ESTRENOS DE CINE

'Train to Busan': un peliculón de zombis que te arrancará el corazón

Una gran historia de muertos vivientes que se mueve tan rápido como el tren bala que parte de Seúl al principio de la película, y nunca pisa el freno

Foto: 'Train to Busan'.
'Train to Busan'.

Está claro que 'Train to Busan' jamás ganará un premio a la originalidad. Resumirla es increíblemente fácil: 'Guerra Mundial Z' + 'Snowpiercer' o, dicho de otro modo, zombis en un ferrocarril. Pero la familiaridad no estropea la diversión, en buena medida porque la historia se mueve tan rápido como el tren bala que parte de Seúl al principio de la película, y nunca pisa el freno. En cuanto la primera víctima es mordisqueada, el director Yeon Sang-ho apenas nos deja oportunidades para tomar aliento hasta que el viaje llega a su final, mezclando en el proceso frenética acción física, aguda sátira social y melodrama diseñado para arrancarnos el corazón, y encadenando una situación imposible tras otra mientras sus personajes tratan desesperadamente de sobrevivir. Por supuesto, no todos lo lograrán.

'Train to Busan': un peliculón de zombis que te arrancará el corazón

Yeon no pierde el tiempo explicando el origen de la plaga que se propaga a velocidad increíble por toda Corea. Se nos habla de pasada de una fuga en una planta de biotecnología, y ya. Los noticiarios alertan del estallido de una pandemia y, casi inmediatamente, la humanidad se va al garete en cuanto los cuerpos, meros instantes después de ser infectados, empiezan a reanimarse. Hablamos de monstruos de la variedad '28 días después': pese a que se menean como marionetas fuera de control, son rápidos, muy motivados y extremadamente agresivos. Lo que los hace únicos es que no parecen interesados en despedazar a sus víctimas. Tras el primer mordisco corren hacia la siguiente presa, convirtiendo en uno de los suyos a todo aquel que se cruza en su camino en solo unos segundos, y eso hace que la velocidad a la que el brote se extiende por todo el país sea más creíble y aterradora.

Lo que hace únicos a estos zombis es que no están interesados en despedazar a sus víctimas. Tras el primer mordisco, corren hacia la siguiente presa

La última persona en subir al tren del título no corre precisamente porque llegue tarde. Gracias a ella, a ritmo endiablado, se inicia una reacción en cadena que extiende la infección por los vagones y zombifica a más de la mitad de los viajeros. Para aquellos que inicialmente sobreviven, no está claro si habrá refugio más allá de las puertas del vehículo; sobre todo después de que, una vez el tren llega a su primera parada, queda claro que para entonces todas las estaciones habrán sido invadidas ya por muertos vivientes.

De egoísta antihéroe a valeroso progenitor

Yeon se muestra rotundamente eficaz bosquejando a través de una sucesión de viñetas los dispares personajes del relato —el empresario que solo piensa en salvar su propio trasero, la mujer embarazada, los adolescentes enamorados, las señoras mayores—; todos ellos se enfrentarán a respectivas lecciones vitales que quizá les permitan llegar al tercer acto y quizá no. En todo caso, la función narrativa de la mayoría de ellos es contribuir a abrirle los ojos a Seok-woo, un despreocupado hombre de negocios que ha accedido a regañadientes a acompañar a su hija a Busan para que vea a la madre y exesposa. Los astutos giros argumentales orquestados por Yeon hacen que su transformación de egoísta antihéroe a valeroso progenitor, aunque increíblemente predecible, resulte del todo convincente.

La gran baza de 'Train to Busan' son los ataques zombis, nerviosas sacudidas de destrucción asombrosamente creativas

Cartel de 'Train to Busan'.
Cartel de 'Train to Busan'.

En todo caso, la gran baza de 'Train to Busan' son los ataques zombis, nerviosas sacudidas de destrucción asombrosamente creativas. Yeon muestra un dominio total no solo del ritmo sino también del espacio, pasando el tiempo necesario fuera del tren —una escena en particular, en que los pasajeros se ven forzados a desembarcar, hace que inevitablemente nos revolvamos en la butaca— para subrayar la claustrofobia que los personajes experimentan cuando están dentro. Asimismo, hace un uso creativo de la geografía interna del vehículo, en especial cerraduras de puertas, ventanas a prueba de rotura y portaequipajes. E iguala el equilibro de fuerzas al establecer que la oscuridad —a efectos prácticos, los túneles— causa en los infectados ceguera temporal.

Yeon es tan hábil coreografiando secuencias de acción que a la película no le haría falta trasfondo metafórico social alguno. Pese a ello, desafortunadamente, ahí está. Aunque los zombis representan el más explícito antagonista, el aumento del peligro hace que una bestia mucho más inquietante asome a medida que los supervivientes revelan sus verdaderos colores —paranoia, mentalidad de rebaño, egoísmo—. Los personajes más elitistas parecen arrogarse la autoridad para decidir quién vive y quién muere con la sola finalidad de salvar el propio pellejo, mientras que aquellos de procedencia más humilde apuestan por el trabajo en equipo y no dudan en sacrificarse.

Ambos comportamientos ofrecen a Yeon varias oportunidades para recurrir al melodrama y, como es costumbre en el cine coreano, en ocasiones lo hace de forma demasiado explícita y sentimental, aunque en todo caso cabal: la dextrosa emocional facilita la identificación con los personajes, amplifica el impacto de los momentos de brutalidad y da material de relleno al mensaje: todos estamos en el mismo barco, y es una pena que haya que esperar al apocalipsis para que nos demos cuenta de ello.

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