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Garci, Suárez y Fernán Gómez, el broche de oro del cine español

Los Furtivos llegan a su quinta y última entrega de su serie dedicada a los directores españoles fundamentales

Foto: Fernando Fernán Gómez
Fernando Fernán Gómez

Como decía el poeta, “todo pasa y todo queda”. También en la historia del cine español. Los Furtivos terminamos hoy, con esta quinta entrega, la serie dedicada a nuestros mejores cineastas. Todos pasan y todos quedan. Entre ellos y ellas, hemos escogido quince porque había que escoger. Lo hemos hecho -por tener un criterio- entre quienes han dirigido más de diez películas. Se nos quedan, ¡ay!, muchos, tantos que mejor no publicar la lista para no arriesgar con olvidos injustos, y para tener la disculpa de, tal vez, retomar la serie más adelante; porque pocas cinematografías en el mundo pueden presumir de un catálogo de directores como la nuestra. Los de antes y los de ahora. Los que han sabido proyectar lo mejor de sí mismos en la gran pantalla.

Es mucho el talento que hemos visto. Y mucho el que se va incorporando a una industria que iría mejor si se distribuyeran con equidad nuestros recursos públicos. Porque no es de recibo que las televisiones, en general reacias a apoyar a los buenos cineastas, operen a su favor y en detrimento de la cinematografía patria. Eso no es cultura. Ni para España, ni para los españoles.

Les dejamos con, nada menos, José Luis Garci, Gonzalo Suárez y Fernando Fernán Gómez.

José Luis Garci, una vida de repuesto

François Truffaut solía escribir, y eso acabó formando parte de su biografía personal, que “el cine es más armonioso que la vida“, e incluso, y en eso participaban sus amigos como Eric Rohmer o Jean-Luc Godard , que “la pantalla era la vida“ . La peripecia profesional de José Luis Garci (Madrid, 1944) se aproxima notablemente a esos cineastas y quizá se asemeja a la de Truffaut. Lapidariamente, Garci ha definido el cine como “una vida de repuesto“, y ha afirmado con frecuencia que “en un cine nunca puede pasarte nada malo“.

Su filmografía, de 'Asignatura pendiente' (1977) a 'Holmes & Watson. Madrid Days' (2012), revela con lucidez cómo la vida, a veces la autobiografía, si orteguianamente la concebimos más allá de fechas acercándola a una idea humanista y antropológica, la literatura, y siempre el cine, vertebran una de las obras más personales pero también más coherentes del panorama cinematográfico español.

Su inicio como cineasta, 'Asignatura pendiente', aparece como una piedra miliar, un testimonio irreductible de la Transición española, una confesión de lo que habíamos sido o nos habían dejado ser. Y, como en todo su cine, una melancolía lúcida; la misma con la que examinó la posguerra en 'You´re the One' y en 'Tiovivo c. 1950', una vena muy Borzage o McCarey parece arrasar unas vidas ya descontadas en sus ilusiones, lo que ratifica, en un tono más crepuscular, 'Volver a empezar', con el que ganó el primer Oscar para el cine español.

'El Crack' (1 y 2) operan sobre las mismas herramientas: aprehender la realidad española y tamizarla con los referentes de la literatura, el noir y su carnet de notas vital, propio e intransferible. Su aproximación a la literatura, 'El Abuelo', 'Canción de cuna', 'La herida luminosa', 'Luz de domingo' suponen siempre una idea no muy alejada de los preceptos cervantinos de las novelas ejemplares.

Su extremada brillantez formal, su pasión por los diálogos aquilatados no pueden contemplarse como meros ejercicios de estilo o películas de cámara, sino, como sucede en los cuentos morales o las comedias y proverbios rohmerianos, acaban proyectando la realidad desde un espejo (Stendahl dixit) situado a lo largo del camino del pasado.

Pura y sencillamente porque José Luis Garci piensa, con Luis Rosales, que “Vivir es ver volver”.

Gonzalo Suárez, la fuerza de la imaginación

He aquí un nombre, Gonzalo Suárez (Oviedo, 1934), que antes de ser el famoso cineasta, firmó con el seudónimo “Martín Girard” cuando le dio por el periodismo deportivo en la Barcelona de los años sesenta. Escritor exigente consigo mismo, a Gonzalo Suárez le decepcionan las adaptaciones a la gran pantalla que se hacen de su obra literaria. Quizá fue eso lo que le empujó a meterse de lleno en el mundo del cine.

Después de un par de cortos al más puro estilo amateur, encontró la financiación que necesitaba para crear su propia productora y rodar su primer largometraje, 'Ditirambo' (1968), filme que se apoya en uno de sus más emblemáticos personajes literarios.

Película rodada con la libertad y la fantasía que iluminarán toda su obra, Suárez consigue 'pese a su desconocimiento del medio- llevar a la filmografía española de la época un espíritu innovador equivalente, en cierto sentido, al que los cineastas de la ‘Nouvelle Vague’ representan respecto del cine tradicional.

