entusiasmo veraniego por recuperar Zaragoza. En Barcelona se vivió un momento único en la Historia de la Humanidad bien narrado tanto por George Orwell como por Joan Sales, uno desde la inmediatez de presenciar lo insólito de una urbe izquierdista hasta los topes, con limpiabotas llevando sus cepillos en cajas ojinegras e imágenes de Lenin y Stalin en la fachada del céntrico Hotel Colón, otro desde el filtro del tiempo en su extraordinaria novela 'Incerta Glòria', adaptada al cine en 2017 de la mano de Agustí Virallonga.

Hasta mayo de 1937 todo lo imposible devino imaginable. El Ritz pasó a ser un hotel gastronómico gestionado por la CNT y la UGT, las proclamas revolucionarias encendían las calles y muchos, salvo la mitad silenciosa de la población a la espera de acontecimientos, creyeron palpar en el aire un momento totalmente insólito que a nivel político creyó consolidarse el primero de octubre de 1936 con la disolución del Comité de Milicies Antifeixistes para dar al poder una forma más institucional. Se recuperó la Generalitat y se formó un gobierno de amplio espectro político que, sin embargo, sólo fue una máscara pública perfecta para ocultar el sinfín de tensiones existentes entre los componentes de esa extraña alianza catalanista, anarquista, comunista y socialista.

Infierno de tiros en Barcelona

A finales de abril de 1937 era evidente que agonizaba la falsa armonía. Se suspendió la celebración del primero de mayo y dos días más tarde tres camiones repletos de Guardias de Asalto acudieron a plaça de Catalunya con la intención de ocupar el edificio de Teléfonica, dominado por la CNT desde octubre de 1936. Rodríguez Salas, conseller de Orden Público, comunicó a las guardias de la puerta que se haría cargo del edificio. Entró y en el primer piso los anarquistas desataron un infierno de cinco días que la Historia denomina 'Los hechos de mayo', una guerra civil dentro de la Guerra Civil que enfrentó a ERC, UGT y el PSUC contra la CNT y el POUM. Las barricadas en las calles de la Ciudad Condal fueron una triste metáfora de las eternas disensiones en la izquierda y una prueba evidente de cómo era imposible vencer a los Sublevados por, entre otras cosas, esas mismas enormes discrepancias internas.

Barricadas en Barcelona durante los sucesos de mayo de 1937
Barricadas en Barcelona durante los sucesos de mayo de 1937

Durante esas jornadas de mayo las partes enfrentadas no dejaron de dialogar en los despachos mientras los milicianos se mataban a lo largo y ancho de la capital catalana. El 4 de mayo CNT, UGT, ERC y la Unió de Rabassaires acordaron configurar un nuevo gobierno provisional. La cartera de trabajo se destinó a Antonio Sesé (Broto, 1895), por aquel entonces secretario general de la UGT en Cataluña. Sesé, casado con la pedagoga Elisa Úriz, era muy bien considerado por su inteligencia al tiempo que inspiraba mucha desconfianza en el sector madrileño de su sindicato al haberse implicado en demasía con el proceso fundacional del PSUC.

Según las crónicas consultadas la mañana del 5 de mayo salió del Casal Carles Marx de passeig de Gràcia, antiguo círculo ecuestre, y subió junto a un coche oficial de la Generalitat que debía llevarle a la plaça de Sant Jaume, donde debía tomar posesión del cargo. Era un trayecto corto. Iba acompañado de dos vehículos más en los que iban agentes de la autoridad. La comitiva bajó por el carrer Roger de Llúria y en el cruce de esta con la calle Caspe vio interrumpido su avance por un grupo anarquista pertrechado con una ametralladora. Descargaron varias ráfagas. Sesé y dos hombres más fueron heridos de gravedad en el lance. Los trasladaron al Hospital General de Cataluña, donde nada pudo hacerse por salvar la vida del ministro que no llegó siquiera a breve.

Velatorio de Antonio Sesé
Velatorio de Antonio Sesé

El cuerpo de Antonio Sesé fue trasladado al Casal Carles Marx para que el pueblo pudiera rendirle homenaje en la capilla ardiente habilitada para la ocasión. Para evitar altercados el delegado de Orden Público del Gobierno de la República ordenó que el entierro no tuviera carácter de manifestación, suprimiéndose del cortejo banderas y carteles, salvo en la salva del finado, cubierta con estandartes del PSUC. Sesé fue sepultado el 9 de mayo. El día anterior los disparos cesaron en Barcelona. Su funeral dio la sensación de ser algo más que el sepelio de un hombre. Las tornas habían virado mucho desde las honras fúnebres de Durruti en noviembre de 1936, cuando un millón de asistentes simbolizaron el punto álgido de la esperanza revolucionaria. Las de Sesé cerraron una época y abrieron otra con el pesimismo instalado en el aire y la derrota avecinándose a paso de gigante en un horizonte siempre más oscuro.

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