Los Nuestros IV

Miró, Coixet y Bollaín, el trío de reinas del cine español

Los Furtivos llegan a su cuarta entrega de cinco artículos dedicados cada uno de ellos a tres directores españoles fundamentales

Foto: Isabel Coixet. (EFE)
Isabel Coixet. (EFE)

Los Furtivos presentan hoy su cuarta entrega de la serie de cinco dedicadas, de tres en tres, a los directores más destacados del cine español. Hoy nos ofrecen tres reinas. Son Pilar Miró, Isabel Coixet e Icíar Bollaín, grandes profesionales con talento, fuerza y sentido del compromiso social. Son cineastas que transmiten una idea del feminismo bien entendido: la lucha, junto a los varones que la compartan, por la igualdad de derechos y oportunidades entre el hombre y la mujer. Ojalá esta entrega se entienda como un homenaje a esta reivindicación de cara al próximo 8 de marzo. Porque lo es.

Pilar Miró, de rompe y rasga

Pilar Miró, la cineasta, fue la gran pionera del mundo audiovisual español en su tiempo. Fue algo así como la madre de todas las directoras que vinieron después. Fue la creadora que tocó todos los palos: el cine, el teatro y la televisión. Como directora, como realizadora y como guionista.

Pilar Miró, la persona, fue una mujer dura y tierna, fuerte y frágil, odiosa y seductora, querida y odiada. En todo caso, admirable.

Nos quedamos los Furtivos con su coraje, con su valentía personal y profesional, con su impulso por sacudir los cimientos del cine y la televisión en España. Lo hizo detrás de la cámara y al otro lado de la mesa de sus despachos, tanto en la dirección general de Cinematografía como en la dirección general de RTVE.

Con apenas veinte años, Pilar Miró (Madrid, 1940-1997) ya andaba por los pasillos de Prado del Rey. Empezó como auxiliar de redacción en 1960. Hizo de todo en la tele de la época, pleno franquismo, pero el cine le interesó desde que tuvo uso de razón, como ella misma confesara muchos años después.

Antes de dirigir largometrajes, nuestra realizadora de televisión dejó un buen trabajo en producciones como 'Cuarto de estar', 'Novela', 'Estudio 1', 'Curro Jiménez' o 'Los libros', entre muchas otras. Miró pasó por la Escuela Oficial de Cine, como estudiante y, más tarde, como docente. Su primera película, 'La petición' (1976), llegó demasiado cerca de la censura y demasiado lejos de la libertad. El general Franco había muerto el año anterior y España estaba a caballo entre la dictadura y la democracia. A los censores no les gustó la escena de cama entre Ana Belén y Emilio Gutiérrez Caba.

Pero lo más duro estaba por llegar. Tres años después, ya en 1979 -la democracia ganada en las urnas pero la estructura del régimen aún en pie-, un tribunal militar acusa a Pilar Miró de injurias a la Guardia Civil por su segunda película, 'El crimen de Cuenca'. Casi año y medio 'y sólo gracias a que se impuso la jurisdicción civil- tardó aquella valiente producción en llegar a las salas de cine, donde cosechó el éxito que merecía.

Debido a una insuficiencia cardiaca que sufría desde niña, Pilar Miró tiene que ser operada dos veces a corazón abierto, una durísima experiencia que llevó al cine en su tercera película, 'Gary Cooper que estás en los cielos' (1980).

Con la llegada de los socialistas al poder, en 1982, el Gobierno de Felipe González la nombra directora general de Cinematografía. Durante dos años largos hizo lo que pudo por reformar las estructuras. La mal llamada “ley Miró” -era un decreto- fue polémica. Grosso modo, bajó la producción de películas y casi desparecieron las coproducciones, pero fomentó el acuerdo entre RTVE con los productores; recuperó los antiguos Estudios Bronston; impulsó las salas de arte y ensayo, y promovió la presencia del cine patrio en los festivales internacionales.

En 1986 vuelve al mundo del cine para dirigir 'Werther', una (buena) versión libre sobre el clásico de Goethe que contó con dos actores muy eficaces: Mercedes Sampietro y Eusebio Poncela. Ese mismo año, en un nuevo salto a la política, es nombrada directora general de RTVE, la misma Casa en la que la veinteañera Pilar hiciera sus pinitos como auxiliar de redacción. La siempre polémica Miró renovó estructuras, preparó a la televisión pública ante el desafío futuro de las privadas, inauguró los Estudios Buñuel, imprimió, fiel a su espíritu, su estilo reformista.

Y a los dos años (1986-1988), de nuevo, llegó el calvario. Sus enemigos, dentro y fuera de la Corporación, le hicieron la vida imposible. Pilar Miró fue acusada de malversar fondos por sus gastos de vestuario. Y fue a juicio en 1990. Y la fiscalía retiró la acusación. Y la procesada fue absuelta. Otra vez en el cine, nuestra cineasta nos dejó “Beltenebros” (1991), un filme basado en la novela homónima de Antonio Muñoz Molina con el que consiguió un “oso de plata” en el Festival de Berlín.

