El día que el hip-hop llegó a España en la maleta de un soldado americano
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huellas del pasado americano de torrejón

El día que el hip-hop llegó a España en la maleta de un soldado americano

Torrejón fue la base americana más polémica y convulsionó la vida de este pueblo de la periferia de Madrid. Y dejó una herencia que ahora reclaman quienes crecieron rodeados de soldados

Con la ampliación de Morón, la presencia estadounidense en España se situará pronto en niveles propios de otras épocas. Unpueblo de la periferia de Madrid, Torrejón de Ardoz, suspira con nostalgia. Sus vecinos crecieron rodeados de soldados y oficiales americanos. Algunos son directamente descendientes de militares y reclaman aquella herencia como parte de su propia identidad cultural.

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Hoy es un viejo almacén deslustrado, perdido en un polígono. En sus paredes, pintadas deamarillo-industrial, sólo destaca una insípida tipografía con un nombre chino (“Hui Yang”). Cuesta imaginar que hace tres décadas estuviese a la vanguardia, que acudiese gente de toda España para ver a sus DJ, que pinchabanla mejor música negra que podía escucharse en todaEuropa. Para una generación entera se convirtió ensímbolo de una invasión cultural. Protagonizada por "los americanos".

"Se llamaba Stones y aún me entusiasmo al escuchar el nombre.En esas cuatro paredeshan estado Bobby Brown, los Fat Boys, Afrika Bambaataa… Lo conocía todo el mundo. Un jueves lo tuvimos que abrir porque Mariah Carey quería tomarse una copa. Muchos estadounidenses decían que era la mejor discoteca de música negra que habían visto, que ni siquiera en EEUU había algo parecido. Era un garito americano para americanos, de música negra, ylos españoles empezaron a ir por curiosidad. Decíamos que era como estar en el Bronx. La mezcla creó una atmósfera mágica. Empezó a venir gente de Madrid, desde Alaska a lo más moderno de la época. Había de todo y un buen rollo tremendo”.

Quién habla es Willy, hijo de un oficial afroamericano de la Air Force y de una española. Y uno de los DJ más conocidos del Stones. “Mi padre estuvo diez años buscando que le destinasen a Torrejón. Era el destino preferido de todos los militares americanos porque se vivía muy bien y había mucha juerga. Él conoció a mi madre aquí”, recuerda con los ojos iluminados por la nostalgia. El color de su piel es uno de los muchos rastros que dejó la presencia estadounidense en este pueblo situado a 20 kilómetros de la capital. De 1954 a 1992, “los americanos” fueron parte del paisaje cotidiano y su huella quedó grabada en generaciones que crecieron a su sombra.

“Tú los veías con esas zapatillas guapísimas, con esos carros, unos negratasenormes pero bien peinados y bien vestidos, con ropa que aquí en España no llevaba nadie y escuchando música que aquí no se escuchaba”, recuerda Kultama, hijo de un sargento de artillería afroamericano (de origen congoleño)y miembro de una familia de raperos que, como sus hermanos Frank T o Shogun, se hicieron mayores sintonizando la música de la base militar, la American Air Forces Radio. Fue entre su grupo de amigos donde se sentaron las bases del hip-hop español. “El barrio donde vivimos era muy duro entonces y los americanos venían a pillar de todo a los gitanos. Teníamos mucha relación con ellos. Además, como somos negros y mi padre trabajaba en la base...”, dice.

Willy también recuerda el enorme privilegio que suponía tener acceso a la base militar, donde él acudía a estudiar,y que ocupa una tercera parte del terreno municipal del pueblo. "Había tiendas y economatos con productos que no se encontraban en España. En aquellos tiempos no se vendían ni Nike en España, mientras que en la base había de todo y a precios de ganga. La gente hasta nos dejaba los coches para que les llenásemos el depósito porque era más barato. Sacábamos mucho beneficio económico sacando cosas para repartirlas en el pueblo”, recuerda.

