Independencia de Cataluña: Jordi Corominas y su Diario del Procés: La reconciliación en Cataluña es imposible
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Jordi Corominas y su 'Diario del Procés': "La reconciliación en Cataluña es imposible"

Donde unos dicen "España" y otros dicen "Cataluña", él murmura "Barcelona"

Foto: Colectivos soberanistas se manifiestan por la república el primero de mayo de 2018. (EFE)
Colectivos soberanistas se manifiestan por la república el primero de mayo de 2018. (EFE)

Jordi Corominas (Barcelona, 1979) es un poeta, paseante y cronista barcelonés que se ha visto envuelto en este movimiento que trastoca todos los paseos y todas las crónicas. Sus artículos publicados en distintos medios durante estos últimos años, hilvanados con reflexiones vagamundas y un extenso prólogo, componen 'Diario del Procés' (Sílex), un libro que, según Jordi Amat, autor de 'La conjura de los irresponsables' (Anagrama), es una rara avis entre la ingente literatura sobre el tema. Y realmente es singular su postura porque, donde unos dicen España y otros dicen Cataluña, él murmura “Barcelona”.

PREGUNTA. Jordi Corominas, ¿es más un poeta, un paseante o un cronista?

RESPUESTA. Desde el paseo eres capaz de apreciar detalles de la realidad que se escapan a la mayoría, así que el paseo y la crónica están cerca. La poesía entra cuando intento que mi punto de vista no sea nunca lineal.

'Diario del 'Procés''. (Sílex)
'Diario del 'Procés''. (Sílex)

P. ¿Y qué ha quedado más afectado por el Procés, el paseo, la poesía o las crónicas?

R. Creo que a la poesía. El Procés exige un nivel de compromiso con la realidad que podría convertir la poesía en algo solemne, al menos en mi caso.

P. En tus shows poéticos te has disfrazado de Isabel la Católica, del Papa... ¿te falta Puigdemont?

R. Sería divertido encarnar a Puigdemont pero me preocupa que, con este pensamiento único y esta queja constante, vinieran a por mí de manera implacable. La crónica, al menos, te permite decir las cosas de un modo que obliga al otro a interpelarte con cierto nivel de inteligencia.

P. Mucha suerte me parece esa clase de respuesta...

R. La elegancia te permite ser contundente sin que los más burros se den cuenta. Gracias al analfabetismo funcional que existe, el más burro no ha pillado lo que estaba atacando, y si lo ha intuido le ha dado miedo contestar.

La relación entre Cataluña y España está marcada por los complejos de las dos partes. Es una relación de acomplejados

P. Te criaste al inicio de la inmersión lingüística, que vuelve al debate. ¿Hablamos de eso?

R. Tuve la suerte de vivir en casa con dos mujeres, mi abuela y mi madre, y una me hablaba en catalán y otra en castellano. Desde pequeño he combinado ambas lenguas sin problema. En la escuela, salvo castellano e inglés, todo me lo daban en catalán. Pero creo que esto no tiene contenido ideológico. Al menos, en mi época no.

P. ¿El catalán está amenazado como lengua?

R. No lo creo.

P. ¿Mienten los que dicen que está amenazado?

R. Tienen un complejo muy de esta época, que es el “dramaqueenismo”. La relación entre Cataluña y España está marcada por los complejos de las dos partes. Es una relación de acomplejados.

Jordi Corominas
Jordi Corominas

P. ¿La escuela es un arma política?

R. No es la escuela aisladamente, sino un proceso de país que, desde Pujol, promueve la cultura de la emancipación nacional. Creo en la escuela en catalán, pero con los maestros está pasando como con los historiadores. El profesor es una persona que tiene que educar y el historiador está para investigar y contar la historia. Si el profesor y el historiador pervierten su función es porque alguien está dominando los mecanismos para desajustar el funcionamiento natural de la sociedad. Y quizás está ocurriendo esto. No me atrevo a firmarlo con rotundidad.

P. ¿De dónde salen los votantes de Ciudadanos?

R. Al la gente le da mucha rabia lo que voy a decir, pero en las últimas autonómicas, en Sarriá ganó Ciudadanos y en Nou Barris ganó Ciudadanos. Un analista político sabe que esto significa algo muy bestia. Que en la zona más pobre y la zona más rica gane el mismo partido demuestra que lo único que ha conseguido el Procés es crear un país de bloques. Los que apostamos por una especie de término medio contrario a ambos bloques tenemos las de perder. Es imposible comunicarnos porque nuestras propuestas son tomadas por el pito del sereno.