Y dio la campanada con 'El perro del hortelano' en 1996, una atrevidísima película que lleva a la gran pantalla, ¡en verso!, la obra de Lope. Le habían dicho que estaba loca. Nadie daba un duro por esa obra. Ganó siete-goyas-siete, entre ellos el premio a la mejor dirección, primero que consigue una mujer en el cine español.

Aún nos dejaría 'Tu nombre envenena mis sueños', un verso de Luis Cernuda que dio titulo a una buena novela del político y escritor Joaquín Leguina y con la que Miró hizo una buena película. Los entonces reyes de España, Juan Carlos y Sofía, habían recurrido a la gran realizadora para retransmitir la boda de la infanta Elena desde Sevilla en 1995, y volvieron a hacerlo con el enlace de la infanta Cristina, en 1997, esta vez desde Barcelona.

Fue su último gran esfuerzo. El frágil corazón de Pilar Miró se paró el 19 de octubre de aquel año. Tenía apenas 57 años.

Coixet, sentido y sensibilidad

Para que el siempre áspero crítico de cine Carlos Boyero recoja velas y reconozca la genialidad que siempre le negó a Isabel Coixet hace falta tener bemoles. Los de ella, claro está. Y es que a nuestra cineasta más internacional nunca le ha faltado ni talento profesional, ni coraje, ni capacidad de compromiso.

Isabel Coixet (Barcelona, 1960) no tuvo que pisar en su vida una escuela de cine para desarrollar una habilidad fuera de serie detrás de la cámara. Supo que el mundo de la gran pantalla era su mundo cuando le regalaron una “super 8” por su primera comunión. Han pasado más de veinte años y más de veinte películas desde que aquella joven, curtida a base de hacer anuncios publicitarios, se atreviera con su primera película, 'Mira y verás' (1984), a la que siguió, cinco años más tarde, ya como guionista y directora, “Demasiado viejo para morir joven” (1989), un filme con el que fue candidata a los Premios Goya.

Se plantó en Estados Unidos y allá por 1996 rodó, en inglés y con actores gringos (entre ellos Lili Taylor y Andrew McCarthy), “Things I Never Told You” (Cosas que nunca te dije), un drama romántico con el que llegó su primer reconocimiento. Otra producción norteamericana, esta vez hispano-canadiense, 'Mi vida sin mí' (2003), le dio su primer Goya al mejor guión adaptado. La directora catalana había ofrecido una historia muy emotiva sobre la muerte pero narrada a partir de una actitud profundamente vitalista.

Con su protagonista, la canadiense Sarah Polley, y con la estrella de Hollywood Tim Robbins, a quienes acompañan los españoles Leonor Watling y Javier Cámara, vuelve a trabajar Coixet para rodar 'La vida secreta de las palabras' (2005), otro peliculón que divide a la crítica pero que consigue cuatro goyas, uno de ellos a la mejor dirección. Nuestra cineasta ya ha marcado ese tono suyo intimista, profundo, con sentido y sensibilidad (Jane Austen en el recuerdo); un tono que seguirá siendo el santo y seña de su obra.

Siempre curiosa, Coixet participa en el proyecto colectivo 'Paris, je t’aime'. Ruedan 18 directores internacionales para describir sendos distritos de la ciudad de la luz. La española elige el de La Bastilla. Siempre comprometida, se mete en documentales de alcance como 'Médicos sin fronteras', 'Viaje al corazón de la tortura', 'El desastre del Prestige', 'Spain in a Day', e 'Invisibles' y 'Escuchando al juez Garzón', ambos Premio Goya.

Su cine sigue ofreciendo una buena cosecha con, primero, 'Elegy' (2008), que cuenta con la estrella española Penélope Cruz y el británico de lujo Ben Kingsley, y después, con 'Mapa de los sonidos de Tokio' (2009). Coixet fue reconocida por el ministerio francés de Cultura como Caballero (sic) de la Orden de las Artes y las Letras. También recibió la Cruz de San Jordi (2006), quizá de las mismas manos de quienes la persiguieron años después por defender el bilingüismo en Cataluña y denunciar el disparate independentista.

De los últimos años cabe destacar 'Ayer no termina nunca' (2013), con Javier Cámara y Candela Peña, y 'Nadie quiere la noche' (2015), con la francesa Juliette Binoche.

Hasta que llegamos a su último y espléndido trabajo: 'The Bookshop' (La librería, 2017), rodada en inglés con los ingleses (siempre muy solventes ellos) Emily Mortimer y Bill Nighy, y a partir de la preciosa novela escrita por la también inglesa Penelope Fitzgerald (1916-2000).

