'Fuego en el mar', un drama imponente sobre la tragedia de los refugiados
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'Fuego en el mar', un drama imponente sobre la tragedia de los refugiados

Gianfranco Rosi nos hace sentir observadores invisibles en este documental, ganador del Oso de Oro de Venecia, que retrata el drama de los refugiados que intenta llegar a Lampedusa

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'Fuego en el mar'

Lampedusa pertenece a Italia pero en realidad está físicamente más cerca de las costas de Túnez y Argelia, y desde hace décadas es una de las más importantes vías de entrada a Europa de aquellos que huyen del norte de África y Oriente Próximo. Se calcula que, en los últimos 20 años, unas 400.000 personas han intentado llegar por mar a la isla, y que 15.000 de ellas han perdido la vida. Allí transcurre íntegramente 'Fuego en el mar'.

En una de sus primeras escenas, una anciana escucha las noticias de la radio en la cocina, mientras prepara salsa para la pasta. El locutor informa sobre las cifras de ahogamientos a orillas del mar, tras el naufragio de una embarcación llena de gente hacinada. "Pobres almas", suspira la mujer, y sigue haciendo la cena. Inmediatamente después del noticiario, el locutor reemprenderá la que en realidad es su tarea habitual: atender las peticiones musicales de los oyentes, casi siempre empalagosos clásicos de la canción ligera siciliana que, en este contexto, acarrean una idea esencial: la vida sigue. De algún modo, la estrategia de la película es la misma que la de la emisora radiofónica: dividir su atención entre las actividades de rescate de inmigrantes y el impasible día a día de la población local.

'Fuego en el mar'

Por un lado, en efecto, de tanto en tanto Gianfranco Rosi nos hace ser testigos de los desesperados mensajes de auxilio que envían los barcos rebosantes de seres humanos que empiezan a hundirse; de cómo las lanchas patrulleras se adentran a toda velocidad en la noche para encontrarlos; de la carga macabra de cadáveres que deben ser desembarcados antes que los vivos; de cómo los cuerpos de unos y otros son procesados de forma sin duda compasiva pero inevitablemente humillante en los centros de detención. Por otro, el resto del tiempo el director se entretiene –nos entretiene— contemplando jovialmente las sencillas y apacibles vidas de un grupo de lampedusianos del todo ajenos a la tragedia.

En concreto, Rosi parece sentirse especialmente a gusto observando a Samuele, un preadolescente excéntrico e histriónico siempre dispuesto a comerle la oreja a todo aquel que se cruce en su camino. La película lo acompaña a bordo del barco pesquero de su padre –el chaval sufre mareos-, de visita al doctor –tiene un ojo vago-, disparando a los pájaros con su tirachinas o engullendo los espaguetis a la marinera de la abuela con entusiasmo chaplinesco. Samuele, debe reconocerse, es un 'showman' nato.

Todo está minuciosamente planificado y, probablemente, guionizado. Es en virtud de esto último que la sobriedad dramática que el filme exhibe se revela como una engañosa pose

Así pues, 'Fuego en el mar' en realidad son dos películas, y analizadas por separado las dos son dramáticamente poderosas y visualmente imponentes. Pero, a la hora de fusionadas y combinadas, Rosi obviamente no les concedió un trato igualitario en términos de escala y perspectiva, y eso no tarda en hacerse patente: resulta difícil no cansarse de observar al mocoso quitándole minutos de cámara a una de las peores crisis humanitarias de nuestro tiempo e inevitable preguntarse si 'Fuego en el mar' no estará mirando en la dirección equivocada.

En ese sentido, los inmigrantes no solo son relegados a la condición de personajes secundarios de su propia película. Pese a que aquí y allá se nos muestra a un joven que, mientras se somete al proceso de identificación, de repente mira de forma sostenida a cámara; o a un grupo de nigerianos que convierten el relato de sus terribles tribulaciones en una plegaria; o a un refugiado que muestra sus heridas faciales mientras llora lágrimas ensangrentadas, Rosi en general no presenta a esas personas como individuos sino como grupos apenas diferenciados. No los trata como personas, sino como masa: llegan en incesantes olas como el mar mismo, son apilados en áreas aisladas y tratados por gente vestida con higiénicos trajes de nylon blanco y máscaras de gas como si fueran especímenes alienígenas.

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Imagen de 'Fuego en el mar', de Gianfranco Rosi

El desequilibrio sin duda es intencionado. Con él Rosi probablemente quiere que nos identifiquemos con Samuele, porque también nosotros tenemos un ojo vago: incluso si los cuerpos de los migrantes muertos fueran depositados a pocos minutos de nuestra casa, seguiríamos preparando café y haciendo la cena, impasibles. Y seguramente quiere también que seamos testigos de lo que significa negar a esas personas su humanidad, como hacen nuestros líderes. O quizá lo que intente simplemente es evitar que la película se convierta en una mera exhibición de atrocidades. En todo caso, habrá espectadores que con toda legitimidad echen de menos saber más sobre las historias individuales que las miradas devastadoras de los inmigrantes ocultan, y no tanto sobre el dichoso niño.

Las virtudes de 'Fuego en el mar', conste, son indudables. El método documental de Rosi –evita totalmente la voz en off y casi por completo de bustos que hablan para la cámara- impone a la película cierta actitud de reserva en la que no caben ni los excesos sensibleros ni los signos de exclamación –o al menos no son visibles-. Tampoco convierte a los inmigrantes en mero dato estadístico o titular de prensa, ni da lecciones de moralidad o aporta soluciones fáciles a problemas difíciles. En general, el director nos hace sentir observadores invisibles de sucesos que sucederían exactamente igual si la cámara no estuviera ahí.

Pero, por supuesto, eso no es cierto. La sofisticación formal de la película, la meticulosa composición de sus planos, y la precisión y la belleza con la que alguna operación de rescate es capturada –mejor no preguntarse a cuántas tuvo Rosi que asistir para rodar esa de forma tan experta—, dejan claro que todo en 'Fuego en el mar' está minuciosamente planificado, y sugieren que probablemente parte de ello también está guionizado. Y es en virtud de esto último que la sobriedad dramática que el filme exhibe se revela como una engañosa pose. Esencialmente, Rosi pasa hora y media de metraje usando las bufonadas de Samuele para distraernos y bajarnos la guardia y entonces, durante los 20 minutos finales, nos adentra en la bodega de un barco –reconvertida en claustrofóbica fosa común- y con ello nos sume en el más absoluto de los horrores. Es una forma de manipularnos que en cualquier otra película sería considerada tosca, y barata, y explotadora.

Foto: 'Después de nosotros'
Foto: 'Snowden'
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