En busca de la lengua perdida

"Churruchú, por ti me meo"

Esta es la increíble historia de los primeros filólogos y del Atlas Lingüístico de la Península Ibérica

Foto: Lorenzo Rodríguez-Castellano encuestando en Codos (Zaragoza), para el Atlas Lingüístico de la Península Ibérica, entre 1931-1936. (CSIC)
Lorenzo Rodríguez-Castellano encuestando en Codos (Zaragoza), para el Atlas Lingüístico de la Península Ibérica, entre 1931-1936. (CSIC)

Entre 1931 y 1936 seis filólogos peinaron la Península Ibérica, divididos en equipos de dos, de pueblo en pueblo, hablando con los vecinos, tomando notas sobre fonética, morfología, sintaxis y léxico en cuestionarios donde apuntaban unos extraños signos que transcribían la pronunciación de cada palabra. Por primera vez la lengua española recibía la visita de los científicos, que se preguntaban por las particularidades de una identidad común dividida en mil pedazos.

Antes de que la guerra lo paralizara todo, cubrieron casi 300 cuestionarios, miles de preguntas en cada uno de los pueblos visitados. Cinco años de carretera, coche y camino para recopilar el alma del ALPI (Atlas Lingüístico de la Península Ibérica). Aquel mapa del tesoro del español tuvo que huir del país junto con el director del proyecto, Tomás Navarro Tomás, que custodió y conservó todos los cuestionarios hasta que regresó para retomar el ALPI, en 1947, y ser editado, en 1962. Aníbal Otero corrió peor suerte: en su poder quedaron algunos de ellos y fue arrestado y encarcelado durante largo tiempo por las fuerzas franquistas, que le acusaron de espía por utilizar un código secreto. Eran los signos con los que transcribían las pronunciaciones. 

En las profundidades de aquel país iletrado, rural y religioso, los extraños viajeros al interior de la lengua buscaban una explicación rigurosa a lo invisible

Madroñera (Cáceres), Valdelaguna (Madrid), Veguilla (Cantabria), Lucillo (León), Pegalajar (Jaén), Jarandilla (Cáceres), y tantos otros pueblos, recibieron a los señoritos estudiosos de la capital, que se interesaban por los detalles de la cultura popular y sus tradiciones, que hablaban con ellos y apuntaban las peculiaridades del habla. En las profundidades de aquel país iletrado, rural y religioso, los extraños viajeros al interior de la lengua buscaban -con sus máquinas y sus métodos- una explicación rigurosa a lo invisible. Querían saber cómo se usaba el lenguaje y terminaron definiendo qué era España, lo español y los españoles.

De izda. a dcha.: Aurelio M. Espinosa, Francesc de B. Moll y Manuel Sanchis, encuestadores del Atlas.
De izda. a dcha.: Aurelio M. Espinosa, Francesc de B. Moll y Manuel Sanchis, encuestadores del Atlas.

“Hay otra manera de pretenderla”, se lee en un cuestionario de El Viso del marqués (Ciudad Real), de marzo de 1934, a la respuesta a la palabra “declararse” o “pretenderla”. “Entra el novio en casa de la novia y delante de la familia se dirige a la novia diciéndole: Churruchú, por ti me meo”, y ella, si le gusta el chico, contesta: Por ti me jarrapicho”, y ya está el noviazgo arreglado”.

Una costumbre de noviazgo probablemente perdida hoy, rescatada de la extinción gracias al empeño del Centro de Estudios Históricos (CEH), creado por la Junta para Ampliación de Estudios (JAE), en 1910, y dirigido por Ramón Menéndez Pidal, quien quiso hacer de las humanidades un motivo de ciencia como ocurría en Europa. Las distintas secciones (historia medieval, filología, derecho, arte y arqueología) retrataron un país que quería salir de las sombras con la verdad por delante.

Todo por la ciencia

“Hasta entonces se hacía una filología idealista y de ficción, la de Marcelino Menéndez Pelayo. Gracias al CEH, en 20 años, la filología española pasó de no existir a ser una de las más importantes”, explica Mario Pedrazuela, comisario, junto con Pilar García Mouton, de la exposición La ciencia de la palabra. Cien años de la Revista de filología (en el Conde Duque de Madrid), testimonio de un viaje científico en busca de la lengua perdida.   

Los lingüistas salieron fuera, compraron herramientas y volvieron con un quimógrafo, fonógrafo, proyectores para el laboratorio de fonética. Salieron a la calle, sacaron “los instrumentos al campo” y crearon uno de los proyectos más interesantes de la sección de Filología: el Archivo de la palabra, un imponente armario -presente en la muestra- en el que se almacenan las grabaciones orales de la lengua, tanto literaria como de uso corriente, los dialectos, canciones y melodías populares, testimonios de personalidades ilustres… Unamuno, Valle-Inclán, Alcalá Zamora, Menéndez Pidal, Margarita Xirgu, Ramón y Cajal, Azorín, Juan Ramón Jiménez. El próximo otoño el CSIC abrirá una página web en la que se podrán encontrar las grabaciones y todas las fotos que tomaron durante esta experiencia. 

Un quimógrafo portátil incluido en la exposición.
Un quimógrafo portátil incluido en la exposición.

La exposición acaba con el auge del español por el mundo, tras la caída del alemán como idioma estigmatizado después de la Primera Guerra Mundial, con la formación de profesores por el mundo que son los precursores del Instituto Cervantes. Y un trayecto por la vida de la Revista de Filología Española, el altavoz de todos sus hallazgos. En las vitrinas aparece un libro con anotaciones de Menéndez Pidal: “No acentuar a la española como aconseja la Academia los nombres propios extranjeros”. Insiste en dos ocasiones el lingüista... por entonces también director de la Academia.  

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