'La librería' gana tres goyas -entre ellos su segundo premio a la mejor dirección-, logra el aplauso internacional y hace decir a Boyero (el mismo que pregonaba “a mí no me gusta el cine de Isabel Coixet”) que se trata de “una película preciosa, rodada con una sutileza, un tono, una capacidad sentimental tremenda pero llena de matices”. Coixet, sí. En estado puro.

Icíar Bollaín, si don Quijote fuera mujer

Piropo al canto. La ingeniosa hidalga del siglo XXI bien podría ser Icíar Bollaín, una mujer que está dedicando su profesión de cineasta a desfacer tuertos, denunciar agravios y arremeter contra toda injusticia para dejar claro su sentido del compromiso social, sobre todo para con la causa feminista. Lo mejor de todo es que Icíar Bollaín (Madrid, 1967) muestra su solidaridad con un talento indiscutible, sin una pizca de caspa “progre”, que también existe; sin recurrir al manifiesto facilón; sin agitar el panfleto demagógico.

A sus cincuenta años, la más joven de este trío de reinas que hoy nos ocupa sigue por la senda de Miró y de Coixet, con las que comparte destreza y compromiso. Cual cocinero antes que fraile, Icíar Bollaín se echa al mundo del cine como actriz, a sus 16 años, para ponerse a las órdenes de Víctor Erice en “El Sur” (1983) y deslumbrar con y por su frescura.

Después de este debut vendrían, hasta 2009, más de veinte películas y documentales con directores como José Luis Borau, Manuel Gutiérrez Aragón o el británico Ken Loach, cuya 'Tierra y libertad' (1995), un homenaje a la causa republicana en la guerra incivil española. Nuestra cineasta, que hizo guiones, documentales, cortos, y hasta un vídeo musical, fue una buena actriz. Pero el genio le salió cuando se puso detrás de la cámara.

'Hola, ¿estás sola?' (1995) fue su primer largometraje y su primera candidatura a la categoría de “mejor director novel” en los premios Goya. Bollaín apuntaba maneras. 'Flores de otro mundo' (1999) fue la mejor película de la Semana de la Crítica en Cannes. Y el bombazo llegó con 'Te doy mis ojos' (2003), una obra extraordinaria que le reportó siete goyas, entre ellos el premio a la mejor dirección, sólo conseguido por las tres mujeres de las que hablamos en esta entrega furtiva.

La joven pelirroja fue la segunda mujer en conseguir este galardón. Recordemos. La primera, Pilar Miró, en 1996, lo obtuvo con 'El perro del hortelano'. La tercera, Isabel Coixet, lo ganó en 2005 con 'La vida secreta de las palabras', si bien sumó un segundo e insólito ‘cabezón’ hace apenas unos meses, con 'La librería'. 'Te doy mis ojos', que contó con unos espléndidos Laia Marull y Luis Tosar -su actor fetiche-, es probablemente el alegato más brillante que haya producido el cine español contra la violencia machista. Una historia de maltrato y amor -dijo la crítica, quizá sin aclarar que cuando empieza aquél acaba éste.

Dijo la directora que su película es “un ‘fresco’ de gente que somos todos, testigos cómplices unos, ignorantes otros del drama que se desencadena cada día debajo de un tejado cualquiera, al otro lado de la pared, o en tu propia casa, en tu propia familia. El drama de una persona cuando "da sus ojos" y el horror de otra cuando los arrebata”.

En esta misma línea de compromiso, no siempre centrado en el mundo de la mujer, están el resto de las películas de Icíar Bollaín, todas, siempre, con una calidad media notable: 'Mataharis' (2007), 'También la lluvia' (2010), 'Katmandú, un espejo en el cielo' (2011), el documental 'En tierra extraña' (2014) y 'El Olivo' (2016). La directora sostiene, según ha comentado más de una vez, que “no existe un cine de mujer sino un cine interpretado por mujeres”. Sus historias, en efecto, pueden ser diferentes pero en general siempre tienen a la mujer, a las mujeres, en el papel protagonista.

Para este año, 2018, está previsto el estreno de 'Yuli', la historia del famoso bailarín cubano Carlos Acosta, en la que nuestra directora, claro está, pondrá su foco sobre el hecho de que Acosta es el primer negro en interpretar, con reconocido virtuosismo, los papeles más famosos del ballet… escritos por y para blancos. Terminemos esta descripción de Bollaín con una pincelada del retrato que le escribiera el maestro Manuel Vicent:

“Nunca engaña. El espectador sabe qué va a ver cuando se acerca a la taquilla. La emigración, los problemas de Latinoamérica, historias del tercer mundo, denuncias de la violencia machista. A Icíar la encuentras siempre detrás de las cámaras apuntando hacia causas justas, tocadas con una delicadeza acerada”.

Continuará...

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