entrevista a nadia ghulam

"Cuando me pongo el niqab es como estar en una jaula"

Esta afgana de 30 años se tuvo que hacer pasar por hombre para poder estudiar y mantener a su familia. Ahora da voz a la lucha y valentía de las mujeres de su país en 'La primera estrella de la noche'

Foto: Nadia Ghulam
Nadia Ghulam

Las cicatrices que asoman en su rostro de la bomba que explotó en su casa recuerdan, catorce operaciones quirúrgicas después, la historia de supervivencia, tesón y lucha de Nadia Ghulam, pero es en sus profundos ojos castaños donde se puede contemplar todo su pasado. El pasado de un niña cualquiera de Kabul, de una niña que con ocho años quedó sepultada y abrasada por una bomba, de una niña que a los 11 años decidió que tenía que vestirse de hombre -con el riesgo que ello conllevaba con los talibanes en el poder prohibiendo a las mujeres prácticamente salir a la puerta de sus casas- si quería estudiar y trabajar para mantener a su familia, y el pasado de una joven que viene a España para operarse, estudiar y conquistar esa palabra que adquiere todo el significado cuando sale de su boca: libertad.

Pero, sobre todo, los ojos de Nadia derrochan vitalidad, fuerza, coraje y orgullo. Tras un primer libro en el que contaba su historia ('El secreto de mi turbante'), recogido después en el documental 'Volver a Nadia' y en una obra de teatro, ahora se ha unido a su amigo Javier Diéguez para escribir 'La primera estrella de la noche' (Plaza & Janés), un poderoso y conmovedor relato en el que da voz a las mujeres afganas subyugadas por más de 40 años de guerra y machismo y, a la par, el pilar de lucha de su sociedad. Lo hace a través de las mujeres de su familia.

La muerte de su tía Sha Ghul, una de esas heroínas anónimas que huyó del maltrato de su marido, fue condenada a lapidación por adulterio y acabó seis meses en prisión, es el detonante para que Nadia vuelva desde su segunda ciudad, Barcelona, durante mes y medio a Kabul a recuperar su pasado y su identidad. Porque la sombra de Zelmai, el nombre de su hermano asesinado que adoptó la Nadia vestida de hombre, atraviesa el libro como una metáfora de esa sociedad matriarcal oculta bajo los velos del fanatismo y la guerra. Nadia, esa chica que engañó a los talibanes y se convirtió en su hermano, tiene ahora con 30 años y estudia Educación Social con especialidad en Cooperación Internacional, tras cursar dos grados superiores de Informática e Integración Social. Su ilusión es volver a Afganistán: "Aquí está el mundo de la oportunidad de aprender, pero mi país es el mundo de la oportunidad para poner en práctica tu aprendizaje".

P: Con este libro ha querido dar voz a las mujeres afganas en una sociedad muy machista, pero también fuertes aunque silenciadas.

R: Quería que las mujeres valientes y fuertes fueran visibles. Cuando llegué en Cataluña, cuando hacía charlas y conferencias después de mi primer libro, la gente me decía: "Nadia eres una mujer valiente", y yo pensaba: "¿Pero qué dicennbsp;No conocen a los valientes de verdad que se han quedado allí". Yo soy un pequeño ejemplo de estas mujeres. Cuando volví a mi país, vi su vida y cómo viven las mujeres y la fuerza que tienen. Después de 40 años de guerra todavía siguen con esa fuerza para contar a sus hijos cómo de bello es su país, su lengua y su cultura. Ellas, que no saben leer ni escribir, me transmitieron un amor incondicional por mi país, nunca odio ni rabia. Esto es un valor que realmente echo en falta cuando estoy en Cataluña y que la gente tiene que conocer.

"Cuando me pongo el niqab es como estar en una jaula"

P: 'La primera estrella de la noche' arranca con la historia de su tía, que traza el hilo argumental, y probablemente es la figura que describe mejor esa fortaleza de las afganas. ¿Qué significa ella para Nadia?

R: Era un referente muy importante porque, a pesar de todo lo que le pasó, nunca perdió la fuerza y siempre siguió adelante. Lo que aprendí de ella es fuerza y carácter. Recuerdo, cuando era pequeña y no sabía su historia, que era una mujer con mucha iniciativa, alegre, jugaba a 'basket' y al fútbol, cada viernes iba a mi casa para jugar al vóley con mi madre... Cuando veo estos recuerdos, pienso que representa a mi país. La tía Sha Ghul, Omaira y mi madre son los pilares de mi historia. Muchas veces, cuando estoy fuera de mi país, lejos de ellas y no estoy muy bien, me dan fuerza. Me obligo a recordarlas y a hacer todo por ellas porque sino su lucha quedará en nada. Ellas han hecho mucho para que yo sea una persona referente para ellas, para que sea su voz. 

