Cristina Morales publica 'malas palabras'

"Ya quisiera yo el coño de santa Teresa"

La escritora granadina recrea un supuesto diario personal escrito por Teresa de Jesús, en 1562, mientras la autora del Siglo de Oro redacta 'Libro de la vida'. Reivindica la versión más femenina, valiente y libre de la monja amenazada por la Inquisición

Foto: Cristina Morales, autora de 'Malas palabras' (Lumen).
Cristina Morales, autora de 'Malas palabras' (Lumen).

Por ser una mujer y escribir. Por ser una mujer y leer. La Inquisición procesará, si quiere, a Teresa por ser una mujer y hablar. Conversa por pensar, antisistema por tener conciencia de mujer escritora. Por ser monja y escribir. Por ser monja y leer, la izquierda ha ninguneado los logros humanistas que la Iglesia ha ignorado. Y cinco siglos más tarde tenemos una figura deformada, que la Academia no reconoce como autora esencial del Siglo de Oro y los otros la limitan al santoral.

Entre lo que escribió y lo que pensaba escribir se ha colado una extraña: Cristina Morales (Granada, 1985), que imagina cómo sería el diario personal de Teresa de Jesús, en 1562, durante el proceso de escritura de Libro de la vida, su primera obra maestra. En primera persona, con una aguda y natural voz que tiende a lo renacentista, la joven autora imagina y reivindica a una mujer que lo cuestiona todo, que nada le satisface y que encuentra en la escritura su salvación. En Malas palabras (Lumen) se revela una escritora tan valiente y libre como la autora a la que devuelve a la vida, en su versión más femenina. Para entendernos, Cristina Morales es un diamante en bruto.  

“No se ha leído con atención a Teresa”, se queja, cree que la autora renacentista ha sido reducida a la gracia con la que escribía. Alguno llegó a decir que su obra es como pegarle un bocado a un pan de pueblo, para señalar, imaginamos, el crujido popular de su oralidad. “Este tipo de consideraciones pasan por alto el encabronamiento soterrado que hay en sus escritos. Está muy enfadada. Teresa es muy compleja y su dificultad radica en decir lo que quiere, intentando no jugarse la vida”. Recuerden, la Inquisición mira con lupa.

'Es una impresora de pasquines terroristas en el siglo XVI. Hoy Teresa habría sido detenida por la Policía Nacional'

Así arranca Cristina: “Mi madre leía a escondidas de mi padre, como el criado que sustrae unos garbanzos”. Así, Libro de la vida, de Teresa: “El tener padres virtuosos y temerosos de Dios me bastara, si no fuera tan ruin, con lo que el Señor me favorecía, para ser buena”. Lumen ha reeditado éste al tiempo que Malas palabras. De hecho, la novela de Morales responde a un encargo de Silvia Querini, que la autora ha incorporado con naturalidad a su discurso y propuesta narrativa. De su anterior libro, Los combatientes (Caballo de Troya), Marta Sanz escribió que “plantea preguntas y se atreve a dar respuestas sobre el significado del arte político”.

No tarda en reivindicar a esencia femenina de Teresa, ni a su madre como influencia básica en su formación lectora, a pesar de lo poco que se sabe de ella. De hecho, la poeta Olvido García Valdés, en la biografía sobre la santa, resume así la figura de Beatriz de Ávila y Ahumada: “Casi nada se sabe de estas mujeres que paren y pasan como sombras”.

Una autora neutralizada por la historia

Cristina no se anda con rodeos y hace que Teresa escriba esto: “A mi madre la mató mi padre, poco a poco y sin darse cuenta, igual que infecta la cantera de mercurio los pulmones de los condenados. Desde los catorce años que tenía cuando se casó, noche tras noche, cada vez que mi padre la cubría en el lecho, le quitaba un poco de vida”. A buen entendedor.

“¡Ya quisiera yo el coño de santa Teresa!”, explica a este periódico haciendo hincapié en que “fue la primera mujer que se atrevió a acusar a los hombres por cortarles las alas a las mujeres”. Vuelve a patalear sobre los riesgos inquisitoriales que asumió y lo que los manuales han hecho con su obra. “Debería ser reivindicada por las anarcofeministas más radicales. A mí me hace sombra Teresa de Jesús. Al Gobierno o a cualquier político debería darles vergüenza reivindicar su figura y pocos dirán que fue una feminista”. Secuestrada por la Iglesia, arrinconada por la progresía. “Fue una líder de la Contrarreforma, pero fue colocada en una hornacina y quedó neutralizada. No la hemos estudiado humanamente. Un trabajo que sí se ha hecho con su coetáneo san Juan de la Cruz”.

Dos monjas cruzan el claustro del convento de las Teresas en Sevilla, salvado de la ruina por una suscripción popular. (EFE)
Dos monjas cruzan el claustro del convento de las Teresas en Sevilla, salvado de la ruina por una suscripción popular. (EFE)

Repite de vez en cuando que aquello no era el Siglo de Oro, sino el Siglo de Hierro. “Teresa tenía todas las papeletas para ir a la hoguera, por ser mujer y leer. Por sus palabras fue proscrita, denunciada, censurada y se la publicó después de muerta. Es una impresora de pasquines terroristas en el siglo XVI. Hoy habría sido detenida por la Policía Nacional”. Recuerda que en sus escritos puede verse la invitación a las mujeres a ingresar en el convento de su orden para leer. “Decirle a una mujer no te casas, vente conmigo al convento es mucho decir en su época. Para ella la calle era la condena y el convento la libertad”, añade.

La novela también es un acto de reflexión sobre lo que escribir, por qué hacerlo y cómo. Sobre los límites de la libertad creativa (el Código Penal) y los límites de la creatividad en libertad (los recursos). Cristina asegura que uno no escribe lo que quiere, que hay limitaciones de actitud, que ella todavía no ha dado “con el nombre exacto de las cosas”.

Y la autocensura y escribir para ganar el aplauso fácil. El cheque en blanco de la complacencia social. En eso, en lo temeraria, recuerda tanto a Angélica Liddell. Y ser más lista que el lector, como le hace apuntar a su personaje Teresa, que se dirige a su confesor y censor: “Ser más lista que vos y haceros creer que lo que estáis leyendo es de vuestro gusto y no del mío”. Cristina va a ciegas en Malas palabras, sin vergüenza, sin pedir permiso. Amén. 

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