Pese a su escasa repercusión comercial, el interés que despierta 'Ditirambo' en ciertos ambientes cinéfilos le anima a plantear el proyecto que llamó 'Las diez películas de hierro' y que pretendía responder -comentó- “a la mediocridad de un cine español cuyos tristones efluvios impedían emanciparse de la mustia realidad". Quiso, también, acabar con la entonces rígida estructura comercial del cine español para poder disfrutar de la misma libertad personal que gozó en la literatura. (Suárez, recordemos, escribió una veintena de libros entre 1963 y 2011).

Con esta pretensión, dirigió 'El extraño caso del Doctor Fausto' (1969) y 'Aoom' (1970). Ambas películas, improvisadas; ambas con escasos medios, pero ambas nacidas de su espíritu indómito. Tan libre se sintió que dijo: “Nada puede equipararse a la sensación de burlar impunemente la sordidez franquista sin más armas que una cámara y la fuerza de la imaginación".

Como público y crítica no le fueron favorables, nuestro cineasta aparcó sus “películas de hierro” para aceptar algunas propuestas comerciales. Pero Gonzalo Suárez se ha mantenido fiel a su mundo personal tanto en la literatura como en el cine, inspirado éste a menudo en aquélla: como ocurrió con 'Remando al viento' (1988), donde recreó la fascinante reunión de los Shelley (Percy y Mary), John W. Polidori y Lord Byron en Villa Diodati (Suiza, junio de 1816); como ocurrió con Molière ('Don Juan en los infiernos', 1991), y como ocurrió con Stevenson ('Mi nombre es sombra', 1996).

Julio Cortázar escribió sobre Suárez en 'Les Nouvelles Littéraires' (París, 1973): "¿Novelista que hace cine, cineasta que regresa a la novela? De cuando en cuando hay mariposas que se niegan a dejarse clavar en el cartón de las bibliografías y los catálogos”.

Fernando Fernán Gómez, el mundo por montera

“… Y por esas cosas raras de la vida” 'como dice el vals peruano', Fernando Fernán Gómez nació precisamente en Lima allá por 1921. Su partida de nacimiento lo declara argentino. Pero fue español por los cuatro costados hasta su muerte, en 2007. Actor, guionista, director de cine y de teatro, miembro de la Real Academia Española, este pelirrojo montaraz fue un genio en el plató y sobre las tablas; una mirada brillante detrás de la cámara; un escribidor con talento y, en fin, un personaje muy querido por quienes le vieron actuar y/o le oyeron su voz portentosa.

Como de casta le viene al galgo, FFG vino al mundo en el seno de una familia de actores que se remonta a la gran María Guerrero. Que la interpretación era lo suyo se notó desde que era jovencito, cuando, en plena guerra incivil española (1936-1939), se apuntó a la escuela de teatro de la CNT, la central sindical anarquista. Su carrera de actor aparte (¿de verdad podemos hablar de las casi doscientas películas en las que intervino?), debuta como director con 'Manicomio' (1954), pero el éxito le llega con 'La vida por delante' (1958), brillante comedia satírica que retrata la vida española de la época.

Durante su tortuosa carrera, destacamos obras como 'El mundo sigue' (1963) y 'El extraño viaje' (1964), películas en las que se implica como productor y que arruinan su carrera durante años. (Ojo: 'El extraño viaje', que no se exhibe en Madrid hasta cinco años después, será distinguida por el Círculo de Escritores Cinematográficos como mejor película española en 1970).

Esta paradoja ilustra el destino de Fernán Gómez. Su obra cinematográfica más personal sufre hasta que le llega un reconocimiento que, por lo tardío, le resulta de poca utilidad. Lo mismo le pasa en el teatro con 'Las bicicletas son para el verano'p, una de las reflexiones más complejas sobre la Guerra del 36: obra que se premia en 1977 pero que el público no ve hasta 1982.

Fueron aquellos años, los ochenta, ya en plena democracia, los que para el maestro representaron un período de plenitud creativa, con obras tan brillantes como 'Mambrú se fue a la guerra' o 'El viaje a ninguna parte', ambas de 1986.

FFG camufla su inspiración autobiográfica en ese tono esperpéntico o picaresco al que permaneció fiel toda su vida. Hasta 'Lázaro de Tormes' (2001, con José Luis García Sánchez), un último trabajo como director que no pudo completar por problemas de salud.

Además de esas cerca de doscientas interpretaciones como actor, Fernán Gómez dirigió veintisiete películas; cultivó la literatura, el teatro y dignificó la televisión; escribió guiones y cuentos infantiles. Y ganó, claro, todos los premios que se pueden ganar durante una larga vida profesional. Seis “goyas”, seis medallas del Círculos de Escritores Cinematográficos, tres “osos” en Berlín, el “Príncipe de Asturias”, los Nacionales de Teatro y Cinematografía…

Dejó también un buen libro de memorias en dos volúmenes, 'El tiempo amarillo' (1990 y 1998), que no habla de su obra personal sino de la España en la que le tocó vivir; una España por la que aguantó carros y carretas pero sin renunciar a ser un hombre libre. Genial en su trabajo, Fernando Fernán Gómez podía ser irritable y mordaz. Mantuvo hasta el final ese espíritu anarquista que le cautivó de joven. Su féretro quedó envuelto en la bandera rojinegra. Murió como quiso vivir: poniéndose el mundo por montera.

(Continuará. Volveremos a la carga)

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