“Mucha gente hizo dinero trabajando allí y cuando los americanos se fueron quedaron muy perjudicados“

Eran épocas de opulencia para la Air Force y España estaba aún muy descolgada del tren del progreso americano. “El contraste era muy fuerte. La diferencia entre la vida fuera y dentro de la base era radical. Tenían todo inmaculado, hasta el mínimo detalle, arreglado, ajardinado, perfecto, era un orgullo trabajar allí. Y los sueldos eran de delirio. Mucha gente hizo dinero trabajando allí y cuando los americanos se fueron quedaron muy perjudicados. Entre mis amigoshubo divorcios y casos de alcoholismo. Le entera economía de Torrejón se quedó destrozada”, recuerda Francisco, que trabajó durante décadas en la base.

Los americanos disponían de lo que los vecinos llamaban las “tarjetas mágicas”, con las que podían comprar artículos que aún no habían llegado a España: leche de California con vitaminas añadidas, maíz de Wisconsin, patatas de Idaho, carne de Kansas, equipos estereofónicos a mitad de precio... Y luego estaban los coches. “Eran modelos que les permitieron traer sin pasar por aduanas. Eran enormes, de gran cilindrada, modelos que en España nadie había visto. Y consumían muchísimo, pero ellos tenían sus propias gasolineras con precios en dólares. Se los iban vendiendo unos a otros y todavía circula alguno por aquí. Esto era una pequeña América. Dentro tenían inclusouna bolera, que sigue abierta”, dice Francisco.

Con la música sucedía algo parecido. “Los DJ de otros sitios no podían competir con nosotros. No había color. Lo teníamos todo antes que ellos: música que llegaba directamente de EEUU, que tardaba años en aparecer en las tiendas españolas. Era casi siempre música negra y para negros. Por ejemplo, si yo pinchaba a Michael Jackson,la pista de baile se vaciaba. De grupos blancos sólo poníamos los Vanilla Ice. Era un lugar mágico perocuando se fueron los americanosse desvaneció el cuento. Hubo intentos de mantenerlo, pero no funcionó”, rememora Willy.

La influencia americana sobrepasaba los límites de la base aérea y se derramaba por todo el pueblo. Ahí quedan los vestigios del Saucar, hoy un barrio cualquiera con sus bloques de apartamentos de ladrillo y sus casas unifamiliares de dos plantas. Sólo un par de letreros delatan un pasado a medias entre un pueblo español de posguerra y la periferia de Chicago,años 60. En una esquina se encuentra el bar Cowboy Saloon, con cactus pintados en la fachada. Al otro lado de la calle despunta la hamburguesería Pinky´s Barbacoa. Dentro, carteles en inglés y una atmósfera de dinerespañolizado.

“Cuando yo era niño, esto era de verdad un mundo aparte. A veces se daban de hostias ente ellos y la Guardia Civil llamabaa la Policía Militar americana, que venía de la base dando palos.Estaba totalmente separado del pueblo, había que atravesar un campo para llegar aquí y cuando llegabas te sentías en el extranjero. Los americanos tenían sus tiendas, sus peluquerías, sus bares, hasta su propio depósito de agua. Los patios de las casas no estaban vallados como ahora, sino que tenían el césped y las vallas de madera pintadas de blanco que se ven en las películas. De niñosveníamos en Halloween a pedir dulces. Y un poco más mayores, a mirar a las chicas americanas”, relata Mario, otro vecino de la zona.

A esta “ciudadela”, situada fuera de las base y donde vivían unas 4.500 personas, se le conocía como “el barrio de los americanos”. Y en la jerga local, sus viviendas se identificaban como “los hotelitos”. “Ahora parecen casas normales, incluso un poco viejas, pero entonces eran una pasada. Son apartamentos guapísimos, muy grandes. Si venías a jugar a casa de algún colega americano te quedabas flipando”, recuerda Kultama. Cuando los americanos se marcharon, a principios de los 90, las casas se subastaron y acabaron en manos de los vecinos del pueblo por precios que no superaban los 50.000 euros. “Se fueron y se acabó. Torrejón se quedó hecho polvo. La noche decayó hasta morirse y la economía salió mal parada”, concluye Willy.

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