Caballero Bonald publica 'desaprendizajes'

“La búsqueda de un adjetivo a veces me ha costado la salud”

Los poemas de este libro se suceden casi como en una suerte de diario, en los que el autor recoge su indignación contra las certezas y los obedientes. Reclama la fe del descreído

Foto: El poeta gaditano José Manuel Caballero Bonald, Premio Cervantes 2012. (EFE)
El poeta gaditano José Manuel Caballero Bonald, Premio Cervantes 2012. (EFE)

Para entendernos, Pepe está enfadado. Roza los noventa y todavía escribe con la ira del adolescente que se resiste a aceptar que las cosas queden como deben quedar. El deber debe ser renombrado y cuestionado, como la palabra mil veces escrita y dicha. Y lo aprendido, olvidado. Eso es Desaprendizajes (Seix Barral), el nuevo poemario del poeta gaditano, Premio Cervantes 2012, escrito entre Madrid y la Playa de Montijo (Cádiz), entre 2013 y 2014.

Los poemas se suceden casi como en una suerte de diario, en los que el autor recoge su indignación contra las certezas. Reclamar la fe del descreído. “La carencia de dudas vertebra el catecismo del dogmático […] Qué palabra inhumana la palabra certeza, dije en difusos días discordantes. Pero aquí no hay respuestas, sólo preguntas imprecisas, volubles, provisorias. Nada es palmario ni veraz, todo es versátil y azaroso. Pobre de mí que, después de tan tenaces pretensiones, apenas he logrado dudar de unas pocas materias esenciales de la vida”, escribe en uno de ellos, titulado Sobre la eficacia de la duda.   

Un libro escrito a la contra, pero luminoso. Exige curiosidad y aprendizaje, pretende que nos vaciemos cada día, sin miedo a las contradicciones. Hace tres años, tras publicar Entreguerras, iba diciendo que no escribiría más poesía. Hoy estamos sentados en la mesa de una librería reconvertida en cafetería, y Pepe despotrica contra los políticos que insisten en buscarle los huesos a Cervantes. “Lo que me importa es que se haga justicia a su memoria, como a la de Lorca. Los huesos es una superstición religiosa. Hay que recuperar el ejemplo de Cervantes, de su libertad. De eso tenemos que hablar, no de sus huesos. ¡Qué importan sus huesos!”, y se aclara la irritación con un traguito de su caña.  

P. Le veo con muchas fuerzas.  

No me puedo quejar. La memoria me funciona bien, aunque los resortes de los razonamientos no se disparan con la misma fluidez que antes.

P. Pues este libro es un compendio de razonamientos.

R. Sí, cuando escribo sí. A mí lo que me preocupa es la palabra. Escribo despacio, reescribo, corrijo. Por cierto, en las correcciones de este libro he tenido hasta tres borradores y acabo de descubrir que en el mismo poema repito el mismo adjetivo. Y esto me ha amargado el día.

P. ¿Cuál?

R. Unánime.

P. ¿No le parece que debería ser más indulgente con el autor vivo con más adjetivos por metro cuadrado?

R. Para mí la poesía es un hecho lingüístico, una construcción verbal y a través de esa construcción es donde busco yo una nueva versión de la realidad. La palabra es esencial.

P. Para nosotros los periodistas es más importante el verbo que el adjetivo.

R. Sí, pero los verbos también lo son para mí. Los hay que me gusta mucho usar, incluso por su resonancia y por la fonética de la palabra. Hay verbos muy sonoros. O verbos mal usados a los que restituyo una semántica nueva. Eso me gusta mucho hacerlo. Pero también el adjetivo, claro. La búsqueda de un adjetivo a veces me ha costado la salud.

P. ¿El poeta es un ser más de adjetivo, más de contemplación y descripción, que de acción?

R. Por supuesto. La literatura informativa no me seduce para nada. La literatura explícita, que copia la realidad tal como es. Eso es como asomarme a la ventana, eso no me interesa. Eso es confundir la literatura con la crónica de sucesos.

P. ¿Qué son los desaprendizajes?

R. Es una cuestión moral. Trato de desaprender lo que me han enseñado mal, lo que se ha asentado en mi conciencia de una manera deficiente y que necesito restaurar de otro modo. Convertirlo en una manera nueva de asomarme a la realidad, de una forma mucho más válida.

P. Pues le ha salido un libro enfadado.

R. Sí, es un libro a veces colérico, incluso. Hay poemas donde yo arremeto en una diatriba contra el culpable. Puede ser una figura abstracta, pero en general ese culpable tiene nombre: es el sumiso, el dogmático, el gregario, el obediente. Esos son los culpables de lo que ocurre.

P. ¿Cuál es el argumento de la poesía?

R. La poesía no está obligada a tener un argumento. El argumento de la poesía es la palabra, el lenguaje.

P. El autor de este libro se rebela contra la realidad.

R. Sobre todo con los lastres históricos que llevamos a cuestas. Hay una línea sucesoria muy clara: Franco deja como heredero a Fraga, Fraga a Aznar y Aznar a Esperanza Aguirre. Esa línea sucesoria todavía permanece. El franquismo todavía está latente.

P. ¿Y Felipe y Zapatero?

R. Esos son paréntesis fugaces, intentonas de restablecer un orden nuevo.

P. ¿Y el orden nuevo que se avecina?

R.  Hay un fin de trayecto, un inicio de partida, sin duda. Está terminando un ciclo histórico. El cambio del que se habla tanto es una necesidad generalizada. La aparición de movimientos como Podemos es algo muy necesario, muy saludable y se veía venir. Podemos es una coyuntura histórica y un síntoma del cambio, estés o no de acuerdo.

P. ¿La actualidad ha intervenido en estos poemas?

R. Creo que he cambiado poco, siempre he sido fiel a la idea de la política y de la sociedad. Mis intenciones de cambiar el mundo no han variado, pienso que hay que luchar contra las mismas cosas.  Ahora lucho contra los gregarios, es una de las lacras de la sociedad. 

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