P: Hay un pasaje bastante simbólico en el libro en el que cuenta que va con el 'niqab' por la calle (que se pone para que muchos de los que le creen hombre no la reconozcan como mujer) y al pasar delante de un grupo de hombres es cuando nota el machismo. ¿Cuál es la situación que viven las mujeres y por qué no tiene más repercusión esa lucha que describe en este libro?

Yo sigo teniendo miedo. El miedo siempre está en mi cuerpo y en mi mente. Pero también, gracias al miedo, soy una persona muy despierta R: Normalmente en los medios de comunicación se destaca lo más grande. Si hay 200 muertos se habla de ello, pero cada día tenemos atentados suicidas con 20 o 30 personas muertas y nadie lo cuenta. Eso es un ejemplo que pasa también con la sociedad afgana: cómo está y por qué este machismo crece cada día. En el libro hago muchos paralelismos entre antes y después. El machismo ha crecido después de tantos años de violencia y guerra, al igual que la ignorancia y el analfabetismo. A las mujeres se les prohibió salir de casa sin burka durante el régimen talibán y cuando se fueron los talibanes la gente todavía tenía miedo y ha seguido igual. Ahora ver a una mujer andando por Afganistán es como si tú ves un elefante andando por las calles de Madrid, por la Gran Vía. Mi madre era una mujer que de joven iba con minifalda y no quería ponerse pantalones porque le daba vergüenza. Ahora soy yo quien le digo que por favor se saque el burka. Y ella me responde que no puede porque es pecado.

P: Eso demuestra que el extremismo ha calado en la sociedad muchísimo.

R: Sí, porque como mi madre hay miles de mujeres que son analfabetas y simplemente aceptan lo que le dicen porque no conocen sus derechos. Nosotros hablamos muchas veces de derechos pero si no ves su aplicación es como si no existieran. Solo está escrito. En Europa tenemos derechos humanos: la posibilidad de estudiar, de tener un lugar para vivir o un trabajo, pero ya estamos viendo lo que está pasando. La vida de muchas personas que vienen de fuera o que son de aquí no es digna. Una cosa es la teoría y otra la práctica. Y esto es lo que también está pasando en mi país con la religión y la cultura. Cuando yo llegué a España mucha gente me decía que la cultura afgana es muy machista y yo pensaba que sí, pero que no lo era cuando era pequeña o cuando lo era mi madre.  

'La primera estrella de la noche', de Nadia Ghulam y Javier Diéguez
'La primera estrella de la noche', de Nadia Ghulam y Javier Diéguez

P: Y además tiene una visión más completa porque conoce la otra parte de la sociedad afgana de primera mano: la masculina. ¿Cómo decide y qué supone para una adolescente estar de los 11 a 21 años viviendo como si fuera un hombre?

R: Seré la única mujer afgana que te pueda contar que la vida de un hombre en Afganistán no es fácil. En un país en guerra, las piedras, las plantas y las personas sufren. Los hombres no lo tienen nada fácil. Yo tenía amigos con los que estaba todo el día, más que con mi familia. Ellos expresaban sus sentimientos y dolores y veía que muchos no estaban de acuerdo con lo que estaba pasando, pero no tenían más remedio. A mí también me pasó. Yo [como Zelmai] prohibía a mis hermanas que fueran a estudiar o salir de casa...

P: Eso me sorprende porque siendo una mujer asumió esa dureza del rol masculino como propia.

R: Claro, porque la presión social es muy fuerte. Mis amigos tampoco estaban de acuerdo en que sus hermanas no estudiaran, pero el miedo nos hacía superarnos los unos a los otros. Yo cuando salía, para mostrarles a mis amigos que era más hombre que ellos, castigaba a la hermana. Y ellos, para ser más hombres que yo, las castigaban más. Eso demostraba que nosotros teníamos el poder y que las mujeres aceptan lo que les decimos.

Nadia Ghulam
Nadia Ghulam

P: Y a todo eso hay que sumar el miedo a vivir como un hombre, a que te descubran e, imagino, a perderse su vida como mujer.

R: Yo sigo teniendo miedo. El miedo siempre está en mi cuerpo y en mi mente. Pero también, gracias al miedo, soy una persona muy despierta. El miedo me ha ayudado de una forma positiva porque me ha hecho estar muy despierta mirando qué me decían, cómo me miraban o por qué hacían esto o aquello. Esto me ayudaba mucho a estar atenta para que no descubrieran mi secreto. Y sigo teniendo miedo porque tengo allí a mi familia y mi ilusión es volver a mi país y poder trabajar. Todo eso hace que tenga miedo, pero no dejo que el miedo consiga que pierda mis ilusiones.

P: También es sorprendente cómo sus hermanas y su madre le siguen hablando como hombre: hijo o Zelmai. ¿Cómo le hace sentir cuando vuelve, en parte, también para reafirmar su identidad?