Los que apostamos por una especie de término medio contrario a ambos bloques tenemos las de perder

P. Para eso han creado la palabra equidistante. ¿Cómo la defines?

R. En estas circunstancias, el equidistante es quien tiene un sentido crítico de las cosas. El equidistante es el intelectual, que tiene que apuntar con el dedo y las palabras a lo que cree que no funciona bien de su sociedad, y criticarlo sin ningún complejo ni miedo. No nos tenemos que dejar manipular por ninguno de los dos bloques. Los dos bloques han creado dos formas de populismo muy nocivas.

P. Como catalán, ¿esta posición te ha dado problemas?

R. Cuando criticas a un independentista dan por hecho que estás apoyando al bloque de Madrid, y hay quien te incluye en un pack anticatalán. A mí lo que me ha provocado todo esto es una desconexión muy fuerte con la idea de Cataluña. Están intentando imponer una visión de Cataluña con la que no me siento identificado como catalán.

P. ¿Cuál es tu Cataluña?

R. Yo creo en el catalanismo de Maragall, pero ese catalanismo se ha perdido porque ha vencido el nacionalismo. Cataluña ha sido siempre la región más avanzada económicamente de España. La idea de Maragall es que toda mejora para Cataluña repercute positivamente en el resto de España. Durante la Segunda Restauración lo ves con la mancomunidad de Cataluña, pero claro, qué pasa: necesitas un progresista en Madrid, como lo fue Canalejas. Cuando gobierna la derecha en Madrid es más difícil porque aumentan los esencialismos.

Los discursos del 'Procés' no mencionan las clases sociales. Se habla de pueblo y me indigna porque es una idea decimonónica y romántica

P. En tu libro criticas la amnesia de Barcelona con su pasado anarquista.

R. El relato de una ciudad se forja a través de las calles. El nomenclator de Barcelona está totalmente exento de clase obrera. El anarquismo, que hasta 1936 es importantísimo, no está. Pero esto va más allá de las calles y está también en el discurso público. Es como si la clase obrera no existiera. Ha desaparecido. Si miras los discursos del Procés no hay ninguna mención a las clases sociales. Se habla de pueblo, y eso de pueblo me indigna porque es una idea decimonónica y romántica.

P. ¿Existe el nacionalismo español o es un invento de los indepes?

R. España tiene un gran problema para integrar todas sus culturas, y podemos llamar a eso nacionalismo español. Esto quien lo expresó muy bien fue Pablo Iglesias, con quien no tengo muchas simpatías, cuando decía que la gente de izquierdas no se siente identificada con la bandera española. Ahora la derecha española se aferra a la bandera como han hecho los de aquí. Entiendo que tenemos un choque de nacionalismos, así que el español será uno de los dos.

P. ¿Y el nacionalismo catalán se cuenta bien fuera de Cataluña?

R. Creo que desde el resto de España se vende la idea del nacionalismo catalán de un modo bastante certero, pero no sé si se conocen bien las causas. Hemos llegado a una deriva nacionalista precisamente por la ruptura con el viejo catalanismo, que era integrador, y ahora estamos en la fase nacionalista que es endógena. Piensas para ti sin tener en cuenta lo que piensan los demás.

Hemos llegado a una deriva nacionalista precisamente por la ruptura con el viejo catalanismo, que era integrador

P. ¿Pujol no pensaba así?

R. Sí, pero era más listo que todos estos. Por cierto, yo no creo que el Procés sea una huida hacia adelante de la corrupción de CiU. Para mí hay un momento decisivo, el 25 de julio de 2014, que es el día de la confesión de Pujol.

P. ¿Por qué?

R. Pujol es un trauma colectivo de Cataluña. Aunque uno no fuera votante de Pujol, mucha gente se siente traumatizada porque era una especie de padrecito de la patria.

P. ¿Qué pasa con su confesión?

R. Yo creo que ahí el Estado da un aviso. En ese momento está preparándose no una consulta, sino un referéndum. El estado agarra a Pujol y dice: “os estáis pasando de la raya. Si os seguís pasando de la raya, nosotros tenemos cosas”. Aquel día se rompe un pacto, no sé si escrito o no escrito, que existe desde la Transición, en el que yo a ti te dejo hacer, pero si te pasas de la raya te vamos a tocar en lo más hondo.

P. ¿Interpretan que lo más hondo es Pujol?

R. Sí, Pujol. Lo obligan a confesar y, a partir de ese momento, Artur Mas se raja, por eso el referéndum del 9N es una consulta, y después hay elecciones. Y cuando hay elecciones el 27 de septiembre se produce un relevo brutal de cuadros. Los del 78 dan un paso atrás y entran los independentistas de fuera de Barcelona. Ahí entra el radicalismo. Así que no es huida. Entran los radicales para llenar el hueco que dejan los restos de la corte de Pujol.

La élite barcelonesa entendía que, con España, hay unos intereses que deben mantenerse. En cambio, esta gente va a por todas

P. Las dos Cataluñas

R. Claro. Marta Rovira es de Vic, Puigdemont es de Amer, Rull y Turull tampoco son de Barcelona. La élite barcelonesa entendía que, con España, hay unos intereses económicos y empresariales que tienen que mantenerse. En cambio, esta gente va a por todas.

P. Lo que da lugar a esa palabra tan fea, traidor.

R. La palabra traidor me hace pensar en lo importante que es el lenguaje en el procés, pero hay otra palabra que me parece peor y que gracias a Dios no cuajó: colaboracionista. Esto remite a la Francia ocupada, con la que haces una cosa horrible: reducirlo todo a fascismo. Cuando reduces todo a fascismo demuestras una incompetencia política de primer nivel. Significa que no tienes argumentos para derrotar al adversario.

P. La palabra fascista me suena, no sé por qué, infantil.

R. Es que llamar fascista a tu oponente es un síntoma muy infantil. El infantilismo ha sido capaz de movilizar a muchas personas. Todo el mundo se ha creído una serie de ideas que no tienen un mañana. ¿Qué propuesta hay en caso de que Cataluña sea independiente? Yo no he leído ninguna. Y esto es una irresponsabilidad de los que mandan y de los que los siguen.

P. ¿Es posible una reconciliación entre las dos Cataluñas?

P. La reconciliación es imposible porque los que serían mediadores están totalmente eclipsados, como hemos visto en las elecciones. Los únicos que hablaban de un cierto diálogo han quedado apartados. O votas resentimiento o votas ilusión.

Sembraron vientos ninguneando a Ciudadanos y ahora es el partido más votado en Cataluña. Todavía no lo han digerido

P. O eres de los nuestros o no existes.

R. Sembraron vientos ninguneando a los de Ciudadanos y ahora es el partido más votado en Cataluña. Todavía no lo han digerido, ni parece que lo vayan a digerir. Durante siete años se ha fingido que esa gente no existía. De hecho hay una frase muy preocupante que dice exactamente eso: Un sol poble.

P. Y más allá del poble, hay...

R. Nada. Han quebrado lo que Pujol tomó de Paco Candel, que es eso de que “catalán es aquel que vive y trabaja en Cataluña”. Estamos en un punto peligroso y hay que decirlo: es intolerable que se diga que hay buenos y malos catalanes desde un discurso oficial. Esta actitud cateta y xenófoba ha potenciado mi barcelonismo.

P. Escribes de barcelonismo como una solución.

R. El orgullo de ser barcelónes se basa en pensar que Barcelona es una realidad aparte de Cataluña. Yo lo creo. Desde Barcelona puedes tener una proyección al mundo superior que desde una república catalana independiente, porque Barcelona no renuncia al cosmopolitanismo ni quiere ser provinciana. El barcelonés es un ciudadano orgulloso de pertenecer a la punta de lanza de España hacia Europa.

P. Eso casa con el federalismo, pero un federalismo Europeo.

R. Sí, desde luego. Desde la experiencia de Barcelona, la tentación es crear una red federal, y se puede tejer esa red tanto con regiones como con ciudades.

P. Pero esa apertura se ha traducido, también, en algo muy nocivo que señalas en las crónicas.

R. El turismo masivo, claro. Porque la marca BCN es una desnaturalización de Barcelona. La ciudad ha pasado de estar hecha para sus habitantes a estar enfocada a sus visitantes. Corremos el peligro de perder nuestra identidad sólo por motivos económicos. Pasolini ya advertía de esa tendencia del capitalismo a homologar, y que la ciudad que todo el mundo visita por su diferencia de pronto se parezca a todas las demás. Mi barcelonismo consiste en defender esa identidad. Para mí, mi ciudad es un estado nación. Como París, como Londres, como Madrid. Un punto de Europa que se conecta con otros.

P. Parece una identidad bastante mestiza.

R. Lo es. Cuando Barcelona se expandió fuera de las murallas absorbió a los pueblos, que se convirtieron en barrios, pero que siguieron conservando su identidad y la conservan hoy. El de Gracia y el de la Barceloneta son de su barrio y son de Barcelona. Esta diversidad, esta mezcla de identidades, me parece el modelo a seguir para España y para Europa. Como pasa en Estados Unidos, donde hay una ley federal y una ley de cada estado. Lo que ni Cataluña ni España entienden es que en el siglo XXI tenemos que despojarnos de la idea del estado nación, porque es nocivo.

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