Nosotros solo vemos las guerras como bombas y destrucción, pero la guerra no destruye tu casa, tu barrio o tu escuela sino que destruye tu manera de ser y de pensarR: Al principio quise que mi familia entendiera que yo soy Nadia y que como Nadia quería demostrarles que soy capaz de hacer todo lo que hacía como un hombre, pero poco a poco vi que ellas, para sentirse seguras y acompañadas, necesitan una figura de una persona con poder. Y esto para ellas no puede ser una mujer porque las han acostumbrado a eso. Cuando me decían hijo o hermano sentían que estaban protegidas. Muchas veces me cuesta pero, al final, he entendido que para ellas es algo importante porque se sienten más fuertes y seguras. Siempre oigo: “Tú eres distinto y tienes carácter de hombre”; y no me gusta porque quiere decir que las mujeres tienen que ser débiles y los hombres son los que tienen carácter. Siempre me tengo que preparar para volver a explicarles que las mujeres también pueden tener carácter, pueden también decir no y decidir lo que quieren hacer, pero entender eso en una familia en la que esa mentalidad es normal desde hace muchos años necesita su proceso y tiempo.

P: Otra de las cosas que llama mucho la atención es su forma de hablar de la libertad. Es un concepto presente en todo el libro y entiendo que en los contrastes entre tus dos países, porque vives aquí desde hace casi 10 años, adquiere su verdadero significado.

R: Yo siempre digo que la pobreza no es el problema, no tener dinero o no tener comida no es problema, si tienes libertad lo vas a conseguir. La libertad es el tesoro más grande del mundo. Para mí, simplemente, salir ahora si me apetece sin que nadie me cuestione ni juzgue por la ropa, el pelo, si me pongo o no pañuelo, si estoy con un hombre o con una mujer, eso es libertad. Que puedas decidir y tener opción de elegir qué quieres hacer. Esto es lo más importante del mundo.

P: ¿Adquiere más crudeza cuando se tiene que poner el 'niqab' al volver a su país?

R: Normalmente no era una cosa imprescindible en mi país, pero cuando llegan los talibanes sí. Ahora mismo en Kabul hay mujeres que van como nosotras y otras que se tapan. En mi caso yo me tapo el doble que cualquier mujer porque he estado mucho tiempo haciéndome pasar por hombre. Para mí ponerme el 'niqab', taparme… Yo soy un pájaro que quiere volar y cuando me pongo el 'niqab' es como estar en una jaula sin poder salir. Cuando el pájaro ve que hay riesgos y no puede volar para que no le cojan, se mete en una jaula para que pase esa dificultad.

P: Otro personaje importante tanto en su vida como en el retrato que hace de su país es su prima Mershal. Una niña con la que se cría en ese Afganistán sin guerra y que ahora malvive en un pueblo de las montañas, casada de adolescente con un señor muchísimo mayor que ella y con ocho hijos. ¿Representa esa deriva y falta de oportunidades que sufren las afganas?

Ver a una mujer andando por Afganistán es como si tú ves un elefante por la Gran VíaR: Sí, porque Mershal es un ejemplo de las consecuencias de una guerra. Nosotros solo vemos las guerras como bombas y destrucción, pero la guerra no destruye tu casa, tu barrio o tu escuela sino que destruye tu manera de ser y de pensar. No le destruyó el cuerpo como me pasó a mí, a ella le ha destruido su vida, sus ilusiones de estudiar y ser una persona activa. De forma que ahora ella ha abandonado todas sus ilusiones y está en una pequeña aldea esperando su muerte porque cuando tus ilusiones mueren es como si tu hubieras muerto. Para mí Mershal es un ejemplo de toda la destrucción que ha hecho la guerra en la vida de las personas. Los medios de comunicación nos decís que ha caído una bomba en Siria, en Palestina o en Afganistán, pero no nos explicáis qué pasa cuando esa persona sobrevive a la guerra, cómo vive y es su día a día, en qué cambió en su vida. Ella es un ejemplo de ello.

P: ¿Cree que realmente se puede cambiar la situación que sufren las mujeres afganas tan arraigada tras tantos años de guerra?

R: Claro que sí. Afganistán es un mundo muy diverso. Este libro es un pequeño ejemplo, pero ahora ya hay muchas activistas y muchas mujeres haciendo cambios en mi país. Va a ser posible. Lo necesario es formación y educación. En mi país necesitamos personas preparadas: profesores, psicólogos, psiquiatras, trabajadores sociales… Los que podemos construir nuestro país somos nosotros, los afganos, pero necesitamos una oportunidad, como me la dio a mí mi familia catalana, para poder tener posibilidad de aprender. Allí solo piden trabajo y formación.

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